III, 5.4.2.1 - Definiciones y Teoría de la Literatura

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Definiciones y Teoría de la Literatura


Referencia III, 5.4.2.1


Teoría de la Literatura: definiciones

Las definiciones son procedimientos determinantes, es decir, establecen términos nuevos a partir de términos preexistentes (T < T). Es la forma normativa de operar de las ciencias y construcciones científicas, y es, de hecho, como actúa la Teoría de la Literatura (Maestro, 2007b). El término soneto, por ejemplo, se construye a partir de términos como cuarteto y terceto, así como estos últimos se configuran a partir de conceptos como endecasílabo y sílaba métrica. Las definiciones son figuras gnoseológicas que explican el significado de los términos desde criterios conceptuales o científicos. Los términos de un campo científico o categorial exigen siempre una definición. En el campo categorial de la Teoría de la Literatura es imprescindible definir figuras esenciales, como narrador, novela, entremés, comedia, soneto, soliloquio, personaje o cronotopo. La definición, pues, como figura gnoseológica, es un modo inmanente fundamental en todo proceso de conocimiento literario.

Ha de señalarse, en primer lugar, que, del mismo modo que los signos pueden ser idealistas, conceptuales y retóricos, las definiciones pueden ser también, como de hecho lo son, idealistas, conceptuales y retóricas. Aquí nos ocuparemos exclusivamente de las definiciones conceptuales, categoriales o científicas, porque nuestro cometido es la delimitación de los modos gnoseológicos inmanentes de conocimiento literario, pero es imprescindible, ante todo, diferenciar y discriminar las definiciones científicas de las que no lo son, es decir, identificar las definiciones conceptuales o categoriales frente a las definiciones idealistas y contra las definiciones retóricas.

Según la Crítica de la razón literaria, son definiciones idealistas aquellas que delimitan un término al margen de referentes materiales físicos, positivos, efectivamente existentes, porque su M1 es igual a Ø (el Dios de la teología cristiana, el concepto de «lector implícito» de Iser...). Su forma de expresión más común es la metáfora ―en concreto la metáfora atributiva, del tipo A es B―, como tropo preferido entre otros muchos. Así, por ejemplo, es completamente idealista la definición de Dios como Amor, según la fórmula del papa Benedicto XVI, cuyos sobresalientes conocimientos en teología no le impiden, en un momento dado, hablar como si fuera un ignorante ―cuando en realidad es todo lo contrario, al titular su encíclica Deus Caritas est[1] con la más idealista de las definiciones de Dios: Dios es Amor, una auténtica metáfora atributiva que, en términos de filosofía, e incluso de teología, constituye un disparate sobresaliente y único[2]. Orwell calificaría este procedimiento de doblepensar, según la neolengua que se impone en las páginas de su novela ―cada día menos ficticia 1984. Pontificar que «Dios es Amor» no es más aberrante o idealista que poetizar que «Dios está azul», tal como escribió Juan Ramón Jiménez. Igualmente idealista es la definición de lector implícito, enunciada por Iser (1972), desde el momento en que tal idea y concepto de lector sólo existe idealmente en la conciencia y la fenomenología de un lector necesaria e inevitablemente real[3]. Con frecuencia, muchas definiciones idealistas, y en consecuencia en absoluto científicas, han pasado a engrosar los repertorios de obras pretendidamente científicas, y en su momento muy celebradas, como fue el caso de Der implizite Leser (1972) o Der Akt des Lesens (1976) del propio Iser. Con todo, en el ámbito de la investigación literaria de las últimas décadas, el autor acaso más prolífico en este tipo de definiciones idealistas fue Roland Barthes, cuyos escritos, eminentemente retóricos y ensayísticos, y que aún hoy día pasan por ser una obra de teoría literaria, están preñados de estos recursos tropológicos y pseudopoéticos, los cuales han hecho y hacen las delicias de quienes conciben la Teoría de la Literatura como una suerte de «literatura para intelectuales inteligentes».

