III, 5.4.2.2 - Clasificaciones y teoría de los géneros literarios

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Clasificaciones y Teoría de la Literatura


Referencia III, 5.4.2.2


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

Las clasificaciones son procedimientos estructurantes o constituyentes, es decir, dan lugar a términos a partir de relaciones (T < R). Es la forma habitual de desplegar teorías constructivistas o estructuralistas, como es el caso de una teoría de los géneros literarios (Maestro, 2009), de modo que términos como novela, tragedia o elegía lírica se establecen, respectivamente, tras relacionar de forma conceptual y crítica materiales literarios muy diversos, como Don Quijote de la Mancha, Les misérables o Die Leiden des jungen Werther, en el primer caso; Edipo, rey de Sófocles, La Numancia de Cervantes o En attendant Godot de Samuel Beckett, en el segundo; y Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, Le Lac de Lamartine o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Lorca, en el tercero.

En consecuencia, las clasificaciones, como funciones estructurantes o constituyentes, son procedimientos que, a partir de relaciones preexistentes, dadas entre términos del campo categorial de una ciencia, permiten establecer términos nuevos, simples o complejos, dentro del sistema o categoría que constituye el campo gnoseológico de referencia, hasta agotar todas las operaciones posibles, y alcanzar de este modo el límite del sistema categorial (o «cierre» categorial, en nomenclatura de Bueno). Las clasificaciones, en suma, tendrán una dimensión holótica, de modo que movilizarán la totalidad de los términos esenciales (intensionales o genéricos), integrantes (extensionales o específicos) y distintivos (individuales o singulares) que constituyen y estructuran el campo categorial de una determinada ciencia.

Así es como las clasificaciones organizan los términos de una categoría en clases y subclases, es decir, en géneros y especies, los cuales dan cuenta de las partes que constituyen la totalidad categorial. Las clasificaciones, como modo científico inmanente, disponen, en el ámbito de la interpretación de los materiales literarios, que los términos constituyentes del campo categorial o científico de la literatura puedan organizarse en clases, esto es, en géneros, especies e individualidades, hasta estabilizar o «cerrar» ―sin clausurar― el proceso de su construcción o constitución categorial en el ámbito de una Teoría de la Literatura, concretamente en la genología de la literatura. De hecho, la clasificación es la figura gnoseológica que sirve de fundamento a una teoría de los géneros literarios. Las clasificaciones permiten definir el género como el conjunto de características comunes que pueden identificarse gnoseológicamente, es decir, según criterios formales y materiales, entre las partes que constituyen una totalidad. En consecuencia, los géneros literarios serán los diferentes conjuntos de características comunes que podrán identificarse según criterios gnoseológicos, esto es, material y formalmente, entre las partes o especies que constituyen la totalidad de las obras literarias reconocidas como tales (Maestro, 2009).

Ahora bien, desde el punto de vista de estos criterios, aceptamos ―siguiendo a Bueno (1992)― que las clasificaciones permiten construir términos nuevos a partir de relaciones preexistentes [T < R], con arreglo a dos coordenadas: el orden o construcción y la relación o estructuración de las partes respecto al todo en el cual estas se integran y actúan. Desde el punto de vista de la ordenación o construcción de las partes en un todo, el orden será ascendente o descendente. A su vez, desde el punto de vista de la relación o estructuración de las partes en el todo, su relación será atributiva o distributiva.


 

1. Orden ascendente y orden descendente

En primer lugar, según el criterio de ordenación o construcción, las clasificaciones pueden ser ascendentes, si van de las partes hacia el todo, o descendentes, si por el contrario van del todo hacia las partes.

1.1. En el primer caso ―orden ascendente― las partes son preexistentes al todo, cuya conformación postulan y consuman, como paradigma hacia el que pretenden estructurarse y consolidarse. El todo actuaría aquí como un término nuevo, constituyente, a partir de la relación entre partes que lo han hecho conceptualmente posible. El caso más común es el de los agrupamientos: partes diferentes se unen para integrarse en una misma totalidad. Es un procedimiento de unión o federación entre partes previamente separadas[1]. Piénsese que el agrupamiento sucesivo de dos cuartetos y dos tercetos, en tanto que partes conectables entre sí, da lugar a una estructura métrica más amplia y compleja, que funciona como una totalidad cuyo término conceptual es soneto. Cuartetos y tercetos se unen entre sí constituyendo un todo superior que actúa como paradigma que los contiene y los explica desde una nueva forma métrica resultante. En las ordenaciones ascendentes, las partes son siempre términos preexistentes, los cuales, debidamente relacionados, generan un término más amplio y complejo que envuelve a los primeros en una totalidad nueva y emergente. Términos como Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache o La pícara Justina, pueden agruparse como partes constituyentes o integrantes de un todo denominado conceptualmente «novela picaresca». El término novela picaresca se introduce en el campo categorial de la interpretación literaria sólo después de la escritura, publicación e interpretación de obras como las antemencionadas, al margen de los precedentes que, a posteriori, puedan haberse rastreado en la Historia de la Literatura.

