III, 5.6.2 - El cierre categorial de la Teoría de la Literatura

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





El cierre categorial de la Teoría de la Literatura


Referencia III, 5.6.2


¿Puede ninguna ciencia compararse
con esta universal de la Poesía,
que límites no tiene do encerrarse?

Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso (IV, 250-252).



Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

Desde el punto de vista de la teoría del cierre categorial, una categoría es un campo científico o gnoseológico en el que se sitúa, organizado de forma racional y lógica, un sistema de proposiciones, resultantes de procesos constructivos objetuales (fruto de operaciones que construyen Términos a partir de Fenómenos [T < F]) y procesos constructivos proposicionales (fruto de relaciones entre Términos [T ^ T], que dan lugar a conceptos a partir de los términos relacionados [C < T ^ T])[1]. Desde el punto de vista de la Crítica de la razón literaria, y a partir de la reinterpretación que en esta obra se hace de la teoría del cierre categorial de Bueno, el concepto de «categoría» se identifica con un campo científico, pero no exactamente con una ciencia. Aquí consideramos que las ciencias son en realidad metodologías, o sistemas de metodologías, constructivas y operatorias, a través de programas políticos, estatales o institucionales. De hecho, la medicina, más que una ciencia natural, es un sistema de metodologías, que puede operar, bien como una ciencia natural, al investigar y curar un cáncer de colon, por ejemplo, bien como una ciencia política, al efectuar una autopsia, en tanto que medicina forense, según el tipo de metodología que utilice en sus ejercicios y operaciones. En el primer caso, al tratar un cáncer de colon, actúa como una metodología α-1 (ciencia de regresión extrema), y en el segundo caso, al ejecutar una autopsia, opera como una metodología β-2 (ciencia de progresión extrema). Quiere decirse y demostrarte con esta afirmación que todas las ciencias pueden adoptar, según el tipo de metodologías que utilicen en cada momento, un comportamiento diferente, en virtud del cual tales ciencias se muevan a través de diferentes umbrales metodológicos de sus diferentes campos científicos o categoriales. Lo que delimita perimetralmente a una ciencia es su campo científico o categorial, sí, pero lo que la define operatoriamente es el tipo de metodología, o de sistema metodológico, que usa en cada una de sus construcciones, ejecuciones u operaciones. 


La Teoría de la Literatura puede funcionar como una ciencia computacional cuando, lingüísticamente, contabiliza y registra las frecuencias de uso de un término en una obra literaria, desde un hápax hasta un palíndromo o una serie de epanalepsis. Pero también puede funcionar como una ciencia estructural o como una ciencia reconstructiva cuando, respectivamente, identifica términos sintácticos en la semiología de una novela (personajes, funciones, tiempos y espacios) o reconstruye conceptualmente el esquema métrico de un pentasílabo adónico o un endecasílabo heroico en un poema determinado. Igualmente, puede operar como una ciencia política cuando se usa en procedimientos judiciales de lingüística forense, y como una ciencia demostrativa cuando sirve a las funciones de la crítica literaria, aun cuando en este último supuesto su umbral o grado de cientificidad resulte muy bajo. En consecuencia, se comprueba de este modo que las operaciones de las ciencias no están determinadas tanto por sus respectivos campos categoriales o científicos, sino por el tipo de metodología que utilicen y el modo o prolepsis institucional, estatal o político, que determina su uso o programación. No es lo mismo usar la medicina para curar una enfermedad (ciencia natural), para aplicar una eutanasia (ciencia estructural) o para identificar forensemente la causa de una muerte (ciencia reconstructiva / ciencia política). Ni es lo mismo usar la Teoría de la Literatura para identificar al autor de una obra anónima (ciencia demostrativa / ciencia computacional), para determinar los términos sintácticos de una novela (ciencia estructural) o para objetivar los pies métricos de una estrofa de pie quebrado (ciencia reconstructiva).


Hemos dicho, y hay que insistir en ello de nuevo, que la Crítica de la razón literaria desestima completamente la idea de ciencia de Ortega, por idealista e incompatible con la realidad, y asume esencialmente los presupuestos de la teoría del cierre categorial de Bueno, si bien considera, en primer lugar, que la idea misma de «categoría» adolece de un inevitable teoreticismo, cuya superación en la realidad no se ve justificada o corroborada en las explicaciones filosóficas de esta teoría de la ciencia; en segundo lugar, observa que la idea de «cierre» es muy inestable y discutible —el propio Bueno advierte inmediatamente que «cierre» no es «clausura», incurriendo en una suerte de paradiástole—; y en tercer lugar, se considera que sólo desde el poder político e institucional, a través de los Estados, es posible llevar la operatoriedad de las ciencias hasta sus últimas consecuencias, pues de otro modo las ciencias se limitan a concepciones teóricas autónomas, sin aplicaciones prácticas efectivas, es decir, sin operaciones consumadas ni consecuencias demostradas. En consecuencia, aquí concebimos las ciencias no tanto como categorías (estables o cerradas), sino como metodologías operatorias, sujetas a una praxis y dialéctica constantes frente a todo lo que las rodea[2].

Como se ha indicado anteriormente, las construcciones objetuales resultan de operaciones sintácticas en sentido estricto, ejecutadas por un sujeto operatorio, en virtud de las cuales los términos —constituidos a partir de la interpretación de los fenómenos— se relacionan entre sí de forma racional y lógica, para dar lugar a nuevos términos, más simples o más complejos, que van ampliando el campo categorial. Cuando la generación de nuevos términos se agota o se ultima, es decir, cuando ya no es posible construir nuevos términos a partir de los términos existentes, decimos que el campo está cerrado —no clausurado—, lo que significa que, operatoriamente, se ha producido un cierre categorial.

Las construcciones proposicionales resultan de las relaciones sintácticas entre los términos de un campo categorial. Las proposiciones se generan al establecerse una relación entre términos categoriales. Hablar de proposiciones equivale a establecer figuras conceptuales, que remiten a la existencia de objetos formalizados o conceptualizados en un campo categorial. En términos de Bueno, una proposición es una figura gnoseológica que expresa una relación de identidad sintética, es decir, una verdad categorial.

Recordemos que las operaciones permiten interpretar los fenómenos como términos conceptualizados, es decir, que las operaciones hacen posible la conversión de fenómenos sensibles en términos categoriales, delimitadores y constituyentes de un campo científico. La categoría o campo científico está cerrada cuando, circunstancialmente, a partir de los fenómenos disponibles, no es posible la conversión o construcción de nuevos términos categoriales. Sólo a partir de la identificación e interpretación de nuevos fenómenos capaces de proporcionar la constitución de nuevos términos y conceptos será posible la ampliación de un campo categorial o científico. Por eso las ciencias no tienen fin, ni los campos gnoseológicos pueden considerarse nunca como definitivamente clausurados. Cierre categorial no es clausura científica. Cabe preguntarse, entonces, cuál es la consistencia de tal cierre, y si realmente tiene sentido hablar de cierre, dada la provisionalidad o circunstancialidad de ese posible cierre. Newton amplió en el siglo XVIII el campo categorial de la física de Aristóteles, del mismo modo que Einstein amplió en el siglo XX el campo categorial de la física de Newton. El descubrimiento de nuevos elementos químicos permitirá, en su momento, una ampliación del campo categorial de la química, es decir, de la tabla periódica de los elementos, la cual, desde su primera constitución en 1869, tal como la formula Mendeléiev, ha conocido al menos dos ampliaciones importantes, a cargo primero de Alfred Werner, Premio Nobel de Química en 1913, y de Gil Chaverri, años después, en 1952[3].

Desde el punto de vista de la teoría del cierre categorial planteada por Gustavo Bueno, no deja de ser irónico que Cervantes, siglos antes, en su Viaje del Parnaso (1614/1997: IV, 250-252), se refiriera a la poesía como ciencia, es decir, como actividad categorial humana, para subrayar precisamente su imposibilidad de ser encerrada en una categoría específica, porque, tal como se entendía entonces, por parte de humanistas, teólogos y filósofos, la poesía, como pudiera serlo la filosofía incluso hasta el idealismo alemán de alcance hegeliano, disponía del estatuto de ciencia, en tanto de disciplina susceptible de predicaciones universales. Recuérdese el pasaje de la Poética (1451b) de Aristóteles, donde este pensador advierte que la Poesía es más filosófica que la Historia, precisamente por referirse la literatura a lo universal de la experiencia humana, frente a las particularidades que implican los hechos y referentes históricos concretos[4].

Con anterioridad me he referido a la ontología de la literatura, y a sus fundamentos, esto es, los materiales literarios, como términos constituyentes del campo categorial de la literatura y como referentes constituidos desde su delimitación como terreno categorial de estudio para la Teoría de la Literatura: autor, obra, lector e intérprete o transductor. La ontología de la literatura allí expuesta tiene aquí su contrapunto, en la presente exposición de una gnoseología de la literatura, como sistema de procedimientos formales, conceptuales y lógicos, destinados a la interpretación científica o categorial (Teoría de la Literatura), y también filosófica y dialéctica (Crítica de la Literatura), de los materiales literarios.

Como se ha reiterado con frecuencia, la gnoseología de la literatura que aquí se expone se basa en la teoría del cierre categorial, que es la teoría de la ciencia desarrollada de forma específica por el materialismo filosófico como sistema de pensamiento. Esta teoría de la ciencia ha sido construida por Gustavo Bueno en la obra titulada precisamente Teoría del cierre categorial (1992), de la se publicaron en vida del autor 5 volúmenes, de los varios programados y anunciados. La obra quedó inacabada. Bueno, por las razones que fueran, no la desarrolló más allá de esos cinco libros.

Según explica el propio Bueno en su obra, la teoría del cierre categorial concibe las ciencias como sistemas operatorios racionales y lógicos, constituidos por materiales que se identifican e interpretan como tales en la medida en que formalmente se conceptualizan y categorizan, es decir, en la medida en que la materia ontológica que constituye el campo de una ciencia determinada se formaliza y conceptualiza categorialmente dentro del campo gnoseológico de esa ciencia. En el caso de la química, por ejemplo, la realidad física del agua (M1) se formaliza o conceptualiza (M3) en la fórmula H2O. El conjunto completo de los diferentes elementos químicos, codificados y organizados en la tabla periódica de Mendeléiev, constituye el campo categorial de la química como ciencia, es decir, delimitan el cierre de la química como categoría científica. De este modo puede afirmarse que el cromo, el vanadio o el titanio, son tres de los términos que, junto con los demás elementos químicos, cierran categorialmente esta disciplina. Lo mismo puede decirse de la Teoría de la Literatura, cuyo campo categorial está cerrado circularmente, en la constitución de los términos que aquí se han señalado, una y otra vez, como constitutivos y constituyentes de su ontología: autor, obra, lector e intérprete o transductor.

Bueno explica que las ciencias son construcciones materiales formalmente organizadas en categorías, cuya interpretación gnoseológica se lleva a cabo mediante la consolidación de sistemas estables y cerrados, pero no clausurados, lo que permite hacer del Mundo (M) un Mundo interpretado (Mi) de forma progresiva, abierta e incesante. En consecuencia, siempre de acuerdo con Bueno (1992), las ciencias son construcciones categoriales de la realidad, tecnologías operatorias que permiten, además de su constitución y diseño, su interpretación. Tales categorías científicas, esto es, los ámbitos o dominios de las ciencias, sus parcelas o regiones, constituyen campos gnoseológicos. Dentro de cada campo se sitúan los materiales que son específicos de cada ciencia, porque sólo una determinada ciencia —medicina, física, Historia, lingüística, química, veterinaria, Teoría de la Literatura, geología…—puede formalizarlos de modo específico dentro de su propia categoría científica. El concepto de Libertad, por ejemplo, no es objeto de la misma conceptualización, formalización, interpretación o categorización, en química que en Derecho internacional. Del mismo modo, el concepto de Intervalo no tiene la misma interpretación o categorización en teoría de la música que en economía. Igualmente, el concepto de transductor no es categorizable del mismo modo en Teoría de la Literatura (teatro), que en medicina (biogenética) o que en física (óptica), por ejemplo.

Las ciencias, en consecuencia, se organizan en campos gnoseológicos o categorías lógico-materiales, es decir, en sistemas de materiales formalmente conceptualizados o interpretados. Las formas hacen que la materia sea legible sensorial (M2) e intelectualmente (M3). Se dice que una ciencia está cerrada porque su campo gnoseológico está delimitado y definido por un conjunto sistemático de materiales que se han interpretado de forma racional y lógica, de acuerdo con los principios y los modos de cada ciencia en cuestión. Ha de subrayarse que los materiales que integran un campo categorial, científico o gnoseológico, están relacionados entre sí de forma racional y lógica, es decir, de forma sistemática y en symploké (Platón, Sofista 259 c-e). Se habla de cierre categorial, o cierre científico, porque el campo categorial o científico está sistemáticamente delimitado y establemente definido por una serie de materiales, cuya formalización o conceptualización es constitutiva de la ciencia dada, y porque hay otros materiales cuya formalización o conceptualización no compete ni es objeto de esa ciencia en concreto. Cada ciencia es un sistema cerrado a la interpretación de materiales que no forman parte de su campo categorial, y que por tanto no constituyen ni ontológicamente ni gnoseológicamente parte de esa ciencia, esto es, parte de su dominio o categoría. Por ejemplo, el endecasílabo es un material de la Teoría de la Literatura (métrica), pero el fémur de un mamut o las moléculas de carbono contenidas en el benceno no lo son, porque estos dos últimos términos son materiales que pertenecen respectivamente a los campos categoriales de la paleontología y de la química, y que en la medida en que pertenecen a ellos los constituyen ontológicamente y gnoseológicamente. El cierre categorial de una ciencia, o categoría, se consuma —se cumple, podríamos decir—, cuando el científico (sujeto operatorio) trabaja (relaciona y opera) con la totalidad de los materiales (términos) del campo categorial, o espacio gnoseológico, que constituye su ciencia, como categoría específica. Una ciencia no está cerrada, si no tiene su campo categorial delimitado, definido o cerrado, a partir de la totalidad de los materiales sobre los cuales esa ciencia está construida, materiales de los que tendrá que dar una explicación formalmente conceptualizada y críticamente sistematizada.

No se puede ejercer una ciencia al margen de la totalidad de sus contenidos materiales o términos. No se puede hacer química sólo con el benceno, o sólo con el sodio. Del mismo modo, no se puede ejercer la medicina ocupándose solamente del corazón o los pulmones, e ignorando el hígado o los riñones. Una ciencia sólo puede ejercerse correctamente teniendo en cuenta la totalidad de los materiales o términos que la constituyen y, además, teniendo en cuenta la forma en que estos materiales o términos se relacionan entre sí, es decir, conceptualizándolos debidamente. Por esta razón no puede concebirse la Teoría de la Literatura al margen ni siquiera de uno sólo de sus cuatro términos constituyentes fundamentales, es decir, al margen de su ontología: autor, obra, lector e intérprete o transductor.

Es tan absurdo hablar de una teoría literaria reducida sólo al autor, o sólo al texto, o sólo al lector, como hablar de una medicina limitada al riñón o a la uretra, o como de una química circunscrita al hidrógeno o al selenio, o como de una teoría de la música limitada a los sonidos naturales, y que prescindiera de los tonos bemolizados o sostenidos. El cierre categorial de la Teoría de la Literatura, y por tanto su consolidación y operatividad como ciencia, sólo se produce cuando se trabaja con los cuatro elementos fundamentales de su campo categorial o gnoseológico —autor, obra, lector y transductor—, los cuales están relacionados en symploké, como ya se ha explicado. Prescindir de uno de estos términos a la hora de interpretar la literatura será tan irracional como ejercer la oftalmología ignorando la existencia del corazón o del páncreas. Porque no se puede ignorar la relación efectivamente existente entre las partes que constituyen una misma totalidad atributiva, es decir, entre los términos que —ontológica y gnoseológicamente— cierran una categoría, como puede ser el cuerpo humano, para la medicina, o como, en su caso, lo es para la Teoría de la Literatura la literatura escrita por un autor, codificada en un texto, leída por un lector e interpretada por un crítico o transductor. Suprimir o ignorar uno sólo de estos cuatro términos equivale a incurrir en una ablación de los materiales literarios, esto es, a practicar una teoría literaria ablativa.

El cierre categorial de la Teoría de la Literatura es el resultado de una doble trayectoria, de orden genealógico, en la que se explicita su ontología —la constitución de los materiales literarios (genealogía de la literatura)—, y de orden histórico, en la que se objetiva su gnoseología —la formalización y conceptualización científica de tales materiales (Historia de la Teoría de la Literatura)—. En primer lugar, la ontología de la literatura se constituye a lo largo de una genealogía a través de la cual la literatura se ha ido expandiendo estructuralmente, desde un genesíaco y religioso núcleo angular hasta su despliegue radial y tecnológico más desbordante, que culmina, como institución académica, política y mercantil, en el cierre circular operatorio y constitutivo de las sociedades humanas que emergen en las Edades Moderna y Contemporánea. En segundo lugar, la gnoseología de la literatura, esto es, la constitución de una Teoría de la Literatura como ciencia categorial destinada al conocimiento científico de los materiales literarios, es resultado de una trayectoria histórica cuyo inicio tiene como referencia la Poética de Aristóteles, y la teoría de la mímesis como principio generador y explicativo del arte verbal (siglo IV a.n.E. hasta la Ilustración). Este principio mimético se ha visto reemplazado, más que sucedido, por el progresivo —y relativamente integrador— desarrollo de sistemas teórico-literarios de interpretación, los cuales se han objetivado en las denominadas poéticas de autor (siglo XIX), en las poéticas formales y funcionales (1900-1967), en las poéticas de la recepción (último tercio del siglo XX), y finalmente en las poéticas de la transducción o intermediación (finales del siglo XX y comienzos del XXI). Del cierre categorial de los materiales literarios, y de la construcción de la Teoría de la Literatura como ciencia, justificada desde los criterios del materialismo filosófico de Gustavo Bueno (1992), he dado cuenta en 2007, en mi libro Los materiales literarios. La reconstrucción de la literatura tras la esterilidad de la «teoría literaria» posmoderna (2007b), dedicado específicamente a la ontología de la literatura: autor, obra, lector e intérprete o transductor.

En suma, la perspectiva Bueno, desarrollada gnoseológicamente en la teoría del cierre categorial, considera la ciencia como un conjunto sistemático, abierto e ilimitado, de teoremas, a la vez que concibe el campo gnoseológico de cada ciencia concreta como un conjunto sistemático de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas (Bueno, 1992). Desde tal perspectiva gnoseológica, la ciencia equivale a una construcción en la que los teoremas se articulan progresivamente, entretejiéndose unos con otros, sistematizándose y reorganizándose en la inmanencia de un campo cerrado, pero nunca definitivamente clausurado. Las construcciones científicas parten de núcleos originarios bien definidos —teoremas o células gnoseológicas— que van desarrollándose en un cuerpo científico, al margen de cualquier dirección prefijada o predeterminada, y a lo largo de un curso histórico y social, en cuyas circunstancias, diferentes factores pueden interactuar con los procesos de construcción científica, lo que nos exige tener en cuenta los contextos de descubrimiento y los contextos de justificación (Reichenbach, 1938).

Ahora bien, desde el punto de vista de la gnoseología materialista, una ciencia no puede reducirse a una teoría, ni a un conjunto de teorías, por muy organizados que ésta o éste se presenten. Es decir, no podemos hacer de la estética de la recepción, por ejemplo, la ciencia única de la literatura, porque precisamente la Rezeptionsästhetik limita a un único término, el lector, al que subordina todos los demás, la esencia de lo que la literatura es. Dicho de otro modo, convierte una estructura dada en symploké en una totalidad monista, en la que una parte o término (el lector) domina y subsume a todos los demás (autor, obra e intérprete). Algo así supone incurrir en un teoreticismo popperiano, en un formalismo cuyo límite sin duda es metafísico, dada su desvinculación de la materia, desde el momento en que, en última instancia, toda forma se desvanecería en sí misma. Es el caso de la teología, que se desintegra en especulación pura, es decir, en retórica remitente hacia un racionalismo idealista y metafísico, porque su objeto de conocimiento, Dios, no existe materialmente. Su M1 es igual a cero (Ø). Una ciencia es una construcción operatoria, una construcción ejecutada por sujetos que actúan, y no sólo desde teorías, aunque éstas puedan formalizar realidades materiales y efectivamente existentes. Las ciencias trabajan con el M1 de sus objetos de conocimiento, los términos o materiales que componen físicamente su campo categorial, cerrado, pero no clausurado, para dar de ellos interpretaciones explicitadas de forma racional y lógica (M3), al margen de las preferencias o inquietudes psicológicas y anímicas (M2) de los investigadores. Las ciencias son construcciones en las que se conjugan solidariamente, circularmente, elementos formales y materiales. Cuando las teorías se desvinculan de las realidades materiales, cuando pierden toda posibilidad de conjugación formal con la materia, entonces degeneran en especulaciones, en hipótesis, en retórica vacua, es decir, en formas completamente desconectadas de la realidad física y material del mundo real. Las ciencias son superiores e irreductibles a las teorías, porque ―como ha escrito Bueno (1992)― las ciencias comportan y movilizan arsenales físicos de múltiples términos, operaciones y relaciones (sintaxis), fenómenos, esencias y referentes (semántica), sujetos, colectividades y pautas de interpretación y actuación (pragmática), sobre cuya complejidad se construye el Mundo interpretado (Mi), y al margen del cual el Mundo (no interpretado) permanece como una realidad ilegible e inerte (M), es decir, inoperable.


Los cierres categoriales, aunque se mueven necesariamente en el plano operatorio de los fenómenos, terminan desbordándolo para establecer estructuras esenciales autónomas, en el mejor de los casos. Y si esto no es así no nos será posible establecer la correspondencia entre ciencia categorial y fenomenología […]. Las ciencias categoriales son cerradas (en sus realizaciones óptimas) y esto significa que sus conceptos (términos, relaciones y operaciones) tejen un orden inmanente al campo (Bueno, 1991: 124).


Por esta razón, sin duda el principal enemigo de la Teoría de la Literatura es su propia denominación, o nomenclatura titular —Teoría de la Literatura—, una expresión que es puro teoreticismo, es decir, un término propuesto por quienes hicieron de la construcción e interpretación de la literatura un acto de pensamiento en lugar de un acto efectivo de construcción y de interpretación operatoria de materiales literarios. El término correcto debería ser Poética, que apela esencialmente al acto de hacer o construir, de forma racional y crítica, tanto una obra literaria como una interpretación de la obra literaria. El término Poética es de origen helénico, elaboración aristotélica y tradición hispanogrecolatina, y remite siempre una crítica del racionalismo literario. El término Teoría de la Literatura, por el contrario, es de naturaleza académica e institucional, pero en absoluto gnoseológica. Lo utilizamos como término franco y convencional, por imposición académica y por inercia disciplinaria, pese a que en rigor resulta completamente inaceptable y esencialmente incompatible con los fundamentos y exigencias metodológicas de la Crítica de la razón literaria.

Obvio es decir que todo concepto literario ha de fundamentarse en un material literario. Verum est factum: la verdad está en los hechos, es decir, en las operaciones que llevan a cabo la relación racional y lógica entre términos efectivamente existentes, y constituyentes de un campo categorial definido y ontológicamente delimitado.

Hay que reconocer en este punto que el pensamiento literario de Jauss ha contribuido de forma determinante y única a propiciar el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia, cierre categorial que ha tenido lugar a fines del siglo XX y comienzos del XXI, y nunca antes en la historia de la investigación científica de la literatura. Jauss nos liberó de Jakobson. El adecuacionismo del alemán nos permitió superar el teoreticismo del moscovita. Dado este paso, el circularismo supone la consumación del cierre circular de los materiales literarios y, en consecuencia, de la ontología de la literatura: autor, obra, lector e intérprete o transductor. 

Desde los presupuestos de la transducción, tal como se exponen en la Crítica de la razón literaria, a partir de nuestra primera propuesta (Maestro, 1994), se confirma que el cierre categorial de una ciencia no es más que una delimitación ontológica (la de los materiales o términos que constituyen el campo de investigación de esa ciencia) y una circunscripción gnoseológica (la de los procedimientos operatorios lógico-formales y lógico-materiales llevados a cabo para interpretar científicamente los materiales identificados ontológicamente). Por eso el campo categorial de la Teoría de la Literatura lo constituyen cuatro términos o materiales fundamentales: autor, obra, lector e intérprete o transductor. No cabe hablar de literatura al margen de ellos o de espaldas a uno de ellos. Lo he dicho y hay que reiterarlo hasta la saciedad: estos cuatro términos cierran el campo categorial de la literatura del mismo modo que los elementos químicos de la tabla periódica de Mendeléiev cierran el campo categorial de la Química. Desde el punto de vista de la gnoseología, la Teoría de la Literatura, como ciencia de la literatura, conceptualiza material y formalmente tales términos ontológicos. Éste es el cierre categorial dado en el campo de los hechos y materiales literarios.

Por otro lado, hay que recordar que desde la Retórica de Aristóteles está formulada ya para la Teoría de la Literatura la idea esencial de la pragmática literaria que Jakobson reproducirá ―con bastante poca originalidad, hay que reconocerlo de una vez― en su mitificada ponencia de Indiana en 1958, y a la que apenas una década después Jauss convertirá en la fenomenología causalista del hecho literario: «Tres son los elementos —dice Aristóteles (Retórica, 1358b)— que entran en todo discurso: el que habla, el tema sobre el que se habla y el oyente a quien se habla. Y el fin es el oyente». Los intérpretes del teoreticista Jakobson han hecho un flaco favor al descriptivista Aristóteles. Sólo Jauss, desde el adecuacionismo posestructuralista, convertirá la conciencia del oyente, una figura en la que Aristóteles objetivaba la teleología del discurso en general y de la literatura en particular, en una conciencia causal y productora de lo literario como hecho significante. Jauss, acaso sin saberlo, redujo la literatura a un epifenómeno de la conciencia subjetiva. Jauss y sus discípulos se situaron así, otra vez más, en la más castiza tradición alemana, luterana, genealógicamente agustina y bibliomántica (tolle legere…): la conciencia ególatra del yo lector, constructor del sentido del texto (bíblico). Iser radicalizará las pautas jaussianas a lo largo de sus propias investigaciones. Muy lejos de hacer de la obra de arte verbal un objeto de conocimiento crítico y objetivo, propio de una conciencia lógica y trascendental, Jauss e Iser la convierten en un estímulo fenomenológico y acrítico de la conciencia psicológica de cada lector. Recepción y egolatría. Tras la estética de la recepción alemana, la interpretación literaria queda una vez más a merced de los hermeneutas de la psicología egoísta y de la ideología gremial, cuyo límite es el autismo individual y gregario (el yo y el nosotros). De aquellos polvos, estos lodos. El lector implícito de Iser es el último de los hijos naturales de Lutero. Por tales caminos discurre actualmente la «teoría literaria» posmoderna. En Babel cada cual puede decir lo que quiere porque todo es ilegible. Y también inútil. Vivir en la esterilidad es todo un lujo para quienes pueden permitírselo.

De un modo u otro, a Jauss corresponde inequívocamente haber dado un paso decisivo en la codificación de la figura del lector como término registrado en el campo categorial de la Teoría de la Literatura. Que posteriormente tanto Jauss como sus discípulos, sobre todo Iser, hayan reducido, e incluso jibarizado, la figura del lector a una entidad psicológica, idealista y formalista, en nada minusvalora la decisiva aportación jaussiana, la cual hizo posible, a fines del siglo XX y comienzos del XXI, la introducción de la figura del transductor o intérprete en el campo gnoseológico de la literatura, objetivando de este modo el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia literaria, tal como se ha expuesto en el capítulo anterior (III, 4), dedicado a los materiales literarios, constituyentes de la ontología de la literatura.


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NOTAS

[1] Reiteramos, en suma, que los determinantes (o definiciones) definen términos a partir de otros términos, preexistentes o nuevos, contextuales o heterocontextuales [T < T]; los relatores (o figuras gnoseológicas de relación) establecen conceptos a partir de términos dados en el campo categorial [C < T]; y los operadores (o sujetos operatorios) establecen, construyen o identifican, a partir del análisis de los fenómenos, los términos constituyentes del campo científico de referencia [T < F]. De este modo, las operaciones consuman —ejecutan— el cierre categorial de una ciencia.

[2] Ha de advertirse que nuestra interpretación crítica de la filosofía de Bueno es resultado de una actividad académica, universitaria y profesional, que siempre hemos desarrollado de forma voluntaria, libre e independiente, y que no guarda ninguna relación con los diferentes conflictos y polémicas que de forma habitual diversos buenistas mantienen entre sí. Vid., por ejemplo, Camprubí Bueno y Pérez Jara (2022).

[3] Además, la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada codificó la ampliación de la tabla periódica de los elementos químicos con cuatro nuevos términos en diciembre de 2015: ununtrio (113), ununpentio (115), ununseptio (117) y ununoctio (118).

[4] Sobre esta cuestión, vid. el trabajo de Bueno (1980) titulado El individuo en la Historia. Como sostiene Bueno, Aristóteles usa aquí el término filosofía en el sentido de ciencia, como un atributo de predicaciones universales propio de la poesía como prototipo de la literatura.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «El cierre categorial de la Teoría de la Literatura», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 5.6.2), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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