Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica
del conocimiento racionalista de la literatura
¿Cuál es el mayor enemigo de la literatura en el siglo XXI?
La neotenia literaria
Referencia VI, 14
Y alardeando de sabios, se hicieron necios.
San Pablo, Romanos I, 22.
1. ¿Qué es la neotenia?
La neotenia es un concepto biológico que, en líneas generales, designa la
conservación de rasgos juveniles en el organismo adulto de una especie.
En términos más técnicos, significa que el desarrollo somático y fisiológico de un cuerpo se retrasa o detiene en ciertos aspectos, mientras que el conjunto del organismo alcanza la madurez reproductiva y cronológica. Dicho de otro modo: el ser ya puede reproducirse, pero sigue conservando activas características morfológicas o fisiológicas propias de etapas juveniles.
Un
ejemplo clásico en zoología es el axolote o ajolote (Ambystoma mexicanum),
un anfibio que preserva en su vida adulta branquias externas y forma larvaria,
aunque ya es capaz de reproducirse. Recordemos que a esta criatura biológica
―no por casualidad― Cortázar dedica un breve relato cuyo protagonista es un
ejemplo sobresaliente y excéntrico de neotenia y anomia.
En
el ser humano también se habla de neotenia: muchos de nuestros rasgos físicos
(cráneo redondeado, cara más bien plana, escaso vello corporal) y conductuales
(curiosidad, plasticidad de aprendizaje) pueden interpretarse como resultado de
procesos neoténicos que nos diferencian de otros primates.
Sin
embargo, no voy a referirme aquí a la neotenia en sentido biológico, sino
literario. No se trata de forzar una metáfora, sino de explicar un fenómeno
creciente en los últimos tiempos, un fenómeno que ha irrumpido para perpetuarse
entre nosotros con consecuencias nefastas para la interpretación de la
literatura, la filosofía y la realidad en general.
Este
hecho se debe a dos causas decisivas: 1) la falta de una formación literaria
solvente y profesional, que hoy ya no se imparte en las universidades, debido
al deterioro de la calidad y contenidos en la enseñanza académica, y 2) el
narcisismo de jóvenes que, en lugar de madurar en conocimientos adquiridos,
exhiben en redes sociales un simulacro de conocimientos, autoengaño e
ignorancia inconscientes.
2. Uso metafórico de «neotenia»
en literatura, filosofía o ciencias
sociales
En
un sentido metafórico o cultural, la neotenia se ha usado para hablar no ya de
un proceso biológico, sino de un fenómeno antropológico, social y simbólico: la
prolongación de la infancia o de la juventud en la vida adulta. Sin embargo,
nunca se ha aplicado a la literatura, ni a la creación literaria ni tampoco a
la interpretación de materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o
transductor).
En
filosofía y antropología, la obra de autores como Konrad Lorenz (1903-1989) o
Stephen Jay Gould (1941-2002) se ha relacionado con la neotenia humana, como si
no fuera sólo biológica (rasgos físicos), sino también cultural. Nuestra
especie se caracteriza por mantener durante toda la vida capacidades propias de
niños: curiosidad, facultades lúdicas, aprendizaje continuo, apertura hacia
novedades.
Esta
juventud, adolescencia o infancia «permanente» puede entenderse, y así se ha
hecho, como un motor de creatividad y combustible de innovación. Pero también
podría entenderse como un lastre o, en una posible preservación patológica,
como un derivado del complejo de Peter Pan.
En
literatura y crítica cultural, se ha utilizado el término «neotenia» para
describir personajes o sociedades que rehúsan abandonar la inmadurez y
prolongan el deseo de seguridad y dependencia. La neotenia se convierte así en
algo más que una metáfora del infantilismo creciente en la cultura ―o
incultura― contemporánea y posmoderna: sociedades de consumo que premian un
supuesto hedonismo inmediato, la búsqueda indefinida de felicidad o la
evitación de cualquier responsabilidad.
En
sociología y psicología social, la neotenia aparece como imagen de un sujeto
que no madura del todo: mantiene rasgos juveniles o adolescentes en la edad
adulta, sea en su forma de pensar (utópica, ingenua, ignorante), sea en su
forma de comportarse (centrada en el ocio y la búsqueda de gratificación
instantánea), sea en su relación con el poder (dependencia de figuras de
autoridad; sumisión y obsecuencia que eclipsan cualquier itinerario hacia la
madurez y cercenan toda originalidad propia).
Biológicamente,
la neotenia explica un rasgo evolutivo. Pero si aplicamos este concepto, más
allá de lo meramente metafórico, a otros campos, como el literario, el
filosófico, el religioso, el ideológico, el cultural... podemos encontrarnos
con información y contenido muy reveladores.
No
sólo porque nos permite identificar, denunciar o valorar la inmadurez perpetua
de individuos y sociedades enteras, que se cronifican entre la potencialidad
creadora de la juventud y la irresponsabilidad de la infancia prolongada, sino
porque también explica y define el tercer mundo semántico en el que viven
muchas de estas personas.
3. La neotenia como categoría crítica en
literatura
La
neotenia, entendida en biología como la conservación de rasgos juveniles,
infantiles o adolescentes en el organismo adulto, alcanza en literatura y
filosofía un valor no sólo metafórico, sino específicamente conceptual y
metodológico de enorme fuerza interpretativa. El ser humano no sólo se
distingue por su neotenia física, visible en la morfología de su cráneo o en la
plasticidad de su conducta, sino también por una neotenia cultural y no sólo
simbólica ni idealista que impregna su forma de interpretar la historia, el
arte y la literatura. La pregunta es inevitable: ¿qué significa que la
humanidad se obstine en prolongar su infancia en la edad adulta? Y ¿por qué
este fenómeno se ha intensificado de forma exponencial y patológica en nuestra
sociedad posmoderna desde las últimas décadas? ¿A quién beneficia algo así?
La
literatura es un territorio que ofrece una posibilidad doble y contradictoria:
la neotenia no sólo puede ser fuerza creadora o degradación grotesca, sino
también un logro interpretativo ante los materiales literarios o una
demostración de impericia, ignorancia y soberbia a la hora de analizar obras y
autores cuya exigencia literaria rebase las posibilidades ―infantiles o
adolescentes― del lector.
Pensemos
en autores y ejemplos literarios. Si leemos a Borges desde el prisma de la
neotenia literaria, observamos que sus cuentos no superan el asombro perpetuo.
En relatos como El Aleph o La biblioteca de Babel, Borges
presenta personajes fascinados ―irracionalmente― por el infinito, lo imposible
de abarcar en su totalidad o lo inverosímil de comprender como forma de vida.
Esa actitud de asombro perpetuo, que nunca se sacia ni se explica ―porque no es
posible―, puede entenderse como una forma de neotenia intelectual: una
curiosidad sin fin ni objetivos, propia de un niño, preservada en la madurez
del escritor. Borges conserva siempre una mirada juvenil, abierta al juego de
los espejos, al laberinto y a la paradoja. Pero también la interpretación
sospechosa, propia de un abogado del diablo: ¿es Borges un escritor inmaduro? ¿Es
acaso un escritor deliberadamente sofista que sabe seducir arteramente a
lectores inmaduros?
En
Borges la neotenia se revela como potencia creadora para lectores incapaces de
explicar lo que leen. Sus personajes y narradores conservan intacta la
fascinación infantil por lo imposible y lo infinito, lo inabarcable e
inexplicable. Es la fascinación idealista por lo que no se comprende. No pocas
personas se han atrevido a decir que los cuentos de Borges carecen de sentido y
valor, es decir, que el emperador va desnudo, porque si lo que Borges escribe
es una tomadura de pelo, entonces... ¿cómo romper ese fetiche tan atractivo?
¿Es la neotenia literaria del lector el fundamento del éxito de este bonaerense
que soñaba con ser un lord inglés?
El
Aleph, ese punto que contiene todos los puntos, no es otra cosa que el juguete
metafísico de un niño que nunca ha renunciado al asombro. Sin embargo, se trata
de un asombro sin causa. La neotenia borgiana es la infancia eterna del
intelecto, la capacidad de seguir preguntando lo que, por situarse en un
itinerario equívoco e idealista, no admite respuesta coherente y realista.
Borges encarna la juventud de la inteligencia, esa que nunca se satisface con
la evidencia de las ciencias, porque en ella habitan ironía, paradoja y
vértigo. Pero también podemos decir que la «infancia eterna del intelecto» es
una forma de ignorancia consentida o plácida inmadurez, del mismo modo que
hablar de la «juventud» de una inteligencia que no sabe razonar es legitimar
desde la empatía una posible esterilidad intelectual.
Tomemos
ahora el ejemplo de Valle-Inclán. El lector encontrará aquí la neotenia como
caricatura degradada. En Luces de bohemia y Tirano Banderas,
Valle-Inclán muestra otra cara de la neotenia: la infantilización grotesca de
personajes y sociedades. Los gobernantes se comportan como niños caprichosos,
guiados por impulsos, sin responsabilidad histórica. El esperpento retrata una
neotenia degradada, donde el adulto nunca llega a madurar ni a hacer nada útil,
y lo infantil se vuelve caricatura cruel de la política y la vida pública.
En
Valle-Inclán la neotenia se convierte en máscara grotesca, que no afecta al
lector, sino a los personajes literarios por él creados. En Valle, la neotenia
actúa como una forma genial y original de creación literaria. Los tiranos,
ministros y burócratas de Tirano Banderas son adultos por su edad, pero
niños en responsabilidad. Sus caprichos, miedos y violencias no son decisiones
maduras, sino berrinches de infantes armados con fusiles y bayonetas. Son
caricaturas: dibujos animados con sentido literario. El esperpento es
precisamente eso: la exposición de una sociedad que nunca alcanzó su madurez, y
que se obstina en vivir en la infancia y adolescencia degradadas de su propia
historia y tragedia. La neotenia en Valle es signo de fracaso: el hombre adulto
no llega a madurar intelectualmente, y la política se reduce a un juego cruel
de adolescentes que disponen de ciertos poderes letales.
Tomemos
ahora un ejemplo inesperado: Antonio Gala. La mayor parte de su obra poética es
una neotenia lírica del deseo. En poemas como «No por amor, no por tristeza»,
Gala cultiva una voz lírica que se mueve entre la ternura juvenil y la
sabiduría adulta. El hablante conserva en su expresión amorosa cierta
inocencia, una innegable frescura adolescente, que es puro efecto de neotenia
estilística. Gala juega con el contraste: el cuerpo envejece, pero la palabra,
el deseo y la emoción conservan rasgos de juventud perpetua. Y transmite un
mensaje muy adolescente, en eneasílabos perfectos, según el cual el amor nace
siempre con la señal triste de su final: «Cuando llegaste estaba escrito /
entre tus ojos el final».
Hay
que reconocer que Antonio Gala, frente a otros autores, ofrece un rostro más
amable y sobrio de la neotenia. En este poema el hablante conserva la inocencia
de la emoción juvenil, incluso en la discreta madurez de la voz poética. El
tiempo avanza, pero el deseo mantiene su lozanía adolescente, como si la
palabra se resistiera a envejecer. Gala explora la paradoja de la neotenia
lírica: la plenitud del adulto se mezcla con la fragilidad del joven, y el
poema se convierte en el lugar donde infancia y madurez coexisten sin anularse.
Los
ejemplos pueden multiplicarse, especialmente si tomamos como referencia el
Romanticismo, la mayor placenta de neotenia literaria, filosófica y política
que jamás ha habido en la historia. En la literatura romántica alemana, el
héroe que se niega a aceptar la realidad del mundo adulto ―Werther, por
ejemplo― encarna la neotenia como resistencia a la madurez trágica, en la que
desemboca como suicida. El Fausto del mismo Goethe es otro personaje
extremadamente neoténico, que llegado a su más estéril vejez pacta con
Mefistófeles recuperar una juventud idealista y primigenia para seducir, como
un donjuán barato y kitsch, a una incauta e inverosímil Margarita. En la
novela contemporánea y posmoderna de consumo mercantil, la figura del
«adulto-niño» que vive para el ocio y el presente inmediato es otra expresión
literaria de la neotenia social. La efebocracia en que vivimos es pura
neotenia.
Es
evidente que, por lo que se refiere a la literatura, la neotenia puede
manifestar dos rostros: uno positivo, como apertura permanente a la intelección
creativa e interpretativa, mediante el asombro, el juego, la curiosidad y la
capacidad de explorar múltiples posibilidades (Valle-Inclán, Borges, Gala); y
otro negativo, como regresión, preservación del infantilismo y degradación
grotesca de una posible madurez adulta (Werther, Fausto, Harry Potter,
idealismo efebocrático, complejo de Peter Pan, etc.).
4. Romanticismo, neotenia e idealismo
alemán
Al
romanticismo alemán debemos una expresión de neotenia como eternización del
alma juvenil, es decir, más sencilla y crudamente, de la perpetuación de la
inmadurez humana. Las novelas de aprendizaje alemanas o Bildungsromane
no son una lucha por la vida, como la historia de Lazarillo de Tormes, sino una
perpetua preservación o cronificación de estados de ánimo infantiles o
adolescentes. Wilhelm Meister no es Lázaro de Tormes.
En
el romanticismo alemán (Werther, Novalis, Hölderlin), la neotenia se transforma
en exaltación de la juventud como esencia del espíritu. El concepto mismo de
adolescencia es una intención romántica y anglosajona. En la literatura de
tradición hispanogrecolatina no hay personajes «adolescentes»: hay niños que se
convierten en hombres en una lucha abierta y descarnada por la supervivencia.
Hay pícaros, pero no adolescentes.
El
joven romántico no madura porque la madurez implica lucha, esfuerzo, violencia,
guerra. Y de esas experiencias el Romanticismo sólo ofrece imágenes ideales e
inviables. La poesía romántica convierte la inmadurez en un absoluto idilio, en
una forma de eternidad, un fetiche, una figura estética, una oración o
plegaria. El Romanticismo hizo de la vida humana un grimorio adolescente. El
alma juvenil es el único estado auténtico frente a la corrupción del mundo
adulto. Aquí la neotenia es de un idealismo metafísico francamente
estremecedor, la nostalgia de una infancia absoluta. El Romanticismo es pura
neotenia literaria: es la negación de la madurez y del racionalismo adulto.
Sólo en ese contexto puede surgir, sin quebrarse, una filosofía incompatible
con la realidad: el idealismo alemán.
Del
idealismo romántico brotaron múltiples patologías, anomias y neotenias, ante las que hoy todavía nos encontramos, extasiados como orates. Pensemos en Kafka: su
literatura es una neotenia de la impotencia burocrática, resultante del
concepto totalitario de Estado hegeliano. Sin el totalitarismo hegeliano, la
narrativa de Kafka no tendría razón de ser.
En
Kafka, la neotenia aparece como degradación existencial. Los protagonistas de El
proceso o El castillo se comportan como adultos infantiles:
criaturas desarmadas ante una autoridad incomprensible, que buscan
explicaciones y protecciones como un niño que no entiende las reglas del juego.
K. es un adulto reducido a la condición de infante frente a un poder inasible.
La neotenia aquí no es potencia creadora, sino condición de impotencia
absoluta: el adulto infantilizado frente a una maquinaria burocrática inmutable
e indolente.
En
el caso de Cortázar, por ejemplo, la neotenia literaria es un juego inútil y
una experimentación sin consecuencias. El aparente motor estético, poético o
experimental de sus cuentos no da lugar a nada. En Rayuela o Final
del juego, el niño interior no desaparece, sino que se convierte en
principio de invención y generador de hechos que no conducen a nada. Al lector
se le invita a jugar, a experimentar, a leer como si fuera un incauto que
descubre un juguete nuevo, cuando en realidad los relatos terminan en el vacío.
Casa tomada es un ejemplo nítido.
La
neotenia cortazariana es una suerte de curiosidad lúdica y nihilista, una
resistencia crónica al racionalismo de la madurez. Sus narraciones no tienen
soluciones racionales porque tampoco plantean problemas de ningún tipo. En su
literatura habita una indeterminación perpetua de la imaginación, que no
cristaliza ni madura en nada.
Puede
decirse, en síntesis, que la neotenia, en Kafka, es impotencia (el adulto
rebajado a niño indefenso y vulnerable); en Cortázar, juego inútil (el adulto
que conserva lo más irrelevante de la infancia y no es capaz de explicarse
racionalmente absolutamente nada); y en el tan celebrado Romanticismo alemán,
la neotenia es el ideal absoluto de todo y nada: la infancia como estado
ontológico puro, potencia máxima de todas las cosas y negación de toda posible
realización. Casi podríamos decir que es la antesala del inconsciente
freudiano. Y, desde luego, una autopista hacia el nihilismo ruso, nietzscheano
y heideggeriano.
La
genialidad no es una potencia de la infancia, ni tampoco de la adolescencia,
sino de la madurez singular. Sólo los adultos excepcionalmente facultados
pueden desarrollar potencias geniales en el arte y la literatura. Las
actividades y operaciones científicas, al ser más deductivas e inductivas que
abductivas, dejan mucho menos margen de creatividad y de potencial propio. Las
ciencias no disponen de las libertades que las artes sí pueden permitirse, en
nombre de la genialidad de artistas singulares y excepcionales, que de ningún
modo pueden ser impostados desde el infantilismo de tantos escritores, poetas,
intelectuales y gurús, que sólo exhiben ocurrencias y narcisismo mercantil ante
un público más o menos inocente, ignorante o simplemente incauto.
No es posible conseguir objetivos idealizados
o inviables, porque tal propósito es siempre preludio y síntoma de ruina y
frustración. Sólo los ingenieros del fracaso ajeno proponen y diseñan objetivos
idealizados e imposibles, pero altamente seductores para mentes inmaduras,
irreflexivas o neoténicas.
Todos
estos ejemplos, que pueden multiplicarse, muestran que la neotenia, aplicada no
metafóricamente a la literatura, sino como un criterio explicativo de
exigencias racionalistas, no pertenece en exclusiva a Borges, Valle-Inclán o
Gala, ni mucho menos, sino que se convierte en una categoría crítica universal:
una lente que identifica y lee la inmadurez perpetua en sus múltiples formas,
ya sea la creación literaria o la interpretación de cualesquiera materiales
literarios, a través de múltiples referentes: tragedia o comedia, libertad
lúdica o desenlace nihilista, idealización romántica, filosófica o política, bien
en el terreno de las utopías modernas y posmodernas, las religiones teológicas
o las aberraciones ideológicas de todo signo. Si algo diferencia la literatura
de tradición hispanogrecolatina, anterior al siglo XVIII, de la literatura de
hechura e ideales protestantes, posterior a la Ilustración y el Romanticismo,
es la neotenia de sus autores, lectores e intérpretes mayoritarios.
5. La neotenia literaria
no es el complejo de Peter Pan
La
diferencia entre el concepto de neotenia que aquí presentamos y el complejo de
Peter Pan es profunda, tanto en alcance como en intención analítica.
Como
es bien sabido, este último concepto se populariza desde 1983 tras la
publicación del libro titulado precisamente The Peter Pan Syndrome: Men Who
Have Never Grown Up (El síndrome de Peter Pan: hombres que nunca
crecieron), del psicólogo Dan Kiley. Aunque algunos rasgos asociados a este
complejo pueden hacer pensar en la neotenia, las implicaciones de este último
concepto ―tal como aquí lo exponemos― son mucho más graves y con consecuencias
que afectan directamente a actividades profesionales de la máxima
responsabilidad. La neotenia inhabilita y degrada el ejercicio de cualquier
actividad profesional, científica y política.
Desde
el punto de vista clínico, el complejo de Peter Pan no es un trastorno
reconocido en manuales diagnósticos como el DSM-5 ni en la CIE-11 (las
clasificaciones oficiales de trastornos mentales). Por tanto, no se considera
una patología psiquiátrica en sentido estricto, sino más bien una descripción
popular o metafórica de ciertos comportamientos inmaduros. Algunos psicólogos
lo asocian con rasgos de personalidad dependiente, narcisista o histriónica, o
con dificultades de adaptación al proceso de maduración psicosocial. La
neotenia, sin embargo, en los términos en que aquí la planteamos, podría
considerarse, sin exageraciones intimidatorias, una pandemia intelectual, sobre
todo científica y cultural, que hiere letalmente a las sociedades democráticas
occidentales.
El
complejo de Peter Pan, al menos tal como lo delimita en su obra Kiley, se mueve
en umbrales menos arriesgados y comprometidos, limitados esencialmente a una
idealización de la juventud (rechazo a envejecer, a madurar o a enfrentarse a
los cambios vitales), dependencia emocional (necesidad de ser cuidado,
protegido o mimado por otros), evasión de responsabilidades (incapacidad para
mantener compromisos estables, tanto laborales como afectivos), búsqueda
constante de placer inmediato (evitación de sacrificios o esfuerzos que
requieran paciencia o constancia), inmadurez afectiva (problemas para manejar
conflictos, frustraciones o situaciones límite), etc. Ante tales tendencias, el
individuo neoténico muestra disimulo explícito, porque trata de aparentar siempre
todo lo contrario, aunque sin éxito.
Los
neoténicos disimulan con todo tipo de apariencias su dependencia emocional, sus
idealismos y sus evasiones, así como todo signo de inmadurez del que sean
conscientes. El problema del neoténico es que no es consciente de lo que ignora
―ni siquiera es consciente de su propia inmadurez intelectual, que exhibe como
un mérito o virtud―, porque su formación deficiente le hace sentirse cómodo y
completo en su tercer mundo semántico. El individuo neoténico no sabe que no
sabe. Es un antisocrático absoluto.
Por
otro lado, las diferencias entre nuestro concepto de neotenia y el complejo de
Peter Pan se objetivan en diferentes niveles o espacios.
En
primer lugar, desde el punto de vista de su aplicación, el complejo de Peter
Pan es un concepto psicológico individual, centrado en hombres adultos que
muestran rasgos de inmadurez afectiva y emocional. Se limita a conductas
personales: evasión de responsabilidades, dependencia, búsqueda de placer
inmediato, como se ha indicado. Sin embargo, nuestro concepto de neotenia es
una categoría crítica cultural, literaria y política.
Se
aplica no sólo a individuos, sino a grupos sociales, generaciones enteras,
obras literarias, sistemas educativos, medios de comunicación y democracias
modernas. Permite explicar fenómenos sociales y estructurales, como la
infantilización de la cultura ―o incultura― de masas, la interpretación
inmadura de la literatura y el análisis ingenuo e idealista de la política.
En
segundo lugar, hay una dimensión conceptual que no puede ignorarse de ninguna
manera. El complejo de Peter Pan se centra en la inmadurez emocional y afectiva
de un adulto. El énfasis está en la incapacidad de asumir compromisos y
responsabilidades personales. Nuestro concepto de neotenia posee y exige un
enfoque más amplio y multidimensional: involucra intelecto, sensibilidad,
emoción, creatividad, comportamiento social, producción cultural y política.
Incluye aspectos positivos (asombro, curiosidad, sensibilidad) y negativos
(ignorancia, superficialidad, manipulación social).
La
neotenia no se limita a la inmadurez emocional, como el complejo de Peter Pan,
sino que va mucho más allá, porque estructura, legitima y cronifica una
inmadurez intelectual inconscientemente desarrollada. Y que incluso resulta
aplaudida y celebrada por todo tipo de recursos culturales, medios de
comunicación de masas, lenguaje publicitario y redes sociales. No es un juicio
clínico, sino que esta neotenia funciona como una herramienta acrítica y
paupérrima, realmente degenerada, para interpretar la cultura y la historia
contemporánea, la política y la literatura, la religión y la filosofía de todos
los tiempos.
En
tercer lugar, no podemos ignorar las diferencias de causa y explicación
entre ambos conceptos. La neotenia tiene una causa genética y una explicación
estructural de la que carece el complejo de Peter Pan. Este último se explica
desde la psicología individual, la familia, la educación o incluso traumas
personales. Es un problema privado, ligado al desarrollo personal. La neotenia
de la que aquí hablamos dispone de raíces históricas, sociales y culturales: se
origina en procesos masivos de educación, literatura, filosofía, mercado y
política. Posee una genealogía propia que explica fenómenos colectivos y
estructurales, no sólo individuales. Ha de advertirse que la neotenia mantiene en
el desarrollo estructural del adulto la génesis de su infantilismo emocional y
adolescencia intelectual, en condiciones larvarias y básicas, equivalente a un
estadio de subdesarrollo gnoseológico.
En
cuarto lugar, el propósito de uno y otro concepto es totalmente diferente. El
complejo de Peter Pan remite a un diagnóstico o descripción clínica:
identificar comportamientos de adultos inmaduros. Nuestro concepto de neotenia
remite a la crítica cultural y social, y tiene como objetivo la interpretación
de la literatura y la cultura, de la política y la ciencia. Exige interpretar
la persistencia de rasgos juveniles en adultos que adolecen de un uso infantil
de conocimientos científicos y técnicos, como motor o freno de determinadas
áreas o parcelas del saber. La neotenia permite analizar la influencia de la
infantilización sobre cuestiones tan decisivas como la libertad política y la
autoridad científica, la originalidad artística y la genialidad literaria.
El
complejo de Peter Pan describe un problema psicológico individual; la neotenia
que planteamos desde la metodología de la Crítica
de la razón literaria es un concepto analítico y crítico, que abarca
literatura, cultura y política, y examina cómo la prolongación patológica de la
«juventud» afecta a sociedades enteras. En cierto sentido, el complejo de Peter
Pan es un caso particular y limitado de neotenia social e intelectual, pero no
explica ni interpreta sistemáticamente fenómenos históricos o culturales más
amplios y complejos.
6. ¿Quién teme a los adultos?
La neotenia como explicación de
fenómenos culturales y mercantiles
¿Quién teme a los
adultos? Más precisamente: ¿quién teme convertirse en uno de ellos? ¿Quién
tiene miedo a ser adulto, a madurar, a crecer intelectualmente? ¿Cómo es
posible madurar en una sociedad gestionada por políticos infantilizados y un
mercado para adolescentes? En una palabra: ¿cómo es posible madurar en una
sociedad neoténica?
La
literatura muestra que la neotenia no es sólo un fenómeno biológico, sino un
síntoma ―y una explicación― cultural. No es solamente una metáfora. Cuando se
convierte en asombro, puede ser fuerza creadora: la juventud perpetua de la
inteligencia, el deseo o la imaginación. Cuando se transforma en caricatura, es
signo de degradación: sociedades infantilizadas, incapaces de asumir la
tragedia y la responsabilidad de la historia. Piénsese en un personaje como el
Raskólnikov de Crimen y castigo de Dostoievski.
La
neotenia, así entendida, revela lo que somos: criaturas adultas que no
renuncian a la infancia. Pero unas más que otras, según nuestras capacidades y
nuestra particular forma de hacernos ―o no― compatibles con la realidad. Esa
«infancia» puede salvarnos en el arte o condenarnos en la política. De ahí que
Borges, Valle-Inclán y Gala no hablen de lo mismo, pero sí del mismo modo y de
la misma condición: la imposibilidad de crecer del todo y plenamente, el
rechazo a convertir las cualidades infantiles en un paraíso definitivamente
perdido o la condena que supone aceptar convertirse en un adulto, capaz de
razonar desde el desengaño y la negación de la infancia, que, como la juventud
de Rubén, se va ―«divino tesoro»― para no volver.
Pensemos
en la importancia que puede adquirir la explotación mercantil de la neotenia en
la literatura contemporánea y en la cultura ―o incultura― del entretenimiento.
La neotenia no se limita a ser una categoría biológica ni un recurso literario
aislado en ningún autor contemporáneo y posmoderno (no nos limitemos a Borges,
Valle-Inclán, Gala o Kafka y Cortázar, junto con todos los románticos y posrománticos).
Hoy la neotenia constituye una clave interpretativa de la literatura de masas y
de la cultura ―o incultura― del espectáculo, donde se ha convertido en un signo
inequívoco de infantilización social, determinante de un tercer mundo
semántico.
La
novela de masas, con la figura del adulto-niño como protagonista, es signo
inequívoco de neotenia. Como también lo es la denominada literatura infantil y
juvenil, algo en sí mismo inexistente, pues se trata de un invento puramente
mercantil como forma de etiquetar y vender un producto cultural atractivo y
revestido incluso de «educación intelectual».
La
novela contemporánea de consumo masivo ha sustituido al héroe trágico por el
héroe inmaduro. Y un héroe inmaduro o neoténico es un antihéroe. Ocurre desde
el Romanticismo, en la presentación del antihéroe como protagonista de hechos
triviales y únicos. No en vano la democracia ha convertido a los delincuentes
en sus héroes favoritos, llenando las páginas de la prensa impresa y digital,
internet, redes sociales, medios de comunicación, telediarios, documentales,
cine y televisión, a través de todo tipo de programas, series, vídeos y
entrevistas. Las democracias son, por su propia naturaleza, sociedades
antiheroicas. El heroísmo no está permitido, porque sólo lo pueden ejercer
personajes antiheroicos, cuyo prototipo principal es la figura del delincuente.
Sólo quien delinque sale en los telediarios y en los medios de comunicación de
masas con un protagonismo especial, del cine a los documentales, de las series
televisivas a las redes sociales y sus vídeos virales. Sólo desde la
delincuencia se puede competir ―y superar― a un delincuente. No desde la
justicia, que resulta totalmente inoperante o incluso desacreditada. La
libertad está en la delincuencia. En la justicia y el derecho está más bien la
obsolescencia.
Ocurre
que este tipo de sociedad no se toma en serio al delincuente ni al delito.
Concibe el crimen como un espectáculo destinado al cine, la pantalla, los
telediarios, el show de cada día, los microrrelatos audiovisuales e
impactantes de las redes sociales y, de alguna manera, sueña con ser «amigo» de
los «protagonistas del delito». Estos antihéroes despiertan magnetismo y
fetichismo, y un halo de numinosidad hacia el espectador neoténico, que los
contempla con admiración adolescente, sin miedo ni temor, más bien admiración y
entusiasmo. Una sociedad que idealiza el crimen e infantiliza sus consecuencias
es un grupo humano incapaz de justicia y restringente a la supervivencia
propia.
Por
este camino neoténico, se pretende incluso ser «amigo» de los animales. Incluso
de los animales salvajes ―cocodrilos, leones, tigres, elefantes, hipopótamos―.
Esta presunta relación de amistad numinosa con animales, que de ninguna manera
aceptarían la menor convivencia con seres humanos, es una forma inequívoca de
idealismo y neotenia humana, en virtud de la cual se infantiliza la relación
entre personas y animales como si la vida fuera una película de Walt Disney.
Imaginar que uno puede dialogar con un leopardo, un caimán o un toro de lidia a
los que fuera posible tener como amigos, mascotas o simplemente interlocutores
de sus cuitas es una forma de neotenia pretendida por más de un colectivo. Sin
embargo, la vida no es un sueño, ni un videojuego, ni una película infantil. La
vida es una realidad, un despliegue de hechos irreversibles, que no tienen
marcha atrás, y una exigencia de madurez sin la cual esta vida propia y nuestra
puede cesar de forma violenta.
No
por casualidad la relación con los animales se ha infantilizado intensamente
desde hace años. Se induce al ser humano a mantener una relación patológica con
los animales. Especialmente, con los perros, una especie particularmente
vulnerable a la domesticación emocional y a la neotenia zoológica. El ser
humano del siglo XXI ―sea niño, adolescente, adulto o anciano― se relaciona
esencialmente con los animales sólo para jugar. De hecho, normalmente no sabe
relacionarse con animales si no es para jugar con ellos. Dicho de otro modo: no
sabe hacer nada útil ni inteligente con los animales, salvo satisfacerse
emocionalmente con sus «juegos». La inteligencia humana se mide, entre otros muchos
aspectos, por lo que una persona sabe hacer con los animales. La mayor parte de
nuestros contemporáneos sólo saben «usar» a los animales para mantener con
ellos relaciones lúdicas e inútiles. El animal ha perdido toda utilidad para el
Hombre en las democracias occidentales, salvo puntuales excepciones, como los
perros lazarillo o policía.
En
lugar del personaje que se enfrenta a su destino con plena conciencia de su
tragedia, se nos ofrece un sujeto frágil, sentimental, con frecuencia también
criminal y delincuente, que delega en las emociones ideológicamente más
rentables su identidad pública y publicitaria. Es el adulto-niño: incapaz de
asumir responsabilidades, necesitado siempre de afecto, tutoría y consuelo, y
representante de todo tipo de ideales en lucha, aunque no se sepa en realidad
muy bien contra qué «lucha» exactamente.
Este
héroe de papel y pantalla vive atrapado en la adolescencia perpetua: se enamora
con intensidad ingenua, se derrumba con facilidad pueril y confunde la vida con
la proyección de un videojuego sentimental, en el que caben los (supuestamente)
más altos ideales. La neotenia es aquí el mecanismo que convierte la literatura
en un producto de consumo fácil, dirigido a lectores que buscan más
reconocimiento y autosatisfacción emocional que confrontación intelectual. El
héroe es un compendio de las ansiedades emocionales de sus receptores y
consumidores. Hay consumo, pero no interpretación. Estas figuras tienen
seguidores o detractores, pero no intérpretes. Impactan sobre la sensibilidad
del público, pero no sobre su posible inteligencia. ¿Por qué? Pues porque se
fabrican, neoténicamente, para dirigirse a un público inmaduro y muy poco
inteligente, y para preservar y cronificar a ese público en tal estado. Una
masa social y consumidora que se comporta puerilmente, aunque su edad biológica
y cronológica corresponda a la de un adulto.
No
por casualidad, la cultura ―o incultura― del entretenimiento objetiva en la
infancia su modelo de consumo, desde filmografía como E. T., el
extraterrestre (1982), de Spielberg, hasta El rey León (en sus
versiones de 1994 y 2019). En la pseudoliteratura de masas promovida por el
mundo anglosajón, Harry Potter (1997) se lleva la palma. La pregunta,
realmente, es ¿cómo es posible madurar en una sociedad gestionada de este modo?
El resultado está a la vista: multiplicación exponencial de patologías
psíquicas entre los más jóvenes, despliegue insólito de enfermedades mentales y
trastornos de personalidad en los adolescentes de hoy, y una sociedad que,
educada en el idealismo, no es capaz de hacerse compatible con la realidad. En
el ámbito laboral, el desenlace es de un fracaso absoluto, dada la incapacidad
en la que el ser humano se encuentra a la hora de desarrollarse como persona
adulta, trabajadora e independiente. La neotenia inhabilita para el ejercicio
de determinadas actividades profesionales.
La
cultura ―o incultura― del espectáculo y el entretenimiento audiovisual ha
elevado la neotenia a dogma de mercado. El adulto se disfraza de adolescente,
el adolescente de niño y el niño de consumidor precoz. El ideal no es la
madurez, sino la eterna juventud de la mercancía. La vida en la pantalla de las
redes sociales e internet reemplaza las formas necesarias de la vida real.
El
cine, las series y la publicidad fabrican industrialmente personajes que nunca
envejecen como tal, pues la senectud se invisibiliza. Si aparecen personas
adultas o sexagenarias, incluso jubiladas, se las presenta con ademanes y
hábitos adolescentes, como seres que viven en el simulacro de una juventud
perpetua, donde la vejez no existe y la madurez se proscribe. El mundo del
espectáculo se sostiene sobre la infantilización colectiva: la risa fácil y sin
inteligencia, la emoción inmediata y sin reflexión, el final feliz, gracioso y
sin contenido, pero garantizado por una complicidad social que, en realidad,
nadie vive de forma natural ni genuina, sino artificial y fraudulenta.
La
neotenia cultural se manifiesta en la incapacidad de representar la realidad
como tal ―ni hablemos de tragedias reales, que se combaten con velas y
lagrimitas televisivas―, y de asumirla verdaderamente, al sustituirla por
melodrama y sentimentalismo. Allí donde la literatura clásica mostraba al
hombre enfrentado al destino ―a fuerzas superiores a él―, la cultura (o
incultura) contemporánea ofrece la comedia de un niño incapaz de madurar,
perdido en el consumo y goloso entretenimiento. Pero feliz en su tercer mundo
semántico. Es el habitante de un laberinto de caramelo. Hasta que irrumpe la
enfermedad mental. Sin embargo, esta parte final de la historia no se cuenta
con la debida claridad y causalidad. La neotenia de las democracias liberales
ha sustituido a la realidad por el mercado, pues el comercio seductor es la
única realidad que tiene ante sí un adulto infantilizado como un niño que vive
extraviado en el laberinto de centros comerciales y parques temáticos de
consumo.
La
neotenia es signo de nuestra época: la posmodernidad del siglo XXI. La
literatura y la cultura actual revelan lo que la biología anticipaba con
relativa discreción: hay seres humanos que se definen por no madurar del todo.
La novedad es que nuestra época ha elegido como modelo de ser humano a este
prototipo de persona inmadura y vulnerable, emocionalmente débil e
intelectualmente deficiente. En tales condiciones, la neotenia deja de ser una
potencia creadora para convertirse en un mecanismo de control social, que
estimula la sumisión, la obsecuencia y la enajenación mental crónica.
La
neotenia ya no es curiosidad borgiana e inocente, ni lirismo juvenil y amoroso
como en Gala, ni caricatura grotesca de expresionismo político como en
Valle-Inclán: ahora es un dispositivo de infantilización colectiva y tóxica,
útil para fabricar consumidores dóciles y ciudadanos dependientes. La infancia
perpetua se convierte en ideología de mercado. ¿Beneficia la neotenia a los
«amigos del comercio»?
En
este sentido, la neotenia ha pasado de ser un rasgo biológico y una metáfora
literaria a convertirse en un destino histórico, y desde luego en un recurso
interpretativo de primer orden: el hombre contemporáneo es un adulto reducido a
condiciones infantiles de racionalismo y voluntad, bajo la maquinaria cultural
e ideológica del entretenimiento, la lisergia y la pérdida de personalidad.
El
individuo posmoderno es consecuencia de toda esta neotenia educativa. Un niño
que crece leyendo El Principito o Alicia en el país de las maravillas
tiene todas las posibilidades de convertirse en un adulto neoténico. Su destino
no es la realidad, sino un mercado depredador y el consumo irracional y ―por
supuesto― inmaduro de todo tipo de artificios y ansiedades, que
prolongan indefinidamente una adolescencia extremadamente vulnerable y
patológica.
7. Cinco síntomas de
neotenia literaria
con sus consecuencias académicas y
universitarias
Si
hablamos de neotenia literaria en jóvenes ―ya no adolescentes, sino jóvenes y
universitarios―, trasladamos el concepto biológico a un terreno cultural e
institucional, intelectual y estético, estudiantil y también laboral: se trata
de rasgos de inmadurez o de prolongación de la «infancia intelectual y
emocional» que permanecen activos en lectores o escritores jóvenes. Los
síntomas no son médicos, sino conductuales, expresivos e interpretativos. Un
niño no interpreta la literatura como un adulto. Tampoco un adolescente lo hace
como un profesional de la docencia e investigación literaria que lleva décadas
ejercitando renovadoramente su trabajo. Sin embargo, a un joven la literatura
le exige algo más que a un niño y que a un adolescente.
Se
pueden observar al menos cinco hechos que constituyen síntomas de neotenia
literaria. El último de ellos es especialmente conflictivo, porque en
interacción con fenómenos muy actuales, puede degenerar en resultados muy
negativos para la persona, la literatura y el conocimiento de la realidad.
En
primer lugar, ya hemos dicho que la neotenia se manifiesta a través de
curiosidad intensa y asombro perpetuo. En pequeñas dosis, resulta muy útil.
Indefinidamente, remite a situaciones problemáticas, a las que el ser humano
inmaduro es incapaz de dar una respuesta. Y es, también, incapaz de comprender
las respuestas, explicaciones y argumentos racionales, que otros ―sus padres,
profesores, autoridades académicas o médicas― le proporcionan. Estas tendencias
se manifiestan en la fascinación incesante por lo imposible, lo extraordinario
o lo fantástico; el interés patológico por juegos de lenguaje, paradojas,
mundos imaginarios o estructuras narrativas inusuales, sistemas y ergotismos
filosóficos; la resistencia a aceptar determinadas evidencias, que se tiene
sensorialmente delante, como hechos reales objetivos; la tendencia a explorar
irracionalmente todas las posibilidades de una imaginación disociada de la
realidad... Un lector que se pierde en un laberinto borgeano o que juega con
finales abiertos de Cortázar a los que no es capaz de dar una respuesta más
allá de la ficción, es un lector inmaduro, en el que la neotenia gestiona su
forma de pensar en la literatura.
En
segundo lugar, es síntoma inequívoco de neotenia literaria la emotividad
desproporcionada y no justificable más allá de determinados contextos y
condiciones en la lectura e interpretación de determinadas obras. Las
reacciones intensas y descontroladas frente a obras literarias (llanto,
indignación o entusiasmo exagerado, obsesión, actitudes «frikis»...), la
sensibilidad extrema ante supuestas injusticias ―injusticias ficticias o
dilemas morales en la ficción literaria―; la capacidad de identificarse con personajes
de ficción de manera absoluta, como si el lector viviera esa historia en
primera persona, o a través de hechos reales cuya autoría asume como propia:
«yo soy Raskólnikov», «Lorca escribió este poema de amor pensando en mí», «me
visto o me comporto como Madame Bovary o Frida Kahlo», son algunas formas de conducta
propias de neotenia literaria, cultural o filosófica.
En
tercer lugar, la tendencia obsesiva a la discusión gratuita, el debate inútil y
exhibicionista, el ergotismo filosófico, el juego y la experimentación más allá
de la ficción, pero a partir de estímulos repentinos u obras literarias, remite
al mismo tipo de neotenia. El gusto por escribir, reinterpretar o reescribir
textos de manera lúdica, sin objetivos racionales explícitos; la predilección
por mezclar géneros, romper normas narrativas o inventar mundos alternativos,
es decir, la búsqueda de una originalidad a través de formas de comportamiento
patológico, que el propio sujeto considera genialidades o formas superiores de
racionalismo; la lectura intencionadamente no lineal o lógica, orientada a la
búsqueda de patrones «escondidos» u «ocultos» en una obra literaria, hasta
plantear hermenéuticas hiperbólicas o inverosímiles, la visión de apofenias e
invención de pareidolias, son conductas más bien resultantes de trastornos de
personalidad y de neotenia literaria que de un conocimiento científico de la
literatura.
En
cuarto lugar, la idealización y esquematización de la vida, hasta desarrollar formas
de vida incompatibles con la realidad, no sólo remite a problemas psíquicos,
sino que, al servirse de la literatura como pretexto, delatan una neotenia
literaria innegable: búsqueda y legitimación de utopías, héroes supuestamente
perfectos o verdades absolutas deducidas de determinadas obras y lecturas
literarias; dificultad o incapacidad para aceptar la complejidad moral,
científica y racional de la interpretación literaria; simplismo o binarismo
moral, consecuencia de una limitación en las facultades de racionalismo adulto
(todo se ve en blanco o negro, como bueno o malo...). Este síntoma refleja la
prolongación de la mentalidad infantil en el plano ético y estético, y el uso
de la literatura como pretexto para justificarlo.
En
quinto lugar, nos encontramos con un hecho muy grave, por sus consecuencias
actuales: la resistencia a la autoridad textual o académica. La tendencia a
cuestionar o subvertir cánones literarios, críticas establecidas o
interpretaciones adultas y profesionales, en nombre de ocurrencias, estímulos
espontáneos o narcisismo mediático, es una tendencia cada día más frecuente e
intensa. El espejismo de la creatividad vinculada a rebeldía intelectual es un
impulso creciente en las nuevas generaciones, que adolecen de una formación
literaria extremadamente deficiente. Pero no lo saben. El joven neoténico
literario no se conforma con la tradición, busca siempre un camino propio. Sin
embargo, ignora lo esencial de la materia a la que se enfrenta, en este caso la
literatura, y actúa cegado por el narcisismo posmoderno y mediático de internet,
fomentado de modo irresponsable por la sociedad mercantil en que actualmente
vivimos.
Varios
factores contribuyen a este engreimiento juvenil, desencadenante de una fuerte
neotenia literaria: la inconsciencia de la propia ignorancia en materia
literaria, el narcisismo de las redes sociales y el libre acceso a todo tipo de
plataformas de internet (vídeos, podcast, canales, webs, publicaciones en
línea, etc.) que hacen creer a quien las usa que puede hablar como un
Aristóteles en la Academia de Atenas. Ignorancia, narcisismo e ilusionismo derivado
del poder mediático de internet. Hoy la ignorancia no tiene filtros ni censuras.
El profesor no dispone de autoridad para corregir el error, porque nuestra
sociedad actual legitima cualquier disparate.
De
este modo, jóvenes que ―en el mejor de los casos― están en edad de concluir sus
estudios e iniciarse en un Trabajo de Fin de Grado, exponen sobre la literatura
ideas que ningún catedrático con más de treinta años de servicio ininterrumpido
en la función pública de la actividad docente universitaria se atrevería a
plantear sin el aval de miles y miles de páginas de lectura. Hemos llegado a
entronizar la fórmula del tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo:
es «lo mismo un burro que un gran profesor».
En
conjunto, estos síntomas no son necesariamente negativos, sino por sus
consecuencias: muchos autores y críticos consideran que la neotenia literaria
en jóvenes es un motor de creatividad y sensibilidad, pero lo cierto es que
puede derivar muy frecuentemente en la idealización ingenua de su propia
ignorancia, en la dependencia emocional de textos que no pueden comprender ni
intelectual ni científicamente ―y cuyos retos resuelven de forma imaginaria o
lúdica ante un público aún más ignorante que ellos―, o en una dificultad
insalvable para enfrentarse a obras complejas respecto a las cuales lo desconocen
absolutamente todo. Pero no lo saben. Ignoran el calado de su propia
ignorancia.
El
último de los puntos antemencionados ―la resistencia a la educación reglada o
académica―, nos sitúa ante un obstáculo muy severo: la negación del
conocimiento científico de la literatura. La cancelación de la autoridad
textual o académica puede ser un síntoma positivo de creatividad y autonomía
crítica, pero cuando se fundamenta en la ignorancia, el engreimiento o el
narcisismo mediático, se transforma en otra cosa: obstinación, prejuicio o
simple arrogancia intelectual.
Y
esta derogación de la ciencia literaria no viaja sola. Viene muy bien
orquestada desde la Ilustración kantiana de finales del siglo XVIII. El mundo
anglosajón que brota de la Reforma luterana y del protestantismo calvinista no
comprende la ficción literaria, y sospecha de ella como de un instrumento que
puede usarse para cuestionar cualquier tipo de autoridad, especialmente la
religiosa y teológica. El dogma de la Reforma no permite que el arte ―ni la
literatura― lo fiscalice. En consecuencia, arte y literatura no pueden ser
objeto sino de sensibilidad, pero no de inteligencia. El intelecto está por
encima de las artes. Y para el protestantismo, la religión está por encima del
intelecto, es decir, la fe está por encima de la razón (al contrario de lo que
ocurre en la teología escolástica).
En
consecuencia, desde la hegemonía anglosajona de la cultura o incultura global y
posilustrada, los materiales literarios, como los artísticos, no son objeto de
conocimiento ni de interpretación científica. Sobre ellos, cualquiera puede
decir lo que quiera. No hay normas de interpretación. Tampoco las hay, para
Lutero, respecto a las Sagradas Escrituras. Cada lector puede interpretarlas «libremente»,
como le dicte su propia conciencia, inspirada ―se supone― por el Espíritu
Santo. Un Espíritu Santo ―todo hay que decirlo― ventrilocuado por el
protestantismo. He aquí la «libertad» de conciencia del protestantismo.
Interpreta la Biblia como quieras, con libertad de conciencia, siempre que tu
libertad y tu conciencia coincidan con las reglas de la Reforma, naturalmente.
Si
negamos la ciencia, la realidad y las normas, entonces todo está permitido. Y
si todo está permitido, nada tiene valor. Esto es lo que ha ocurrido, entre
otras actividades humanas, con la literatura, y también con la filosofía. Se ha
negado su realidad, sus normas y sus posibilidades de interpretación
científica, es decir, respectivamente, su ontología (autor, obra, lector e
intérprete o transductor) y su gnoseología (teoría y práctica del conocimiento
de los materiales literarios). Donde no hay conocimiento científico, cualquiera
podrá decir lo que quiera, pero no en nombre de la ciencia, sino de la
pseudociencia, pues en eso se ha convertido en la Edad Contemporánea también la
filosofía, en una pseudociencia en manos de sofistas, que han puesto al ser
humano, completamente neoténico, a los pies de los caballos de las ideologías
políticas, los deshechos filosóficos posmodernos y las creencias religiosas,
fideístas o sectarias propias de cada gremio, tiempo y lugar.
La
neotenia literaria goza de puertas abiertas. Como la neotenia religiosa, valga
la redundancia. Pero es que la literatura no cabe dentro de ninguna religión.
Ni tampoco dentro de ninguna filosofía. Por supuesto, tampoco dentro de ninguna
ideología.
8. Neotenia y estudios
literarios
Tres causas neoténicas que procede
evitar ante los materiales literarios
La
mayor parte de los jóvenes del siglo XXI que han cursado estudios de letras
adolecen de neotenia literaria, debido sobre todo a una falta sólida de
formación científica respecto a la literatura. Esta deficiencia en su frágil
formación intelectual procede de una enseñanza universitaria que duda de sí
misma, que reemplaza los estudios literarios por estudios culturales,
y que lleva décadas «deconstruyendo» derridianamente, foucaultianamente y
posestructuralmente, todo lo relacionado con las ideas filosóficas, la cultura
contemporánea y la literatura de todos los tiempos.
La
neotenia literaria juvenil se manifiesta cuando concurren hechos como los
siguientes, que nuestra sociedad y nuestros sistemas educativos, en todos los
niveles de enseñanza, potencian de forma tan irresponsable como irracional:
1.
Falta de formación literaria y de conocimientos científicos sobre la
literatura: una rebeldía absurda e inmotivada surge de no haber adquirido
conocimientos necesarios sobre historia literaria, Teoría de la Literatura y
Literatura Comparada, y de vivir creyendo que es posible interpretar los
materiales literarios a partir de sentimientos incautos, percepciones irreflexivas
u ocurrencias propias y espontáneas. Se critican o rechazan ―sin comprenderlos―
reglas o métodos de interpretación, que los neoténicos desconocen parcialmente
o por completo, y confunden libertad creativa con derecho a exhibir
narcisistamente su propia ignorancia.
2.
Confusión entre saberes tradicionales e ideas originales o nuevas. El individuo
neoténico no distingue entre ideas originales y conocimientos preexistentes,
porque confunde unos y otros, al ignorar la tradición y no ser capaz de medir
la novedad y lo insólito: la resistencia a la autoridad científica se confunde
con creatividad, reducida a ocurrencia, porque no hay argumentación sólida ni
reflexión profunda. No hay formación científica ni académica suficientemente
desarrollada. El individuo neoténico cree descubrir por sí mismo «hallazgos»
decisivos cuando en realidad lo que plantea son conceptos o ideas ya existentes
en la historia de su disciplina o simples ocurrencias, ingeniosidades o incluso
bufonadas, que no van a ninguna parte. En nombre de un «ego crítico», incapaz
de distinguir lo que sabe de lo que ignora, se ejerce una supuesta crítica
profunda, que en realidad es una mera opinión superficial e intrascendente. La
ilusión mediática ―presencia en internet, número de seguidores en redes
sociales, etc.― ciega al joven neoténico, que no es consciente de sus
limitaciones e ignorancias.
3.
Enquistamiento de errores y prejuicios debidos a los efectos negativos de una formación
intelectual deficiente y malversada: el individuo neoténico se aferra a
interpretaciones incorrectas de textos, autores y obras completas, así como a
la malversación interpretativa de críticos precedentes, y a la promoción y
generación de todo tipo de transducciones literarias aberrantes. Repite clichés
o malentiende obras complejas impunemente, porque ―en realidad― nada ni nadie
se lo impide. Ni se lo advierte. Se trata de personas que, en muchos casos, no
ejercen ningún trabajo profesional, y cuando lo ejercen, sin autoridad alguna
en su entorno, lo que dicen o explican en el aula es absolutamente irrelevante.
No hay interacción con maestros de generaciones precedentes, y su
autodidactismo adolece de una falta de profesionalidad y solvencia que jamás
resulta subsanada por nadie. Por otro lado, el proceso de su formación
científica se ve interrumpido tempranamente, y de forma imperceptible e
irreversible, al perder todo contacto con colegas adultos más experimentados,
con los que no suelen mantener relación, ni personal ni profesional, pues creen
no necesitar el magisterio de nadie. Se encuentran aislados, pero no lo saben.
La
postura neoténica, en todos estos casos, impide madurar intelectualmente, y
solapa, hasta las más extremas confusiones, inmadurez con autonomía de
pensamiento y patología con originalidad y genialidad. La neotenia literaria en
jóvenes es un terreno ambiguo, pero puede cronificar en edad adulta errores y
deficiencias irreversibles y definitivos. Cuando se apoye en conocimientos y
curiosidad, sin duda podrá generar creatividad, estimular la sensibilidad y
promover un pensamiento original. Sin embargo, cuando se apoya sólo en
ignorancia, engreimiento y narcisismo, deriva en obstinación, superficialidad y
deformación del juicio crítico.
La
neotenia intelectual y literaria sólo disminuye, hasta desaparecer, con la
aplicación laboral del conocimiento científico adquirido. Con filosofía y
ergotismo filosófico, la neotenia no sólo no desaparece, sino que se incrementa
de forma exponencial. Lo mismo ocurre en el terreno de las ideologías y las
creencias religiosas y políticas. Si la literatura es un test de medición de la
neotenia, la ciencia y el trabajo profesional es acaso su único antídoto. La
literatura, por sí sola, tampoco basta. Mal interpretada, puede actuar, como la
filosofía, como el peor de los combustibles de la neotenia intelectual.
Podríamos
decir, incluso y en suma, que la neotenia literaria es un conjunto de
cualidades intelectuales juveniles malogradas ―y desaprovechadas― por la
concurrencia de múltiples factores malignos: ignorancia, narcisismo y
prepotencia.
En
consecuencia, la neotenia, entendida en biología como la conservación de rasgos
juveniles en edad adulta, se ha convertido en un fenómeno que trasciende el
ámbito natural y fisiológico para manifestarse también en el terreno de la
literatura. Este estado de inmadurez prolongada, cuando se traslada a la
creación literaria, produce una doble consecuencia: de un lado, apertura,
asombro y sensibilidad; de otro, engreimiento, ceguera intelectual y negación
de la autoridad científica y académica. La incultura posmoderna, alimentada por
un narcisismo mercantil y por la infantilización de la conciencia ―individual y
colectiva―, ha convertido esa inmadurez en un valor en sí mismo, idolatrado por
el mercado.
La
curiosidad juvenil, nacida de esos rasgos neoténicos, parece ofrecer la promesa
de un terreno fértil para la exploración literaria. No es realmente así. Esa
inquietud, asombro inicial y placebo de sensibilidad ante lo nuevo son, en
efecto, motores que despiertan el interés por la literatura, pero sin logros
efectivos. No constituyen creatividad en sentido productivo, ni tampoco
interpretación científica de obras o autores, sino apenas una antesala que no
conduce a ninguna parte, un espacio de preparación, tanteo y descubrimiento
efluentes de narcisismo devorado por internet. La fascinación por lo inédito,
si no se disciplina, queda reducida a un gesto vacío, incapaz de producir obras
o interpretaciones que merezcan atención.
La
literatura requiere mucho más que entusiasmo juvenil. Exige conocimiento
científico y disciplina académica. Sin lectura crítica, estudio de contextos
históricos, dominio de métodos literarios y de análisis, no hay nada que hacer.
Sólo así, y con años de trabajo, la exploración inicial se transforma en
capacidad creadora o interpretativa. La curiosidad sin aprendizaje degenera en
superficialidad; la emoción sin estudio desemboca en improvisación banal. El
verdadero escritor, como el intérprete valioso, no es aquel que se deja llevar
por la ingenuidad de su sensibilidad, ni por el narcisismo exhibicionista de
las redes sociales, sino quien somete esa sensibilidad a la experiencia
inteligente y dialéctica de un trabajo científico intenso, metódico y
creciente.
La
producción literaria real, por tanto, surge de la combinación de tres
elementos: curiosidad crítica, conocimiento dialéctico y disciplina científica.
La neotenia, aislada, no da frutos. Puede ser un estímulo inicial, pero, sin
desarrollo crítico ni rigor intelectual, queda reducida a inmadurez estéril:
opiniones infundadas, interpretaciones superficiales, incapacidad de sostener
una obra sólida.
En
definitiva, la neotenia literaria no es por sí sola generadora de creatividad
ni de interpretación de obras de arte o de literatura. Es un punto de partida que
puede preservarse como un estado de inmadurez. Sólo si se combina y enriquece
con aprendizaje consciente, disciplina intelectual y conocimientos científicos,
podrá ser capaz de conducir a una productividad realmente valiosa.
9. Neotenia y política:
La democracia como guardería social
y totalitaria
La
neotenia cultural no se detiene en la literatura ni en el espectáculo.
Encuentra su culminación en la política ―y particularmente en la geopolítica―,
donde el infantilismo social se convierte en estrategia imaginaria de gobierno
mundial. La democracia contemporánea funciona cada vez más como una guardería
colectiva, diseñada para administrar una población de adultos-niños, incapaces
de asumir los retos de una vida en libertad, pero que con frecuencia se creen
con competencias para gestionar el mundo. Hay tres hechos que no podemos
ignorar: la infantilización política e ideológica de la ciudadanía, el poder
ajeno como tutor perpetuo y totalitario sobre el individuo, y la sumisión y
ansiedad generadas por un mercado global y sin alternativas, que incita
patológicamente al consumo de productos, no siempre de buena calidad.
El
actual ciudadano, muy infantilizado, ya no se concibe como sujeto autónomo,
capaz de deliberar y de afrontar las consecuencias de sus actos. Nada se lo
permite. Realmente, no dispone de la menor soberanía. Ni siquiera sabe cultivar
un huerto doméstico ni cuidar de animales productivos. Hoy al ser humano,
reducido a un urbanita incapaz de casi todo (salvo de pasear gozques), se le
trata y retrata como a un menor tutelado, necesitado de promesas, cuidados y
compensaciones emocionales constantes. La política se reduce a ofrecer juguetes
ideológicos: identidades prefabricadas, causas sentimentales, indignaciones
colectivas de usar y tirar ―y lo que surja― para mantener a la gente encadenada
a las redes sociales.
El
resultado es una ciudadanía neoténica: adulta en edad, pero infantil en
conciencia y libertad. Una sociedad que exige derechos como caramelos, que
demanda protección sin límites y que huye de toda responsabilidad como si se
tratara de una enfermedad incurable. Pero que no tiene conciencia de sus
verdaderas necesidades.
El
poder ajeno ―una suerte de dominio trascendente, omnímodo y global― funciona
como un perpetuo y anónimo preceptor. Nadie sabe quién detenta realmente el
poder. El Estado y sus instituciones se erigen en controladores de esa infancia
social. Sin embargo, el mercado es más poderoso que el Estado: que cualquier
Estado. Gobiernan sobre adultos a los que se trata y administra como menores de
edad perpetuos. La propuesta de permitir votar a los mayores de 16 años está en
esta línea de legalización temprana de la neotenia, a fin de perpetuarla. La
retórica política sustituye el lenguaje de la ley por el de la pedagogía y
otras neolenguas orsellianas, posmodernas e ideológicas: se educa, se
sensibiliza, se conciencia, se adoctrina, se amaestra, se domestica, se
infantiliza... El poder no se ejerce sobre ciudadanos libres, sino sobre
alumnos pueriles.
La
democracia, entendida como sistema de autogobierno, se convierte sin embargo en
un mecanismo de tutela ajena, donde el adulto se convierte en un niño eviterno al
que no se le permite crecer ni madurar. La publicidad, el cine, los vídeos de
YouTube, las redes sociales, las series de las cadenas privadas, emiten
mensajes propios de un mundo perennemente adolescente. El infantilismo social
no es un accidente ni una casualidad, sino un recurso de dominación: global,
democrática y mercantil.
Desde
un punto de vista neoténico, el mercado político es muy activo. La estrecha
relación y correlación entre la cultura o incultura de masas y la política no
es casual. Ambas funcionan sobre el mismo principio: mantener a la población en
un estado de infancia permanente. La cultura ―como la incultura― ofrece
entretenimiento y ocio, «pan y circo»; la política, protección emocional a
cambio de control totalitario. En ambos casos, el adulto queda neutralizado:
incapaz de rebelarse, incapaz de decidir, incapaz de asumir las adversidades de
su existencia histórica y presente. Es más fácil preservarse en el infantilismo
que exigirse a uno mismo madurar y enfrentarse a la realidad. El idealismo es
la terapia ilusa y la solución fraudulenta, es decir, la cronificación del
problema.
La
neotenia, desde esta perspectiva, deja de ser un rasgo biológico para
convertirse en una categoría política y cultural: el instrumento mediante el
cual las democracias administran la obediencia y sumisión inconsciente y
diferida. Penetrante hasta en los más nimios capilares y detalles. No gobiernan
personas maduras, sino niños vetustos. El poder verdadero está por encima de
los Estados. De hecho, el Estado posmoderno es hoy un eclipse del verdadero
poder financiero y mercantil. La neotenia es uno de sus múltiples instrumentos.
10. Conclusión: neotenia y democracia.
La utopía neoténica de Occidente en el diván de la literatura
española
Desde
la Ilustración y el Romanticismo, la literatura no ha dejado de ofrecer
anticipadas demostraciones de neotenia a través de lo que, en nuestra obra Crítica de la razón literaria (25 vols.,
2017-2025), hemos denominado literatura sofisticada o reconstructivista:
Valle-Inclán objetiva la caricatura de la inmadurez, Kafka retrata la
impotencia infantil en estado adulto, Borges celebra el asombro perpetuo,
Cortázar crea y recrea personajes inútiles que juegan y viven en el vacío, Gala
poetiza la juventud del deseo que ni madura ni se desengaña. Sin embargo, la
política contemporánea ha transformado la neotenia en ideología de masas, y la
ha convertido en el motor de las sociedades posmodernas: un dispositivo que
infantiliza al ciudadano y convierte la democracia en guardería social.
De
este modo, la neotenia ya no es sólo condición biológica ni metáfora literaria,
sino destino histórico e instrumento político. El ser humano contemporáneo y
posmoderno es un adulto que vive bajo tutela invisible, una criatura
infantilizada que, incapaz de aceptar las exigencias de la libertad, delega en
el poder y en el mercado sus propias decisiones. El individuo neoténico ha
vendido su razón al diablo. Ha vendido su capacidad de madurar y razonar al
mercado. A cambio de nada, pues su vida se reduce a consumir constantemente
productos que, una y otra vez, desembocan en el fracaso de la felicidad
prometida por la Ilustración europea.
Occidente
parece haber encallado, por fin, en su última utopía, de genealogía ilustrada y
romántica: no hablamos de libertad, igualdad, fraternidad, justicia... Ni
siquiera hablamos de Estado. Hablamos de una infancia perpetua en manos de un
mercado global. La neotenia se ha convertido en el ideal supremo de la
civilización occidental: un mundo donde nadie madura nunca, donde la
responsabilidad queda abolida y la exigencia reemplazada por el espectáculo de
la felicidad.
El
individuo contemporáneo ya no quiere crecer. Prefiere permanecer en la
comodidad de la guardería social, donde el Estado reparte juguetes ideológicos,
la cultura ―como la incultura― de masas ofrece caramelos audiovisuales y el
mercado fabrica consolaciones a la medida de cada uno de los miedos generados
por la propia política internacional y belicosa. En esta utopía neoténica, la
madurez es un delito y la inmadurez una virtud cívica.
La
política, que debería ser la organización de la libertad, la administración del
poder, se reduce a un parque infantil de atracciones donde los gobernantes
fingen ser padres severos o madres protectoras, y los ciudadanos, dóciles en su
infantilismo, exigen más juguetes, más promesas y muchos más cuentos para
dormir. La cultura es una fábrica de entretenimiento destinado a evitar que
nadie recuerde que la vida es ante todo una exigencia de libertad. La religión,
la filosofía y la ideología, cuando aún se invocan, no son más que pedagogías
sentimentales al servicio de esa misma infancia perpetua.
El
resultado es el triunfo de la neotenia como destino histórico, presente y
crónico: una humanidad eternamente adolescente, feliz en su impotencia,
agradecida de ser tutelada. Nunca hemos podido disponer de tantos recursos, y
nunca los hemos usado tan irracionalmente para negarnos a nosotros mismos la
libertad de un adulto. Nunca la protección política ha sido tan esterilizante.
Ni siquiera hay crecimiento demográfico (con la excepción de los cánidos
urbanitas).
En
suma, la neotenia es la prolongación patológica de la adolescencia en el
ejercicio de actividades profesionales e intelectuales que comprometen la
solvencia y el futuro de una sociedad humana, al poner en riesgo cuestiones tan
fundamentales como la libertad política, la autoridad científica, la
originalidad artística o la genialidad literaria. La neotenia científica,
política, filosófica o literaria no puede ser la norma premiada en una sociedad
que pretenda enfrentarse a la realidad. En cualquiera de sus formas, la
neotenia es el síntoma aplaudido y la consecuencia inconsciente de una sociedad
emocionalmente inmadura e intelectualmente fracasada.
La
utopía de Occidente no es un mundo de individuos y familias maduras,
responsables y luchadoras por una idea de libertad. Es un jardín de infancia
universal, regido por políticos disfrazados de cuidadores, donde la mayor
conquista de la historia es renunciar a la razón que nos ha hecho posibles y a
un futuro que ya pertenecerá a otra civilización que no seremos nosotros.
Los
mejores psiquiatras de la historia han sido siempre novelistas y escritores
españoles, desde Cervantes a Leopoldo Alas, pasando, sobre todo por Quevedo. El
Quijote, los Sueños y La Regenta no nos permiten mentir.
Los mejores pacientes, a su vez, han sido novelistas extranjeros y filósofos
alemanes, cuya obra tampoco nos permite faltar a la verdad de las calamidades
históricas por ellos desencadenadas, desde luego, desde los reformadores hasta
los ilustrados, de Kant a Nietzsche y de Freud a Heidegger. Todos están en el
diván de la literatura española. Adivinen quién está ahora en la sala de
espera.
Si
en el pasado medieval la Iglesia fue lo único que pudo persuadir a los antiguos
e insólitos bárbaros, acaso en el futuro ―que no conoceremos― lo único que
pueda seducir a las nuevas civilizaciones, sucesoras de nuestro presente, pero con
sus propias formas de vida, sea la literatura que nos ha hecho posibles, y que
nuestros contemporáneos, si la fortuna nos es favorable, no hayan podido
censurar ni destruir. Habrá que recuperar esa literatura y enseñarla nuevamente
―no sabemos dónde―, porque hoy está olvidada, como el arpa de Bécquer,
esperando por quien la sepa bien tañer. Ni escuelas, ni institutos de enseñanza
media, ni universidades saben hoy qué es la literatura. Ubi est?
Que nadie olvide tu nombre, porque, aunque perdamos tu libertad, siempre te llamarás literatura.
- MAESTRO, Jesús G. (2017-2025), «¿Cuál es el mayor enemigo de la literatura en el siglo XXI? La neotenia literaria», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (VI, 14), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2025).
⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria
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- ¿Qué es la neotenia? Introducción a la neotenia literaria: un problema que afecta a universitarios.
- Infantilismo y neotenia en literatura, filosofía o ciencias sociales: el caso de Byung-Chul Han.
- La neotenia como concepto de interpretación literaria: el infantilismo patológico de escritores, poetas, intelectuales y gurús.
- Diferencias entre neotenia cultural y síndrome de Peter Pan: consejos a las élites sobre su formación científica.
- ¿Quién teme a los adultos? ¿Qué hacer cuando la educación, los políticos y el mercado te prohíben y te impiden madurar?
- Cinco síntomas de neotenia literaria con sus consecuencias académicas y universitarias.
- Ejemplos de libros absurdos y neoténicos sobre crítica literaria: 3 causas principales de neotenia en literatura.
- Es difícil ser maduro con quien no sabe razonar en democracia: la neotenia política y geopolítica.
- Neotenia, infantilismo y democracia: las utopías políticas en el diván de la literatura española.
- Neotenia y estudios literarios: ¿es la universidad una fábrica de lectores inmaduros?
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