III, 4.1.3 - Idea y concepto de autor según la Crítica de la razón literaria

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Idea y concepto de autor según la Crítica de la razón literaria


Referencia III, 4.1.3


                Al autor, como a la materia, le cuesta desaparecer.

Dámaso López García (1993: 64).



Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

El autor es el artífice de las ideas y conceptos objetivados material y formalmente en un texto que, de ser literario, interpretamos como literatura.

El autor de una obra literaria es siempre un ser humano o sujeto operatorio, es decir, una persona real y efectivamente existente, implicado en una realidad geográfica, histórica y política. El autor nunca es un ser ideal, imaginario o modélico, términos estos últimos que utiliza la teoría literaria, sobre todo de naturaleza estructuralista, para justificar sus propios idealismos teoreticistas. Términos como el de «autor implícito» (Booth, 1961) y sus derivados son una pura invención de la teoría literaria formalista. Hablar de autor real es un pleonasmo, porque los autores, o son reales, o no son: no hay autores irreales. El autor exige además ser interpretado como materia y como forma, es decir, desde criterios gnoseológicos (lógico-materiales), y no desde una perspectiva meramente epistemológica (idealista), que enfrenta, tras haberla reducido psicológicamente a un puro objeto de conciencia, la figura del autor a la figura de un sujeto receptor, ambos retóricamente aderezados.

Como he señalado con anterioridad, el enfoque gnoseológico identifica en el autor una realidad lógico-material de componentes materiales y formales, inseparables en sí mismos (ontológicamente), pero disociables en la medida en que pueden analizarse conceptualmente (gnoseológicamente). Por su parte, el enfoque epistemológico, seguido de forma acrítica desde el idealismo kantiano prácticamente hasta nuestros días, ofrece una idea de autor por completo idealista, como no puede ser de otro modo, al manipularlo como una figura construida desde la conciencia de un sujeto receptor que, cuanto más cualificado y modélico se presenta, más irreal y metafísico resulta. El autor no puede reducirse, pues, a una dimensión exclusivamente formal o textual, como han pretendido tantos idealistas de la cultura, fenomenólogos de la literatura y teólogos de la escritura, y teóricos literarios de corte estructuralista, francamente ignorantes «de lo que pasa en la calle», desde el momento en que el autor es una persona materialmente física, psicológica y lógica, es decir, pertenece materialmente a una realidad físico (M1), psicológica (M2) y lógica (M3), y por lo tanto es autor de materialidades físicas, psicológicas y lógicas, esto es, artífice de formas o textos, experiencias o hechos reales o ficticios, e ideas o conceptos racionalmente analizables. El autor, pues —y que quede esto muy claro—, no es autor exclusivamente de formas o textos. Esta paupérrima y grosera noción de autor es la que, desde una suerte de primer mundo retórico y tercer mundo semántico, han sostenido lectores como Barthes, Derrida o Foucault, entre muchos otros posmodernos y preposmodernos (por llamarlos de alguna manera, como Eliot, Forster, Wimsatt o Beardsley). Pero no es esta noción la que plantea la Crítica de la razón literaria, al reconocer la evidencia de que el autor de obras literarias es un ser humano, esto es, un sujeto operatorio, que es autor precisamente porque lo es de formas verbales poética y estéticamente relevantes (M1), de experiencias psicológicas esencialmente humanas (M2), y de ideas y conceptos lógicos absolutamente inderogables (M3). Si para lectores como Barthes, Derrida o Foucault, la autoría de ideas y conceptos lógicos formalmente objetivados en las obras literarias es algo que, en su indefinida, acrítica y acientífica noción de «texto», les resulta ilegible, sua culpa est. No me cabe duda de que los seguidores de estos escribas posmodernos adolecerán de la misma miopía a la hora de leer las ideas objetivas contenidas formalmente, esto es, poética o estéticamente, en los textos literarios. Si el autor no es autor de ideas, no habrá ideas legibles para ningún lector. Sólo habrá formas, indudablemente, vacías de contenido, que el lector ignorante de ideas podrá henchir con alegre arbitrariedad —es decir, sin dar cuenta de sus actos interpretativos a ningún código racional o científico— de psicologismos e ideologías del más variado pelaje, vertederos que el discurso posmoderno abastece y mantiene siempre pletóricos de contenido. Respetar la nesciencia es hacerse cómplice de ella. Desde la Crítica de la razón literaria no vamos a colaborar con interpretaciones sobre la literatura que consideramos abiertamente una patraña.

Hemos de reiterarlo: el concepto de autor que sostiene la Crítica de la razón literaria —el autor como artífice de contenidos materiales, ideas y conceptos, objetivados formalmente en una obra literaria— exige considerar la idea de autor desde la cuádruple perspectiva que ofrecen el espacio antropológico, el espacio ontológico, el espacio gnoseológico y el espacio estético o poético.



1. El autor en el espacio antropológico

El espacio antropológico —como se ha dicho, siguiendo a Bueno (1978)— es el lugar físico, el escenario real, en el que se sitúan y se explican los materiales antropológicos. La literatura, indudablemente, es un material antropológico de muy compleja envergadura. El espacio antropológico se articula, como se ha visto con anterioridad, en tres ejes relacionados entre sí: eje circular o humano, eje radial o de la naturaleza, y eje angular o religioso.

Desde tales criterios, la Crítica de la razón literaria sitúa al autor inequívocamente en el eje circular o humano del espacio antropológico, y rechaza toda posibilidad de emplazarlo en otro lugar o de desplazarlo hacia otros ejes. La literatura es una construcción inderogablemente humana desde todos los puntos de vista. Sólo el ser humano es causa eficiente y primigenia de la literatura, como artífice de sus formas, de sus contenidos y de sus ideas. La literatura es siempre una obra maestra del antropomorfismo. Los dioses no escriben obras literarias. Los extraterrestres, por el momento, tampoco. La religión puede ser contenido material o referencial de obras literarias, pero no argumento para afirmar la existencia de un dios con capacidad de inspiración sobre tales o cuales autores. Calderón es un dramaturgo de éxito y de mérito por ser hombre, no por ser católico. Sólo una razón antropomórfica, y nunca una razón teológica, puede explicar las calidades observables en una obra literaria. La literatura es una construcción humana, no una consecuencia providencial, fideísta o teológica. No cabe, pues, situar jamás a un autor de obras literarias en el eje angular o religioso del espacio antropológico. Las teorías teológicas de la literatura, entre las cuales cabe emplazar a todas aquellas corrientes que de un modo u otro han identificado al autor con un dios creador de obras literarias, son puro psicologismo, mera y simple invención imaginativa de lectores más o menos célebres o celebrados, y de intérpretes más celebrados que célebres.

Paralelamente, de ningún modo es posible hoy día situar al autor en el eje radial del espacio antropológico, desde el momento en que sólo de forma metafórica y fraudulenta se podría establecer una analogía entre la naturaleza como referente cosmogónico y el texto literario como escritura de ese cosmos ilimitado. El Mundo —incluyendo aquí el Mundo no interpretado— sería una suerte de forma sin fronteras, escriturable indefinidamente, un texto total y relativamente ilegible, inaudible bajo una tormenta interminable de ruidosas interpretaciones. Es decir, el Mundo sería Babel, y la literatura sería una forma más, tan simple como otra cualquiera, de un lenguaje común y corriente. Sabemos que el Mundo, o la Naturaleza, es para Derrida y otros posmodernos un texto imposible de leer correctamente (dentro del cual además el autor de las ideas contenidas en ese Mundo resulta que no existe)[1]. Y no dudo yo de que para ellos, Derrida y sus fieles, efectivamente el Mundo Interpretado (Mi) por las ciencias y por la razón sea un mundo ilegible. Y lo siga siendo. Pero que lo sea para ellos no quiere decir que lo sea para los demás. Porque el Mundo Interpretado no es, al menos para los químicos, un referente químicamente ilegible. Tampoco para los médicos el cuerpo humano es una realidad biológicamente ilegible. No son para los ingenieros la naturaleza y sus materias primas elementos mecánicamente ilegibles. Ni para los filólogos es la literatura un texto científicamente ilegible. Sólo para los ignorantes de las ideas y para los cínicos de la sofística el Mundo Interpretado científica y categorialmente es un mundo indescifrable e ilegible. No así para el autor. El autor de obras literarias no se sitúa en un limbo ilimitado o indefinido, cual circunferencia de radio infinito, sino en un mundo interpretado y acotado en términos literarios de forma muy precisa. El autor conceptualiza —esto es, formaliza materialmente— en la obra literaria un Mundo Interpretado (Mi). No diré de ninguna manera que el autor conceptualiza en la literatura «su visión del mundo», porque algo así sería puro psicologismo. ¡Qué me importa a mí —ni a ti— la visión que del mundo tiene el autor! Eso le importará a su oculista. Lo que verdaderamente ha de importarnos son las ideas que puede proporcionarnos alguien capaz de formalizar tales ideas de un modo singularmente valioso en un texto literario, original y único. No diré tampoco que el autor nos presenta en su obra literaria un «mundo posible», porque tal afirmación es de una simpleza, y de una ignorancia de lo que es la literatura y de lo que es la ficción, que no se pueden tolerar hoy en día: no hay ningún mundo en el que don Quijote o el Dante que se pasea por los infiernos tengan la menor posibilidad de existir. Una afirmación de este tipo nos conduce de nuevo a puro psicologismo, debido ahora no al autor, sino a un lector del más simple e ingenuo idealismo. Insisto en que el autor no puede situarse en el eje radial del espacio antropológico, tal como hicieron Aristóteles, al identificarlo con un mero agente mimetizador de la naturaleza mediante el uso del lenguaje, o Derrida, al comparar —de manera mucho más simplista que el peripatético, por supuesto— la literatura con una suerte de escritura en la que se disuelve formalmente toda la materia del cosmos, el cual quedaría reducido a una sintaxis. Y no puede situarse el autor en el eje radial del espacio antropológico porque el autor no pertenece a la naturaleza, sino a la cultura, es decir, no forma parte de una sociedad natural, sino de una sociedad política. El autor literario sólo puede explicarse desde el eje circular del espacio antropológico, como artífice de una construcción literaria genuina y específicamente antropomórfica, social e histórica, insoluble en causas teológicas o inspiraciones religiosas, y superior a cualquier reduccionismo o diseminación formalista propia de un cosmos ilegible.

 


2. El autor en el espacio ontológico 

Como se sabe, tal como se ha explica anteriormente siguiendo a Bueno (1972), el espacio ontológico es el espacio en el que se sitúa formalmente la materia del Mundo Interpretado (Mi). Lo no conocido, lo no explicado racionalmente, aunque forme parte del Mundo (M), no forma parte del Mundo Interpretado (Mi) o categorizado por las ciencias, y en consecuencia no constituye realidad ontológica de facto. Se trataría de una materia indeterminada, frente a la materia determinada y formalizada, la cual constituye la ontología del Mundo Interpretado. La verdad está en los hechos —verum est factum—, no en los hechos no interpretados.

Lo hemos dicho y hemos de reiterarlo: el ser, o es material, o no es. El espacio ontológico es tridimensional. Es posible distinguir tres tipos de materia determinada en el Mundo Interpretado (Mi): la materia estrictamente física (los objetos físicos, los minerales, la bomba atómica, sillas, mesas, etc.), que constituye la materia primogenérica o M1; la materia psíquica, interpretada siempre por sus causas y consecuencias materiales (miedo, celos, ambición, locura, felicidad, enamoramiento, hipocondría...), que constituye la materia segundogenérica o M2; y la materia lógica o conceptual (las ciencias categoriales, los ordenamientos jurídicos, la métrica, la teoría de la música, el imperativo categórico kantiano, el teorema de Pitágoras, la fórmula del sodio...), que constituyen la materia terciogenérica (M3). Estos tres tipos de materia se dan en symploké, están relacionados entre sí, y no existen aisladamente. Si uno de los tres se nos presenta sin alguno de los tres, quien nos habla es un sofista. Porque nada está en el intelecto, si antes no está en alguna de las formas de la experiencia sensible, y porque nada es sensible al ser humano, si antes no es materialmente factible. Lo que no tiene causas materiales sólo puede tener causas psicológicas, y aun así estas causas psicológicas tendrán un origen, una motivación, una explicación material. Es el caso de Dios o del Unicornio, cuyo M1 es en uno y otro caso igual a 0. Nada de esto sucede con el autor de obras literarias.

Desde los criterios de la ontología materialista, el autor es el ser humano que existe físicamente (M1), y que escribe la obra de arte literaria, reflejando en ella una estructura psicológica (M2) y objetivando formalmente un sistema de ideas y conceptos (M3) que como tales pueden y deben interpretarse. El autor, como he indicado, no sólo es el artífice de una forma específica de expresión, comunicación e interpretación —la forma literaria—, sino que es ante todo el artífice de las ideas y de los conceptos objetivados materialmente en esa forma literaria. Reitero una vez más que la autoría no se puede reducir a una cuestión formal, porque es sobre todo una realidad material de la que depende la objetivación de ideas y conceptos que exigen al lector una interpretación sistemática, racional y lógica. El autor es, ante todo, un sujeto corpóreo y operatorio.

Es evidente que mientras el autor está vivo y escribe su obra pertenece al género físico, y él mismo es una materia primogenérica (M1). Y como materia primogenérica puede ser objeto de investigación categorial por parte de diversas ciencias, entre ellas la medicina, por ejemplo. No han faltado diagnósticos a la muerte de Cervantes: diabetes. También hay dudas acerca de algunas partes de su M1: no se sabe si perdió o no su mano izquierda en Lepanto, o si simplemente conservó la mano, pero perdió su movilidad, etc. Y también se ha estudiado, aunque más bien psicológicamente, la orientación sexual de su M1. Sin pruebas positivas, no ha faltado quien le asigne una homosexualidad a la altura de nuestro tiempo, muy al estilo de los ideales posmodernos (algo tan gratuito como decir que el autor del Quijote era budista, por ejemplo). De un modo u otro, todas estas cuestiones a las que estoy aludiendo, de dudoso interés científico para literatura, tienen como referente fundamental el cuerpo físico de Cervantes[2], esto es, su M1.

Tampoco han faltado, especialmente tras la obra freudiana, los acercamientos psicológicos a la figura del autor literario. Todas aquellas ramas del saber humano que siguen estos caminos se concentran en el autor como objeto de experiencias psicológicas dignas de consideración, es decir, se ocupan del autor en tanto que M2 o materia segundogenérica. El psicoanálisis, la mitocrítica, la poética de lo imaginario..., reducen la idea de autor a la organización, más o menos compleja y definida, de su mundo psicológico. En este ámbito neorretórico, que pretende integrarse en la medicina como ciencia categorial, cabe situar, sin duda, la obra de Freud, Jung y Lacan, especialmente. En los márgenes retóricos de esta pseudociencia habrán de situarse también los escritos de Bonaparte, Mauron, Bachelard, Starobinski, Frye, etc., entre tantos otros. Y sucede que ha habido numerosos lectores o pseudocríticos, mucho más cercanos a nosotros en el tiempo, que tras haber negado al autor como materia psíquicamente analizable, han reducido la interpretación de su «escritura» a una interpretación puramente psicológica. Con frecuencia, esta «psicología», resultante de la lectura acrítica del «crítico», es ideología de la más simple y plana elaboración. La posmodernidad constituye la principal fuente de producción de este tipo de discursos ideológicos, psicológicos, simples y planos. Barthes, Derrida, Foucault..., tras haber renunciado a la idea de verdad en la interpretación, y al haber sustituido toda actividad hermenéutica por un acto de retórica sin fin, irracionalmente han negado a la forma la existencia de un artífice, es decir, han negado a la literatura la realidad de un autor. Y no se han detenido en este nihilismo mágico, sino que han ido más lejos, afirmando un más irracional, si cabe, nihilismo gnoseológico, al negar la existencia de ideas y conceptos, no sólo en el artífice —el autor—, sino en la literatura —que en su miseria conceptual denominan acríticamente «escritura»—. Dicho de otro modo: en primer lugar, han negado al autor como M1, esto es, como materia física, lo cual ya nos sitúa en un discurso por completo irracional y fuera de toda realidad y coherencia, y en segundo lugar lo han negado como artífice de ideas y conceptos lógicos, es decir, como materia terciogenérica o M3, algo que en sí mismo supone la clausura de la Teoría de la Literatura como disciplina académica y como ciencia categorial. Por esta razón no puede considerarse a Barthes, ni a nadie que siga sus ideas, como un teórico de la literatura, sino como un retórico de la escritura. Como un sofista de la posmodernidad, cual Gorgias o Protágoras de la segunda mitad del siglo XX. El hecho de que las ideas irracionales e incoherentes de gente como Barthes, Derrida o Foucault, no se hayan criticado suficientemente revela no sólo la capacidad acrítica de sus lectores, sino sobre todo el estado actual de la teoría literaria, así como el nivel de conocimientos y saberes de cuantos a ella se dedican. Especialmente en los departamentos universitarios del ámbito inglés, alemán y americano (tanto del Norte como del Sur geográficos de ese continente). La labor académica de la Anglosfera en materia literaria ha sido absolutamente desoladora desde el Romanticismo hasta la posmodernidad, cuando no exterminadora de lo que la literatura es. La única dimensión del autor que la posmodernidad ha dejado, digna de manipulación, a merced del lector es la que corresponde a su mundo psicológico (M2). Pero lo ha hecho sin respetar su denominación de origen, es decir, lo ha entregado de modo acrítico a un lector deliberadamente ideologizado y acientífico: la posmodernidad ha reducido la figura del autor literario y su complejidad lógico-formal a la psicología vulgar de un lector inocuo. La symploké del autor (M1, M2, M3) es, para el discurso posmoderno, la psicología del lector (M2). ¿Cabe —ante tal reduccionismo— mayor ignorancia?

Muy al contrario, desde la Crítica de la razón literaria se considera al autor como el artífice de las ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios, y por consiguiente como un término ontológico fundamental del campo categorial de la Teoría de la literatura.


 

3. El autor en el espacio gnoseológico 

En el espacio gnoseológico, el autor de obras literarias es una materia que hay que conceptualizar formalmente, esto es, que hay que explicar en términos científicos. El autor se considera aquí como idea y como concepto. Como idea, es objeto de filosofía, es decir, de crítica literaria, y como concepto, es objeto de una ciencia categorial, esto es, de una Teoría de la literatura. El autor no sólo existe, sino que existe como materia que exige ser examinada desde criterios conceptuales y lógicos, es decir, como M3, en tanto que artífice de las ideas objetivadas formalmente en la obra literaria.

El espacio gnoseológico se articula en tres ejes —sintáctico, semántico y pragmático—, cada uno de los cuales se configura a su vez en tres sectores. El eje sintáctico se compone de términos, relaciones y operaciones; el eje semántico, de referentes, fenómenos y esencias; y el eje pragmático, de normas, dialogismos y autologismos. A continuación, voy a exponer cuáles son las funciones gnoseológicas que desempeña el autor en un espacio tridimensional de esta naturaleza. Me referiré de forma específica a aquellas atribuciones que le han sido asignadas al autor por corrientes de interpretación literaria a las cuales se opone el Crítica de la razón literaria como Teoría de la literatura. Adviértase que nuestro método tiene capacidad para incorporar y reinterpretar desde sus propias coordenadas, de forma dialéctica, las ideas de sistemas de pensamiento ajenos o contrarios. La situación inversa, sin embargo, no es posible: ni el feminismo, ni el psicoanálisis, ni el formalismo ruso o francés, ni la deconstrucción, ni la poética de lo imaginario, ni la isovalente y polivalente teoría de los polisistemas, etc., pueden explicar desde sí mismas las exigencias metodológicas que aquí les planteamos ante la realidad de la literatura. Suprimir al autor, o reducirlo a una forma ideal, no es explicarlo, sino adulterarlo o, simplemente, hacerlo desaparecer para evitar así tener que enfrentarse a él y a sus problemas metodológicos.

3.1. Las figuras del eje sintáctico del espacio gnoseológico son los términos, las relaciones y las operaciones

Los términos son los materiales que, una vez identificados formalmente, constituyen el campo categorial de una ciencia. Así, por ejemplo, son términos de la Aritmética los números naturales, como son términos de la Geometría los ángulos y los vectores, o como son términos de la Métrica el endecasílabo y el pentasílabo adónico. El autor es, indudablemente, un término del campo categorial de la Teoría de la Literatura, desde el momento en que constituye un material literario real y efectivamente existente, en el que se reconoce gnoseológicamente al artífice de formas, contenidos e ideas objetivados en el texto u obra literaria.

Los términos de un campo categorial o científico no se dan aisladamente, sino sintácticamente, es decir, están relacionados entre sí desde criterios formales. No se trata de unidades inconexas, sino formalmente interconectadas. Los términos son objeto de una gramática. Por esta razón el autor no puede separarse o aislarse de la obra literaria sin quebrar la pragmática de la comunicación literaria, es decir, sin destruir las posibilidades interpretativas de la literatura. Desde este punto de vista, el autor es un término que está en relación formal y material, es decir, en relación gnoseológica, con otros términos del campo categorial de la Teoría de la Literatura, como son la obra literaria, el lector y el crítico o transductor. Ahora bien, esta relación gnoseológica, o lógico-material, no puede establecerse de cualquier manera, en estado bruto, sino conceptualmente, es decir, mediante operaciones.

Las operaciones son las relaciones que un sujeto operatorio, un intérprete de obras literarias, en el caso que nos ocupa, establece entre los términos de un campo científico: en el caso de la Teoría de la Literatura se tratará de las relaciones que un analista o investigador de los materiales literarios establece entre el autor, la obra, el lector y la crítica o los transductores. Adviértase que las operaciones son materiales y formales, y no meramente psicológicas o subjetivas, porque exigen un contacto directo con la materia que se analiza: los textos literarios y sus ideas objetivas, los materiales ecdóticos y filológicos, los documentos positivos sobre el autor, pruebas fehacientes de recepción, revisión de estudios críticos históricamente relevantes, etc.

Las relaciones, en consecuencia, sólo se establecen entre conceptos, es decir, entre objetos o términos que han sido formalizados conceptualmente: 1) el autor como concepto (M3), no como sujeto de actividades bursátiles (M2), sexuales o renales (M1), literariamente irrelevantes; 2) la obra literaria como realidad material en la que se objetivan formalmente ideas y conceptos (M3), no como un pretexto para hablar de psicologías personales o ideologías gremiales, desde las que se pretende justificar la posición anímica y moral (M2) del lector «en este mundo cruel», por ejemplo; 3) el lector como sujeto que interpreta los conceptos y las ideas objetivadas formalmente en las obras literarias (M3), y no como demiurgo de componendas psicológicas en las que se recrean mundos posibles, explicaciones imaginarias y fórmulas metafísicas (M2), para dar cuenta de realidades inexistentes en los textos y en los materiales literarios; y 4) el crítico como transductor, es decir, como transmisor y como transformador de ideas y conceptos literarios (M3), destinados a conformar y desarrollar la educación científica de nuevos lectores, a los que habrá de proporcionar recursos conceptuales y científicos adecuados a la interpretación de los materiales literarios. El crítico o transductor literario habrá de contribuir a la formación científica del lector (M3), y no a su deterioro ideológico o a su deturpación psicológica (M2), como sucede tan a menudo, con el fin de incrementar el número de interpretaciones y de lectores aberrantes, propios de un tercer mundo semántico.

Desde los argumentos que acabo de exponer, el autor de obras literarias es un término fundamental del campo categorial de la Teoría de la Literatura. Junto con el texto de la obra, el lector y el crítico o transductor, constituye uno de los cuatro materiales literarios esenciales. Ésta es una cuestión determinante, desde un punto de vista gnoseológico, porque, como veremos en el capítulo III.5 de esta obra, dedicado a la gnoseología de la literatura, el ser humano, en tanto que autor, no puede ni debe segregarse del campo de la investigación literaria. Dicho con otras palabras, que serán objeto de estudio en el capítulo siguiente, la Teoría de la Literatura es una ciencia categorial ampliada del tipo β-1.1, es decir, de aquellas que contienen a seres humanos como términos que analizar dentro de sus campos categoriales. La Geometría, la Métrica y la Medicina, por ejemplo, no contienen seres humanos en los términos de su campo categorial o científico, sino que trabajan con líneas, vectores, ángulos, o metros, versos, sílabas, dialefas, o células, cromosomas, órganos, etc., pero no con seres humanos en tanto que términos objetuales. A este último tipo de metodologías la Teoría del Cierre Categorial las denomina α-operatorias. Pero de estas cuestiones hablaré más adelante. Bástenos ahora constatar que el autor es término decisivo del campo categorial de la Teoría de la Literatura, y que se analiza como concepto (M3) por parte del investigador de los materiales literarios, el cual, como sujeto operatorio, ejecuta las operaciones y relaciones que considera necesarias para llevar a cabo la conceptualización del autor, es decir, su estudio gnoseológico, su interpretación lógico-material. El sujeto operatorio o investigador de la literatura, es decir, de los materiales de la literatura, actúa, pues, como operador y como relator, al ejecutar respectivamente las operaciones y relaciones que considera oportunas para construir gnoseológicamente sus interpretaciones.

Las teorías literarias de orientación psicoanalítica, así como las poéticas de lo imaginario, e incluso algunas manifestaciones de la estilística, han considerado al autor como una figura dominante o privilegiada sobre el resto de los materiales literarios. Este enfoque privilegiado se intensifica en el caso de corrientes de interpretación decimonónicas, herederas tanto del idealismo alemán, que exalta psicológicamente al autor como un dios de la creación literaria, como del positivismo realista, en el que desemboca a fines del siglo XIX la historiografía literaria, el biografismo y la sociología del autor.

Las pseudoteorías literarias posmodernas niegan la existencia del autor como término del campo categorial de la investigación literaria. En este sentido se comportan como teorías metafísicas o teológicas, ya que niegan la realidad evidente de una existencia física (M1) susceptible de ser analizada conceptualmente (M3). A cambio, su propuesta consiste en incorporar psicológicamente la figura del autor a la conciencia subjetiva de un lector impersonal (M2). No cabe mayor, ni más anulante, psicologismo. Su concepto de autor pasa irracionalmente del nihilismo mágico (Barthes) al psicologismo nihilista (Foucault).

3.2. Las figuras del eje semántico del espacio gnoseológico son los referentes, los fenómenos y las esencias o estructuras. Veamos qué funciones desempeña en este contexto la figura del autor.

Referentes son las realidades físicas denotadas de forma extralingüística por los signos conceptuales, es decir, en el caso de la literatura, son los materiales literarios en tanto que materiales formalizados gnoseológicamente, o sea, en posesión de un estatuto gnoseológico definido y susceptibles de ser operables. No es posible el ejercicio científico sin la presencia de referentes. Los referentes son objetos del género físico (M1) que han sido formalizados por los conceptos del género lógico (M3). Los referentes son de naturaleza específicamente gnoseológica, ya que no se conceptualizan o formalizan por criterios ontológicos («sólo lo corpóreo es real»), ni por criterios epistemológicos («sólo lo corpóreo es cognoscible»), sino por criterios efectivamente gnoseológicos: sólo lo corpóreo es operable. El autor, como material literario, es un referente con el que ha de operar todo investigador literario. ¿Cómo han de desenvolverse esas operaciones? A partir de los fenómenos, es decir, de las manifestaciones fenoménicas del autor —pues no siempre se conoce su nombre (no se olvide que la anonimia es, junto con la pseudonimia y la heteronimia, una de las formas de la autoría)—, y a través de las esencias o estructuras, esto es, de la formulación de conceptos objetivos acerca de la figura del autor.

Una teoría científica es un sistema mediante el cual los fenómenos y las referencias reciben una organización estructural o esencial. Es especulativo y psicológico todo aquello que carezca de contrapartida fenoménica o referencial, es decir, cuanto se base en realidades gratuitas, hipotéticas, carentes de correlato material, referencial, fenoménico. Cuando el M1 de un autor sea igual a cero, las ideas de Barthes dejarán de ser una metáfora psicológica y fraudulenta para convertirse en la afirmación de una verdad. Por el momento, el único M1 que es igual a cero corresponde a los cuatro dioses de las religiones monoteístas —Dios, Alá, Yahvéh y Buda—, que en su conjunto remiten a una suerte de politeísmo contemporáneo.

Lo que sabemos del autor lo sabemos siempre, en un primer momento, a partir de fenómenos y de manifestaciones fenoménicas. Como todos los objetos de un campo científico, el autor es un referente físico que se ofrece al investigador, o sujeto operatorio, como fenómeno, más precisamente, como un objeto fenoménico al que hay que incorporar otros objetos fenoménicos hasta disponer de todas las informaciones posibles, comprobadas, documentadas, conforme a los diversos materiales literarios, y constituir así una idea coherente de lo que el autor es, como esencia o estructura del campo categorial en que se sitúa como referente innegable.

Ahora bien, un fenómeno no es una explicación, sino un explicandum, es decir, algo que tiene que ser explicado conceptualmente. Los fenómenos permiten definir la forma y la materia de los objetos en tanto que se dan en función de los sujetos operatorios. Los fenómenos resultan relativamente análogos ante sujetos que ocupan respecto a ellos la misma posición relativa, pero pueden alcanzar perspectivas diferentes ante sujetos que ocupan posiciones diferentes: un autor examinado por el sujeto A puede ser un fenómeno diferente al mismo autor examinado por el sujeto B. Sin embargo, ni la Crítica de la razón literaria, ni la teoría del cierre categorial, como teoría de la ciencia, trabajan con «exámenes subjetivos», es decir, nuestro trabajo no se limitará a los fenómenos, sino que partiendo de ellos pretende alcanzar y establecer unas esencias o estructuras[3]. La perspectiva fenoménica es una perspectiva emic, o endogámica (subjetiva), y lo que la Crítica de la razón literaria pretende, como Teoría de la literatura, es la conceptualización del autor desde una perspectiva etic, o exogámica (objetiva), es decir, esencial, no meramente fenomenológica[4].

Las esencias o estructuras resultan de la eliminación, por neutralización o segregación, de los sujetos operatorios, en la medida de lo posible. Las estructuras parten de los fenómenos, y necesitan para su constitución a los sujetos operatorios, pero una vez establecidas, los componentes fenomenológicos y subjetivos han de estar, han de haber quedado, minimizados o neutralizados. Quiere esto decir que las esencias o estructuras son siempre conceptuales (M3). La concepción esencial o estructural del autor de una obra literaria es uno de los objetivos de la Crítica de la razón literaria como Teoría de la literatura. Este proceso nos sitúa en una perspectiva etic que exige tener en cuenta varios criterios dados en el eje semántico del espacio gnoseológico, y sobre los que volveré sintéticamente una vez descrita la función del autor en el eje pragmático.

3.3. Las figuras gnoseológicas del eje pragmático son las normas, los dialogismos y los autologismos

La construcción científica no puede desarrollarse sin normas, ni es concebible, sin la intervención de sujetos humanos, esto es, de sujetos operatorios, los científicos, los investigadores de la literatura, en una actividad que ha de suponerse necesariamente ordenada y orientada normativamente hacia la construcción de objetos definidos. Es imprescindible en la construcción científica reconocer la existencia de una serie de normas, o pautas de comportamiento gnoseológico, que la conceptualización de los objetos exige a los sujetos operatorios, del mismo modo que estos sujetos imponen a los objetos unos criterios de definición y formalización.

Dialogismos son las relaciones que mantienen entre sí los sujetos operatorios, en tanto que, como sujetos que intervienen en los procesos de construcción científica, se relacionan entre sí a través de la conceptualización de los objetos que manipulan. Dentro de este sector dialógico se sitúa buena parte de las corrientes pragmáticas de interpretación literaria y hermenéutica que han querido ver en el análisis de la obra literaria un «diálogo» entre el autor y el lector (Gadamer, 1960; Segre, 1985). En realidad, entendido en tales términos, no cabe calificar de «dialógica» una operación que consiste en la lectura de una obra literaria, porque tal «dialogismo» no es sino un ejercicio psicológico, y en cierto modo onanista, por parte del crítico literario, quien a partir de un material literario —la obra— cree estar hablando con otro material literario —el autor, o la conciencia de un autor—, mediante estímulos autogenerados por el propio crítico o hermeneuta. No, la obra literaria, como el autor, no dialoga con nadie. Se lee. Se analiza. Nada más. Nada menos. Atribuirse un diálogo con la obra o con el autor no es otra cosa que incurrir en un imaginativo autodiálogo (M2), esto es, en un onanismo hecho de palabras, en el que una parte del yo hace —como en toda actividad de este tipo— el papel del tú.

Una operación muy diferente es la que denominaremos autologismo, esto es, la figura gnoseológica en que se objetiva la relación del científico consigo mismo, en tanto que sujeto lógico-corpóreo que ejecuta un proceso de investigación científica, como de hecho es el análisis literario. Los autologismos han de interpretarse desde el punto de vista de su dimensión lógica (M3), no psicológica (M2). Es una figura gnoseológica que determina el uso de los conceptos que hace el sujeto operatorio en los límites de sus capacidades lógicas individuales. El lector, actuando como crítico literario, no «dialoga» con el autor, o con la obra, sino que «dialoga» con conceptos científicos —aquellos de los que dispone— sobre los materiales literarios (autor, obra, etc.).

Diré, en suma, que en el eje pragmático del espacio gnoseológico la figura del autor ha de interpretarse conforme a normas o pautas de análisis racional, a partir de los términos, fenómenos y referentes del campo, lo que nos permitirá establecer un sistema de esencias y estructuras constituyentes de una determinada idea de autor. Paralelamente, el autor no establece ningún diálogo real ni verdaderamente factible con el lector ni con el crítico de la obra literaria, sino que es el lector, en tanto que crítico, quien puede establecer ese supuesto diálogo, siempre en términos conceptuales (M3) —si lo que pretende es la construcción de conocimientos—, y no en términos psicológicos o morales (M2) —porque entonces sólo dará lugar a opiniones animistas y discursos retóricos— con otros lectores y críticos científicamente formados. Por último, el lector e investigador de la literatura podrá sin duda reflexionar individualmente sobre las diferentes posibilidades de relacionar y operar con los conceptos manejados, con el fin de alcanzar las estructuras o esencias más coherentes y lógicas de la interpretación literaria.



4. Conclusión

En suma, el autor no es solamente el autor de formas literarias, de estructuras que dan lugar a la sintaxis de una obra literaria (M1), ni es tampoco exclusivamente el inventor de experiencias psicológicas o de argumentos más o menos bonitos y atractivos en los que se vierten las aventuras de tales o cuales personajes de ficción (M2); el autor es también y ante todo el constructor de ideas y conceptos objetivados formalmente, esto es, poética y estéticamente, en un discurso que reconocemos como literario (M3). Sintetizaré, a modo de conclusión, las formas de conceptualización del autor como material literario.

En primer lugar, ha de tenerse en cuenta, cuando es posible y está a nuestra disposición, el nombre del autor, como referente formal y material que asegura la unidad de los predicados semiológicos (sintácticos, semánticos y pragmáticos) que se le pueden atribuir. Con anterioridad he indicado que anonimia, pseudonimia y heteronimia, son formas atributivas del concepto de autoría. La anonimia implica el desconocimiento del nombre del autor, pero, bien lejos de confirmar su inexistencia, delimita la ignorancia del lector. Una parte del autor se sustrae de este modo al Mundo Interpretado (Mi). Pero una parte no es la totalidad. Desconocer un nombre no implica ignorarlo todo acerca de su referente: tenemos un texto, y en él se objetivan formalmente ideas y conceptos decisivos (M3). La ignorancia del nombre habrá de ser subsanada en la medida de lo posible mediante relaciones y operaciones, desarrolladas a partir de otros términos del campo de nuestra investigación literaria (Navarro, 2003). La pseudonimia subroga el nombre verdadero por otro apócrifo que funciona como si fuera verdadero. Si la anonimia nos remite a un contenido carente —para los lectores— de forma nominal, la pseudonimia nos sitúa ante un referente en el que la forma nominal verdadera ha sido reemplazada por una forma nominal falaz o apócrifa, la cual, sin embargo, asumimos funcionalmente como verdadera (Quijote de Avellaneda). En el caso de la heteronimia, el lector se encuentra ante la ficcionalización literaria de la persona real. Un heterónimo es la forma literaria y ficticia de un nombre que designa a un ser humano real, el autor, en tanto que persona efectivamente existente (M1). Anonimia, pseudonimia y heteronimia son, pues, formas apelativas del autor. Figuras autoriales. En sí mismas son conceptualizaciones de la idea de autor. Es decir, pueden interpretarse como conceptos (M3), pues, como formas que son remiten a materiales literarios que puede analizar un sujeto operatorio o intérprete, bien como términos del campo de la literatura (eje sintáctico), bien como fenómenos y referentes presentes en los estudios literarios (eje semántico), bien como materiales y figuras que un sujeto escrutador somete normativamente a ejercicios dialógicos y autodialógicos de interpretación (eje pragmático). La anonimia literaria no designa una realidad inexistente, sino un material literario —el autor— cuyo nombre de pila desconocemos en el momento de examinarlo. La anonimia no supone, pues, en modo alguno, «ausencia de materia», sino ignorancia de «cierta forma».

En segundo lugar, el autor es siempre sujeto de lo que puede denominarse etiqueta semántica, es decir, el conjunto sistemático de predicados semánticos y notas intensivas que pueden atribuírsele conceptualmente, de forma coherente, racional y lógica. El autor, como fenómeno, como referente y como estructura, es sujeto de una serie de datos y propiedades que hacen posible su construcción gnoseológica y su interpretación literaria. Además, sintácticamente, el autor funcionará siempre como un término inderogable del campo categorial de la investigación literaria, término que habrá de someterse a operaciones (conceptuales) y relaciones (formales) por parte del intérprete o investigador, en tanto que sujeto operatorio de los materiales literarios. Finalmente, desde un punto de vista pragmático, el autor es causa eficiente de la obra literaria y de las ideas formalmente objetivadas en ella, de modo que como artífice de este sistema ha de ser examinado conceptualmente, esto es, en M3.

En tercer lugar, el autor desempeña múltiples funciones, que resultan legibles y analizables desde los más variados puntos de vista y ángulos metodológicos, entre los que deben subrayarse los dominios de la Historia, la geografía y la política. La idea de autor ha experimentado importantísimas transformaciones y relaciones a lo largo de la Historia de la Poética o Teoría de la Literatura, lo que abiertamente demuestra que nunca ha dejado de existir ni como fenómeno, ni como referente, ni como esencia o estructura. Autores destructivistas como Barthes o Foucault han dedicado muchas más páginas de las que hubieran querido a hablar del autor. El intertexto literario que construye un autor con su obra y el contexto social en que se sitúa como ser humano son dimensiones decisivas a la hora de interpretar su figura literaria. Desde el punto de vista de la política, el autor es fundamental por lo que se refiere a la formalización de ideas objetivas. De acuerdo con la Crítica de la razón literaria, consideramos que la política es aquella actividad humana que tiene como fin organizar la vida del individuo en un sistema social cuya complejidad es propia y constitutiva de un Estado. La política no es, por tanto, ni una idea ni un concepto categorial, sino un crisol dialéctico de ideas, esto es, una symploké de intereses relacionados entre sí de forma heterológica. La política, en suma, como hemos reiterado con frecuencia, es la administración del poder, es decir, la organización de la libertad. Pese a que históricamente estas ideas han sido siempre muy variables, los referentes principales siguen siendo los mismos: ética, moral, derecho, libertad, economía, ciudadanía, religión, guerra, ejército, paz, bienestar... Que el autor, y su obra literaria, sean políticos significa que articularán los materiales literarios que manipulen en torno a varias de estas ideas. La literatura está inserta siempre en una symploké política, de la que el autor, como material literario inderogable, resulta formalmente inseparable y materialmente indisociable. Ahora bien, la política degenera cuando el conjunto de ideas que la constituyen, y que mantienen entre sí relaciones dialécticas y conflictivas, se adultera y se transforma demagógicamente en un idealismo de ideas armónicas, monistas y perfectamente compatibles las unas con las otras. En tales casos, la política se convierte en una irrealidad o juego de apariencias. La democracia incurre con frecuencia en esta idea de política. El texto que formaliza ideas de este tipo, desposeídas de dialéctica, y sumisas enteramente a una suerte de monismo metafísico y holismo armónico, en el que todo es compatible con todo, a modo de alianza de civilizaciones, insolubles entre sí, no puede ser nunca una obra literaria, sino un texto panfletario. La literatura nació en la antigua Grecia con una innegable vocación política. Y a la política seguimos debiendo, lo creamos o no, la existencia de la literatura, tanto desde el punto de vista del autor como desde la perspectiva del lector y, sobre todo, del crítico o transductor. La política, como la literatura y la interpretación de la literatura, o es dialéctica, o no es. De hecho, la enseñanza de la literatura no existe fuera de una sociedad política. No es posible al margen de un Estado. No cabe, pues, hablar de autor, ni de literatura, al margen de un mundo interpretado racionalmente, en términos lógicos y conceptuales, esto es, científicos y filosóficos. Lo demás, si es que existe, es retórica y posmodernidad.

Al autor en el espacio estético o poético hacemos referencia en los apartados siguientes, al exponer el concepto de transductor (III, 4.4), la teoría del genio (III, 4.5) y la crítica a las ideas estéticas del materialismo filosófico (III, 4.6).


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NOTAS

[1] «Si se tomara por la palabra a algunos representantes de la deconstrucción, se les podría devolver su actitud teórica sobre el concepto de autoría haciendo entrar en contradicción su práctica con sus propias ideas. Se podría describir en sus textos el concepto de autoría como concepto reprimido, desplazado, aniquilado; incluso se podría pensar que el tratamiento que hace Derrida del concepto de autoría lleva sobre sí la marca del logocentrismo» (López, 1993: 31).

[2] De especial interés es el proyecto de localización e identificación de los restos del cadáver de Miguel de Cervantes, propuesto por Fernando de Prado Pardo (2013).

[3] En la teoría del cierre categorial el concepto de fenómeno se opone a la esencia y a la referencia física. Los «hechos» son ante todo referencias. Y las referencias físicas se nos comunican a través de operaciones manuales, por tanto, operaciones distributivas, porque cada individuo o grupo las reproduce distributivamente. Pero sucede que los hechos no son una realidad absoluta, sino que tienen lugar en un contexto fenoménico, que está determinado por un espacio cultural y un tiempo histórico.

[4] Utilizo esta distinción, que se ha hecho clásica en la antropología cultural y en la etnología, y que propuso Pike a partir de la lingüística (Harris, 1979/1987: 47-61). Bueno (1990a) la utiliza profusamente. Emic designa la perspectiva que adopta el punto de vista del agente del fenómeno que se esté estudiando. Sería, por ejemplo, el caso de un autor como Castelao estudiado exclusivamente desde la ideología del nacionalismo gallego. Etic designa la perspectiva del investigador cuando adopta un punto de vista que no es el del agente del fenómeno que estudia, sino el suyo propio a partir de una metodología y teoría críticas y racionales. Castelao interpretado desde el nacionalismo español, por ejemplo.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Idea y concepto de autor según la Crítica de la razón literaria», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.1.3), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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