1.2. En el segundo caso ―orden descendente― el todo es preexistente a las partes, de modo que estas últimas pueden llegar a desprenderse de él, a través de procesos dados en el tiempo y en el espacio, en la Historia y geografía literarias, políticas, económicas, sociales… Las partes actuarían aquí como un término nuevo, que adquiere, frente al todo del que inicialmente forman parte, una estructura propia, la cual tiende a consolidarse de forma cada vez más específica ―como una auténtica diferencia específica―, desde la que acabará por postularse una nueva totalidad, independiente de la primigenia. La parte actuará como un germen de independencia respecto a un todo original y matriz. En este contexto, el caso más común es el de los desmembramientos: partes o términos procedentes de una misma totalidad o matriz generan diferencias específicas, las cuales desembocan en una emancipación frente al todo original o preexistente. En el terreno político e ideológico, es el procedimiento que actualmente pretenden seguir los nacionalismos secesionistas frente al Estado español, así como en otros Estados europeos, como es el caso de Gran Bretaña. En el ámbito de la interpretación de los materiales literarios, cabe hablar de desmembramiento siempre que un elemento literario, sometido a determinadas relaciones y operaciones, dé lugar a un nuevo término a través de un desarrollo genológico partitivo, es decir, por desenvolvimiento o crecimiento diferencial de una de las especies ―el aprendizaje, por ejemplo― de su género ―la novela―, lo que daría lugar al nacimiento de un nuevo género: novela de aprendizaje Bildungsroman. De este modo, por ejemplo, en la Ilíada no sólo está contenido el origen de la épica románica, sino también buena parte de lo que pocos siglos después será la tragedia griega clásica ―la muerte del héroe―, así como el referente más temprano de toda elegía literaria, el planto por la pérdida de un ser querido. Del mismo modo puede reconocerse en la Odisea no sólo el relato de un regreso, sino sobre todo la esencia de lo que tiempo después será el esquema genológico de la novela bizantina o de aventuras. El asno de oro de Apuleyo contiene intensionalmente el germen de la novela fantástica y el relato maravilloso, que emana de las fábulas milesias, y que con todas las transformaciones genológicas que pueden señalarse llega incluso hasta nuestros días, a través de la experiencia decisiva de las literaturas europeas del Renacimiento, el Barroco y el Romanticismo. El entremés, como subgénero o subespecie del teatro cómico de los Siglos de Oro españoles, constituye un ejemplo destacadísimo de desmembramiento de la comedia nueva, de cuyos entreactos se desliga, hasta alcanzar un protagonismo autónomo en sus diferencias específicas de extensión, concentración y síntesis de comicidad crítica.

Resulta fácilmente observable constatar que, en el caso de los materiales literarios, las clasificaciones que siguen un orden o construcción ascendente se orientan a identificar y definir obras literarias en función del género y de sus rasgos genéricos de analogía: Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache y La pícara Justina como novelas en las que es posible identificar rasgos genéricos propios de la «novela picaresca». Sin embargo, las clasificaciones que siguen un orden o construcción descendente ponen de manifiesto de forma explícita no tanto los rasgos genéricos de la obra en cuestión, sino sus diferencias específicas frente al género de procedencia: la Ilíada como referente de la tragedia griega o de la elegía medieval, la Eneida como modelo del viaje prototípico de la novela bizantina, o como expresión literaria del descensus ad inferos o mundo de ultratumba, de amplias repercusiones intertextuales, desde la Divina commedia dantina hasta el adentramiento cervantino de don Quijote en la Cueva de Montesinos. Por esta razón es posible hablar de tipologías para referirse a las clasificaciones que siguen una ordenación ascendente y de taxonomías para explicar las clasificaciones que desarrollan una ordenación descendente. Como veremos, las primeras o ascendentes ―tipologías― responden a un modelo plotiniano, que busca el origen del género en un tronco de procedencia común (el todo genuino del que proceden las partes), mientras que las segundas o descendentes ―taxonomías― siguen un modelo porfiriano, que describe las diferencias específicas a través de ramificaciones o arborescencias (las partes diferentes y diversas de un todo otrora compartido), en tanto que ramas que brotan o son consecuencia de un primitivo tronco común. Las tipologías responden a una troncalidad, a un linaje o género propio, cuya genealogía se rastrea retrospectiva o regresivamente; las taxonomías, sin embargo, se manifiestan a través de arborescencias, en el desarrollo de diferencias específicas, y su genología se despliega de forma progresiva. Dicho de otro modo: las tipologías subrayan la evolución de las cualidades genéricas (siguen el modelo de las esencias plotinianas); las taxonomías responden a la transformación de las cualidades específicas (siguen el modelo de las esencias porfirianas).


 

2. Relación atributiva y relación distributiva

En segundo lugar, según el criterio de relación o estructuración, las clasificaciones pueden ser atributivas (nematológicas), si cada parte del todo desempeña una función propia y específica ―atributiva, diríamos― dentro de él, de modo que sus propiedades son insustituibles y únicas; o distributivas (diairológicas)[2], si por el contrario las partes que forman el todo son isovalentes, equivalentes o iguales entre sí, de modo que ninguna de ellas posee características propias ni diferencias específicas, porque en todas ellas los rasgos genéricos se distribuyen por igual (y las diferencias específicas, o bien no se consideran, o bien son irrelevantes). Se observará inmediatamente que de las totalidades atributivas, determinadas por contener partes portadoras de diferencias específicas, brotarán tarde o temprano, como resultado de relaciones y operaciones varias, nuevos términos, que habrán de generar agrupamientos (el Quijote como aglutinación o amalgama de múltiples géneros literarios anteriores a Cervantes, y que cristalizarán en la novela moderna) o desmembramientos (el entremés como género cómico breve emancipado de la estructura originaria de la comedia nueva aurisecular, de la que en un principio era parte integrante o extensional).

2.1. En el primer caso, en las totalidades atributivas o nematológicas, las partes son heterovalentes, de forma que cada parte desempeña en el todo una función específica, irreemplazable y en cierto modo única. La relación entre las partes es asimétrica. Los términos partitivos (atributivos) se interpretan en virtud de su heterovalencia. En las totalidades atributivas, las partes se agrupan en función del género y se desmembran en función de la especie.

Así pues, siguiendo a Bueno (1992), consideramos las categorías atributivas o nematológicas como totalidades constituidas por partes relacionadas entre sí no sólo formalmente, sino también funcionalmente. Cada parte participa en el todo desempeñando una función específica e intransferible, esto es, una función atributiva, de modo que si una parte se suprime o altera, el todo resultará decisivamente transformado, o incluso destruido. Las partes ―u órganos― del cuerpo humano hacen de éste una categoría o totalidad atributiva, desde el momento en que las funciones del hígado no pueden sustituirse por las que desempeñan el corazón o el aparato auditivo. Cada parte, o cada órgano, desempeña una función específica o atributiva en el momento de su participación en el todo. Las categorías atributivas son las que Plotino (Enéadas, VI, I, 3) concebía como «géneros» en sentido estricto, con objeto de designar series evolutivas globales.

2.2. En el segundo caso, en las totalidades distributivas o diairológicas, las partes son isovalentes, de manera que la funcionalidad de las partes en el todo es equitativa y en cierto modo idéntica. No hay diferencias de valor entre ellas, pues mantienen entre sí relaciones simétricas. Los términos divisos (distributivos) se interpretan en virtud de su isovalencia. En las totalidades distributivas, las partes se retrotraen tipológicamente en función del género (el tipo o tronco común) y se despliegan taxonómicamente en función de la especie (mediante ramificaciones, arborescencias o taxones).

En consecuencia ―siguiendo a Bueno (1992)―, las categorías distributivas o diairológicas son totalidades constituidas por partes relacionadas entre sí formalmente. Cada parte participa en el todo sin desempeñar una función específica e intransferible, de modo que una parte puede sustituirse por otra cualquiera sin que el todo experimente alteraciones sistemáticas. Si agrupamos un conjunto de cerillas en diferentes cajas, es indiferente qué cerilla se sitúe en cada caja, dado que todas las cajas contendrán cerillas organizadas distributivamente, sin función distintiva alguna. Porfirio concebía las categorías distributivas como «géneros supremos». Todas las teorías de los géneros literarios que siguen el modelo porfiriano incurren inevitablemente en la concepción de la literatura como una totalidad distributiva, de modo que sus diferentes géneros se ramifican en diversas especies, cada una de las cuales a su vez es objeto de sucesivas arborescencias, desmembraciones o descomposiciones.

Si cruzamos la totalidad de las características que acabamos de exponer, el resultado es el siguiente cuadro, que da lugar a cuatro tipos de clasificaciones (Bueno et al., 1987: 280 ss; 1992: I, 141 ss), cuya utilidad en la interpretación de los materiales literarios es extraordinariamente relevante, en particular por lo que respecta a una teoría de los géneros literarios.


 

Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria



1. Agrupamientos

Los agrupamientos son clasificaciones ascendentes atributivas, es decir, tienen como punto de partida una serie de partes o términos preexistentes que se disponen para constituirse en una totalidad, la cual podrá identificarse conceptualmente como un nuevo término dado en el campo categorial o científico. En los agrupamientos, las partes se conciben como preexistentes al todo. Los términos partitivos se unen entre sí constituyendo un todo, que actúa como paradigma que explica y contiene a todas y cada una de las partes. De este modo, la totalidad resultante se constituye como paradigma de unión entre partes o términos preexistentes a él. Esta preexistencia de la que hablamos se da en un terreno meramente fenomenológico, puesto que si nos retrotraemos al ámbito de las esencias, confirmamos que la totalidad paradigmática constituida por tales agrupamientos constituye por sí misma una referencia constante. Dicho en términos empíricos: tras la apariencia de dos cuartetos y dos tercetos subyace la esencia de un soneto. Por su naturaleza ascendente, los agrupamientos, al igual que las tipologías, tienen una orientación regresiva, inductiva, empírica, destinada a la reconstrucción de una totalidad que explica esencialmente las diferentes partes fenomenológicamente contenidas en ella, y que se manifiestan empíricamente, a nuestros sentidos, como preexistentes al todo que las hace posibles. Cuartetos y tercetos son, en términos métricos, precursores del soneto como forma estrófica.

Las clasificaciones basadas en agrupamientos dan lugar a nuevas concepciones de totalidades enterizas (soneto) a partir de partes fenomenológicamente preexistentes (cuartetos y tercetos). Diríamos que las partes son fenoménicas, y a su través, retrospectivamente, la esencia del todo se hace legible y visible a los sentidos. De hecho, los agrupamientos permiten interpretaciones de carácter global y holótico, sólo posibles una vez que empíricamente se han identificado todos los términos constituyentes de un vasto campo categorial, es decir, sólo después de que, mediante un regressus hacia las esencias, el mundo de los sentidos recupera una totalidad que antes le resultaba inaccesible por inapreciable. La clasificación de las áreas terrestres en cinco continentes sólo es factible después de haber ocupado territorialmente, y cartografiado geográficamente, la totalidad de las masas continentales efectivamente existentes, con el subsiguiente coste en recursos humanos, financieros e industriales. Es evidente que los cinco continentes existían físicamente antes de ser descubiertos y ocupados por el ser humano, sin duda, pero su existencia no era conceptual, es decir, científica, porque no era geográfica, ni histórica, ni económica, ni lingüística, etc., al no haber sido intervenida ni registrada por los conocimientos de estos ámbitos categoriales, de construcción exclusivamente humana y tecnológica. La geografía, la Historia, la economía, la lingüística…, son ciencias o categorías que sólo existen cuando el ser humano opera con ellas.

En el caso de la literatura, ha de advertirse que el Quijote es una novela en la que se produce un extraordinario agrupamiento de géneros literarios preexistentes a la obra cervantina: novela bizantina o de aventuras, literatura epistolar, libros de caballerías, fábulas milesias, literatura fantástica, relatos maravillosos, novela cortesana de estilo renacentista italiano, literatura sapiencial y parenética, novela autobiográfica, relatos picarescos, escenas entremesiles, secuencias costumbristas, novela morisca, cuentos populares, variedad de poesía lírica y de formas teatrales, entre ellas la del teatro épico, en el episodio del retablo de Maese Pedro, etc. De forma original y única en su tiempo, Cervantes aglutina o agrupa cada uno de estos términos ―o partes genológicas― en la construcción de una totalidad de géneros literarios cuya repercusión y potencia no ha sido superada aún hoy en día. Y hasta tal punto Cervantes es artífice de este logro que el Quijote puede definirse como una novela que contiene en sí misma todos los géneros literarios posibles, es decir, que puede definirse como una novela de géneros y especies (Maestro, 2009). El Quijote constituye, sin reservas, la demostración estética de mayor envergadura conocida por lo que a un agrupamiento de géneros literarios se refiere.



2. Desmembramientos

Los desmembramientos o descomposiciones son clasificaciones descendentes atributivas, es decir, que en ellas el todo enterizo se dispone como premisa o punto de partida del que se segmentan, desprenden o segregan determinadas partes, con la pretensión o consecuencia de constituirse ellas mismas en nuevas totalidades. En los desmembramientos, el todo se concibe como preexistente a las partes. Las relaciones de oposición, absorción o inserción, observables entre las partes o términos de un sistema concebido como agrupamiento, dan lugar aquí a relaciones de descomposición, segregación o deserción, en un conjunto sometido a desmembramientos. Como se ha señalado más arriba, si las partes o términos de un todo se agrupan en función del género, esas mismas partes o términos, en su proceso de desmembración o deserción del género, se segregan de él en función de la especie. Concretamente, en función de sus diferencias específicas. En su progresión descendente, los desmembramientos siguen un criterio porfiriano, frente al criterio plotiniano de los agrupamientos ascendentes.

Así como los agrupamientos subrayan el valor atributivo de las partes intensionales o esenciales del todo hacia el que se configuran ―sus términos genéricos, diríamos―, los desmembramientos son clasificaciones que permiten reconocer de forma prioritaria el valor atributivo de las partes integrantes o extensionales de un todo preexistente, la cuales, a través de relaciones y operaciones cuya naturaleza habrá de explicarse, adquieren un estatuto propio, como términos originales del campo categorial de referencia, en tanto que nuevas partes intensionales o esenciales de una nueva totalidad alternativa a la anterior, o independiente de ella.

La clasificación del globo terráqueo en dos hemisferios puede concebirse como un desmembramiento. Los cortes de Dedekind (1893), en tanto que clases o conjuntos de números racionales (frente a números irracionales) que construyen formalmente conjuntos de números reales (racionales [positivos, negativos y 0] e irracionales), son ejemplo paradigmático de desmembramientos, sobre los que se fundamenta además el análisis de la matemática no algebraica o finitesimal.