Por su parte, son definiciones retóricas aquellas que carecen de contenidos conceptuales lógicamente definidos desde los criterios de una determinada ciencia categorial, es decir, aquellas que carecen de M3 (es el caso del uso ordinario de las palabras de los lenguajes naturales, segregadas del significado conceptual que pueden adquirir en los lenguajes científicos). Dicho de otro modo: son definiciones retóricas todas aquellas cuyo definiendum, como término que ha de definirse, se explica o describe mediante un definiens cuyos términos carecen de fundamento científico, de modo que se basan exclusivamente en interpretaciones psicológicas o en argumentaciones sociológicas, o incluso abiertamente ideológicas. Las definiciones retóricas son, en realidad, sofismas, es decir, enunciados ―o incluso imperativos― retóricos que pretenden usarse o imponerse como afirmaciones científicas, o declaraciones autorizadas, como si sus formas retóricas fueran materiales gnoseológicos, y no ―como de hecho son― una apariencia o simulacro de conocimiento. Las definiciones retóricas circulan en contextos en los que se pretende dar gato por liebre, es decir, dar M2 por M3, esto es, ideología y psicologismo en lugar de ciencia y conocimiento científico. La política y el periodismo ―su caja de resonancia principal― son los ámbitos de expresión más comunes para este tipo de declaraciones (junto con la publicidad, el cine, las redes sociales y la propaganda). Las definiciones retóricas o sofismas son definiciones dóxicas, brotan de la opinión común, y suelen estar psicológica y sociológicamente programadas por sofistas, demagogos y demás agentes políticos y oclócratas falsificadores del conocimiento. Definir a la izquierda política como el partido de los pobres, o a la derecha como el partido de las gentes honradas, es enunciar definiciones retóricas que hoy día resultan completamente ridículas (si bien es cierto que aún no para todo el mundo), pero apenas hace sólo unas décadas eran, para muchas personas, las definiciones de referencia de tales ideologías.

Finalmente, son definiciones científicas o conceptuales aquellas que delimitan el significado de sus términos anulando por completo todo contenido psicologista o emotivo, y circunscribiendo tales términos a su valor referencial y operatorio, que se agota denotativa y respectivamente en la expresión unívoca de términos lógicos y conceptos categoriales, verificables operatoriamente en un campo científico dado, es decir, definido y delimitado. La expresión más recurrente y perfeccionada de la definición científica es la fórmula. El M2 es aquí igual a Ø: la fórmula química del agua, el signo del becuadro en la armadura musical, la tabla de los números primos, el fonema /b/ como sonido bilabial oclusivo sonoro, en sí mismos, son términos que pueden definirse neutralizando todo componente psicológico, y, en consecuencia, constituyendo verdades sintéticas, sobre las que se fundamenta gnoseológicamente un conocimiento científico.



Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria


De este modo, al atenernos a las exigencias gnoseológicas en que se basa toda nuestra argumentación, las definiciones se considerarán aquí como un modo científico de conocimiento inmanente absolutamente fundamental, junto con las clasificaciones, demostraciones y modelos.

El objetivo de las definiciones, como figuras gnoseológicas, es identificar operatoriamente la totalidad de los términos que constituyen el campo científico o categorial en el que nos movemos. De este modo, las definiciones registran términos que, a su vez, permiten, racionalmente combinados y estructurados entre sí, es decir, en symploké, establecer nuevos términos, con frecuencia más complejos, hasta organizarlos y codificarlos a todos ellos en los límites constitutivos y constituyentes del campo científico de un determinado ―nunca mejor dicho― ámbito categorial (matemática, filología, física, termodinámica, Derecho, medicina, Historia, geometría, química, música, Teoría de la Literatura…). Cuando una determinada ciencia ha conseguido identificar, organizar e interpretar la totalidad de sus términos, es decir, el sistema de términos que constituyen su campo científico o categorial, diremos que esa ciencia ha alcanzado efectivamente su estatuto gnoseológico, porque ha conseguido su cierre categorial (Bueno, 1992), aunque este cierre sea siempre una referencia más formal que funcional, y más teórica que efectiva, puesto que las ciencias nunca se clausuran, y por lo tanto nunca se cierran de forma definitiva. 

Las definiciones aseguran de este modo el censo de los términos constituyentes de una ciencia categorial. Por eso cabe afirmar que las definiciones delimitan la ontología de una ciencia. El cierre categorial ha de entenderse, pues, como una delimitación científica, esto es, como una demarcación territorial de un ámbito categorial de investigación, que está cerrado, pero no clausurado, porque las posibilidades de ampliación del campo de investigación nunca pueden darse por definitivamente clausuradas ni cerradas. El campo categorial de la física se planteado con Aristóteles en el siglo IV a.n.E., se amplía decisivamente con Newton en el siglo XVIII, y de nuevo se desarrolla y expande con Einstein a través del conocimiento de los sistemas de gravitación del Universo. Del mismo modo ha de reconocerse que el campo científico o categorial de la literatura se plantea en la Poética de Aristóteles, desde los presupuestos de una primitiva teoría de la mímesis como principio generador del arte; fue superado durante la Ilustración y el Romanticismo por teorías que objetivaron el núcleo de la interpretación literaria en la figura del autor, para desplazarse a lo largo del siglo XX, cada vez de forma más sofisticada, hacia la obra literaria, en sí misma considerada, como la base interpretativa más segura, mediante el examen de las formas a partir de su valor funcional en el texto; sólo en el último cuarto del siglo pasado la figura del lector se convierte, desde perspectivas netamente posestructuralistas, en el nuevo referente de la interpretación de los hechos literarios; pero sólo en la actualidad, sólo en nuestros días, con la implantación y el reconocimiento del transductor, como intérprete capaz de construir e imponer ante el lector un significado institucional, político e histórico, de los materiales literarios, es posible hablar de forma rigurosa y gnoseológica de un cierre categorial en el ámbito de la Teoría de la Literatura. En consecuencia, sólo a comienzos del siglo XXI la Teoría de la Literatura ha podido determinar o delimitar la totalidad de los términos fundamentales de su campo categorial: autor, obra, lector e intérprete o transductor, tal como dispone la Crítica de la razón literaria.

En suma, como funciones nominativas o determinantes, las definiciones son procedimientos que forman ―esto es, determinan― términos (nuevos) a partir de términos (preexistentes) (T < T), bien por vía genética (el Quijote como obra literaria construida por Cervantes), bien por vía estructural (Dulcinea como invención de don Quijote). En consecuencia, toda definición contiene en su definiens los términos que científica o categorialmente delimitan o determinan el término que actúa como definiendum. Ésta es la exigencia fundamental de la definición como figura gnoseológica de referencia en los modos de conocimiento científico inmanente. Y también ha de serlo por lo que se refiere a las definiciones que identifican, determinan, organizan, codifican, estructuran e interpretan los términos constituyentes del campo categorial o científico de la Teoría de la Literatura. En este sentido, las definiciones han de considerarse como una auténtica tecnología, capaz de explicar ―en los límites de su propio campo categorial― nociones tan específicas como Cervantes, Eneas, teatro, pentasílabo adónico, autor, soliloquio, cuaderna vía o Bildungsroman. Las definiciones nos permiten gnoseológicamente, esto es, formal y materialmente, identificar, explicar e interpretar de forma operativa el significado, uso y función de la totalidad de los términos constituyentes de un campo categorial o científico. Toda definición exige siempre un sistema, es decir, un conjunto de términos categoriales organizados sistemáticamente. Sólo de este modo es posible delimitar las coordenadas que hacen posible la definición científica o conceptual de los términos con los que se trabaja ―se opera― material y formalmente. Por todo ello las definiciones han de contener en su definiens los términos que conceptualizan formal y materialmente el término que se define como definiendum. En síntesis, una definición es la conceptualización científica, a través de otros términos, de un término dado en un determinado campo categorial.

Toda teoría científica ―y la Teoría de la Literatura no es una excepción― ha de establecer muy claramente cuáles son sus términos científicos fundamentales, es decir, cuáles son los términos que, formal y materialmente, constituyen su campo categorial, estable y delimitado, frente a otros campos categoriales distintos del suyo. Esta capacidad para identificar términos categoriales, es decir, para determinar gnoseológicamente el significado y la operatoriedad de tales términos, sólo se alcanza mediante la tecnología de las definiciones, las cuales, en su desarrollo ontológico, van configurando y determinando el circuito (del cierre) categorial. Las definiciones describen un curso de construcciones que tiende a delimitarse en un sistema definido de términos, y que en el caso de las denominadas «ciencias humanas», o metodologías β-operatorias (Bueno, 1972, 1992), se mantiene relativamente estable.

Ahora bien, las definiciones, en su proceso de determinación o constitución de términos a partir de otros términos, actúan según cuatro procedimientos o modos diferentes de construcción. Formalmente, las definiciones se estructuran en configuraciones científicas. Materialmente, las mismas definiciones se construyen sobre campos categoriales, es decir, buscan sus términos en el ámbito de una determinada ciencia o categoría. Tomemos, en su reinterpretación y aplicación a la Teoría de la Literatura, el siguiente cuadro propuesto por Bueno (et al., 1987: 284; 1992) para explicar los cuatro procedimientos constructivos de las definiciones según la gnoseología materialista. Se observa que en el eje de abscisas u horizontal es posible distinguir, según sus configuraciones científicas, las definiciones y las redefiniciones. Asimismo, en el eje de ordenadas o vertical, es posible clasificar las definiciones según el modo de actuar en un campo categorial dado, al distinguir entre campos científicos autocontextuales o rectos y campos científicos heterocontextuales u oblicuos. Al cruzar sendas modalidades se obtienen cuatro procedimientos diferentes de definición: 1) descriptivas o explicativas, 2) estipulativas o regulativas, 3) recursivas y 4) operatorias.


 

Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

 

Las definiciones son configuraciones científicas o categoriales que definen los términos tomando como referencia causas, antecedentes, factores externos o coordenadas preexistentes a tales términos. Puede decirse que las definiciones se caracterizan en su esencia misma porque construyen términos nuevos a partir de términos preexistentes. Su desenlace principal es el neologismo, ampliando los términos ―y los límites― del campo categorial allí donde es necesario. Instauramos el término endecasílabo (término nuevo) sólo después de componer, es decir, de operar, con versos de once sílabas métricas (términos preexistentes).

Las redefiniciones, por su parte, son configuraciones científicas o categoriales que definen los términos tomando como referencia consecuencias, efectos o resultados respecto a un término determinado y preexistente. Puede decirse que las redefiniciones definen un término preexistente a través de términos igualmente preexistentes, de ahí su recursividad. Es es caso de la definición de soneto (término dado), como sucesión combinatoria de dos cuartetos (términos dados) y dos tercetos (términos dados). Las redefiniciones ejercitan sobre todo una estructuración o reestructuración de los términos identificados en el campo científico, verificando su solidaridad y coherencia en el sistema, y contextualizando a la vez su delimitación categorial en el circuito de sistema (o de «cierre», según la nomenclatura de Bueno) del campo científico.

Los campos científicos autocontextuales o rectos son aquellos que se toman a sí mismos como referentes contextuales en la construcción de los términos que se definen. Son autocontextuales o rectas aquellas definiciones en las que el término del definiendum y los términos del definiens pertenecen al mismo campo científico o categorial. Es el caso, por ejemplo, de la definición de cuadrado como polígono de cuatro ángulos rectos. El término cuadrado, como los términos polígono y ángulo recto, pertenecen al mismo campo categorial o científico, la geometría.

Los campos científicos heterocontextuales u oblicuos son aquellos que toman como referentes contextuales de los términos que definen a términos de otros campos categoriales o científicos diferentes al propio. Son heterocontextuales u oblicuas aquellas definiciones en las que el término del definiendum y los términos del definiens pertenecen a campos científicos o categoriales diferentes. La definición de metro como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre es heterocontextual, porque el término que se define ―metro―, dado en el campo categorial de la física, se define precisamente en función de términos dados en el campo categorial de la geometría (cuadrante, meridiano, esfera), o más precisamente de la astronomía, si se prefiere, en tanto que se atienen y se refieren a la configuración de un cuerpo celeste dado en el Universo, el planeta Tierra. Sin embargo, la definición de metro como distancia que recorre la luz en el vacío durante un intervalo de 1/299 792 458 de segundo, enunciada en 1983 en la XVII Conferencia General de Pesas y Medidas (Resolución 1) del Bureau International des Poids et Mesures, será autocontextual o recta, al definir el concepto de metro, perteneciente al campo categorial de la física, según términos que, como la luz, corresponden igualmente al mismo campo científico, la física.

A partir de estos criterios formales y materiales es posible distinguir y explicar gnoseológicamente los cuatro tipos de definiciones articuladas en el gráfico de Bueno, así como exponer su aplicación a la interpretación de los materiales literarios, tal como se desarrolla en la Crítica de la razón literaria.


 

1. Definiciones descriptivas o explicativas

En primer lugar, definiciones descriptivas o explicativas son aquellas que definen términos nuevos a partir de términos preexistentes, con la particularidad de que unos y otros términos ―el nuevo y los preexistentes― forman parte del mismo campo categorial. La definición de pentasílabo adónico como verso de cinco sílabas métricas con acento en primera y cuarta sílabas responde a estas características. Este tipo de definiciones suelen ser endonímicas, entendiendo por endonimia la formalización de un término según criterios materiales compartidos por otros términos pertenecientes a su mismo grupo o conjunto. Pentasílabo adónico es término procedente de la métrica, y tal como reza la definición anterior, los términos que lo definen pertenecen, diremos que endonímicamente, a su mismo campo categorial, la métrica. Un término endónimo será siempre un neologismo autocontextual. Las definiciones descriptivas o explicativas responden a un modelo que podría considerarse normativo o convencional en la historia de las definiciones científicas, según el cual el definiens contiene una explicación perifrástica y precisa del definiendum. Es el modelo al que también responden, con frecuencia, las definiciones lexicográficas.



2. Definiciones estipulativas o regulativas

En segundo lugar, son definiciones estipulativas o regulativas aquellas que definen términos nuevos a partir de términos preexistentes, los cuales proceden de un campo categorial distinto al del nuevo término definido. Este tipo de definiciones suelen ser exonímicas, entendiendo por exonimia la formalización de un término según criterios materiales compartidos por términos pertenecientes a un grupo o conjunto diferente al que pertenece el término exónimo que trata de definirse. Un exónimo será siempre un neologismo heterocontextual.

El concepto de cronotopo, introducido por Bajtín en la Teoría de la Literatura, procede de la combinación de nociones importadas de la física, y que, preexistentes en ese campo categorial, el posestructuralista ruso utiliza y reinterpreta en el ámbito de la narratología para designar la formalización estética y poética del tiempo y el espacio en la novela, como materiales literarios históricamente desarrollados.

Ha de hacerse constar que los movimientos posestructuralistas supusieron un profundo desarrollo de exónimos en el ámbito de la Teoría de la Literatura, al intensificar de forma excesiva, en ocasiones incluso aberrante, la creación de neologismos, así como de términos importados de otras categorías científicas. En muchos casos esta importación terminológica no obedecía tanto a una necesidad o razón científica de la propia Teoría de la Literatura cuanto a una actitud pretenciosa o jactanciosa del crítico de turno, quien pretendía epatar de este modo a sus lectores u oyentes. Así es como innumerables autores posmodernos han abusado en las últimas décadas de este tipo de definiciones supuestamente estipulativas o regulativas, inventando términos nuevos en Teoría de la Literatura a partir de términos preexistentes en física, química o mecánica cuántica, y desde la más visible ignorancia del significado de tales términos y conceptos en sus respectivas ciencias categoriales de procedencia[4]. Ha habido en este sentido múltiples aberraciones, artículos y libros que han generado una ruidosa difusión de neologismos inútiles, mediante la proliferación de términos nuevos que operatoriamente no designaban ninguna realidad conceptual ni científica. En muchos casos se trataba ―y se trata― de términos tomados de campos científicos que, como la física cuántica, la matemática o la química organometálica, se importaban de forma completamente ignorante e irresponsable a los ámbitos de la crítica literaria, la teoría de la literatura, el psicoanálisis, la sociología, la hermenéutica o el simple comentario de texto, para simular de este modo un conocimiento o una interpretación tras la cual no había ni hay nada. El ejemplo más extremo de esta situación desembocó en el escándalo provocado por Alan Sokal, detalladamente expuesto en obras como Imposturas intelectuales (1997) y Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura (2008)[5]. La posmodernidad esgrime siempre una tendencia extrema a confundir y extraviar los significados técnicos de los términos científicos.


 

3. Definiciones recursivas

En tercer lugar, definiciones recursivas son aquellas que definen términos preexistentes ―o ya definidos con anterioridad― a través de términos igualmente preexistentes, con la característica añadida de que unos y otros términos forman parte del mismo campo categorial. Este tipo de definiciones reproducen una relación de hiponimia e hiperonimia, de modo tal que el término definiendum es siempre hiperónimo o continente de los términos incluidos o englobados en el definiens, que actúa como hipónimo o contenido de aquél. Es el caso, por ejemplo, de la hora como conjunto sucesivo de 60 minutos, del metro como sucesión lineal de 100 centímetros, de la escala cromática como conjunto ascendente o descendente de doce tonos musicales dispuestos en una octava, de la corchea como figura musical equivalente a ocho semifusas, o de la mano humana como órgano anatómico dotado de pentadactilia (la mano como continente de cinco dedos), etc. En todas estas definiciones, los términos ―definiendum y definiens― pertenecen al mismo campo categorial (física, anatomía, música…), y el definiendum funciona como hiperónimo del definiens o hipónimo. Es característica común a toda definición recursiva, desde el momento en que los términos que constituyen el definiens (los minutos) son un subconjunto o subclase recurrente del definiendum (la hora).



4. Definiciones operatorias

En cuarto lugar, son definiciones operatorias aquellas que se sirven de un término preexistente, dado en un campo científico diferente al suyo, para redefinirlo como un término nuevo que resulte operativo en su propio campo categorial, dentro del cual se impone como neologismo plenamente operatorio. Las definiciones operatorias son siempre resultado de una traslación, en virtud de la cual un determinado campo científico amplía la operatoriedad de sus términos por importación gnoseológica de términos procedentes de otros campos categoriales[6]. Es una forma de apropiación terminológica de otros campos categoriales.

Las definiciones operatorias no definen ―hablando con rigor― términos completamente nuevos, sino que (re)definen como «nuevos» (dentro de un campo categorial propio) términos preexistentes (en un campo categorial ajeno, esto es, dados previamente en otra categoría científica). Los términos preexistentes pertenecen originariamente a otro campo categorial, ajeno y diferente al nuevo campo, y son objeto de importación a este nuevo campo científico, dentro del cual sirven ontológica y gnoseológicamente al despliegue de nuevos términos, relaciones y operaciones.

En este sentido, puede afirmarse que las definiciones operatorias lo son siempre de términos resultantes de una importación de un campo categorial a otro, donde resultan redefinidos conforme a la adquisición de un nuevo valor operatorio. Así, por ejemplo, el término difracción se utiliza en mecánica cuántica a partir de un uso que originariamente procede de la óptica, desde donde se importa para designar operatoriamente el comportamiento de determinados fenómenos físicos, interpretados ahora, en su nuevo campo categorial, a escala microscópica, respecto al desvío que determinado tipo de ondas experimenta al interactuar con un obstáculo. El concepto de difracción no será totalmente nuevo en física, pues ya era operatorio en óptica, pero sí será objeto de una nueva interpretación operatoria en el campo categorial de la mecánica cuántica. Del mismo modo, el término polifonía, procedente de la escritura y teoría musicales de la Edad Media y Renacimiento, penetra en la Teoría de la Literatura de la mano de Bajtín (1965, 1975) y su teoría de la novela.

Lo mismo cabe decir del concepto de transducción, procedente de la biogenética, y que adquiere en la Teoría de la Literatura un extraordinario potencial operatorio. El vocablo transducción procede del latín transductio, -tionis, cuyo sentido era el de transmisión (ducere, «llevar») de algo a través de (trans) un determinado medio que actúa sobre el objeto, provocando en él ciertas transformaciones. Transductor sería, pues, el agente que transmite o lleva (ductor-oris) un objeto que por el hecho mismo de ser transmitido es también transformado, como consecuencia de la fricación o interacción con el medio a través (trans) del cual se manifiesta. Como cultismo latino, el uso romance del término se debe en primer lugar a las ciencias naturales, y no a las ciencias humanas. La transducción designa en bioquímica la transmisión de material genético de una bacteria a otra a través de un bacteriófago; la transducción genética exige que un pequeño fragmento del cromosoma bacteriano se incorpore a la partícula de fago, la cual, cuando infecta a una nueva célula, le inyecta no sólo su propia dotación genética, sino también material genético del primitivo huésped. El fenómeno fue descubierto en 1952 por el biólogo y estudioso de genética médica J. Lederberg, premio Nobel de Medicina y Fisiología (1958), en colaboración con el genetista N. D. Zinder, quienes dieron el nombre de transducción a este mecanismo de transmisión genética en las bacterias a través de los bacteriófagos. En 1986 L. Dolezel se sirve del concepto de transducción en su artículo «Semiotics of Literary Communication», para designar los procesos de transmisión dinámica (intertextualidad, transferencia intercultural, recepción crítica, parodia, tradición, readaptaciones...) de que pueden ser objeto las obras literarias. En 1994 dediqué una monografía al concepto de transducción, que desde entonces quedó incorporado a la reinterpretación que la Crítica de la razón literaria ha hecho de la semiología de la literatura (Maestro, 1994, 1996, 2000, 2002, 2007b). El reconocimiento de la transducción supuso además la culminación circularista del cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia, al identificar en el transductor o intérprete el cuarto y último ―hasta el momento― término fundamental de la ontología literaria, junto con el autor, la obra y el lector. De este modo, la noción de transducción se convierte en un término operatorio en el campo categorial de la Teoría de la Literatura, como resultado de la importación que experimenta desde la bioquímica, al ser redefinido operatoriamente, y de forma recursiva, en un campo oblicuo (Teoría de la Literatura) respecto al campo categorial genuino y primitivo (Biogenética).


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NOTAS

[2] La fuente hipotextual está en el Evangelio de Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16).

[3] El concepto de «lector implícito» se expone en la obra de Eduard von Hartmann, tal como ha demostrado Pedro Aullón de Haro (2001, 2010), particularmente en los dos volúmenes de su Ästhetik (Die deutsche Ästhetik seit Kant: historisch-kritischer Theil, I. Die Philosophie des Schönen, II), de 1886-1887, cuyos contenidos se han traducido puntualmente al español en filosofía de lo bello: una reflexión sobre lo inconsciente en el arte (2001). Muy seguramente Iser toma de Hartmann esta noción, fuertemente anclada en una de las más psicologistas interpretaciones de la estética, y lo presenta en especular correspondencia con el concepto de Wayne C. Booth (1961) de «autor implícito» (implied autor). Así remite Iser a la idea metafísica de un lector ideal, el cual, según autores y escuelas, ha recibido múltiples denominaciones y funciones: «archilector» (Riffaterre), «lector modelo» (Eco), «lector intencional» (Wolff), «lector informado» (Fish), «lector implicado» (Genette), etc. El lector se convirtió de este modo en un género de muy diversas especies, todas ellas ideales e irreales, es decir inexistentes. El único lector real, expresión redundante por su propia naturaleza, es el sujeto operatorio que, de carne y hueso, lee un texto u obra literaria, porque ha aprendido a leer y a escribir en una lengua determinada, y en el contexto geográfico, histórico y político que le ha tocado vivir. No hay lectores ideales. Salvo en el formalismo, teoreticismo y adecuacionismo de los teóricos de la literatura.

[4] Hemos de insistir una vez más en que Sokal ha denunciado este uso abusivo, irresponsable y nesciente de términos científicos y pseudocientíficos: «Deleuze y Guattari son ellos mismos «filósofos aficionados», al menos en lo que respecta la filosofía de la física […]. La enseñanza de las matemáticas en Estados Unidos es, con contadas excepciones, horrible […]. Lyotard, un filósofo generalista cuya obra tiene que ver principalmente con la ética y la estética y que no posee ninguna competencia especial en física ni, de hecho, en ninguna otra ciencia de la naturaleza, se considera, no obstante, autorizado a pontificar en tono inapelable sobre la naturaleza del tiempo en la física y la astrofísica contemporáneas —algo que incluso un físico profesional o un filósofo de la física tendría reparos en hacer— sin dar ni una sola referencia bibliográfica. Para una crítica mordaz del «estrellato» intelectual de la Francia actual, véase Bouveresse (1999) […]. Cualquier lector que esté mínimamente al corriente de la física moderna —sea cual sea su ideología— se dará cuenta de que las afirmaciones de Derrida carecen por completo de sentido» (Sokal, 2008/2009: 92, 99, 102 y 105).

[5] El episodio que en 1996 protagonizó Alan Sokal (1997, 2008) al publicar en la revista ―al parecer tan prestigiosa― Social Text su artículo titulado «Transgressing the Boundaries. Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity», que era una parodia de los disparates que la «filosofía» posmoderna estaba desplegando ―y sigue desplegando― sobre las denominadas ciencias humanas y ciencias naturales, es un hecho que, por su propia naturaleza, debería haber desacreditado para siempre al mundo académico que se inspira en tales criterios de selección y evaluación investigadora.

[6] A Percy W. Bridgman corresponde, en su obra The Logic of Modern Physics (1927), la introducción de las denominadas definiciones operativas, que Gustavo Bueno (et al. 1987; 1992) recupera en su teoría del cierre categorial, y que aquí reinterpretamos desde los presupuestos metodológicos propios de la Crítica de la razón literaria.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Definiciones y Teoría de la Literatura», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 5.4.2.1), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria