III, 6.4 - Ficción y Teoría de la Literatura: tres falsas teorías sobre la ficción literaria

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Ficción y Teoría de la Literatura: tres falsas teorías sobre la ficción literaria


Referencia III, 6.4


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

La Teoría de la Literatura ha entrado en el siglo XXI basándose en una idea de ficción que, durante 25 siglos —prácticamente desde la quinta centuria antes de nuestra Era—, ha sido siempre la misma, pues se ha mantenido de forma invariable e inalterable en la tesis —incuestionada— de que los conceptos de realidad y ficción son separables, contrarios o incluso insolubles. El criterio que aquí sostenemos, desde la Crítica de la razón literaria como Teoría de la Literatura, es que la idea de ficción no se opone a la de realidad, sino todo lo contrario: ficción y realidad son conceptos conjugados o entrelazados, es decir, indisociables o insolubles. La ficción existe implicada e inserta en la realidad, es inexplicable de espaldas a la realidad, y es factible —no sólo posible— precisamente porque la realidad existe, y constituye la referencia fundamental de toda ficción. La ficción es una parte esencial de la realidad. De hecho, la realidad necesita a la ficción —a la apariencia— tanto para invisibilizarse, o hacerse legible, como para sobrevivir.

Sin embargo, la Teoría de la Literatura, desde Aristóteles hasta el siglo XXI, ha interpretado la ficción como una entidad disociada y opuesta a la realidad, y completamente insoluble en ella, desterrándola al mundo del arte, la literatura, la imaginación, o incluso la fantasía, el irracionalismo o el inconsciente. La idea de ficción que ha sostenido históricamente la Teoría de la Literatura ha sido una sola y única idea, fundamentada en la convicción de que la realidad repele la ficción, de que la ficción no forma parte esencial de la realidad, y de que la realidad, para afirmarse, reconocerse e instituirse como tal, exige expulsar de sí misma todo lo que tenga que ver con la ficción. En una palabra, la Teoría de la Literatura ha interpretado la ficción como algo que no forma parte de la ontología.

Inserta en una forma de pensamiento que considera que el ser —la ontología—, por verdadero, ha de ser necesariamente real, niega a ese ser toda posibilidad de manifestación, expresión o —por supuesto— esencia, ficcionales. Las teorías generales del conocimiento, construidas por Aristóteles y Kant como teorías epistemológicas —basadas en la oposición objeto / sujeto— desde las que se ha diseñado la organización del pensamiento humano, siempre han negado que en la ontología hubiera un lugar para la ficción. En una ontología de verdad nada puede ser falso. No hay lugar para la mentira en la esencia de la verdad. La ontología, o es verdadera, o no es. La ontología se basaba así en un criterio epistemológico —de signo aristotélico y kantiano— de verdad. La fuerza de las teorías epistemológicas del conocimiento humano era, tanto en Aristóteles como en Kant, omnipotente en este sentido, y no dejaban a lo ficticio, a lo falso, a lo irreal, indiscriminadamente concebidos, ningún espacio habitable en su concepción del mundo, excepto el terreno espiritual, lúdico, gratuito, intrascendente, del arte. La epistemología aristotélica, como la epistemología kantiana, sitúa a la ficción fuera de la realidad. La ficción está exiliada de la realidad y de la ontología de lo real. Todas las teorías literarias basadas tanto en la Poética de Aristóteles como en las tres Críticas kantianas se han limitado a reproducir acríticamente la inercia de estos imperativos epistemológicos. Sin discutirlos jamás. Desde la Crítica de la razón literaria como Teoría de la Literatura se impugnarán estos criterios, y se planteará una teoría de la ficción literaria completamente diferente.

La idea de ficción depende siempre de la idea de realidad. Si tenemos una idea aristotélica de realidad, consideraremos que la ficción es una construcción mimética, reproductiva o imitativa de la realidad, de modo que el arte es un proceso descriptivista de la realidad a la que se enfrenta el artista, el cual actuará como un mero copista o plagiario de un mundo indudablemente real, y también ajeno, acrítico y apriorístico. Ésta es una concepción de la realidad propia de un mundo arcaico y precristiano. Una idea de realidad construida para interpretar un mundo de hace más de 25 siglos. Desde entonces, las cosas han cambiado bastante.

Por otra parte, si adoptamos una idea kantiana de realidad, consideraremos que la ficción es una construcción no mimética o imitativa de la realidad, sino creativa, personal, más precisamente, subjetiva, de una realidad que sólo un genio —un artista genial— podrá y sabrá captar. Es la tesis kantiana, en virtud de la cual el arte no es la labor de un copista, sino de un creador, porque el referente de la obra estética —ya no exactamente literaria— no es la realidad, sino la idea de realidad dada o diseñada en la conciencia del sujeto, es decir, en la subjetividad del genio humano. La conciencia (el sujeto) ha devorado al mundo (el objeto). Por este camino, el arte no describe la realidad, sino que incluso la crea, la desborda, la construye y reconstruye de formas sofisticadas y extraordinarias. Pero desde Kant hasta nosotros las cosas también han cambiado mucho, aunque ese cambio no haya sido igualmente visible para todos. Ni Aristóteles ni Kant son, hoy, nuestros colegas.

Quiero decir con esto que la idea de ficción, durante los últimos 25 siglos, se ha explicado, sin alteraciones, desde criterios epistemológicos, es decir, desde coordenadas que reducen el concepto de lo ficticio a las relaciones de conocimiento de que son capaces el objeto y el sujeto.

En el caso de la epistemología de Aristóteles, el objeto (la realidad, el mundo, la naturaleza) lleva la iniciativa, y el sujeto actúa como un mero copista, reproductor o imitador de la naturaleza. La mímesis es el principio generador del arte, y el ser humano (el sujeto), un mero intermediario —entre la naturaleza y el arte— que hace posible el funcionamiento de este principio imitativo o reproductor, según sus capacidades estéticas, poéticas o técnicas (téchnee).

En el caso de la epistemología kantiana, el sujeto (la conciencia subjetiva del ser humano), convertido ahora en genio creador, asume toda la responsabilidad en el acto de construcción, un auténtico acto de creación, de la obra de arte. De este modo, el arte no reproduce ya la realidad, que siempre resultará difusa, dudosa y aparente, incomprensible incluso, sino que hace algo verdaderamente mucho más valioso: el arte reproduce la realidad subjetiva no sólo del Hombre, sino del Universo, si bien esa reproducción se opera —tiene lugar— en la mente de individuos selectos —o a través de ellos—, seres humanos extraordinarios, geniales, que saben hacer visible en el arte la esencia inmanente de una realidad trascendente, oculta a la sensibilidad de los mortales comunes y corrientes, y sólo inteligible para la genialidad de artistas, escultores, músicos, dramaturgos, poetas, etc. El arte se convierte para los idealistas en el código que contiene —y torna legible— el logos de la realidad, sólo asequible a la mente genial, a la subjetividad trascendental, de una creación artística llevada a cabo por ingenios individuales, que muy pronto encarnarán la secularización de valores otrora sagrados, tras los cuales el pueblo no tardará en identificarse y manifestarse (desde Los héroes de Carlyle hasta el Volksgeist invocado por todos los nacionalismos y populismos románticos y posmodernos, etc.).

En suma, esta idea de ficción, que ha permanecido inalterable durante 25 siglos, puede explicarse y reinterpretarse, desde la ontología de la Crítica de la razón literaria, según tres concepciones o teorías, las cuales se han manifestado sucesivamente a lo largo de la Historia de la Teoría de la Literatura, desde Aristóteles hasta la posmodernidad contemporánea. La teoría literaria de todos los tiempos sólo ha hecho históricamente posible tres variantes de una misma idea de ficción, basadas las tres en una única epistemología —de signo aristotélico primero (al dar prioridad al objeto sobre el sujeto) y de signo kantiano después (al situar el punto de gravedad en el sujeto frente al objeto)—, y al estar fundamentada cada una de ellas en una reducción a cada uno de los tres géneros de materia (primogenérica o física [M1], segundogenérica o psicológica [M2], y terciogenérica o conceptual [M3]).

De este modo, hablaremos de tres concepciones de la idea de ficción: 1) aristotélica o mimética, que reduce la ficción al primer género de materia [M1]; 2) kantiana o idealista, que reduce la ficción al segundo género de materia [M2]; y platónica, formalista o metafísica, que reduce la ficción al tercer género de materia [M3].

La Crítica de la razón literaria como Teoría de la Literatura impugna estas tres concepciones de ficción, al considerarlas irreales, inoperantes y en sí mismas falaces. ¿Por qué? Porque las dos primeras se basan —como se ha dicho— en una epistemología, que adultera toda teoría del conocimiento de la realidad en las falacias, respectivamente, descriptivista, en el caso de Aristóteles (al reducir el Sujeto a la supuesta realidad acrítica y apriorística de un objeto ajeno al propio sujeto), y teoreticista, en el caso de Kant (al reducir el objeto a una construcción completamente idealista, irreal y subjetiva propia de la mente de un sujeto que acaba por perder de vista la esencia misma de la realidad). Y porque la tercera se basa, pura y simplemente, en una teoría metafísica que reduce el arte a conocimiento, es decir, la literatura a gnoseología (idealista, además), en virtud de la cual se exige a la poética la revelación de verdades trascendentes, suprasensibles o, explícitamente, metafísicas. Esta última concepción de la idea de ficción emplazaría las obras de arte en el mundo metafísico de las formas puras postulado por Platón.

Para que pueda entenderse todo esto con un ejemplo, baste decir que las teorías literarias de signo aristotélico o mimético, que reducen la ficción a M1, consideran que la realidad supera la ficción, porque la obra de arte siempre es un reflejo o reproducción de hechos reales o factibles en la realidad. Ejemplos de ello son la novela histórica, el cine basado en supuestos «hechos reales», la autobiografía en sus diferentes géneros, el teatro épico de Brecht (en realidad una invención de la literatura de Cervantes) o la teoría del reflejo del marxismo socialista. La ficción es todos estos casos un completo simulacro, aunque incluso pueda tratarse de un simulacro modélico para un determinado tipo de persona o de sociedad política o religiosa.

A su vez, las teorías literarias de signo kantiano o idealista, que reducen la ficción a M2, postulan que la ficción siempre supera la realidad, desde el momento en que el contenido de la ficción no se limita a la realidad conocida e interpretada por las ciencias, sino que incluso «nos descubre» partes esenciales de la realidad que la ciencia oculta, que la razón reprime, que el logos margina, que el consciente es incapaz de hacer legible... Ejemplo de ello es la denominada literatura fantástica y maravillosa, el realismo mágico, el monólogo interior, el surrealismo, lo onírico, la escritura automática, o la ciencia-ficción en todos sus géneros y manifestaciones. En última instancia, éste es el concepto de ficción que ha dominado, y que aún determina, la interpretación más convencional y común de ficción literaria. La literatura se concibe así como una forma psicológicamente alternativa al prosaísmo, cientifismo y positivismo del mundo real. Expresión redundante, porque todo mundo es real: los mundos imaginarios son formas inoperantes del mundo real. Las formas inoperantes son un género específico de las formas ficticias. La ficción (artística y literaria) supera la realidad (racionalista y cientifista) del Mundo. La ficción «nos libera» de la realidad. Así concebida, la literatura sería una forma secularizada de cultivar el espíritu, la subjetividad, la imaginación, la fantasía, la libertad, en suma, del ego individual o colectivo, frente al materialismo de las ciencias, el positivismo de la razón o el determinismo de las leyes políticas y religiosas. La ficción es aquí un juego, más o menos gratuito o intrascendente, cuya finalidad es esencialmente lúdica, irrelevante y emocional. Pero es un juego que forma parte de la realidad, porque es imposible salir de la realidad para vivir la ficción. No abandonamos la realidad cuando disfrutamos o interpretamos la ficción. No se puede salir de la realidad para nada. Excepto para morir.

Por último, las teorías literarias de signo platónico, formalista o metafísico, que reducen la ficción a M3, consideran que la realidad del mundo es una ficción, es decir, que el mundo en el que vivimos es un mundo de apariencias e irrealidades, de falacias y mentiras, las cuales convierten nuestra vida en una ficción: la realidad verdadera está —según esta idea de ficción— en el más allá. Ejemplo de ello es la tesis calderoniana de La vida es sueño, según la cual la verdad habita en el mundo metafísico, sea el mundo platónico de las ideas o formas puras, sea el paraíso celestial de la teología cristiana, el edén hebreo o islámico, etc. Es la idea de ficción presente en numerosos pasajes bíblicos, evangélicos, coránicos, propios de las «religiones del libro», o de las Sagradas Escrituras. Y propios también de una literatura programática o imperativa de signo religioso —y en algunos casos también utópico—, como la Divina commedia de Dante o la antemencionada comedia de Calderón La vida es sueño

Entre las teorías literarias que plantean, sin duda sin tener verdadera consciencia de sus genuinos fundamentos filosóficos, esta idea de ficción, completamente metafísica y formalista —de un formalismo absoluto, que ha perdido de vista toda corporeidad—, está la denominada teoría de los mundos posibles, una teoría que reduce la idea de ficción literaria a un concepto puro, a una mera potencia de diseño, carente de la más minúscula posibilidad de existir, ya no sólo en cualquier lugar, sino también en cualquier momento. La idea de ficción basada en la teoría de los mundos posibles es una retórica metafísica fundamentada en un irrealismo embellecedor de ucronías y utopías. Es una idea para entretener a teóricos de la literatura que juegan entre sí de espaldas a la realidad de la literatura y de los materiales literarios. Esta teoría de la ficción dota a la metafísica, a las formas incorpóreas, a lo inmaterial, de un realismo —y de una verdad— absolutamente superiores a todos los supuestos contenidos del mundo real. Lo irreal es aquí algo que desborda y trasciende la realidad del mundo, al que se considera apariencia, mentira y ficción.

Ninguna de estas tres teorías de la ficción puede explicar lo que la ficción es, porque se basan en reduccionismos epistemológicos (a M1 y a M2) y en aberraciones gnoseológicas (en M3). Y la ficción literaria no puede explicarse ni desde criterios epistemológicos, ni desde criterios gnoseológicos. La ficción literaria sólo puede explicarse desde criterios ontológicos, porque la ficción es indisociable de la realidad, de la que la propia ficción forma parte esencial. Lo hemos dicho: la realidad necesita a la ficción, es decir —en términos aristotélicos, a la apariencia, para sobrevivir. ¿Por qué?, pues porque la ficción no reside en la metafísica: la ficción forma parte de la realidad. Ficción y realidad no son conceptos opuestos, sino conjugados. El uno es inconcebible sin el otro. La ficción habita en la realidad, no fuera de ella.

Pese a esta evidencia, hay quienes siguen empeñados en buscar los fundamentos de la ficción más allá de la realidad, es decir, en la metafísica.

Algunos de estos autores se refieren a la metafísica de la literatura desde términos tales como «mundo posible». Ya he dicho muchas veces, y no lo he dicho sólo yo, que no hay ningún mundo en el que don Quijote, Hamlet o Dante en los infiernos tengan la menor posibilidad de existir. Pero aún así, hay gente que sigue empeñada en buscar el quinto pie del gato, es decir, en buscar un lugar para la ficción más allá de este mundo: en la metafísica de la literatura.

Leemos constantemente cuestiones muy discutibles sobre la ficción literaria. Se trata de escritos que repiten, acríticamente, los mismos errores inherentes a las concepciones que interpretan la ficción literaria como construcción de un mundo posible. Hay casos que radicalizan tales errores hasta situaciones extremas, desde perspectivas teoreticistas (de raíces popperianas), indudablemente ignoradas por quienes arguyen tales ideas. Se llega a hablar de mundos imposibles en su oposición a mundos posibles, como si en la realidad del mundo efectivamente existente fuera posible habitar, operar o actuar en mundos ontológicamente alternativos al de hecho y de derecho mundo real.

Alguno de estos escritos llega a postular incluso que puede haber literatura sin ficción, planteando de este modo una concepción partitiva, ablativa o «especial» de lo que la literatura es, en el sentido de que el intérprete o crítico literario puede hacer una «crítica a la carta» de los materiales literarios, y seleccionar un menú o conjunto de ingredientes para hacer de ellos algo que corresponda con su particular idea o modelo autológico de literatura: literatura con autor o sin autor, literatura con lector o sin lector, literatura con ficción o sin ficción, literatura con cultura o sin cultura, literatura con ciencia o sin ciencia, literatura con compromiso o sin compromiso, literatura con lenguaje o sin lenguaje, literatura con palabras o sin ellas, etc. Por caminos así trastabilla actualmente, naturalmente por las aulas universitarias, la «teoría literaria» posmoderna.

Así se puede decir que hay literatura sin ficción, que hay literatura sin autor, que hay literatura sin fonemas oclusivos o velares, o que hay literatura sin mujeres, etc. Una literatura sin autor ya la han postulado individuos como Barthes, o Foucault, al afirmar que «el autor ha muerto», o que no existe, ignorando —como si nada— las leyes de copyright o de propiedad intelectual, entre otras múltiples cuestiones, es decir, ignorando la realidad. Una literatura sin ficción es, simplemente, una retórica pura, un texto lúdico y recreativo de una realidad que se toma referencialmente como modelo puntual de una escritura. Hablar de una literatura sin ficción equivale a postular una teoría de la música concebida al margen de toda experiencia sonora. Una literatura sin ficción es una geometría sin polígonos o una medicina sin enfermos. Una literatura sin ficción exige reemplazar los hechos literarios por el ilusionismo de interpretaciones ad hoc. Es el triunfo de una Teoría de la Literatura sin literatura, basada en unos materiales que han dejado de ser literarios, porque son ya... cultura... Pura experiencia lisérgica.

Si Ortega, desde la «deshumanización del arte», daba forma objetiva a lo que planteaban muchas vanguardias, en el contexto preambular de los teoreticismos y formalismos del siglo XX, la amputación de la ficción a la literatura no es más que una continuación alternativa de este juego de mutilaciones y ablaciones de materiales literarios, un juego motivado sobre todo por el hecho mismo de que es más fácil suprimir componentes ontológicos que afrontar la explicación científica de tales componentes.

Es más cómodo suprimir al autor que explicarlo. Es más original hablar de literatura sin ficción que reconocer que la denominada «literatura sin ficción» no es más que un juego verbal cuyo referente son los mismos hechos que la literatura de ficción, esto es, la realidad, con la única diferencia de que la ficción exige al creador una imaginación y un racionalismo compositivo de los que el expositor de hechos puramente reales carece. Una posible literatura sin ficción es una suerte de relato histórico sin justificación científica ni crédito factible.

Pero el modelo de arte ha sido y es siempre el mismo: la realidad. Porque los términos, reales o ideales, que constituyen las obras de arte de todo tipo, son los mismos términos, reales o ideales, que forman parte de la realidad. Y téngase en cuenta que construir un referente o término ideal es mucho más difícil que reproducir o relatar un hecho o término real, por la sencilla razón de que los términos ideales exigen a su artífice el diseño de una estructura operatoriamente inexistente en la realidad a la que es necesario dotar —con razones comprensibles— de sentido, coherencia y verosimilitud. De un modo u otro, es muy fácil copiar, o incluso plagiar, como el mismo Huidobro, en su poética creacionista, consideraba que, hasta su vanguardia, había hecho todo artista: plagiar a Dios, copiar la realidad en el arte. La fórmula está dada en la mímesis platónica, cuya fuente genuina es el mundo metafísico, esencialista, de las ideas puras.

La teoría de los mundos posibles es una teoría que carece de fundamento material, porque el único mundo posible es, pleonásticamente hablando, el mundo real. La teoría de los mundos posibles es puro teoreticismo popperiano. No hay otro mundo salvo el real, a menos que concedamos a la metafísica un valor ontológico operatorio más allá de este mundo efectivo. La diferencia entre acto y potencia, entre mundo actualista y mundo posible, remite a la metafísica de Aristóteles. Pero Aristóteles no es nuestro colega actual en Teoría de la Literatura. La ficción no es potencia, sino acto, más precisamente, es acto estructural (la obra de arte) de una realidad operatoria (ejecutada por el artista). De una realidad que es real precisamente por ser operatoria sólo dentro de las estructuras de una obra de arte. Porque fuera de la estructura formal de la obra de arte, no hay ninguna operatoriedad. Fuera del Quijote, don Quijote no actúa, ni combate, ni siente, ni padece. Actúa, siente y padece el lector (de carne y hueso), pero no el personaje (de ficción).

Hablar de mundos posibles es, en términos artísticos, una metáfora sinestésica un tanto alicientosa; en términos científicos, es una ficción que dejaría perplejo a cualquier médico, físico o ingeniero; y en términos de filosofía materialista es, simplemente, un disparate, según el cual habría un mundo metafísico en el que el ser humano podría instalarse y acomodarse físicamente cuando lee un libro o contempla un lienzo. Una especie de sala VIP de la poética de la literatura o de la estética de la creación. Una memez.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Ficción y Teoría de la Literatura: tres falsas teorías sobre la ficción literaria», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 6.4), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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