En el ámbito de los materiales literarios, será posible hablar de desmembramientos siempre que se consideren los diferentes géneros literarios que brotan de obras preexistentes, como por ejemplo la Ilíada, la Odisea, la Eneida…, como partes de una totalidad troncal o genuina (la épica grecolatina) que da lugar a lo largo de la historia literaria posterior a nuevas obras y creaciones literarias constituyentes de nuevos géneros literarios: la tragedia griega, la épica románica, la elegía lírica, la novela bizantina o de aventuras, la literatura fantástica, las novelas de caballerías… La parte de un todo preexistente se emancipa y desarrolla hasta constituirse en un término literario propio, esto es, en una nueva totalidad, desencadenante de nuevos géneros o especies literarias. La estructura, en su desarrollo histórico y operatorio, supera la génesis. Las ramas dejan atrás el tronco. Las especies genológicas originales se convierten en nuevos géneros que amplían progresivamente las trayectorias de su genealogía literaria.

Es el caso de los pasos o entremeses, desmembrados de la comedia nueva, o el de los autos sacramentales, segregados a su vez de las procesiones auriseculares del Corpus Christi. Lo mismo cabe decir del nacimiento de la novela epistolar, como resultado del desmembramiento o independencia de la carta frente al contexto de la literatura parenética o moralizante, como forma narrativa específica, que acaba por exigir un género literario propio y exclusivo para su desarrollo paradigmático o incluso canónico en la literatura europea, a través de autores como Diego de San Pedro, Juan de Segura, Samuel Richardson, Rousseau, Jane Austin, José Cadalso, Luis Gutiérrez, Goethe, Ugo Foscolo, Juan Valera, Pérez Galdós, Camilo José Cela... Asimismo, las formas puras de teatro, como pueden ser la comedia y la tragedia del clasicismo grecolatino, en las que lo trágico y lo cómico estaban canónicamente separados, constituyen ejemplos de desmembramientos o descomposiciones por lo que respecta a una totalidad ―la realidad de la vida humana― de la que se sustraen de forma discriminada en el teatro, a fin de expresar separadamente una estética y una poética del arte trágico o del arte cómico, pero no de ambos mezclados, muy al contrario del modelo que seguirá en la literatura barroca española el teatro lopesco y su concepción de la comedia nueva, cuyo objetivo es precisamente, como Cervantes en la novela, el agrupamiento de géneros opuestos, antinómicos, e incluso dialécticos (mezcla de lo trágico y lo cómico, ruptura de las unidades clásicas de tiempo, espacio y modo, multiplicidad y simultaneidad de acciones, etc.). Adviértase que hay autores y épocas literarias caracterizados por su tendencia al agrupamiento de géneros y especies preexistentes a ellos (Juan Ruiz, Dante, Rabelais, Cervantes, Lope, Goethe, Wagner y su concepto de obra de arte total…), frente a otros que tienden precisamente al desmembramiento de géneros o totalidades preexistentes, a fin de desarrollar o potenciar las diferencias específicas de tales o cuales géneros o especies (Gonzalo de Berceo y la literatura religiosa, Sannazaro y la novela pastoril del Renacimiento, Tirso y Calderón como continuadores terminales del teatro lopesco, Ducasse en Le chants de Maldoror, Valle en la estética del esperpento, Huidobro en el creacionismo, Borges en el ultraísmo, Marinetti en el futurismo, Mompou en el minimalismo musical…).



3. Tipologías

Las tipologías son clasificaciones ascendentes distributivas, es decir, proceden retrospectivamente, reconstruyendo los rasgos del género o totalidad a partir de los rasgos de las especies o partes. Toda tipología pretende restablecer una troncalidad, que trata de configurarse y recuperarse a partir no de sus raíces ―que constituirían su genealogía más temprana, su gen primigenio, su fundamento―, sino de sus ramificaciones o arborescencias ―que constituyen su genología, es decir, su teoría de los géneros―, las cuales se toman como punto de partida. Un análisis tipológico analizaría el árbol a partir de sus ramas para ―retrotrayéndose― explicar sus raíces. Para ello, las tipologías buscan las semejanzas entre las partes o términos partitivos, a fin de identificar el género o gen común a todas ellas. Las tipologías se fundamentan siempre en una genealogía ―tal es su objetivo―, que trata de explicarse e interpretarse retrospectivamente, esto es, desde sus manifestaciones fenomenológicas hasta sus esencias estructurales y originarias. En las tipologías, las partes se combinan entre sí en busca del género o tronco común: distribuyen las partes o términos ―tipos― de una totalidad en función del género al que evolutiva y genealógicamente pertenecen y del que proceden. Su esquema es plotiniano y genérico (troncal).

En consecuencia, su objetivo es el todo, y su premisa son las partes isovalentemente consideradas, a fin de restaurar el tronco común de procedencia de todas ellas. Las tipologías postulan un rastreo evolutivo, una genealogía, en suma. La combinación de las partes sustenta y objetiva un tronco compartido y genuino. Puede decirse que toda tipología apunta siempre a los genes de los términos relacionados. De hecho, las tipologías clasifican las cualidades genéricas de un todo, es decir, dan cuenta de las características comunes de las partes intensionales, integrantes y distintivas que constituyen una totalidad. Las tipologías objetivan lo que tienen en común términos que, siendo diferentes, proceden de una misma matriz, tronco o género (términos autotéticos). Y definen el género de tales términos (autotéticos) tomando como referencia aquellas analogías específicas que avanzan o se transforman preservando o conservando los rasgos evolutivos del género o tronco común. Los tipos son términos que, procediendo de un mismo tronco, linaje o género común que los explica y origina, se diferencian ulteriormente entre sí (al igual que pueden hacerlo dos o más hermanos biológicos).

La clasificación biológica de los seres vivos según el modelo de géneros y especies —de la que se servirá Linneo en pleno siglo XVIII— sigue el paradigma de la clasificación porfiriana (taxonomía), y constituye por excelencia y referencia el criterio clasificatorio, desde Aristóteles hasta Hegel, de todas las teorías que se han planteado hasta el presente sobre los géneros literarios. De todas excepto la que hemos formulado en la Crítica de la razón literaria (Maestro, 2009), que sigue el modelo inverso al porfiriano, esto es, la clasificación plotiniana (tipología), al considerar el género literario desde el punto de vista de las cualidades genéricas evolutivas y transformativas, a través de los conceptos de núcleo, cuerpo y curso. Desde la Crítica de la razón literaria se considera el género literario como tipo o philum, no como rama o taxón. Se ha seguido el criterio del agrupamiento retroactivo hacia la esencia genealógica, a partir de los desmembramientos resultantes de ramificaciones o arborescencias genológicas progresivas. A partir de las supuestas ramas y diferencias específicas, nos hemos retrotraído a la esencia troncal o efectiva. Hemos partido de los taxones establecidos para identificar los tipos originales.

La clasificación de biotipos de Ernst Kretschmer, en su obra Constitución y carácter (1951), responde al modelo de una tipología, al ser ascendente y distributiva. Lo mismo cabe decir de la tipología de los personajes de la commedia dell’arte (Colombina, Arlequín, Pantaleón, el Doctor, el Capitán, Brighella, Polichinela…), de la comedia nueva lopesca, tal como la expone José Prades (1963), o el propio Lope en su Arte nuevo (1609) (dama, galán, rey, gracioso, villano, noble, padre…), tipología cuyos personajes sólo se explican genuinamente por su pertenencia y procedencia genérica (commedia dell’arte, comedia nueva…).

Lo que demuestra ante todo la concepción plotiniana de los géneros literarios es que la esencia de los géneros es cambiante históricamente, y no inmutable ni eterna. Ni siquiera eviterna. La esencia de un género literario es una realidad sometida a múltiples relaciones e interacciones dialécticas, a través de las cuales se distribuye en diferentes especies, desplegándose en un cuerpo ontológico y en un curso histórico, el que constituyen los diferentes y múltiples materiales literarios. Habrá que partir, pues, de su desarrollo fenomenológico ―de sus ramificaciones y arborescencias― para identificar y recuperar su tronco genealógico allí donde corresponda interpretarlo. Éste es el modelo de las esencias plotinianas y el itinerario de las tipologías, consideradas como clasificaciones ascendentes y distributivas.


 

4. Taxonomías

Las taxonomías son clasificaciones descendentes distributivas, es decir, proceden progresivamente, desplegando los rasgos distintivos de las especies o partes, esto es, sus diferencias específicas frente al género común. Las taxonomías proceden por deducciones progresivas y dicotómicas ―del tipo bípedo implume―, cuyo resultado es la división, sección o fragmentación en partes específicas de una totalidad preexistente que se toma como punto de partida. Toda taxonomía pretende establecer una arborescencia, que se articula a partir de un tronco común. La taxonomía da cuenta de una estructura que rebasa su génesis. Para ello busca las diferencias dicotómicas entre las partes o términos partitivos, a fin de subrayar sus disociaciones respecto del género o gen común a todas ellas. Las taxonomías se exhiben siempre a través de una genología, es decir, de una teoría de géneros y especies, que trata de explicarse e interpretarse progresivamente, esto es, desde sus consecuencias fenomenológicas y resultados estructurales. En las taxonomías, las partes se segregan entre sí en busca de sus diferencias específicas. De este modo, las partes o términos ―taxones― de una totalidad se distribuyen en función de la especie que genológicamente trata de justificarse como una cualidad o rasgo específico. Su esquema es porfiriano y específico (divisivo).

En suma, el objetivo de las taxonomías no es el todo, sino las partes que lo constituyen y, en particular, transforman a través de diferencias específicas. De este modo, las taxonomías prestan máxima atención a la diferencia específica, es decir, a las transformaciones que desencadena el desarrollo de las partes integrantes o extensionales de una totalidad, frente al conservadurismo o preservación que se arrogan las partes intensionales o esenciales de la misma totalidad, las cuales constituyen el objetivo de las tipologías, como acabamos de ver. Por su parte, las taxonomías despliegan arborescencias progresivas, no retrospectivas o regresivas. Se alejan del tronco común para incidir en la diferencia específica, esto es, en la diferencia particular de las distintas especies del género. Toda taxonomía apunta siempre a las diferencias específicas y antinómicas, fragmentadas en dicotomías porfirianas (bípedo implume), de los términos relacionados. De hecho, las taxonomías clasifican las cualidades partitivas de un todo, es decir, dan cuenta de las diferencias específicas de las partes extensionales o integrantes, y de las partes individuales o singulares, de una totalidad. Insisten en las cualidades específicas, frente a las cualidades genéricas.

Las taxonomías ponen de manifiesto lo que tienen en común términos que, siendo semejantes, proceden de conjuntos diferentes, es decir, identifican las analogías que comparten elementos procedentes de genealogías diferentes (términos alotéticos). Los taxones son términos (alotéticos) que, procediendo de troncos, linajes o géneros diferentes entre sí, se emparejan por afinidad o semejanza (al igual que pueden hacerlo los cónyuges de una relación matrimonial). Así es como las taxonomías dan cuenta de las diferencias específicas entre los términos o partes de un género o totalidad que avanzan y se transforman alejándose y segregándose de las cualidades genéricas. Revelan cómo la especie del género evoluciona disociándose de las cualidades del propio género. En síntesis, las taxonomías explican cómo puede llegar a producirse una desmembración, y, en última instancia, cómo se consuma la extinción o desvanecimiento de todo un género literario, como ocurrió con la épica, cuyas cualidades específicas propician la conformación de la novela, precisamente cuando la esencia del relato épico ―el heroísmo del protagonista― se desvanece de forma dialéctica para desembocar en el antiheroísmo del personaje novelesco (Lázaro de Tormes, don Quijote, Tomás Rueda, Pablos, Tristam Shandy, Emma Bovary, Ana Ozores, Gregor Samsa, Ulrich…).

Todas las teorías que históricamente, desde Aristóteles a Hegel, se han formulado sobre los géneros literarios son taxonomías, frente a la tipología que sobre los mismos géneros literarios plantea la Crítica de la razón literaria. La célebre distinción de Forster (1927) entre personajes literarios planos y redondos es también pura taxonomía, al igual que las clasificaciones que se han propuesto para organizar las diferentes orientaciones y ramificaciones de una Literatura Comparada, clasificaciones de raíces decimonónicas, y que llegan incluso a los libros comparatistas de Claudio Guillén a finales del siglo XX. La clasificación de los poliedros regulares, como la clasificación caracterológica de Eisemann (2000), responde igualmente a taxonomías. Asimismo, el criterio utilizado por el antropólogo Luigi Cavalli-Sforza (1988) para definir las siete poblaciones contemporáneas principales es igualmente una taxonomía: africanos, europeos, asiáticos nororientales, asiáticos surorientales, isleños del Pacífico, australianos y neoguineanos.


 

Coda

En conclusión, las clasificaciones son figuras gnoseológicas tan fundamentales para cualquier teoría de los géneros literarios (Maestro, 2009) como lo son las definiciones para la Teoría de la Literatura (Maestro, 2009a), los modelos para la Literatura Comparada (Maestro, 2008), o las demostraciones para la Crítica de la Literatura (Maestro, 2007, 2013).

Por lo que se refiere a los géneros literarios, ha de subrayarse que las clasificaciones explican términos del campo gnoseológico a partir de relaciones dadas en el susodicho campo entre las partes determinantes (o intensionales), integrantes (o extensionales) y constituyentes (o distintivas) de tales términos, interpretadas tales partes, respectivamente, como realidades genéricas (G), específicas (E) e individuales (I) de los términos de referencia dados en el campo gnoseológico (Maestro, 2009).

Las clasificaciones sistematizadas en el cuadro expuesto más arriba permiten dar cuenta de las diferentes teorías que sobre los géneros literarios se han enunciado históricamente en el marco de la teoría (conceptos categoriales o científicos) y de la crítica (ideas filosóficas trascendentes a las ciencias)[3] de la literatura, desde el materialismo político e idealista de la República de Platón hasta el formalismo aberrante y no menos idealista de la teoría de los polisistemas.

Asimismo, si leemos diagonalmente el cuadro reproducido más arriba, es decir, considerando por un lado agrupamientos y taxonomías, y por otro lado desmembramientos y tipologías, se observará que, en el primer caso, los términos clasificados en grupos y taxones son términos autotéticos (elementos con diferencias específicas que proceden de un mismo tronco o matriz, como pueden serlo dos hermanos biológicos, o como pueden serlo el Quijote o el Viaje del Parnaso respecto a Cervantes), y, en el segundo caso, los términos clasificados en desmembramientos y tipos son términos alotéticos (elementos que, procedentes de matrices, familias o conjuntos diferentes, mantienen entre sí relaciones de semejanza o afinidad, como ocurre entre dos cónyuges, o entre fenómenos de poligénesis literaria ―dos obras semejantes elaboradas por autores diferentes: «La oración el ateo» de Miguel de Unamuno[4] y la Prière de l’athée de Jean Richepin[5]) (Maestro, 1989-1990). Como se ha explicado, los términos autotéticos avanzan o se transforman conservando o preservando los rasgos del género, mientras que los términos alotéticos evolucionan y actúan alejándose o incluso segregándose de los rasgos del género, al potenciar la diferencia específica.

Reitero una vez más que la Crítica de la razón literaria no examina los géneros literarios ni en función de la especie, lo cual subrayaría la presencia de la «diferencia específica», situando al intérprete en la perspectiva de las esencias porfirianas; ni en función de sus consecuencias, esto sería, en función de sucesivas clasificaciones y órdenes de clasificaciones (taxonomías, tipologías, desmembramientos y agrupaciones); ni tampoco en función del género únicamente, considerado en sentido estricto, exclusivo o excluyente, lo cual otorgaría una dominancia acrítica a la idea canónica de género, como una realidad igualmente inmutable, eterna y metafísica, trascendente a la Historia misma y sus consecuencias, al situar al intérprete en una posición estática y sustancialista ante las esencias plotinianas. En su lugar, la Crítica de la razón literaria examina los géneros literarios desde la dialéctica entre el género, la especie y la obra literaria, es decir, desde la confrontación lógico-formal y lógico-material, y por tanto gnoseológica, dada entre las partes determinantes (intensionales), integrantes (extensionales) y constituyentes (distintivas), de los materiales literarios de naturaleza verbal. Se articula de este modo una interpretación dialéctica construida sobre el examen entre los elementos cogenéricos —o determinantes de un género—, los elementos transgenéricos —o integrantes de una especie—, y los elementos subgenéricos —o distintivos de una obra literaria concreta—. En consecuencia, la Crítica de la razón literaria no sólo no confundirá, como han hecho de forma sistemática todas las poéticas que se han ocupado históricamente de los géneros literarios, la naturaleza de las partes distintivas, integrantes y determinantes de los términos que constituyen el campo gnoseológico de los géneros literarios, sino que discriminará la naturaleza lógico-formal y lógico-material de tales términos del modo más riguroso y crítico posible, evitando de esta manera incurrir ciegamente en la confusión de sus elementos constitutivos, de sus componentes intensionales y de sus dimensiones extensionales (Maestro, 2009).


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NOTAS

[1] Sépase que federar es unir lo que está separado, no separar lo que está unido. Sólo en el español actual el término federar significa esto: «distribuir las responsabilidades de gobierno de un Estado entre el poder central o federal y otras unidades territoriales inferiores, adoptando las instituciones propias de un Estado federal» (DRAE, segunda acepción del término federar, en su actualización de 2021 de su edición en línea). Sobran las razones para confirmar que esta definición es una completa jerigonza, en su primera acepción («lenguaje especial de algunos gremios»). En este caso, el gremio académico. No hay ni solo idioma en el mundo en la que el término federar tenga esta acepción, cuyo uso se limita a los políticos españoles de la democracia actual, a sus periodistas fidedignos y al gremio lexicográfico de los académicos de la lengua.

[2] Tal como explica Bueno (1992), las totalidades que integran o constituyen las clasificaciones pueden ser atributivas (partitivas o nematológicas, relativas al concepto estoico de merismos, traducido al latín como partitio) o distributivas (divisorias o diairológicas, relativas al concepto estoico de diairesis, traducido al latín como divisio).

[3] La cualidad de trascedentes o trascendentales, aplicada a las ideas, no tiene aquí el sentido del racionalismo idealista de Kant, sino el sentido del racionalismo materialista de Bueno ―a quien seguimos―, es decir, que las ideas son trascendentes porque rebasan las categorías o ciencias, dicho de otro modo, porque los conocimientos conceptuales o científicos son insuficientes por sí mismos, fuera de su ámbito categorial, para explicar las ideas que, por su trascendencia, desbordan tales ámbitos categoriales o científicos. Si bien hay que advertir también, frente a Bueno, que las ideas filosóficas suelen limitar su pretendida trascendencia a las capacidades del filósofo de turno, puesto que aunque a la filosofía se atribuya a sí misma una trascendencia interpretativa que rebasa las posibilidades limitadas de las ciencias o categorías, ningún filósofo dispone de una inteligencia capaz de conocer todas las ciencias y relacionarlas filosóficamente desde una perspectiva trascendente. Algo así es un idealismo, acaso el idealismo que desde siempre ha dominado la ambición filosófica, con todo ese despliegue de figuras ficticias y totalitarias, que van desde el ápeiron presocrático hasta el ego trascendental del propio Bueno, pasando por el demiurgo, el motor perpetuo, el Dios teológico del catolicismo, la sustancia pura, el espíritu absoluto, el inconsciente, el Superhombre, el Dasein o hasta el Gran Hermano de Orwell (1984). La filosofía, en cierto modo, es indisociable del totalitarismo.

[4] Rosario de sonetos líricos, en A. Suárez Miramón (ed.), Poesía completa, I (251-344).

[5] Les Blasphèmes, 1879, segunda edición de 1909 (107-108).






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Clasificaciones y Teoría de la Literatura», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 5.4.2.2), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


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Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria