VI, 14.51 - Estado actual de la crítica literaria en Europa


Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Estado actual de la crítica literaria en Europa


Referencia VI, 14.51


Estas desnudas verdades que buscan no quien las vista, sino quien las consienta...

Dedicatoria de Francisco de Quevedo al Conde de Lemos 
(Sueños, «El sueño del juicio final» (1627/1984: 87).

 

Lo que dices corre tanto contra la corriente que obviamente no puede caber en un artículo de revista. 
Palabras de un profesor alemán a Jesús G. Maestro en 2008, al rechazar un artículo académico que este profesor le había solicitado previamente. 
 


Razón de este apéndice.

Así censuraba Alemania, en 2008, páginas decisivas de la Crítica de la razón literaria


La inclusión aquí de este apéndice requiere una explicación. Con fecha de 25 de mayo de 2008, el autor de este libro, Crítica de la razón literaria, recibe de un colega una carta formal de invitación para escribir, sobre el tema que da título a este apartado «Estado actual de la crítica literaria en Europa», un artículo de quince páginas para una revista, al parecer, prestigiosísima cuyo nombre, dicho sea paso, nunca conocí—, que, a la sazón, estaba de cumpleaños[1]. Enviado el artículo solicitado, éste fue rechazado por el propio solicitante con fecha de 17 de diciembre de 2008 con las siguientes palabras, en documento oficial, que cito literalmente sin añadir ni quitar nada más que el nombre de su autor, aunque legalmente podría reproducirlo (pero no se trata de eso: no hay aquí un ataque ad hominem, sino una denuncia mediática de la censura que desde la Universidad se ejerce contra la ciencia, la investigación académica y la libertad humana)[2]:

 

Querido Jesús:

Disculpe el retraso de mi respuesta, pero no te había olvidado. La causa fue tu artículo mismo, a pesar de que esta vez cabría bien temáticamente en el marco del número previsto de nuestra revista. Pero con todo esto el comité de redacción no ha podido aceptarlo. Es otra vez el conflicto entre Babel y la Academia. Y como ya sabes, la gran mayoría de nuestros colegas pertenecen más bien a Babel que a la Academia (y yo no soy en esto una excepción). Conozco tu posición y la expliqué a los otros, pero lo que ofreces al lector en este artículo, les pareció con todo esto demasiado dogmático. Presentas las categorias de una crítica difícilmente aplicable al texto concreto[3] porque esto – y ya entramos en el territorio de Babel – no sólo se compone de elementos racionalmente identificables sino también de elementos cambiantes con el lector, el siglo, la cultura etc[4]. (y, hay que añadirlo, de valores afectivos y subjetivos no juzgables racionalmente[5], pero al mismo tiempo no eliminables). Por esto la descripción del diálogo entre el lector y el texto hecho por Gadamer sigue siendo, al menos para mí personalmente, una descripción mucho más realista que la tuya (idealista)[6]. Conozco tu afán para establecer una ciencia racional de la literatura, afán muy meritorio, pero nada menos, creo, sin fundamento suficiente firmo afuera de la lógica, la dialéctica, la matemática, la ciencia, regiónes demasiado claras para tocar los abismos de un Baudelaire, un Kafka, un Joyce, un Beckett, Gómez Dávila (¿lo conoces?)[7].

Lo siento mucho, Jesús, y muchas gracias de la parte de la redacción por el labor que has dedicado a este artículo. Lo que dices corre tanto contra la corriente que obviamente no puede caber en un artículo de revista[8]. Mejor presentarlo en forma de libros (y esto ya lo estás haciendo, lo sé). Veremos como los comentarán sus lectores en su momento[9].

Un abrazo muy fuerte, feliz Navidad y un próspero Año 2009,

[Aquí, la firma del autor, que la discreción y el respeto exigen no revelar.]

 






El lector tiene ante sí ahora el texto que, habiendo sido solicitado al autor, fue rechazado una vez recibido por la misma persona que lo había solicitado formalmente. ¿Con qué argumentos fue rechazado? Con los argumentos aquí aducidos. El lector tiene ante sí todos los materiales para elaborar y difundir su propio juicio.




Crítica de la razón literaria Jesús G. Maestro



Por mi parte, considero que un hecho de estas carcacterísticas es un ejemplo vivísimo del estado actual de la crítica literaria en Europa. Y dejo en manos de la inteligencia del lector la respuesta a las siguientes preguntas:

¿Qué valor tiene un volumen monográfico de una revista, pretendidamente académica, que de forma deliberada y consciente censura, hasta la totalidad, el contenido de un trabajo, previamente solicitado además, sólo porque es crítico con la supuestamente opinión de la mayoría? ¿Es ésta la herencia madurada de los protagonistas de aquel cacareado mayo del 68, que propugnaba una Universidad más libre? He aquí la libertad de que goza la investigación contemporánea en la universidad posmodernizada.

¿Por qué no se discute con argumentos la validez o invalidez de mi teoría, que se expone en la Crítica de la razón literaria, como Teoría de la Literatura, en lugar de censurarla en nombre de los supuestos gustos de una época que, como todas, será más efímera que sus babélicos portavoces?

¿Dónde está la tolerancia que desde la posmodernidad se nos predica para difundir y respetar todas las ideas?

¿Dónde están los conocimientos científicos sobre los que la crítica posmoderna basa sus juicios, interpretaciones y consideraciones? ¿Dónde su capacidad y voluntad de diálogo?

¿Dónde está la libertad de investigación y expresión científicas, cuando las universidades actuales se niegan a publicar trabajos de interpretación que, simplemente, exponen ideas diferentes a las esperables y deseadas por una supuesta mayoría? ¿Dónde queda aquí el respeto a las minorías? ¿Y qué es del respeto al individuo, al colega, a la palabra dada?

¿Qué crédito cabe profesar a una posmodernidad cuyas revistas, publicaciones e instituciones, así como sus representantes docentes, se ven obligados a censurar, por completo, la impresión de trabajos de investigación científica cuyos contenidos e ideas son incapaces de considerar o contrarrestar críticamente?

¿Qué futuro espera a estudiantes educados en este tipo de instituciones y universidades?

Juzgue el lector.

Y sepa quien me censure que la razón no se reprime ni con la muerte del autor, tan nostálgica a los herederos de Barthes. Porque para un racionalista lo importante no es tener razón, sino saber usarla. La razón no es personal, sino colectiva, social, estatal incluso. Y ninguna sociedad humana podrá progresar nunca si opta por vivir de espaldas a la razón, como hace, hoy por hoy, la posmodernidad.

Se puede censurar por completo un artículo, sí, pero eso no hará más que hacer crecer más rápidamente las ideas en él contenidas.

Lo he dicho y escrito con mucha frecuencia antes de ahora, y ahora de nuevo lo reitero: el objetivo de la Teoría de la Literatura es demostrar que la literatura es inteligible. Y esta demostración se hace en estos momentos más necesaria que nunca, porque el irracionalismo de la posmodernidad, así como sus intentos por inhabilitar en el ser humano el uso de la razón, no sólo conducen a la destrucción de la literatura y de sus posibilidades de interpretación, sino a la implantación misma del ser humano en un tercer mundo semántico, esto es, en una Babel donde la nesciencia es la única forma de comunicación. Por todas estas razones me niego enérgicamente a aceptar los planteamientos irracionalistas de esta retórica y de esta dogmática posmodernas, cuya forma más común de exhibición es la sofística y cuyo procedimiento más recurrente de respuesta a la interpretación crítica es la censura. Quien niega la crítica niega la libertad. Esfuerzo inútil: el ser humano, es decir, el género humano, no puede sobrevivir al margen de la razón ni al margen de la libertad. Desde el irracionalismo no se sirve ni a la Universidad ni a sus estudiantes: a la una se la parasita, usurpándole un supuesto prestigio; a los otros se les engaña, suministrándoles una educación ficticia.

 


5.1. Glosa preliminar sobre la censura posmoderna


¿Y qué tengo yo de hacer a esto? Nada. Dejaré a todo el mundo censurar como quisiere, mientras que yo escribo lo que se me representa más conveniente.

Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (Carta XII, «Algunas advertencias a los Autores de Libros, y a los Impugnadores, o Censores de ellos», Cartas eruditas y curiosas [1742- 1760], Carta XII)[10].

 

La censura es una práctica que puede funcionar como un atributo del lector —quien interpreta para sí—, o como un «derecho» del intérprete o una «exigencia» del transductor —quien interpreta para los demás—, esto es, de un censor dotado de competencias propias y específicas por una sociedad política estatalmente articulada e ideológicamente definida.

¿Qué es, en efecto, la censura? La censura es la supresión objetiva de ideas y conceptos que los seres humanos se imponen entre sí, según el grado de poder (política) y de saber (sofística) que detenten en sus relaciones sociales e históricas, y de acuerdo con un sistema normativo ideológicamente codificado.

La práctica de la censura institucional se sitúa en el sector normativo del eje pragmático del espacio poético o estético. Pero además de la censura normativa o institucional, esto es, la ejercida por entidades políticas, estatales, o institucionales, del tipo que sea, cabe hablar de una censura autológica, que es la que el ser humano se impone a sí mismo —comúnmente llamada autocensura—, y de una censura dialógica, que es la que el grupo, el gremio, o cualquier sociedad gentilicia, impone moralmente al individuo en ella integrado.

En consecuencia, cabe hablar de tres tipos de censura, según la ejerza el individuo sobre sí mismo (censura autológica o autocensura), el grupo sobre el individuo (censura dialógica), y una institución política (o académica), cuya máxima expresión es el Estado, en las sociedades políticas, (o la Universidad, en las sociedades académicas) sobre el individuo (censura normativa o canónica). La primera es una censura psicológica, la segunda es una censura gregaria, y la tercera es una censura política. Ningún ser humano puede vivir al margen de estas tres formas de censura.

Con todo, la censura no conduce a nada, salvo a degradar a quien la ejecuta. Nada estimula con más fuerza el desarrollo de las ideas que cualquier intento ajeno por exterminarlas. Es completamente infantil suponer que porque un escrito, un artículo, un libro, no se publica en un determinado lugar, revista o editorial, las ideas que lo motivaron dejan de existir o de buscar por otros medios alternativos una articulación más desarrollada.

En nuestro tiempo, sin embargo, la censura ya no la ejerce la Inquisición, y acaso tampoco la Congregación para la Doctrina de la Fe, al menos más allá del gremio de sus fieles, sino los ideales imperativos de una posmodernidad políticamente correcta, que excluye de los cauces y medios de publicación todo aquello que no resulte compatible con sus ideologías gremiales y psicologismos personalistas.

La censura de esta posmodernidad, enemiga de la ciencia y de la razón, se impone sobre todo en las revistas (supuestamente) científicas y en las publicaciones periódicas editadas por la mayoría de los departamentos universitarios de Estados Unidos y Canadá. Y me refiero a departamentos de Letras, históricamente relacionados con la enseñanza de cuestiones relativas a lingüística y la literatura, no a departamentos de ciencias tradicionalmente «naturales», en los que la posmodernidad no tiene ninguna posibilidad de existir: no hay matemática posmoderna, ni cardiología posmoderna, ni química posmoderna.

Con las normas de estas ciencias no puede jugar la mente de ningún advenedizo posmoderno. Sin embargo, el arte, y sus posibilidades de interpretación, así estéticas como estrictamente literarias, sí quedan posmodernamente reducidas al subjetivismo del intérprete. Las normas no las pone entonces la ciencia, sino la ideología del grupo. La ciencia es, ahora, la conciencia del gremio. Un gremio que censura la razón y la ciencia.

 


1. Planteamiento

Die Vernunft ist die höchste Hure, die der Teufel hat.

Martin Luther

 

La crítica literaria desarrollada actualmente en Europa se construye sobre el área de una circunferencia cuyo radio tiende al infinito. Tal es su dispersión y diseminación. La mayoría —que no la totalidad— de los críticos y teóricos de la literatura europeos se comportan como geómetras cuyas ideas invitan a hacer deliberadamente ilegibles las diferencias entre un redondel y una circunferencia, entre un texto literario y un código de barras. 

En este capítulo voy a exponer una idea que me parece fundamental: el estado actual de la crítica literaria en Europa está muy determinado por la retórica de la interpretación posmoderna, que ha desplazado a la ciencia de la interpretación literaria en muchas y muy fundamentales posibilidades de desarrollo académico, universitario e institucional. El discurso posmoderno, de importación esencialmente estadounidense, se comporta como una preceptiva, que, de forma dogmática y acrítica, impone sobre los textos y materiales literarios una interpretación que no es científica, ni dialéctica, ni crítica, sino sofística, irracional y retórica. Ninguna teoría literaria se ha opuesto hasta el momento con firmeza crítica y científica al irracionalismo del discurso posmoderno. Ninguna excepto una: la que se expone en la Crítica de la razón literaria[11].

 


2. Antecedentes y situación actual

El estado actual de la crítica literaria europea es resultado de una serie de antecedentes históricos y científicos que es obligatorio considerar. Desde siempre, estos antecedentes se han examinado desde criterios epistemológicos, es decir, desde la oposición objeto / sujeto, de tal modo que el objeto se considerada dado de forma acrítica y apriorística a un sujeto que, finalmente, terminada por interpretar el objeto como un epifenómeno de su propia conciencia. De este modo, la subjetividad del yo devoraba a un objeto ideal y con frecuencia metafísico. Aquí, en lugar de examinar estos antecedentes desde criterios epistemológicos (objeto / sujeto), lo haré desde criterios gnoseológicos, es decir, desde la oposición materia / forma. De este modo, se considerará que la Teoría de la Literatura es el conocimiento científico de los materiales literarios, esto es, la formalización conceptual, racional y lógica, de tales materiales, que son cuatro: el autor, el texto u otra literaria, el lector y el intérprete o transductor. Advierto desde este momento que el lector interpreta para sí, mientras que el intérprete o transductor interpreta para los demás[12].

Desde la gnoseología constructivista será posible, sin embargo, ofrecer una crítica contra la concepción epistemológica de las principales, o más representativas, teorías de la literatura. El análisis gnoseológico permite reinterpretar las diferentes escuelas teóricoliterarias no como simples episodios de una Historia de la poética, sino como un sistema de teorías disyuntivas y deficientes, que se excluyen, se confunden y se parchean —por no decir que se remiendan— unas a otras. En consecuencia, se tratará de demostrar que existe una estructura lógica y dialéctica que permite interpretar y codificar las oposiciones que configuran el funcionamiento de cada una de estas escuelas teórico-literarias.

Así, desde una perspectiva crítica dada epistemológicamente, las teorías literarias se han desarrollado a lo largo de historia tomando como referencia exclusiva y excluyente uno de los términos o materiales literarios fundamentales del campo categorial de la literatura, esto es, el autor, la obra literaria, el lector o el crítico o transductor.

 

1. Poética mimética, clasicista y aristotélica.


2. Poéticas del autor (el yo como hecho histórico y como hecho de conciencia): 

 - Positivismo histórico decimonónico.
 - Psicocrítica, mitocrítica y poética de lo imaginario.


3. Poéticas formales (la obra literaria como forma literaria):


4. Poéticas de la recepción (el lector como creador de la literatura):

 - Sociocrítica.
 - Pragmática.
 - Semiología.


5. Poéticas de la transducción e intermediación (el intérprete como teólogo de la literatura): 

 - Posestructuralismos.
 - Ciencia empírica de la literatura.
 - Teoría de los polisistemas.
 - Ideologías posmodernas (neohistoricismos, feminismos, culturalismos...)

 

Históricamente es posible identificar, desde criterios ontológicos, que no gnoseológicos, una serie de paradigmas en el desarrollo de la teoría literaria, en los que se observa un desplazamiento que va del emisor al receptor, alcanzando incluso, en nuestra época, a los mediadores, posprocesadores o transductores del fenómeno literario (Dolezel, 1986; Schmidt, 1980; Maestro, 1994). El primero de estos paradigmas es de base aristotélica, y los restantes derivan de los presupuestos de la epistemología kantiana.

1. La poética mimética, desarrollada por Aristóteles y buena parte de sus comentaristas, dominante en los períodos clasicistas de la historia literaria, prevalece vigente hasta fines del siglo XVIII. La poética mimética nace con el pensamiento aristotélico, y se fundamenta sobre el postulado del proceso de imitación (mímesis) como principio generador del arte; prevalece de forma más o menos latente a lo largo de las edades Antigua y Media, y es objeto de profundas sistematizaciones a lo largo de la Edad Moderna, especialmente desde la obra de los tratadistas del Renacimiento italiano, quienes a través de sus comentarios a la Poética consolidan los presupuestos metodológicos y epistemológicos de la teoría de la mímesis, como principio explicativo del arte, entendido como imitación de la naturaleza, que no como construcción de sentidos a través de formas sensibles. La poética mimética ha contribuido de forma muy especial a la configuración de determinadas condiciones que han hecho posible el desarrollo de la ciencia de la literatura tal como la conocemos en nuestros días. La poética mimética incurre en la falacia descriptivista, al considerar la materia hipostáticamente, es decir, al margen de una forma interpretativa que la iría descubriendo, desvelando o, simplemente, describiendo.

2. Las poéticas de autor encuentran su nacimiento y justificación en la filosofía alemana de fines del siglo XVIII, y adquieren su principal desarrollo a lo largo del siglo XIX. El pensamiento del idealismo alemán, especialmente la obra de Kant y Fichte, representa el nacimiento y desarrollo de una nueva concepción de la poética, que desplaza los presupuestos de la teoría aristotélica de la imitación, y encuentra en la ideología estética del Romanticismo europeo su manifestación más importante. Los nuevos fundamentos epistemológicos, apoyados en las facultades del sujeto y las posibilidades de su pensamiento idealista, disponen la concepción de la obra literaria como un proceso de creación de sentidos, por parte de su autor, a través de formas sensibles. En consecuencia, la labor literaria se concibe como una labor de creación —creación humana libre—, en la que intervienen factores psicológicos e individuales, y no como una copia elaborada mecánicamente (mímesis) a partir de un modelo natural, al que se le confiere una existencia ontológica fuera del pensamiento humano (dogmatismo). Al igual que la poética mimética, las poéticas del autor incurren en la falacia descriptivista, al dar por supuesta la existencia del autor, como una realidad acrítica y apriorística, y no como lo que realmente es: un realidad ontológica y gnoseológica construida por la formalización científica misma de su materia.

3. Las poéticas formales se interesan por las formas, determinadas por su valor funcional en el texto, y reconocidas a partir de las diferentes variantes literarias. Dan lugar a métodos que pretenden objetividad en sus logros, y deriva hacia rasgos y propiedades identificables en el discurso, en una amalgama de positivismo e idealismo. Las poéticas morfológicas y funcionales (mensaje ) se articulan en torno a la obra en sí y a los procedimientos de construcción textual (inmanencia); desarrolladas desde los comienzos del siglo XX europeo como reacción a las corrientes del positivismo histórico, pretenden la objetividad y la comprensión del significado literario en sus límites textuales, atendiendo a las formas (teorías formales o morfológicas) y a las funciones (funcionalismo). Las poéticas formales y estructuralistas incurren en la falacia teoreticista, al hipostasiar la forma de la interpretación frente a la realidad ontológica, pragmática y contextual, de materiales literarios como son el autor, el lector y el crítico o transductor.

4. Las poéticas de la recepción están orientadas hacia el lector y las posibilidades de interpretación de la obra literaria; alcanzan su sistematización desde mediados del siglo XX, tras la célebre lección inaugural de Jauss en la Universidad de Constanza, en 1967, y encuentran amplias posibilidades de manifestación y desarrollo en el ámbito de la pragmática literaria. Desde una perspectiva lingüística y semiótica, la teoría de la recepción pretende un análisis formal que revele la potencia semántica de un texto artístico, es decir, los sentidos que la estructura de un discurso literario permite o autoriza desde el punto de vista de la competencia de sus lectores. El acto de recepción de la obra literaria constituye una operación de interpretación experimental, que responde a determinados mecanismos psicológicos, sociales, fenomenológicos, estructuralistas, históricos, etc., que conviene determinar exhaustivamente, y que con frecuencia adquieren expresión formal a través de las sucesivas manifestaciones que experimenta el texto literario en su acontecer histórico, una vez que ha salido de manos de su autor y es depositario de múltiples lecturas, interpretaciones y relaciones transtextuales. La poética de la recepción, sin embargo, acaba con considerar el texto como un epifenómeno de la conciencia de un lector modélico e irreal. Incurre en la falacia adecuacionista, al establecer una relación de correspondencia o adecuación entre el mensaje literario y la subjetividad de la conciencia de un lector ideal.

5. Poéticas de la intermediación (posprocesamiento, transducción, transformadores literarios, etc.). Bajo esta denominación me refiero a los diferentes estudios de teoría de la literatura ocupados en el análisis de aquellos factores que actúan como elementos intermediarios en el conocimiento, interpretación y análisis de las obras literarias. Es el caso de los «intermediarios» del fenómeno literario, traductores, críticos, profesores, teóricos, divulgadores, censores, artistas, escritores, actores, directores de escena, etc., cuya intervención mediatiza siempre la comprensión de aquellas realidades culturales, literarias, que pretenden comunicar. Difícilmente ha sido posible al ser humano acceder en estado puro a una realidad que no fuera su propio pensamiento. Todo lo que hace el hombre significa, y todo lo que significa es objeto de mediación, bien para mejorar sus posibilidades de conocimiento y transmisión, bien para deteriorarlas o confundirlas. Las diferentes corrientes metodológicas ocupadas en el estudio de la acción de los intermediarios, en los procesos de creación y transformación del sentido que se producen en nuestra sociedad (teoría de los polisistemas, ciencia empírica de la literatura, control de los medios de opinión en sociología, etc.), encuentran un fundamento común en el análisis de las operaciones de transmisión y transformación del sentido, en que se fundamenta el proceso semiósico de transducción. En la vida social del hombre existen numerosos intermediarios que transmiten y transforman el sentido de la realidad que comunican, con objeto de actuar sobre los receptores de sus mensajes, y ejercer de este modo sobre ellos una relación de dominio, inquietud, orientación, vulnerabilidad, desasosiego, incertidumbre, etc., desde la que es posible, en suma, controlar y manipular todas las formas y manifestaciones de la conducta humana. En el ámbito de una teoría de la literatura, de la que el teatro formaría parte esencial, el estudio de los diferentes elementos que intervienen en los procesos de transmisión y transformación del sentido es de gran actualidad, y sus posibilidades de investigación y desarrollo pueden abordarse desde una poética de la transducción.

Desde una perspectiva gnoseológica, esto es, lógico-formal y lógico-material, que dé cuenta de las formas que metodológicamente permiten conceptualizar críticamente el conocimiento científico de los materiales literarios, las diferentes teorías de la literatura habrán de examinarse tomando como referencia la realidad ontológica que las constituye y hace posible. Esa realidad ontológica se construye y está organizada, tal como sume la Crítica de la razón literaria, en los tres géneros de materialidad de ontología especial en la que se determinan formalmente los materiales literarios, en su triple dimensión física (M1), fenomenológica (M2) y conceptual o lógica (M3). 

Es muy importante constatar aquí que, a diferencia del enfoque gnoseológico, el modelo epistemológico hacía descansar el peso de la ontología literaria no sobre los tres géneros de materialidad del Mundo interpretado (Mi), sino sobre uno de ellos en especial: lo fenomenológico (M2), cuyo protagonista es la psique del sujeto, único «obrador» del cosmos, que hace de la literatura un epifenómeno de su poética de lo imaginario y que convierte los materiales literarios en un hecho privativo —pero también público— de su conciencia. Mientras que la gnoseología de la literatura se construye sobre la crítica de las formas y los materiales literarios, esto es, sobre la ontología de la literatura efectivamente existente, la epistemología de la misma literatura se basa en la interpretación subjetiva, idealizada en las categorías del entendimiento trascendental del yo. La crítica gnoseológica podrá asumirse, en consecuencia, como una interpretación dialéctica y negativa de la epistemología literaria contemporánea.

 

1. Teorías literarias que se orientan a las formas de la literatura (M1):

- Poética mimética, clasicista y aristotélica.
- Escuela morfológica alemana.
- Formalismo ruso.
- New Criticism.
- Estilística.
- Estructuralismo.
- Ciencia empírica de la literatura.

 

2. Teorías literarias que se orientan a la psicología de la literatura (M2):

- Psicocrítica, mitocrítica y poética de lo imaginario.
- Posestructuralismos.
- Ideologías posmodernas (neohistoricismos, feminismos, culturalismos...)

 

3. Teorías literarias que se orientan a conceptos puros de la literatura (M3):

- Positivismo histórico decimonónico.
- Sociocrítica.
- Pragmática.
- Semiología.
- Teoría de los polisistemas.

 

Ha de advertirse, además, que cada una de estas teorías literarias desempeña un papel funcionalmente muy diferente, respecto a su relación dialéctica frente a los materiales literarios, según las consideremos desde el punto de vista de su implicación en el espacio antropológico, el espacio ontológico, el espacio gnoseológico y el espacio poético o estético (Maestro, 2007a, 2007b).

Acabo de exponer de forma muy sintética la tradición europea sobre la que se ha construido históricamente la teoría y la crítica literarias de que disponemos. Diferentes autores que podemos catalogar bajo el término de posmodernos han tratado de desacreditar esta tradición, de deconstruirla, acusándola irracionalmente de múltiples delitos, entre los cuales los más graves son los relacionados con uso de la razón, la ciencia, la dialéctica y la crítica. La crítica posmoderna considera que la razón es el enemigo principal del género humano. 

No es la primera vez que algo así sucede. Lutero, en su afán por imponer el fideísmo reformista sobre el racionalismo tridentino, reiteró en numerosas ocasiones que «la razón es la mayor de las putas que tiene el diablo» (Die Vernunft ist die höchste Hure, die der Teufel hat). Nietzsche, por su parte, confirmó su mismo punto de vista respecto a la razón al proclamar la muerte de un dios que no era otra cosa que la idea misma de razón construida por la civilización europea. Si las palabras de Nietzsche tienen alguna gravedad es solamente porque al afirmar que «Dios ha muerto» afirma en realidad que lo que ha muerto es la razón[13]

Nietzsche es un místico que identifica la razón con Dios, es decir, que identifica y subordina la razón humana a la razón divina. Nietzsche fue incapaz de pensar racionalmente al margen de Dios. Fue incapaz de desarrollar una razón antropológica al margen de una razón teológica. Hasta tal punto esto es así para Nietzsche y sus admiradores posmodernos, como Barthes, Derrida o Foucault, que la muerte de Dios es la muerte de la razón, de toda razón, porque para ellos no hay más razón que la razón teológica. Piensan como curas, no como hombres. Hablan como teólogos idealistas, no como filósofos materialistas, ignorantes de la realidad y de las ciencias. Es decir, usan metáforas, no conceptos. Usan figuras retóricas, no figuras gnoseológicas. Lo suyo es la tropología seductora, no la ciencia explicativa. 

Gracias a Nietzsche, el discurso posmoderno es el discurso de quienes son incapaces de usar la razón y de pensar en términos seculares y laicos. El discurso posmoderno se basa siempre en metáforas teológicas, en expresiones irracionales, en la negación de la razón en tanto que razón identificada exclusivamente con un Dios inexistente y omnipresente, haciendo del mundo interpretado racionalmente un mundo ilegible. La razón no ha muerto con Nietzsche. Que los posmodernos hayan querido privarse de forma voluntaria de la razón para interpretar científicamente los materiales literarios no quiere decir que el resto de los mortales estemos obligados a hacer lo mismo. El popular artículo de Barthes sobre el autor (1968) no es sino un collage, retórico y reiterativo, e igualmente teológico, del fragmento 125 de Die fröhliche Wissenschaft (La gaya ciencia, 1882) de Friedrich Nietzsche. Lo mismo cabe decir de las ideas de Foucault (1969) sobre el autor, ignorantes de una realidad fundamental: el copyright ©.

Uno de los grandes errores en los que incurre con frecuencia la investigación literaria desarrollada contemporáneamente en Europa es, por influencia estadounidense, la de confundir teoría literaria y crítica literaria. Esta discriminación es decisiva.

La literatura es una materia que puede y debe analizarse formalmente como concepto, es decir, gnoseológicamente, desde una perspectiva científica (Teoría de la Literatura), y como idea, es decir, ontológicamente, desde una perspectiva filosófica (Crítica de la Literatura). La confusión de una y otra disciplinas equivale a confundir el análisis científico y categorial de una realidad con su interpretación trascendental y filosófica. Esta confusión es excelente para el ejercicio de la «crítica» posmoderna, porque de este modo puede fundir en un mismo discurso realidades tan diferentes como lo son la ciencia, la filosofía, la ideología, la retórica, la literatura o el tebeo (cómic).

La literatura es una construcción humana que existe real, formal y materialmente, y que puede y debe analizarse de forma crítica mediante criterios racionales, conceptos científicos e ideas filosóficas. Como construcción humana, la literatura se sitúa en al ámbito de la antropología; como realidad material efectivamente existente, pertenece al dominio de la ontología; como obra de arte, constituye una construcción en la que se objetivan valores estéticos, que exigen enjuiciarla, desde una poética, que los idealistas alemanes redujeron a estética o filosofía del arte, en un espacio estético; y como discurso lógico, en cuya materialidad se objetivan formalmente ideas y conceptos, es susceptible de una gnoseología, es decir, de una interpretación basada en el análisis crítico de las relaciones conjugadas —que no dialécticas— entre la materia y la forma que la constituyen como tal literatura.

Llegados a este punto conviene identificar algunas discriminaciones necesarias, que actualmente ignora la mayor parte de la crítica literaria europea, y que permiten distinguir y delimitar tres realidades fundamentales: la literatura, la Teoría de la Literatura y la Crítica de la Literatura.

4.1. En primer lugar, se considerará que la Literatura es el conjunto de los materiales literarios que constituyen el objeto de la Teoría de la Literatura (en tanto que Teoría de la Literatura basada en realidad de los materiales literarios, es decir, en su ontología). La literatura es así una realidad ontológica de primer grado (materia primogenérica: M1), a la que pertenecen los seres humanos que la construyen (autores), difunden (copistas, impresores, editores...) e interpretan (lectores, actores, críticos, consumidores...); el texto en que se objetiva (papiros, pergaminos, manuscritos, libros, discos compactos y soportes informáticos...); el lenguaje literario oral y escrito, etc. Los materiales literarios son una realidad física, es decir, formal y material, que implica a autores, lectores, intérpretes y actores, críticos, públicos, sociedades, culturas, etapas históricas, zonas geográficas, etc., como totalidades complejísimas, fuera de las cuales la literatura no es concebible ni factible como tal. Estas totalidades pueden y deben ser analizadas de forma sistemática, crítica y científica, a través de diferentes ciencias categoriales que, cada una desde su propia perspectiva gnoseológica, tienen como objeto de interpretación algún tipo de material que sirve a la construcción literaria: el lenguaje (lingüística...), el texto (retórica, ecdótica...), el ser humano (antropología, sociología...), bien como autor (Historia, psicología...), bien como lector (hermenéutica, pragmática, fenomenología...). La sistematización de las diferentes disciplinas y ramas del saber, organizadas en symploké para el estudio de la Literatura, permite la constitución de la Teoría de la Literatura como ciencia categorial ampliada cuyo objeto de estudio específico son los materiales literarios.

4.2. En segundo lugar, se considerará que la Teoría de la Literatura es, en consecuencia, el conocimiento científico de los materiales literarios. Se tratará, por lo tanto, de un conocimiento conceptual o categorial, es decir, de un conocimiento científicamente construido. La Teoría de la Literatura es, pues, una ciencia categorial, como conjunto sistemático de metodologías específicas que estudian, cada una desde su propia categoría gnoseológica, una determinada forma de materiales literarios (la palabra, el signo, el autor, el lector, la métrica, el personaje, el tiempo, el espacio, etc.). La Teoría de la Literatura da lugar a conceptos, porque opera como una ciencia. Quienes niegan la posibilidad de estudiar científicamente la literatura deberían exponer, en primer lugar, cuál es su concepto y su idea de ciencia, y, en segundo lugar, deberían explicarnos cómo se pueden definir, por ejemplo, los conceptos de narrador, cronotopo, endecasílabo o signo teatral, al margen de la narratología, la métrica o la semiología del teatro. Quien no sea capaz de distinguir entre conocimiento científico (basado en conceptos categoriales), conocimiento filosófico (basado en ideas organizadas lógicamente) y conocimiento ideológico (basado en prejuicios psicológicos), hará bien en acudir a una escuela o centro de enseñanza primaria. A ser posible, con el Capricho 37 de Goya bien grabado en su mente, pues no es magisterio todo lo que reluce.

4.3. En tercer y último lugar, se considerará que la Crítica de la Literatura es un saber de segundo grado, es decir, un saber que sólo puede actuar, que sólo puede ser factible, a partir del saber de primer grado que constituye la Teoría de la Literatura, como ciencia categorial responsable de construir los conceptos científicos que habrá de manejar el crítico en sus interpretaciones sobre los materiales literarios (texto, autor, lector, Historia, sociedad, psique, mito, forma, etc.). La Crítica de la Literatura actúa sobre los materiales literarios sólo a partir de los conceptos que las ciencias categoriales ampliadas, sistematizadas en una Teoría de la Literatura, le proporcionan sobre la literatura. La Crítica de la Literatura da lugar a ideas, y opera como una filosofía, al enfrentarse, de forma dialéctica y conjugada, a la symploké de las ideas contenidas y formalizadas en los materiales literarios.

Es obvio que la literatura no es una ciencia, naturalmente, sino el campo de investigación de varias ciencias categoriales, que pueden agruparse u organizarse desde una Teoría de la Literatura. En consecuencia, he distinguido tres realidades fundamentales, funcionalmente relacionadas entre sí, es decir, en symploké:

 

1) La literatura, que es una ontología, en la cual se objetivan físicamente materiales y formas literarios, construidos por un autor e interpretables por un lector.

2) La Teoría de la Literatura, que es una ciencia categorial, la cual construye conceptos científicos destinados a la interpretación de los materiales y las formas literarios.

3) La Crítica de la Literatura, que es una filosofía, la cual dispone una organización crítica, racional y lógica (symploké) de las ideas formalizadas en los materiales literarios.

 

Conviene subrayar que, cuando la Crítica de la Literatura se ejerce sin criterios, no cabe hablar en rigor de crítica, pues, ¿cuáles son sus fundamentos científicos, conceptuales, materiales? No hay crítica sin criterios. La crítica nace en la objetivación del acuerdo y del desacuerdo —es decir, nace de la dialéctica—, planteadas estas diferencias en términos que han de ser verificados por la ciencia, y no por la psicología personal, ni por la ideología gregaria y gremial, ni por la retórica del sofista, cuyas palabras carecen de referentes materiales y de contenidos verdaderos.


 

5. La disputa por el canon literario

La cuestión del canon literario sigue siendo en Europa objeto de debate para la crítica literaria. Es concepto capital en el ejercicio de la Literatura Comparada. 

En esta disciplina, el comparatista o intérprete, sujeto operatorio que establece relaciones o comparaciones entre los términos o materiales literarios (autores, obras, lectores e intérpretes o transductores), desemboca, a través del manejo de autologismos de autores y lectores, de dialogismos de comunidades de lectores y de gremios de transductores, en las consecuencias de las preceptivas estéticas y de los sistemas normativos instituidos y sostenidos por los transductores de las sociedades políticas y estatales, frente a las sociedades naturales, gremiales o gentilicias. Así pues, atendiendo a la relación pragmática de las figuras autológicas (individuos: autor o lector), dialógicas (grupos sociales: gremios de lectores y transductores) y normativas (sistema de normas: los transductores como institución política), ha de darse cuenta de las siguientes situaciones, relativas a prototipos, paradigmas y cánones. Se trata, en suma, de los tres sectores del eje pragmático del espacio gnoseológico de la Literatura Comparada: autologismos o prototipos (la interpretación de un yo), dialogismos o paradigmas (la interpretación de un nosotros), y normas o cánones (la interpretación formalizada en un sistema de normas, objetivadas más allá de preferencias individuales y gremiales).

5.1. Autologismos o prototipos. Los autologismos dan lugar a prototipos, es decir, sólo permiten establecer interpretaciones individuales, dadas por el yo. Son las interpretaciones del yo que se toman como referentes o prototipos de lectura de una obra literaria, por ejemplo: los Nueve ensayos dantescos (1982) de Borges sobre la Divina commedia, o la Vida de don Quijote y Sancho (1905) de Unamuno sobre la novela de Cervantes. Los autologismos son discursos e interpretaciones personales que un sujeto postula o proyecta sobre términos literarios específicos (una obra, un autor, un lector).

5.2. Dialogismos o paradigmas. Los dialogismos dan lugar a paradigmas, es decir, permiten establecer interpretaciones gremiales, llevadas a cabo por grupos humanos, dadas por el nosotros. ¿Qué puede significar semejante tipo de interpretación? Significa el triunfo de la endogamia en la transmisión y transformación de una interpretación, es decir, supone que una interpretación sólo prosperará entre los miembros de una misma clase, grupo o familia. Dicho de otro modo: los paradigmas son interpretaciones endogámicas. Sólo son intercambiables acríticamente entre los miembros de un mismo grupo. Se trata de interpretaciones gremiales de los materiales literarios, sólo válidas para los miembros del gremio y sólo operativas dentro de los límites del gremio. Fuera del gremio resultan ilegibles o inaceptables. Son ideas endogámicas, discursos que sirven de base y fundamento a grupos moralmente muy cohesionados, y cuyo objetivo último no es el conocimiento científico y crítico, ni mucho menos dialéctico, sino la preservación unitaria de sus miembros por encima de cualesquiera consecuencias internas y al margen de cualesquiera influencias externas. Las interpretaciones paradigmáticas tienen como base el dialogismo acrítico y endogámico de un gremio autista. Feminismos y nacionalismos son los ejemplos más expresivos de este tipo de figuras gnoseológicas, al tratarse de agrupaciones cuya preservación depende de la isología de sus miembros —todos son acríticamente iguales entre sí— y de la distribución equitativa de sus funciones —todos sirven endogámicamente para lo mismo, al mismo fin y desde la misma idea—. Fruto de dialogismos gremiales y endogámicos, los paradigmas son formulaciones de sociedades que no pueden constituirse en Estado, es decir, de sociedades gentilicias, o sociedades no políticas, lo que constituye su principal limitación a la hora de disputar contra el canon que pretenden socavar y reemplazar desde su endogamia paradigmática. El paradigma es, en suma, el canon de un gremio, no el canon al que pueden referirse todos los gremios, incluso para discutirlo, y para negarlo, lo cual constituye la forma más positiva de reconocer la existencia, actualidad y potencia operatoria de un canon. Un error gravísimo del estado actual de la crítica literaria en Europa consiste en interpretar la literatura desde la creencia de que es posible un canon feminista o un canon nacionalista, es decir, un canon del gremio, algo así como «un mapamundi de Berlín». El gremio, como el individuo, no puede «canonizarse», porque todo canon se construye trascendiendo la voluntad del individuo y las ideologías de los gremios. El canon es superior e irreductible al yo y al nosotros, porque es normativo, sistemático y trascendente.

5.3. Normas o cánones. Las normas —no los individuos ni los gremios— engendran y fundamentan cánones. Pero las normas requieren, para ser efectivas, las operaciones de un poder igualmente efectivo, desarrollado e impuesto ontológicamente, es decir, de facto, frente a otros poderes alternativos. El producto entre la distinción de materiales e instrumentos de la crítica da lugar a cuatro situaciones o modulaciones de crítica: a) crítica dialógica, o crítica que desde unas opiniones o teorías se realiza sobre otras opiniones o teorías; b) crítica logoterápica, en la que el instrumento de la crítica es una amonestación verbal que pretende disuadir de una conducta o de una acción determinadas; c) crítica translógica, consistente en la invectiva ejercida mediante instrumentos reales dirigidos a opiniones, doctrinas o teorías; y d) crítica ontológica, que usa, como instrumento para ejercer la crítica, objetos, acciones o realidades, y, como objeto de la crítica, también objetos, acciones o realidades. La construcción de un canon moviliza los cuatro tipos de crítica a que me acabo de referir, de modo que la primera y la cuarta son esencialmente metodológicas, mientras que la segunda y la tercera resultan sobre todo pedagógicas: 1) la crítica dialógica se dirige académica e institucionalmente contra gremios y comunidades endogámicas (dialogismos), con el fin de desacreditarlos desde principios normativos y científicos (el congreso científico es la modalidad más expresiva en la que tiene lugar el ejercicio de este tipo de crítica); 2) la crítica logoterápica se ejerce desde las instituciones educativas más elementales, con intención pedagógica y correctiva (la Escuela es la institución más representativa del desarrollo de esta modalidad crítica); 3) la crítica translógica va más allá de la mera educación escolar y social para imponerse desde las formas de una educación política y estatal, mediante el uso de todo tipo de instrumentos dirigidos a reprimir, suprimir o transformar las ideas no autorizadas (la Censura es, en este sentido, la figura más representativa de esta modalidad crítica); y 4) la crítica ontológica remite a la destrucción física de toda fuente o entidad generadora de ideas adversas (la guerra es la acción más extrema exigida en última instancia por la implantación y desarrollo de este tipo de crítica). Se ha atribuido a un autor inglés de cuyo nombre no quiero acordarme que una lengua es un dialecto que dispone de ejército propio. Lo mismo podríamos decir de un canon: es un paradigma que dispone de un Estado propio. El canon es el paradigma de un Imperio. Es decir, dispone de superestructuras transductoras para imponerse de forma heterológica (sobre entidades diferentes y dominables: autores, obras y lectores) y de modo distributivo (con la misma intensidad sobre todas las clases, miembros y entes). Sólo la isología de un lector frente a otro lector, y sobre todo de un transductor frente a otro transductor, puede subvertir el canon, limitándolo a ser un paradigma, válido únicamente en los límites que abastece tal o cual Estado, o tal o cual gremio, capaz de enfrentarse y socavar el poder de imposición que caracteriza a una sociedad políticamente organizada. El canon se impone a los autologismos de los individuos y a los dialogismos de los gremios, y se impone mediante la fuerza superestructurada de los transductores: intermediarios, profesores, críticos, censores, periodistas, funcionarios de ministerios de educación y cultura, instituciones estatales, sistemas educativos, centros de investigación, etc. El canon (normativo) es la forma que la Academia tiene de imponerse a los paradigmas (dialógicos) de la endogamia gremial y autista, cuya génesis más primitiva remite a los autologismos de los grupos fundamentalistas que operan como un solo y único individuo, por lo demás, y en casos extremos, completamente enajenados y desposeídos de razón.

Un lector único sólo puede ser autor de autologismos. Una comunidad o gremio de lectores siempre será artífice de uno, o en todo caso de varios, dialogismos. Y una sociedad política de transductores, que actúan desde un Estado, o desde un imperio —como hacen hoy por hoy quienes interpretan desde Estados Unidos y angloamérica la literatura para el mundo—, puede ser, y de hecho es, artífice de sistemas normativos, preceptivas y cánones. El profesor de universidad, el académico, el periodista, el crítico literario, el censor de revistas científicas y publicaciones periódicas, etc., modernamente actúa desde los imperativos de una transducción, desde el momento en que decide quien publica y quién no publica esto o lo otro. Es, en suma, el mismo trabajo que hacía un censor inquisitorial en el siglo XVII español. En todo caso, hoy día el «hereje» no va a la hoguera. Simplemente lo que escribe se tipifica como políticamente incorrecto, y su supuesta condena se salda con que su trabajo no ve la luz en revistas del continente americano, por ejemplo. 

Del mismo modo, muchos de los trabajos elaborados en USA, Canadá, y los países americanos de lengua española cuyos profesores universitarios siguen acríticamente los dogmas de la política imperial norteamericana, son constantemente autores de trabajos que apenas tienen impacto científico en determinados modos europeos de interpretación literaria. Nunca ha sido tan acusado el divorcio metodológico entre Europa y América como en estos momentos lo es. Pero el imperialismo académico de Estados Unidos tiende a imponerse, aunque, de forma paradójica, se imponga precisamente más en las mentes de quienes políticamente dicen oponerse a él. Porque el discurso de las minorías autistas o aislantes, la retórica de grupos y gremios que reclaman para sí una identidad ajena a los demás seres humanos, la ideología de lobbies y colectivos beligerantes, como nacionalismos, feminismos y culturalismos varios, no son más que desarrollos y articulaciones de un imperialismo político cuyo principal fundamento se objetiva, se apoya y se articula en los medios y recursos de que dispone el imperio norteamericano, a través de sus universidades, editoriales e instituciones académicas, organizadas sobre el inmenso arsenal presupuestario de cientos de miles de millones de dólares. 

Sin las infraestructuras del Imperio Romano, sin sus calzadas, sin su economía, sin su organización política y social, las sectas cristianas originarias nunca podrían haber llegado a la capital del imperio, a Roma, ni podrían haberse hecho nunca con el poder de ser una religión de Estado. Del mismo modo, sin las infraestructuras del imperio que tanto denuestan, sin el poder del imperio estadounidense, del que forman parte efectiva, y al que deben su nacimiento, existencia y sostenimiento, los grupos minoritarios actualmente operativos, sectas feministas, nacionalistas, culturalistas, neohistoricistas, indigenistas, et altera..., no tendrían la más mínima posibilidad de sobrevivir. De hecho, estos grupos sólo existen en el mundo capitalista y occidental, al amparo del imperio estadounidense que dicen criticar, y protegidos por el sistema político y universitario norteamericano que los reconoce como gremios ideológicos y académicos políticamente correctos. Estos grupos no se desarrollan en el denominado «tercer mundo» con la misma soltura que en el «primero» o en el «segundo», porque en aquél carecen de la infraestructura política que el imperio ha desarrollado en éstos. Pero, con todo, operan en el tercermundismo bajo la forma de ong’s u organizaciones equivalentes, sin darse cuenta de que lo que hacen, en nombre de la solidaridad y la justicia es, por más que se lo nieguen a sí mismos y a los demás, imponer una nueva forma de colonización y una nueva forma de explotación: la colonización posmoderna ejecutada por el primer mundo y la explotación de la miseria que proporciona el tercer mundo. Y lo mismo puede decirse de la exportación de la Literatura Comparada a geografías en las que están implantadas culturas que carecen de una organización política isovalente a la europea. Incorporar a la Literatura Comparada, que es una invención europea y etnocéntrica, las culturas y las literaturas de China, Polinesia o Mongolia, por ejemplo, no es más que una forma de colonización posmoderna, en términos de comparatismo, de esas culturas y de esas literaturas. Porque en realidad no es otra cosa que la reconstrucción etic, desde Europa, de una literatura emic, Made in Oriente. Que la posmodernidad ignore, o quiera ignorar, por irreflexión e irracionalismo, que lo que está haciendo al imponer su modelo de canon y de Literatura Comparada sobre culturas y literaturas no europeas es una forma de colonización antropológica, académica y metodológica de primer orden, llevada a cabo con los mecanismos más sofisticados de nuestro tiempo, desde la infraestructura analítica y científica hasta la retórica y la sofística destinada moralmente a justificar todos sus actos ante la opinión pública, no sólo no exime a los posmodernos de ser causa directa de esta neocolonización, sino que los hace directamente responsables de sus consecuencias. En nombre de la solidaridad no se puede colonizar al otro, aunque sea para ayudarlo. En términos morales, la colonización es igual de injusta siempre, se haga en nombre de la fe (cristianismo), en nombre de la razón (Ilustración), o en nombre de la solidaridad (posmodernidad). Y si no, espérese a ver el coste de la factura que el colonizado pasará a la crítica posmoderna llegado el momento oportuno.

No se olvide que desde el canon (interpretación normativa) se explica el paradigma (interpretación gremial o del nosotros), pero no a la inversa, es decir, ningún paradigma, ninguna propuesta distributiva de lectura o de interpretación, planteada por un gremio de lectores o de críticos, por muy cualificados o modélicos que éstos sean, puede convertirse por sí misma en una explicación del canon, porque las normas de un grupo no son las normas de la interpretación literaria, sino las normas que identifican a un gremio de intérpretes. Por esta razón, el feminismo nunca podrá constituir un canon de interpretación literaria, desde el momento en que se construye sobre la supresión o la ignorancia de una serie de atributos de lectura explícitamente excluidos de sus imperativos distributivos, desde los cuales se anula o deroga todo lo codificado como masculino o machista. 

Un canon no se puede construir a partir de la supresión psicológica o ideológica de lo indeseado, cuando lo indeseado es una parte atributivamente esencial de la estructura a la que se refiere ese canon: la literatura construida o interpretada por seres humanos dotados de aparato sexual masculino y de sistema hormonal igualmente masculino. El «canon feminista» no existe como tal, porque no puede darse como canon, sino sólo como paradigma, es decir, no existe como sistema normativo esencial al campo categorial de los materiales literarios, sino como paradigma, o sistema de pautas de comportamiento dialógico dado solamente entre los miembros de un gremio o grupo, en este caso, el gremio de las feministas. El canon es un sistema de normas que afecta a una totalidad. El paradigma es un sistema de pautas de interpretación que caracterizan a un grupo, y que como tal lo identifican ante otros grupos de intérpretes, respecto a los que mantienen relaciones de analogía, paralelismo o dialéctica. El canon rebasa las normas del grupo y los dialogismos del gremio, así como, por supuesto, los autologismos de cualquier intérprete individual, por muy prestigioso que sea o que se le considere. El canon impone unas normas ante las que sólo cabe la interpretación científica y crítica, no el psicologismo gremial ni el autologismo personal.

 


6. Falacias de la «crítica literaria» posmoderna

Afirmar nietzscheanamente que «no hay hechos, sino sólo interpretaciones», implica algo fundamental: que quien habla desconoce los hechos. El estado actual de la crítica literaria europea está determinado, entre otros muchos, por este gravísimo postulado del irracionalismo de Nietzsche. Hermeneutas de este nihilismo absurdo, autores como Barthes, Derrida, De Man y Foucault, entre muchos otros, han hecho de la razón una sofística, de la crítica una retórica, de la ciencia una ideología, de la dialéctica un relativismo, y de la symploké platónica una deconstrucción. Voy a explicar brevemente cada uno de estos cinco puntos, ya para concluir.

6.1. Sofística versus racionalismo. En la interpretación de la literatura no se puede aceptar la existencia de ideas que desborden los límites de la razón humana. No se puede admitir la posibilidad de trabajar con ideas irracionales. Es irracional toda idea que, o bien provoca indefinidamente una suspensión en el juicio, es decir, que de forma constante inmoviliza al intérprete en el escepticismo, o bien excluye soluciones, operaciones o análisis racionales, aunque estos últimos resulten conflictivos, dialécticos o incompatibles entre sí. Las ideas son construcciones de la razón humana, están inmersas en el desarrollo de su propia historia, y ni sus orígenes ni sus consecuencias pueden situarse racionalmente fuera del espacio antropológico. Gustavo Bueno (1971) ha sido muy claro en este sentido, y por ello parafraseamos aquí sus palabras y las recuperamos claramente. No es posible dar por supuesta la esencia de algo —de la religión por ejemplo, esto es, de un dios, como núcleo esencial de ese algo—, si los saberes categoriales o científicos no pueden por sí mismos explicarla racionalmente, es decir, exponer críticamente, en qué se sustantiva esa esencia. En consecuencia, no se puede aceptar nunca el uso de las ideas como principios a priori en los que encajar una realidad que las desborda. La literatura es un conjunto de materiales que han de interpretarse racionalmente. No se puede hacer crítica literaria sin criterios, es decir, al margen de la razón. Sofista es quien convence con argumentos falsos, que simulan un conocimiento inexistente, pero, insisto, convincente y verosímil. El estado actual de la crítica literaria en Europa está más influido por la sofística de la interpretación retórica de los materiales literarios que por un racionalismo crítico efectivo.

6.2. Retórica versus crítica. Cuando la crítica se divorcia de la razón se convierte en retórica. La mayor parte de las interpretaciones literarias contemporáneas, en Europa, y, sobre todo, en Estados Unidos, son pura retórica de la ideología del gremio (dialogismos) y de la psicología del yo (autologismos). La retórica no tiene como objetivo articular interpretaciones críticas de carácter normativo. No hay crítica literaria sin teoría ni sin literatura, es decir, al margen de un objeto de conocimiento y de un método de interpretación. La palabra crítica aparece en español con un sentido moderno en El criticón de Gracián y en el Teatro crítico universal de Feijoo. Del griego crinein, la crítica literaria se concibe como una criba, clasificación, ordenación, análisis, valoración y contravaloración sobre las que construir una interpretación científica y dialéctica de los materiales literarios. La crítica literaria basada ha de ser científica y dialéctica, y no doxográfica, ni ideológica, ni moral. Doxografía (acumulación acrítica de datos sin ideas), ideología (creencias gremiales constitutivas de un mundo ideal) y moral (normas imperativas de cohesión de un grupo) son formas acríticas de conducir y expresar el saber literario, frente a la ciencia y la dialéctica, que son formas esencialmente críticas de expresión, interacción e interpretación de saberes y conocimientos. Es acrítico todo intento de definir la literatura o sus materiales mediante algún predicado permanente y global, tales como identidad, tolerancia, memoria, cultura, solidaridad, negritud, o cualesquiera dioses o ismos (homosexualidad, mestizaje, feminismo, multiculturalismo...), entre tantos ejemplos de palabras mágicas, estultamente bien vistas, y políticamente correctas, porque estos predicados son siempre abstractos, y presuponen ya la ideología o las creencias que se pretende derivar de ellos. El ser humano es el único animal al que es posible acobardar moralmente. El imperativo de lo «políticamente correcto» cumple para la posmodernidad contemporánea la labor de censurar todo pensamiento heterodoxo a una forma de ejercer la crítica literaria que no satisfaga a determinados grupos de poder. Si Lutero hubiera sido políticamente correcto, la Reforma religiosa nunca habría tenido lugar. Si Galileo hubiera sido políticamente correcto, la Tierra aún estaría a estas horas inmóvil en el centro del Universo. Y los seres humanos habitaríamos en un feliz e irracional «tercer mundo semántico». La crítica literaria tiende a sustituir actualmente en Europa las figuras gnoseológicas de interpretación por figuras tropológicas de descripción de los hechos literarios, que, en lugar de explicarse, simplemente se citan y recitan. De este modo trata de reemplazarse la educación científica por la habilidad retórica, esto es, la razón por la sofística.

6.3. Ideología versus ciencia. La confusión que desde la posmodernidad contemporánea se trata de imponer entre ciencia e ideología a la hora de ejercer en la Europa actual la crítica de la literatura es gravísima, y debe ser discutida y explicada. Ideología es todo discurso basado en creencias, apariencias o fenomenologías, constitutivo de un mundo social, histórico y político, cuyos contenidos materiales están determinados básicamente por estos tres tipos de intereses prácticos inmediatos, identificables con un gremio o grupo social, y cuyas formas objetivas son resultado de una sofística, enfrentada a un saber crítico (ciencia o filosofía). La ideología incurre siempre en la deformación aberrante del pensamiento crítico, y por eso se enfrenta de este modo con la ciencia y con la filosofía. En efecto, una de las primeras transformaciones históricas que provoca el desarrollo del conocimiento científico es la crítica y la disolución del pensamiento mítico. Aún así, las cenizas de los mecanismos que generan los mitos sobreviven en las sociedades modernas y contemporáneas a la crítica de la razón —pura y práctica— bajo la forma y el contenido de las ideologías. Las ideologías son siempre plurales: son la organización emocional de la ignorancia colectiva. Remiten en cada caso a una pluralidad en la que de alguna manera todas están implicadas. No hay civilización sin ideologías. La relación entre ciencia e ideología es siempre dialéctica. La ciencia es insoluble en ideologías. El primero es ante todo un saber crítico; el segundo, un interés pragmático inmediato. La ciencia es un conocimiento racional basado en la interpretación causal, objetiva y sistemática de la materia. Por su parte, la mitología es, esencialmente, una explicación ideal e imaginaria de hechos. Desde la crítica de la literatura no se puede aceptar la afirmación posmoderna de que «todo es ideología». Esta declaración es una falacia, un sofisma, una expresión que conduce hacia la construcción de un error objetivo. No todo es ideología, porque desde la química no se puede sostener que «todo es agua», y porque la medicina no puede basarse en una afirmación según la cual «todo es óseo». En geología no se puede decir sin más que «todo es arena». Sería el mismo error que afirmar en geometría que «todo es lineal», porque desde ese momento dejaríamos de percibir lo angular y lo esférico. Es algo tan ridículo como afirmar que en música «todo es sonido». Sostener que «todo es ideología» equivale, en primer lugar, a obligarnos a ignorar la validez de los axiomas científicos (la hipotenusa al cuadrado equivale a la suma del cuadrado de los catetos, etc.,); en segundo lugar, imposibilita absolutamente el ejercicio de cualquier actividad crítica, es decir, de todo ejercicio que trate de establecer criterios diferenciales, clasificatorios, identificadores, discriminatorios, es decir, analíticos; en tercer lugar, impone una reducción genérica de la totalidad a una de sus partes, de modo que lo absoluto deja de residir en el sistema para objetivarse y perpetuarse en uno de sus elementos relativos, el cual, sin renunciar en manos de la ideología del intérprete a su relatividad, se exhibe y manipula como término absoluto sobre la totalidad del cosmos: así se constituyen innumerables mitos posmodernos y numerosas falacias contemporáneas, como la isovalencia de las culturas, la igualdad formal o imaginaria de lo que es científica y materialmente diferente, la fragilidad del pensamiento contemporáneo, o pensiero debole, cuando actualmente nada hay de frágil en el islam o en el cristianismo, por ejemplo, etc. Afirmar que «todo es ideología» equivale a clausurar de modo acrítico y falaz el ejercicio de la interpretación, y a idealizar sus contenidos en un discurso exclusivamente formal, retórico y sofístico, en el que las formas interpretativas están desposeídas por entero de referentes materiales y de contenidos objetivos, es decir, de verdad.

6.4. Relativismo versus dialéctica. La crítica literaria europea de los últimos años ha renunciado a la dialéctica en favor del relativismo, un término que ser nos impone a todos con objeto de obligarnos a desembocar en el escepticismo, la renuncia, la impotencia o incluso el nihilismo interpretativo. La crítica literaria no puede renunciar a la dialéctica a cambio de la retórica del «todo vale» (all goes). La dialéctica es un proceso de codeterminación del significado de una Idea (A) en su confrontación con otra Idea antitética (B), pero dado siempre a través de una Idea correlativa (C) a ambas, la cual codetermina, esto es, organiza y permite interpretar, por supuesto en symploké, el significado de tales ideas relacionadas entre sí de forma racional y lógica, y, en consecuencia, crítica y dialéctica. La posmodernidad renuncia a toda correlación antitética de ideas, regresando siempre a una correlación analítica, es decir, relaciona los objetos tomando siempre como referencia, bien su identidad acrítica (A = A), bien su diferencia armónica (todo es compatible con todo, pese a cualquier diferencia radical). De este modo, se evita todo conflicto, en nombre de la tolerancia, el holismo armónico, la isovalencia de las culturas, y otros mitos dogmáticos de nuestro tiempo, entre ellos, el que consiste en afirmar que todo es relativo y que nada es dialéctico. Adviértase que para un posmoderno la dialéctica no existe como figura gnoseológica, sino como figura retórica, es decir, desarrollada en una suerte de dialéctica-ficción, que no será filosófica, sino mitológica (o incluso psicoanalítica, cuando se presenta investida con el argot propio de una psicomaquia de orden freudiano o lacaniano). La posmodernidad no es dialéctica, sino analítica y disolvente: no niega nada, ni procede por síntesis, sino que lo afirma todo, sin establecer jamás conexiones sintéticas ni racionales con causas ni consecuentes. Se atiene a sus análisis de forma autista, aislante o autodeterminante, al margen de todo contraste, y postulando un idealismo absoluto y radical, incapaz de ver cualquier codeterminación. Así es como la posmodernidad afirma las interpretaciones ignorando los hechos que las hacen posible. Hay que definir además cuál es la idea de relatividad que sostiene la posmodernidad. Es una idea retórica, no gnoseológica, es decir, se trata de una idea vulgar, mundana, ordinaria, pero no filosófica o crítica (como la enunciada por Platón en el Sofista, por Spinoza en la Ética [1677], o por Hegel en la Phänomenologie des Geistes / Fenomenología del espíritu [1807]), ni categorial o científica (como la dada en física por Einstein). La idea posmoderna de relatividad se funda simultánea y arbitrariamente en una ontología monista (todo está relacionado con todo) y en una ontología atomista (nada está relacionado con nada), fundamento del que está excluida de forma radical la ontología dialéctica (unos hechos están relacionados con otros, pero no con todos). Este relativismo se convierte en un instrumento peligrosísimo cuando se hace operativo en el ámbito de la gnoseología, dando lugar al relativismo gnoseológico, esto es, al escepticismo absoluto, o incluso al nihilismo gnoseológico, según el cual el conocimiento, incluido el científico, por supuesto, no es posible, porque no existe, porque no lo podemos expresar, ni comunicar, ni interpretar. Es una recurrencia de la triple negación de los antiguos sofistas. En consecuencia, sólo cabe vivir, sin más, desarrollando la retórica de nuestras sensaciones, porque no hay interpretación, sino percepciones, porque ni siquiera hay hechos, sino epitelio sensorial y fenómenos en general, etc. La posmodernidad, con su relativismo gnoseológico, reduce el ser humano a la figura de un cavernícola, según la terminología platónica, pues sólo contempla el mundo desde la apariencia de lo que el mundo es en verdad.

6.5. Deconstrucción versus symploké. La noción de symploké puede definirse, en su sentido más elemental, como una combinación racional y ternaria de ideas[14]. La symploké remite siempre a un espacio racionalista y tridimensional. Platón se sirve del principio de symploké, para demostrar que si todo estuviera conectado con todo, o nada estuviese conectado con nada, el conocimiento sería imposible. Unas ideas están conectadas con otras, pero no todas con todo. Éste es el axioma básico del Sofista, la comunión, combinación o comunicación, racional entre las ideas, de modo que unas ideas pueden combinarse racionalmente entre sí, y otras no pueden hacerlo de ninguna manera. Platón va aún más lejos, y sostiene que la relación entre las ideas es la causa del logos«Intentar separar todo de todo es, por otra parte, algo desproporcionado, completamente disonante y ajeno a la filosofía […]. La aniquilación más completa de todo tipo de discurso consiste en separar a cada cosa de las demás, pues el discurso se originó, para nosotros, por la combinación mutua de las formas» (Platón, Sofista, 259e). El sofista habla de lo falso, es decir, de lo que no puede existir real y verdaderamente. Y para ello combina las Ideas de forma falaz. En esto consiste el engaño de su técnica y su apariencia de sabiduría. En engañar con la imagen aparente —y por tanto falsa— de la verdad. Las filosofías no dialécticas son aquellas que consideran la realidad, bien como un todo armónico, bien como un todo completamente disgregado, diseminado o deconstruido. Es el caso de la retórica posmoderna, que se articula al margen de toda dialéctica. El mundo sería, pues, la manifestación de algo único, quieto, estable (ontología monista). O de todo lo contrario: el mundo es un conjunto relativo, inestable, caótico, de fuerzas y elementos inconexos (ontología atomista). La ontología monista es propia del racionalismo idealista, y considera que, en su esencia, todas las culturas —y sus respectivas literaturas— son idénticas y equivalentes entre sí, poseen el mismo valor, y por tanto son traducibles las unas a las otras. Frente a ésta, la ontología relativista postula que todas las culturas y literaturas son diferentes entre sí, heterogéneas e irreductibles (mutuamente o a un tertium). En relación con la ontología monista podría hablarse de relativismo, y también de megarismo (cada cultura es autónoma de las demás, e inconexa respecto a ellas). Las diversas literaturas —incluida la propia, y en particular una «comunidad de intérpretes literarios»— se comportarían entonces como entidades independientes. Por su parte, la ontología dialéctica considera que el Mundo interpretado es un sistema de relaciones dialécticas entre sus diferentes partes, ámbitos y categorías: de relaciones dialécticas, es decir, ni caóticas ni armónicas, sino articuladas en una symploké dialéctica. Es muy difícil encontrar una filosofía que no pretenda dar cuenta de los conflictos evidentes que se dan en la realidad. Ahora bien, muchas filosofías dialécticas finalmente plantean la eliminación de todo conflicto, y acaban desembocando en el monismo metafísico y en el holismo armónico. Es el idealismo, en última instancia, de Hegel, Marx y Fukuyama, cuando cada uno a su modo plantea el «fin de la Historia».

Lo primero que caracteriza a todo discurso posmoderno en su intento por destruir los fundamentos teóricos de la civilización europea es su desconfianza y su recelo por el uso de la razón. La posmodernidad propulsa el descrédito de la razón desde todos los medios posibles: la cuestiona desde la fe, la sensibilidad, la sospecha, la religión, al política, las ideologías y desde todas las formas posibles del laicismo, desde el «malestar de la cultura» y desde la «sociedad del bienestar», desde la psicología individual y gremial, desde la superchería étnica y desde los derechos feudalizantes e insolidarios de tales o cuales grupos que se autoproclaman minoritarios a la hora de ejercer mayores fuerzas que otros. La posmodernidad cuestiona el «pensamiento fuerte» y propugna con fuerza el «pensamiento débil», rechaza el valor de los sistemas científicos y racionales y se decanta por la supremacía fragmentaria de un relativismo al que concede valor absoluto. La posmodernidad niega las verdades, incluso las científicas, y afirma las creencias, especialmente las fideístas y gremiales. Potencia las ideologías frente a la ciencia, e interpreta la filosofía como una tropología inerte. De la mano de Nietzsche y Freud, la modernidad trata de hacernos a todos solubles en su retórica y su sofística. Sin embargo, pese a las vanas pretensiones de Foucault (1967), Marx no fue soluble en las aguas (in)solidarias de la posmodernidad.

¿Por qué la posmodernidad rechaza la razón, de modo tan sutilmente sofista? No olvidemos que la filosofía es una forma excéntrica de ejercer la sofística. La razón es la principal enemiga de la posmodernidad: la razón exige justificar lo que se dice y lo que se hace, de modo que liberarse de la razón equivale a hacer y decir lo que a cada uno le dé la gana, sin dar cuenta de ello a nada ni a nadie. Por eso la razón es represora (Nietzsche, Freud, Lacan, Derrida, Foucault…), porque entre todas las cosas reprime y proscribe la mentira, el error, el disparate, la estulticia, la falacia y, sobre todo, la nesciencia, al amparo de la cual discurre la labor retórica y sofística de la posmodernidad. La supresión de la razón sólo confiere libertad a los seres irracionales, es decir, a los que piensan desde la insipiencia, pero con astucia. El sofista no es un tonto; es un farsante. Es el que convence con argumentos falsos. Si no hay razón, toda barbarie está permitida.

Es falaz afirmar la supremacía de la duda, por metódica y racionalista que ésta sea, ante todas las cosas. Descartes tuvo que cesar en sus dudas ante la evidencia y la realidad de las verdades matemáticas. En nuestros días, la cantidad de ciencias que operan y construyen nuestras formas de vida impiden permanecer en estados de escepticismo perpetuo, que sólo pueden identificarse con la paranoia o la oligofrenia, o con la ignorancia, en el caso de personas que gozan de buena salud, pero de pésimos conocimientos. Afirmar, como aún hay muchas personas que lo hacen hoy en día, que el Quijote es un libro enigmático o indescifrable —era en parte el caso de Ortega y Gasset (1914)—, o que se trata de una obra literaria de la que ya no es posible decir nada nuevo (¿cuántas veces hemos oído esta declaración apocalíptica?), sólo revela la impotencia cognoscitiva de quien profiere estas palabras, como si fuera posible clausurar, verbal o retóricamente, el avance del conocimiento científico o de la inteligencia ajena. Ningún relativismo, de signo gnoseológico, culturalista, posmoderno, etc., puede impedir el desarrollo de las verdades científicas, ni su interpretación por sistemas de pensamiento racionales y científicos.

Sorprendentemente, muchas de estas dudas y vacilaciones las han introducido filósofos y presuntos pensadores científicos, como Thomas Kuhn (1962) y Karl Popper (1934), entre otros. Este último, con su teoreticismo epistemológico, hizo de la ciencia una conjetura permanente, una duda generativa e incluso degenerativa, irresoluble en una cadena de verificaciones, refutaciones y falsacionismos de la que es imposible salir. Por su parte, Kuhn, con su celebérrima teoría de los paradigmas y las revoluciones científicas, ha conseguido limitar y cercenar la verdad de la ciencia y sus figuras (teorías, teoremas, axiomas, definiciones, modelos, arquetipos, constantes, problemas, categorías…) a contextos históricos y culturales completamente reducidos y obsolescentes. Si Popper ha hecho de la ciencia un discurso más «débil» y «frágil» que los poemas de Heine, Kuhn, a su vez, ha destruido —por supuesto sólo desde un punto de vista retórico e ilusionista— la universalidad de las ciencias categoriales y de sus figuras gnoseológicas, porque el teorema de Pitágoras sigue siendo hoy día tan pertinente y coherente como en el momento en que se formuló, hace más de veinticinco siglos, y porque la ley de la gravedad de Newton, lejos de ser discutida por Einstein en 1922, ha sido relativizada, es decir, puesta en relación con nuevos términos del campo categorial de la física, desde los cuales se ha confirmado su validez no sólo por referencia a la Tierra, sino al resto de elementos que componen nuestro espacio interplanetario. Los conocimientos científicos son universales, dado que su formulación e interpretación puede reproducirse en términos universales, que rebasan las limitaciones de cada época histórica concreta y de cada cultura particular (etnocentrismo, multiculturalismo o relativismo cultural). Por todas estas razones, puede afirmarse que una crítica literaria que, como la postulada por la retórica de la posmodernidad, se desarrolla en la medida en que la literatura desaparece no puede ser nunca una crítica literaria.

 

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NOTAS

[1] Transcribo literalmente el texto de la invitación: «Sehr geehrter Kollege, [escrito a mano] querido Jesús: / Die Germanisch-Romanische Monatsschrift, deren romanistischen Teil ich betreue, feiert 2009 ihren hundertsten Geburtstag. Sie gehört damit zu den ältesten philologischen Zeitschriften Deutschlands und der Welt. Die Redaktion plant aus diesem Anlaß eine Sondernummer. Sie soll unter dem Titel „Europäische Philologie und Kultur Gelegenheit zur Reflexion über Geschichtlichkeit, Aktualität und Perspektiven der Literaturwissenschaft bieten. Die Herausgeber der GRM sind der Meinung, daß eine Standortbestimmung der Philologien gerade zum gegenwärtigen Zeitpunkt, da die universitären Strukturen, die Lehrmethoden und die Lesekultur allenthalben tiefgreifende Veränderungen erfahren, sinnvoll, notwendig und fruchtbringend sein kann. / Da ich Sie als einen Literaturwissenschaftler kenne, der Philologie immer auf der Basis methodologischer Überlegungen und im Blick auch auf die Geschichte der Befassung mit Texten betreibt, könnte ich mir vorstellen, daß Sie vielleicht Interesse haben könnten, an einer Diskussion über die Zukunft unserer Fächer teilzunehmen, sei es in Form einer Fallstudie, sei es mit generellen Überlegungen. Ich würde dies jedenfalls auch persönlich sehr begrüßen. Ein eventueller Beitrag zu dem skizzierten Problemkreis aus Ihrer Feder müßte mir oder der Redaktion der GRM im Laufe des Herbstes zugehen. Er sollte angessichts möglicher Platzprobleme eine Länge von etwa 15 Druckseiten nicht überschreiten / Mit sehr herzlichen Grüßen».

[2] La reproducción de todos estos materiales se ha llevado a cabo bajo la supervisión judicial de un despacho de abogados, conforme a una amplia serie de fundamentos de Derecho.

[3] Vid. Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes (Editorial Academia del Hispanismo, 2007); y la aplicación sistemática de la Teoría de la Literatura a textos concretos, si como tales podemos considerar las doce Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. Lo mismo puedo afirmar del resto de mis trabajos de teoría literaria, donde jamás se ha expuesto una teoría que no se haya aplicado metodológicamente a los materiales literarios, hecho mismo que da razón de ser, y nombre, a la Crítica de la razón literaria como Teoría de la Literatura, precisamente porque estudia las ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios, esto es, el autor, el texto, el lector y el intérprete o transductor. Objeciones como la que aquí se me hacen revela que quien las profiere no sabe de qué habla. La ignorancia de este colega causa vergüenza ajena, y dice muy poco acerca de la calidad investigadora y docente que alguien así pueda llevar a cabo. Tengo razones para hacer esta contundente afirmación.

[4] Todos los «elementos que cambian» con los lectores, el siglo, la cultura, y cuanto se quiera añadir, o son racionalmente explicables, o no son explicables. Entre otras cosas, porque explicar algo irracionalmente es facultad propia de chamanes, brujos, arúspices o, simplemente, ignorantes. Una «explicación irracional» no es explicación de nada, sino algo que ha de explicarse, por sus causas y consecuencias. Ni siquiera los sofistas prescinden de la razón a la hora de articular sus mentiras y falacias. El sofista no es un irracionalista: es el que engaña con argumentos falsos y con ellos logra convencer, es decir, es alguien que hace un uso fraudulento de la razón.

[5] Si los valores afectivos y subjetivos no fueran juzgables racionalmente, ni siquiera podríamos darles racionalmente el nombre de valores afectivos o subjetivos, lo cual, de por sí, ya implica un innegable modo de valoración racional. El mundo psicológico en que habitamos los seres humanos es explicable, en sus causas, relaciones y consecuencias, en términos asequibles y comprensibles. Sólo cuando alguien trata de convertirse en médium o mesías de los «sentidos ocultos» de las «cosas», la literatura se convierte en un jeroglífico indescriptible, la ciencia en un misterio sólo descifrable por quienes se licencian o doctoran en ciencias ocultas (y no conozco —todavía, escribo esto en 2008— universidades donde se imparta esta titulación, si bien no descarto en un futuro muy próximo su instauración, a la vista de la Reforma de Bolonia), y la vida cotidiana pasa a ser un enigma permanente cuya solución estará siempre en poder de augures, chamanes, druidas y otras mentes paranormales.

[6] La interpretación que la Crítica de la razón literaria hace de la fenomenología hermenéutica de Gadamer, última metamorfosis en pleno siglo XX del idealismo alemán, tras el canto del cisne que supuso la obra de Cassirer, se expone en mi libro Los materiales literarios. La reconstrucción de la literatura tras la esterilidad de la «teoría literaria» posmoderna (Editorial Academia del Hispanismo, 2007). Por otro lado, calificar al Materialismo Filosófico de «idealista» implica una ignorancia absoluta respecto a lo que es este sistema de pensamiento, que precisamente se constituye y desarrolla por oposición dialéctica a las corrientes idealistas, tan frecuentes, dicho sea de paso, en Alemania.

[7] No hay, ni puede haber, «ciencias irracionales», ni sobre la literatura ni sobre cualquier otra cosa. Ni siquiera la teología, cuyo objeto de conocimiento, Dios, no existe materialmente, sino sólo psicológicamente, en la mente de los creyentes, y lógicamente, en la mente de los teólogos, es por completo irracional. La teología es un racionalismo idealista. La Teoría de la Literatura, si en efecto se ocupa de la literatura, sea la de Baudelaire, Kafka, Joyce, Beckett o de quien sea, incluyendo a Dante, Juan de la Cruz, Blake, el surrealismo de Vicente Aleixandre o el creacionismo de Vicente Huidobro, tendrá que ser racionalista y materialista, porque si no trabaja con materiales literarios, entonces, ¿dónde se objetiva y formaliza su objeto de investigación? ¿En la nada que estudiaba Nietzsche, haciendo de la filosofía un refranero? ¿En el ser que buscaba, a través de un tiempo capaz de medir la eternidad de Dios, Heidegger? ¿En un lenguaje que, como el concebido por Gadamer, es capaz de disolverlo todo, en una centrifugadora hermenéutica de la Historia, preludiando la fenomenología idealista de la estética de la recepción alemana, donde la literatura es una invención de un lector implícito y fantasmagórico, que ni sabe leer, ni posee existencia biográfica ni operatoria? ¿En la Teoría de la Literatura que Derrida nunca escribió ni concibió, pero que sus intérpretes mediáticos le atribuyen para así poder escribir y vender libros —en los que condenan la escritura— dentro de la categoría de la crítica literaria desarrollada actualmente en Europa? Me pregunto durante cuánto tiempo puede sobrevivir una civilización que opte por desarrollarse de espaldas a la razón.

[8] Esta afirmación sí que requiere una explicación sociológica, política y académica de buen tomo. Es una declaración clave a la hora de interpretar el estado actual de la crítica literaria en Europa.

[9] Adviértase que si algún día los lectores pueden leer este tipo de libros y trabajos será a pesar de editores que censuran, cuando y donde pueden, su contenido. Si teorías como las aquí expuestas sobreviven y llegan a los lectores es porque han superado la represión de editores y colegas que, como ha sido este caso, obstaculizan e impiden su difusión intelectual, académica y científica, coartando de este modo, que no puede ser más visible y evidente, la necesaria libertad de expresión que requiere la ciencia. Los hablantes de lengua alemana no podrán leer, por el momento, en su idioma nativo, gracias a la censura de un colega que primero invita y después rechaza, este trabajo, ahora publicado en español.

[11] Del desarrollo de esta teoría he dado cuenta en diferentes publicaciones, articuladas en siete volúmenes, bajo el título general de Crítica de la razón literaria (Maestro, 2006, 2006a, 2007, 2007a, 2007b, 2008).

[12] Sobre la transducción literaria, vid. Maestro (1994, 2002).

[13] «Gott ist todt! Gott bleibt todt! Und wir haben ihn getödtet! […] Was sind denn diese Kirchen noch, wenn sie nicht die Grüfte und Grabmäler Gottes sind?» (Nietzsche, 1882/1988: 483).

[14] El principio de symploké fue enunciado por Platón en el Sofista, en los siguientes términos: «Si todo estuviera conectado con todo, o si nada estuviera conectado con nada, el conocimiento sería imposible» (Sofista, 250e, 255a, 259c-e, 260b).




 Bibliografía

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  • Maestro, Jesús G. (2007a), Los venenos de la literatura. Idea y concepto de la literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo.
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  • Platón (1992), Diálogos V. Parménides, Teeteto, Sofista, Político, Madrid, Gredos (1ª rempr., 1ª ed.). Traducciones, introducciones y notas por María Isabel Santa Cruz, Álvaro Vallejo Campos y Néstor Luis Cordero.
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  • Unamuno, Miguel de (1905), Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Cátedra, 1988. Ed. de Alberto Navarro González.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Estado actual de la crítica literaria en Europa», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (VI, 14.51), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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