VI, 14 - ¿Cuál es el mayor enemigo de la literatura en el siglo XXI? La neotenia literaria

  

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





¿Cuál es el mayor enemigo de la literatura  en el siglo XXI?

La neotenia literaria



Referencia 
 VI, 14



Y alardeando de sabios, se hicieron necios.

San Pablo, Romanos I, 22.

 

 

1. ¿Qué es la neotenia?

La neotenia es un concepto biológico que, en líneas generales, designa la conservación de rasgos juveniles en el organismo adulto de una especie.

En términos más técnicos, significa que el desarrollo somático y fisiológico de un cuerpo se retrasa o detiene en ciertos aspectos, mientras que el conjunto del organismo alcanza la madurez reproductiva y cronológica. Dicho de otro modo: el ser ya puede reproducirse, pero sigue conservando activas características morfológicas o fisiológicas propias de etapas juveniles.

Un ejemplo clásico en zoología es el axolote o ajolote (Ambystoma mexicanum), un anfibio que preserva en su vida adulta branquias externas y forma larvaria, aunque ya es capaz de reproducirse. Recordemos que a esta criatura biológica ―no por casualidad― Cortázar dedica un breve relato cuyo protagonista es un ejemplo sobresaliente y excéntrico de neotenia y anomia.

En el ser humano también se habla de neotenia: muchos de nuestros rasgos físicos (cráneo redondeado, cara más bien plana, escaso vello corporal) y conductuales (curiosidad, plasticidad de aprendizaje) pueden interpretarse como resultado de procesos neoténicos que nos diferencian de otros primates.

Sin embargo, no voy a referirme aquí a la neotenia en sentido biológico, sino literario. No se trata de forzar una metáfora, sino de explicar un fenómeno creciente en los últimos tiempos, un fenómeno que ha irrumpido para perpetuarse entre nosotros con consecuencias nefastas para la interpretación de la literatura, la filosofía y la realidad en general.

Este hecho se debe a dos causas decisivas: 1) la falta de una formación literaria solvente y profesional, que hoy ya no se imparte en las universidades, debido al deterioro de la calidad y contenidos en la enseñanza académica, y 2) el narcisismo de jóvenes que, en lugar de madurar en conocimientos adquiridos, exhiben en redes sociales un simulacro de conocimientos, autoengaño e ignorancia inconscientes.

 

2. Uso metafórico de «neotenia»
     en literatura, filosofía o ciencias sociales

En un sentido metafórico o cultural, la neotenia se ha usado para hablar no ya de un proceso biológico, sino de un fenómeno antropológico, social y simbólico: la prolongación de la infancia o de la juventud en la vida adulta. Sin embargo, nunca se ha aplicado a la literatura, ni a la creación literaria ni tampoco a la interpretación de materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o transductor).

En filosofía y antropología, la obra de autores como Konrad Lorenz (1903-1989) o Stephen Jay Gould (1941-2002) se ha relacionado con la neotenia humana, como si no fuera sólo biológica (rasgos físicos), sino también cultural. Nuestra especie se caracteriza por mantener durante toda la vida capacidades propias de niños: curiosidad, facultades lúdicas, aprendizaje continuo, apertura hacia novedades.

Esta juventud, adolescencia o infancia «permanente» puede entenderse, y así se ha hecho, como un motor de creatividad y combustible de innovación. Pero también podría entenderse como un lastre o, en una posible preservación patológica, como un derivado del complejo de Peter Pan.

En literatura y crítica cultural, se ha utilizado el término «neotenia» para describir personajes o sociedades que rehúsan abandonar la inmadurez y prolongan el deseo de seguridad y dependencia. La neotenia se convierte así en algo más que una metáfora del infantilismo creciente en la cultura ―o incultura― contemporánea y posmoderna: sociedades de consumo que premian un supuesto hedonismo inmediato, la búsqueda indefinida de felicidad o la evitación de cualquier responsabilidad.

En sociología y psicología social, la neotenia aparece como imagen de un sujeto que no madura del todo: mantiene rasgos juveniles o adolescentes en la edad adulta, sea en su forma de pensar (utópica, ingenua, ignorante), sea en su forma de comportarse (centrada en el ocio y la búsqueda de gratificación instantánea), sea en su relación con el poder (dependencia de figuras de autoridad; sumisión y obsecuencia que eclipsan cualquier itinerario hacia la madurez y cercenan toda originalidad propia).

Biológicamente, la neotenia explica un rasgo evolutivo. Pero si aplicamos este concepto, más allá de lo meramente metafórico, a otros campos, como el literario, el filosófico, el religioso, el ideológico, el cultural... podemos encontrarnos con información y contenido muy reveladores.

No sólo porque nos permite identificar, denunciar o valorar la inmadurez perpetua de individuos y sociedades enteras, que se cronifican entre la potencialidad creadora de la juventud y la irresponsabilidad de la infancia prolongada, sino porque también explica y define el tercer mundo semántico en el que viven muchas de estas personas.

 

3. La neotenia como categoría crítica en literatura

La neotenia, entendida en biología como la conservación de rasgos juveniles, infantiles o adolescentes en el organismo adulto, alcanza en literatura y filosofía un valor no sólo metafórico, sino específicamente conceptual y metodológico de enorme fuerza interpretativa. El ser humano no sólo se distingue por su neotenia física, visible en la morfología de su cráneo o en la plasticidad de su conducta, sino también por una neotenia cultural y no sólo simbólica ni idealista que impregna su forma de interpretar la historia, el arte y la literatura. La pregunta es inevitable: ¿qué significa que la humanidad se obstine en prolongar su infancia en la edad adulta? Y ¿por qué este fenómeno se ha intensificado de forma exponencial y patológica en nuestra sociedad posmoderna desde las últimas décadas? ¿A quién beneficia algo así?

La literatura es un territorio que ofrece una posibilidad doble y contradictoria: la neotenia no sólo puede ser fuerza creadora o degradación grotesca, sino también un logro interpretativo ante los materiales literarios o una demostración de impericia, ignorancia y soberbia a la hora de analizar obras y autores cuya exigencia literaria rebase las posibilidades ―infantiles o adolescentes― del lector.

Pensemos en autores y ejemplos literarios. Si leemos a Borges desde el prisma de la neotenia literaria, observamos que sus cuentos no superan el asombro perpetuo. En relatos como El Aleph o La biblioteca de Babel, Borges presenta personajes fascinados ―irracionalmente― por el infinito, lo imposible de abarcar en su totalidad o lo inverosímil de comprender como forma de vida. Esa actitud de asombro perpetuo, que nunca se sacia ni se explica ―porque no es posible―, puede entenderse como una forma de neotenia intelectual: una curiosidad sin fin ni objetivos, propia de un niño, preservada en la madurez del escritor. Borges conserva siempre una mirada juvenil, abierta al juego de los espejos, al laberinto y a la paradoja. Pero también la interpretación sospechosa, propia de un abogado del diablo: ¿es Borges un escritor inmaduro? ¿Es acaso un escritor deliberadamente sofista que sabe seducir arteramente a lectores inmaduros?

En Borges la neotenia se revela como potencia creadora para lectores incapaces de explicar lo que leen. Sus personajes y narradores conservan intacta la fascinación infantil por lo imposible y lo infinito, lo inabarcable e inexplicable. Es la fascinación idealista por lo que no se comprende. No pocas personas se han atrevido a decir que los cuentos de Borges carecen de sentido y valor, es decir, que el emperador va desnudo, porque si lo que Borges escribe es una tomadura de pelo, entonces... ¿cómo romper ese fetiche tan atractivo? ¿Es la neotenia literaria del lector el fundamento del éxito de este bonaerense que soñaba con ser un lord inglés?

El Aleph, ese punto que contiene todos los puntos, no es otra cosa que el juguete metafísico de un niño que nunca ha renunciado al asombro. Sin embargo, se trata de un asombro sin causa. La neotenia borgiana es la infancia eterna del intelecto, la capacidad de seguir preguntando lo que, por situarse en un itinerario equívoco e idealista, no admite respuesta coherente y realista. Borges encarna la juventud de la inteligencia, esa que nunca se satisface con la evidencia de las ciencias, porque en ella habitan ironía, paradoja y vértigo. Pero también podemos decir que la «infancia eterna del intelecto» es una forma de ignorancia consentida o plácida inmadurez, del mismo modo que hablar de la «juventud» de una inteligencia que no sabe razonar es legitimar desde la empatía una posible esterilidad intelectual.

Tomemos ahora el ejemplo de Valle-Inclán. El lector encontrará aquí la neotenia como caricatura degradada. En Luces de bohemia y Tirano Banderas, Valle-Inclán muestra otra cara de la neotenia: la infantilización grotesca de personajes y sociedades. Los gobernantes se comportan como niños caprichosos, guiados por impulsos, sin responsabilidad histórica. El esperpento retrata una neotenia degradada, donde el adulto nunca llega a madurar ni a hacer nada útil, y lo infantil se vuelve caricatura cruel de la política y la vida pública.

En Valle-Inclán la neotenia se convierte en máscara grotesca, que no afecta al lector, sino a los personajes literarios por él creados. En Valle, la neotenia actúa como una forma genial y original de creación literaria. Los tiranos, ministros y burócratas de Tirano Banderas son adultos por su edad, pero niños en responsabilidad. Sus caprichos, miedos y violencias no son decisiones maduras, sino berrinches de infantes armados con fusiles y bayonetas. Son caricaturas: dibujos animados con sentido literario. El esperpento es precisamente eso: la exposición de una sociedad que nunca alcanzó su madurez, y que se obstina en vivir en la infancia y adolescencia degradadas de su propia historia y tragedia. La neotenia en Valle es signo de fracaso: el hombre adulto no llega a madurar intelectualmente, y la política se reduce a un juego cruel de adolescentes que disponen de ciertos poderes letales.

Tomemos ahora un ejemplo inesperado: Antonio Gala. La mayor parte de su obra poética es una neotenia lírica del deseo. En poemas como «No por amor, no por tristeza», Gala cultiva una voz lírica que se mueve entre la ternura juvenil y la sabiduría adulta. El hablante conserva en su expresión amorosa cierta inocencia, una innegable frescura adolescente, que es puro efecto de neotenia estilística. Gala juega con el contraste: el cuerpo envejece, pero la palabra, el deseo y la emoción conservan rasgos de juventud perpetua. Y transmite un mensaje muy adolescente, en eneasílabos perfectos, según el cual el amor nace siempre con la señal triste de su final: «Cuando llegaste estaba escrito / entre tus ojos el final».

Hay que reconocer que Antonio Gala, frente a otros autores, ofrece un rostro más amable y sobrio de la neotenia. En este poema el hablante conserva la inocencia de la emoción juvenil, incluso en la discreta madurez de la voz poética. El tiempo avanza, pero el deseo mantiene su lozanía adolescente, como si la palabra se resistiera a envejecer. Gala explora la paradoja de la neotenia lírica: la plenitud del adulto se mezcla con la fragilidad del joven, y el poema se convierte en el lugar donde infancia y madurez coexisten sin anularse.

Los ejemplos pueden multiplicarse, especialmente si tomamos como referencia el Romanticismo, la mayor placenta de neotenia literaria, filosófica y política que jamás ha habido en la historia. En la literatura romántica alemana, el héroe que se niega a aceptar la realidad del mundo adulto ―Werther, por ejemplo― encarna la neotenia como resistencia a la madurez trágica, en la que desemboca como suicida. El Fausto del mismo Goethe es otro personaje extremadamente neoténico, que llegado a su más estéril vejez pacta con Mefistófeles recuperar una juventud idealista y primigenia para seducir, como un donjuán barato y kitsch, a una incauta e inverosímil Margarita. En la novela contemporánea y posmoderna de consumo mercantil, la figura del «adulto-niño» que vive para el ocio y el presente inmediato es otra expresión literaria de la neotenia social. La efebocracia en que vivimos es pura neotenia.

Es evidente que, por lo que se refiere a la literatura, la neotenia puede manifestar dos rostros: uno positivo, como apertura permanente a la intelección creativa e interpretativa, mediante el asombro, el juego, la curiosidad y la capacidad de explorar múltiples posibilidades (Valle-Inclán, Borges, Gala); y otro negativo, como regresión, preservación del infantilismo y degradación grotesca de una posible madurez adulta (Werther, Fausto, Harry Potter, idealismo efebocrático, complejo de Peter Pan, etc.).

 

4. Romanticismo, neotenia e idealismo alemán

Al romanticismo alemán debemos una expresión de neotenia como eternización del alma juvenil, es decir, más sencilla y crudamente, de la perpetuación de la inmadurez humana. Las novelas de aprendizaje alemanas o Bildungsromane no son una lucha por la vida, como la historia de Lazarillo de Tormes, sino una perpetua preservación o cronificación de estados de ánimo infantiles o adolescentes. Wilhelm Meister no es Lázaro de Tormes.

En el romanticismo alemán (Werther, Novalis, Hölderlin), la neotenia se transforma en exaltación de la juventud como esencia del espíritu. El concepto mismo de adolescencia es una intención romántica y anglosajona. En la literatura de tradición hispanogrecolatina no hay personajes «adolescentes»: hay niños que se convierten en hombres en una lucha abierta y descarnada por la supervivencia. Hay pícaros, pero no adolescentes.

El joven romántico no madura porque la madurez implica lucha, esfuerzo, violencia, guerra. Y de esas experiencias el Romanticismo sólo ofrece imágenes ideales e inviables. La poesía romántica convierte la inmadurez en un absoluto idilio, en una forma de eternidad, un fetiche, una figura estética, una oración o plegaria. El Romanticismo hizo de la vida humana un grimorio adolescente. El alma juvenil es el único estado auténtico frente a la corrupción del mundo adulto. Aquí la neotenia es de un idealismo metafísico francamente estremecedor, la nostalgia de una infancia absoluta. El Romanticismo es pura neotenia literaria: es la negación de la madurez y del racionalismo adulto. Sólo en ese contexto puede surgir, sin quebrarse, una filosofía incompatible con la realidad: el idealismo alemán.

Del idealismo romántico brotaron múltiples patologías, anomias y neotenias, ante las que hoy todavía nos encontramos, extasiados como orates. Pensemos en Kafka: su literatura es una neotenia de la impotencia burocrática, resultante del concepto totalitario de Estado hegeliano. Sin el totalitarismo hegeliano, la narrativa de Kafka no tendría razón de ser.

En Kafka, la neotenia aparece como degradación existencial. Los protagonistas de El proceso o El castillo se comportan como adultos infantiles: criaturas desarmadas ante una autoridad incomprensible, que buscan explicaciones y protecciones como un niño que no entiende las reglas del juego. K. es un adulto reducido a la condición de infante frente a un poder inasible. La neotenia aquí no es potencia creadora, sino condición de impotencia absoluta: el adulto infantilizado frente a una maquinaria burocrática inmutable e indolente.

En el caso de Cortázar, por ejemplo, la neotenia literaria es un juego inútil y una experimentación sin consecuencias. El aparente motor estético, poético o experimental de sus cuentos no da lugar a nada. En Rayuela o Final del juego, el niño interior no desaparece, sino que se convierte en principio de invención y generador de hechos que no conducen a nada. Al lector se le invita a jugar, a experimentar, a leer como si fuera un incauto que descubre un juguete nuevo, cuando en realidad los relatos terminan en el vacío. Casa tomada es un ejemplo nítido.

La neotenia cortazariana es una suerte de curiosidad lúdica y nihilista, una resistencia crónica al racionalismo de la madurez. Sus narraciones no tienen soluciones racionales porque tampoco plantean problemas de ningún tipo. En su literatura habita una indeterminación perpetua de la imaginación, que no cristaliza ni madura en nada.

Puede decirse, en síntesis, que la neotenia, en Kafka, es impotencia (el adulto rebajado a niño indefenso y vulnerable); en Cortázar, juego inútil (el adulto que conserva lo más irrelevante de la infancia y no es capaz de explicarse racionalmente absolutamente nada); y en el tan celebrado Romanticismo alemán, la neotenia es el ideal absoluto de todo y nada: la infancia como estado ontológico puro, potencia máxima de todas las cosas y negación de toda posible realización. Casi podríamos decir que es la antesala del inconsciente freudiano. Y, desde luego, una autopista hacia el nihilismo ruso, nietzscheano y heideggeriano.

La genialidad no es una potencia de la infancia, ni tampoco de la adolescencia, sino de la madurez singular. Sólo los adultos excepcionalmente facultados pueden desarrollar potencias geniales en el arte y la literatura. Las actividades y operaciones científicas, al ser más deductivas e inductivas que abductivas, dejan mucho menos margen de creatividad y de potencial propio. Las ciencias no disponen de las libertades que las artes sí pueden permitirse, en nombre de la genialidad de artistas singulares y excepcionales, que de ningún modo pueden ser impostados desde el infantilismo de tantos escritores, poetas, intelectuales y gurús, que sólo exhiben ocurrencias y narcisismo mercantil ante un público más o menos inocente, ignorante o simplemente incauto.

 No es posible conseguir objetivos idealizados o inviables, porque tal propósito es siempre preludio y síntoma de ruina y frustración. Sólo los ingenieros del fracaso ajeno proponen y diseñan objetivos idealizados e imposibles, pero altamente seductores para mentes inmaduras, irreflexivas o neoténicas.

Todos estos ejemplos, que pueden multiplicarse, muestran que la neotenia, aplicada no metafóricamente a la literatura, sino como un criterio explicativo de exigencias racionalistas, no pertenece en exclusiva a Borges, Valle-Inclán o Gala, ni mucho menos, sino que se convierte en una categoría crítica universal: una lente que identifica y lee la inmadurez perpetua en sus múltiples formas, ya sea la creación literaria o la interpretación de cualesquiera materiales literarios, a través de múltiples referentes: tragedia o comedia, libertad lúdica o desenlace nihilista, idealización romántica, filosófica o política, bien en el terreno de las utopías modernas y posmodernas, las religiones teológicas o las aberraciones ideológicas de todo signo. Si algo diferencia la literatura de tradición hispanogrecolatina, anterior al siglo XVIII, de la literatura de hechura e ideales protestantes, posterior a la Ilustración y el Romanticismo, es la neotenia de sus autores, lectores e intérpretes mayoritarios.

 

5. La neotenia literaria no es el complejo de Peter Pan

La diferencia entre el concepto de neotenia que aquí presentamos y el complejo de Peter Pan es profunda, tanto en alcance como en intención analítica.

Como es bien sabido, este último concepto se populariza desde 1983 tras la publicación del libro titulado precisamente The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up (El síndrome de Peter Pan: hombres que nunca crecieron), del psicólogo Dan Kiley. Aunque algunos rasgos asociados a este complejo pueden hacer pensar en la neotenia, las implicaciones de este último concepto ―tal como aquí lo exponemos― son mucho más graves y con consecuencias que afectan directamente a actividades profesionales de la máxima responsabilidad. La neotenia inhabilita y degrada el ejercicio de cualquier actividad profesional, científica y política.

Desde el punto de vista clínico, el complejo de Peter Pan no es un trastorno reconocido en manuales diagnósticos como el DSM-5 ni en la CIE-11 (las clasificaciones oficiales de trastornos mentales). Por tanto, no se considera una patología psiquiátrica en sentido estricto, sino más bien una descripción popular o metafórica de ciertos comportamientos inmaduros. Algunos psicólogos lo asocian con rasgos de personalidad dependiente, narcisista o histriónica, o con dificultades de adaptación al proceso de maduración psicosocial. La neotenia, sin embargo, en los términos en que aquí la planteamos, podría considerarse, sin exageraciones intimidatorias, una pandemia intelectual, sobre todo científica y cultural, que hiere letalmente a las sociedades democráticas occidentales.

El complejo de Peter Pan, al menos tal como lo delimita en su obra Kiley, se mueve en umbrales menos arriesgados y comprometidos, limitados esencialmente a una idealización de la juventud (rechazo a envejecer, a madurar o a enfrentarse a los cambios vitales), dependencia emocional (necesidad de ser cuidado, protegido o mimado por otros), evasión de responsabilidades (incapacidad para mantener compromisos estables, tanto laborales como afectivos), búsqueda constante de placer inmediato (evitación de sacrificios o esfuerzos que requieran paciencia o constancia), inmadurez afectiva (problemas para manejar conflictos, frustraciones o situaciones límite), etc. Ante tales tendencias, el individuo neoténico muestra disimulo explícito, porque trata de aparentar siempre todo lo contrario, aunque sin éxito.

Los neoténicos disimulan con todo tipo de apariencias su dependencia emocional, sus idealismos y sus evasiones, así como todo signo de inmadurez del que sean conscientes. El problema del neoténico es que no es consciente de lo que ignora ―ni siquiera es consciente de su propia inmadurez intelectual, que exhibe como un mérito o virtud―, porque su formación deficiente le hace sentirse cómodo y completo en su tercer mundo semántico. El individuo neoténico no sabe que no sabe. Es un antisocrático absoluto.

Por otro lado, las diferencias entre nuestro concepto de neotenia y el complejo de Peter Pan se objetivan en diferentes niveles o espacios.

En primer lugar, desde el punto de vista de su aplicación, el complejo de Peter Pan es un concepto psicológico individual, centrado en hombres adultos que muestran rasgos de inmadurez afectiva y emocional. Se limita a conductas personales: evasión de responsabilidades, dependencia, búsqueda de placer inmediato, como se ha indicado. Sin embargo, nuestro concepto de neotenia es una categoría crítica cultural, literaria y política.

Se aplica no sólo a individuos, sino a grupos sociales, generaciones enteras, obras literarias, sistemas educativos, medios de comunicación y democracias modernas. Permite explicar fenómenos sociales y estructurales, como la infantilización de la cultura ―o incultura― de masas, la interpretación inmadura de la literatura y el análisis ingenuo e idealista de la política.

En segundo lugar, hay una dimensión conceptual que no puede ignorarse de ninguna manera. El complejo de Peter Pan se centra en la inmadurez emocional y afectiva de un adulto. El énfasis está en la incapacidad de asumir compromisos y responsabilidades personales. Nuestro concepto de neotenia posee y exige un enfoque más amplio y multidimensional: involucra intelecto, sensibilidad, emoción, creatividad, comportamiento social, producción cultural y política. Incluye aspectos positivos (asombro, curiosidad, sensibilidad) y negativos (ignorancia, superficialidad, manipulación social).

La neotenia no se limita a la inmadurez emocional, como el complejo de Peter Pan, sino que va mucho más allá, porque estructura, legitima y cronifica una inmadurez intelectual inconscientemente desarrollada. Y que incluso resulta aplaudida y celebrada por todo tipo de recursos culturales, medios de comunicación de masas, lenguaje publicitario y redes sociales. No es un juicio clínico, sino que esta neotenia funciona como una herramienta acrítica y paupérrima, realmente degenerada, para interpretar la cultura y la historia contemporánea, la política y la literatura, la religión y la filosofía de todos los tiempos.

En tercer lugar, no podemos ignorar las diferencias de causa y explicación entre ambos conceptos. La neotenia tiene una causa genética y una explicación estructural de la que carece el complejo de Peter Pan. Este último se explica desde la psicología individual, la familia, la educación o incluso traumas personales. Es un problema privado, ligado al desarrollo personal. La neotenia de la que aquí hablamos dispone de raíces históricas, sociales y culturales: se origina en procesos masivos de educación, literatura, filosofía, mercado y política. Posee una genealogía propia que explica fenómenos colectivos y estructurales, no sólo individuales. Ha de advertirse que la neotenia mantiene en el desarrollo estructural del adulto la génesis de su infantilismo emocional y adolescencia intelectual, en condiciones larvarias y básicas, equivalente a un estadio de subdesarrollo gnoseológico.

En cuarto lugar, el propósito de uno y otro concepto es totalmente diferente. El complejo de Peter Pan remite a un diagnóstico o descripción clínica: identificar comportamientos de adultos inmaduros. Nuestro concepto de neotenia remite a la crítica cultural y social, y tiene como objetivo la interpretación de la literatura y la cultura, de la política y la ciencia. Exige interpretar la persistencia de rasgos juveniles en adultos que adolecen de un uso infantil de conocimientos científicos y técnicos, como motor o freno de determinadas áreas o parcelas del saber. La neotenia permite analizar la influencia de la infantilización sobre cuestiones tan decisivas como la libertad política y la autoridad científica, la originalidad artística y la genialidad literaria.

El complejo de Peter Pan describe un problema psicológico individual; la neotenia que planteamos desde la metodología de la Crítica de la razón literaria es un concepto analítico y crítico, que abarca literatura, cultura y política, y examina cómo la prolongación patológica de la «juventud» afecta a sociedades enteras. En cierto sentido, el complejo de Peter Pan es un caso particular y limitado de neotenia social e intelectual, pero no explica ni interpreta sistemáticamente fenómenos históricos o culturales más amplios y complejos.

 

6. ¿Quién teme a los adultos?
     La neotenia como explicación de fenómenos culturales y mercantiles

¿Quién teme a los adultos? Más precisamente: ¿quién teme convertirse en uno de ellos? ¿Quién tiene miedo a ser adulto, a madurar, a crecer intelectualmente? ¿Cómo es posible madurar en una sociedad gestionada por políticos infantilizados y un mercado para adolescentes? En una palabra: ¿cómo es posible madurar en una sociedad neoténica?

La literatura muestra que la neotenia no es sólo un fenómeno biológico, sino un síntoma ―y una explicación― cultural. No es solamente una metáfora. Cuando se convierte en asombro, puede ser fuerza creadora: la juventud perpetua de la inteligencia, el deseo o la imaginación. Cuando se transforma en caricatura, es signo de degradación: sociedades infantilizadas, incapaces de asumir la tragedia y la responsabilidad de la historia. Piénsese en un personaje como el Raskólnikov de Crimen y castigo de Dostoievski.

La neotenia, así entendida, revela lo que somos: criaturas adultas que no renuncian a la infancia. Pero unas más que otras, según nuestras capacidades y nuestra particular forma de hacernos ―o no― compatibles con la realidad. Esa «infancia» puede salvarnos en el arte o condenarnos en la política. De ahí que Borges, Valle-Inclán y Gala no hablen de lo mismo, pero sí del mismo modo y de la misma condición: la imposibilidad de crecer del todo y plenamente, el rechazo a convertir las cualidades infantiles en un paraíso definitivamente perdido o la condena que supone aceptar convertirse en un adulto, capaz de razonar desde el desengaño y la negación de la infancia, que, como la juventud de Rubén, se va ―«divino tesoro»― para no volver.

Pensemos en la importancia que puede adquirir la explotación mercantil de la neotenia en la literatura contemporánea y en la cultura ―o incultura― del entretenimiento. La neotenia no se limita a ser una categoría biológica ni un recurso literario aislado en ningún autor contemporáneo y posmoderno (no nos limitemos a Borges, Valle-Inclán, Gala o Kafka y Cortázar, junto con todos los románticos y posrománticos). Hoy la neotenia constituye una clave interpretativa de la literatura de masas y de la cultura ―o incultura― del espectáculo, donde se ha convertido en un signo inequívoco de infantilización social, determinante de un tercer mundo semántico.

La novela de masas, con la figura del adulto-niño como protagonista, es signo inequívoco de neotenia. Como también lo es la denominada literatura infantil y juvenil, algo en sí mismo inexistente, pues se trata de un invento puramente mercantil como forma de etiquetar y vender un producto cultural atractivo y revestido incluso de «educación intelectual».

La novela contemporánea de consumo masivo ha sustituido al héroe trágico por el héroe inmaduro. Y un héroe inmaduro o neoténico es un antihéroe. Ocurre desde el Romanticismo, en la presentación del antihéroe como protagonista de hechos triviales y únicos. No en vano la democracia ha convertido a los delincuentes en sus héroes favoritos, llenando las páginas de la prensa impresa y digital, internet, redes sociales, medios de comunicación, telediarios, documentales, cine y televisión, a través de todo tipo de programas, series, vídeos y entrevistas. Las democracias son, por su propia naturaleza, sociedades antiheroicas. El heroísmo no está permitido, porque sólo lo pueden ejercer personajes antiheroicos, cuyo prototipo principal es la figura del delincuente. Sólo quien delinque sale en los telediarios y en los medios de comunicación de masas con un protagonismo especial, del cine a los documentales, de las series televisivas a las redes sociales y sus vídeos virales. Sólo desde la delincuencia se puede competir ―y superar― a un delincuente. No desde la justicia, que resulta totalmente inoperante o incluso desacreditada. La libertad está en la delincuencia. En la justicia y el derecho está más bien la obsolescencia.

Ocurre que este tipo de sociedad no se toma en serio al delincuente ni al delito. Concibe el crimen como un espectáculo destinado al cine, la pantalla, los telediarios, el show de cada día, los microrrelatos audiovisuales e impactantes de las redes sociales y, de alguna manera, sueña con ser «amigo» de los «protagonistas del delito». Estos antihéroes despiertan magnetismo y fetichismo, y un halo de numinosidad hacia el espectador neoténico, que los contempla con admiración adolescente, sin miedo ni temor, más bien admiración y entusiasmo. Una sociedad que idealiza el crimen e infantiliza sus consecuencias es un grupo humano incapaz de justicia y restringente a la supervivencia propia.

Por este camino neoténico, se pretende incluso ser «amigo» de los animales. Incluso de los animales salvajes ―cocodrilos, leones, tigres, elefantes, hipopótamos―. Esta presunta relación de amistad numinosa con animales, que de ninguna manera aceptarían la menor convivencia con seres humanos, es una forma inequívoca de idealismo y neotenia humana, en virtud de la cual se infantiliza la relación entre personas y animales como si la vida fuera una película de Walt Disney. Imaginar que uno puede dialogar con un leopardo, un caimán o un toro de lidia a los que fuera posible tener como amigos, mascotas o simplemente interlocutores de sus cuitas es una forma de neotenia pretendida por más de un colectivo. Sin embargo, la vida no es un sueño, ni un videojuego, ni una película infantil. La vida es una realidad, un despliegue de hechos irreversibles, que no tienen marcha atrás, y una exigencia de madurez sin la cual esta vida propia y nuestra puede cesar de forma violenta.

No por casualidad la relación con los animales se ha infantilizado intensamente desde hace años. Se induce al ser humano a mantener una relación patológica con los animales. Especialmente, con los perros, una especie particularmente vulnerable a la domesticación emocional y a la neotenia zoológica. El ser humano del siglo XXI ―sea niño, adolescente, adulto o anciano― se relaciona esencialmente con los animales sólo para jugar. De hecho, normalmente no sabe relacionarse con animales si no es para jugar con ellos. Dicho de otro modo: no sabe hacer nada útil ni inteligente con los animales, salvo satisfacerse emocionalmente con sus «juegos». La inteligencia humana se mide, entre otros muchos aspectos, por lo que una persona sabe hacer con los animales. La mayor parte de nuestros contemporáneos sólo saben «usar» a los animales para mantener con ellos relaciones lúdicas e inútiles. El animal ha perdido toda utilidad para el Hombre en las democracias occidentales, salvo puntuales excepciones, como los perros lazarillo o policía.

En lugar del personaje que se enfrenta a su destino con plena conciencia de su tragedia, se nos ofrece un sujeto frágil, sentimental, con frecuencia también criminal y delincuente, que delega en las emociones ideológicamente más rentables su identidad pública y publicitaria. Es el adulto-niño: incapaz de asumir responsabilidades, necesitado siempre de afecto, tutoría y consuelo, y representante de todo tipo de ideales en lucha, aunque no se sepa en realidad muy bien contra qué «lucha» exactamente.

Este héroe de papel y pantalla vive atrapado en la adolescencia perpetua: se enamora con intensidad ingenua, se derrumba con facilidad pueril y confunde la vida con la proyección de un videojuego sentimental, en el que caben los (supuestamente) más altos ideales. La neotenia es aquí el mecanismo que convierte la literatura en un producto de consumo fácil, dirigido a lectores que buscan más reconocimiento y autosatisfacción emocional que confrontación intelectual. El héroe es un compendio de las ansiedades emocionales de sus receptores y consumidores. Hay consumo, pero no interpretación. Estas figuras tienen seguidores o detractores, pero no intérpretes. Impactan sobre la sensibilidad del público, pero no sobre su posible inteligencia. ¿Por qué? Pues porque se fabrican, neoténicamente, para dirigirse a un público inmaduro y muy poco inteligente, y para preservar y cronificar a ese público en tal estado. Una masa social y consumidora que se comporta puerilmente, aunque su edad biológica y cronológica corresponda a la de un adulto.

No por casualidad, la cultura ―o incultura― del entretenimiento objetiva en la infancia su modelo de consumo, desde filmografía como E. T., el extraterrestre (1982), de Spielberg, hasta El rey León (en sus versiones de 1994 y 2019). En la pseudoliteratura de masas promovida por el mundo anglosajón, Harry Potter (1997) se lleva la palma. La pregunta, realmente, es ¿cómo es posible madurar en una sociedad gestionada de este modo? El resultado está a la vista: multiplicación exponencial de patologías psíquicas entre los más jóvenes, despliegue insólito de enfermedades mentales y trastornos de personalidad en los adolescentes de hoy, y una sociedad que, educada en el idealismo, no es capaz de hacerse compatible con la realidad. En el ámbito laboral, el desenlace es de un fracaso absoluto, dada la incapacidad en la que el ser humano se encuentra a la hora de desarrollarse como persona adulta, trabajadora e independiente. La neotenia inhabilita para el ejercicio de determinadas actividades profesionales.

La cultura ―o incultura― del espectáculo y el entretenimiento audiovisual ha elevado la neotenia a dogma de mercado. El adulto se disfraza de adolescente, el adolescente de niño y el niño de consumidor precoz. El ideal no es la madurez, sino la eterna juventud de la mercancía. La vida en la pantalla de las redes sociales e internet reemplaza las formas necesarias de la vida real.

El cine, las series y la publicidad fabrican industrialmente personajes que nunca envejecen como tal, pues la senectud se invisibiliza. Si aparecen personas adultas o sexagenarias, incluso jubiladas, se las presenta con ademanes y hábitos adolescentes, como seres que viven en el simulacro de una juventud perpetua, donde la vejez no existe y la madurez se proscribe. El mundo del espectáculo se sostiene sobre la infantilización colectiva: la risa fácil y sin inteligencia, la emoción inmediata y sin reflexión, el final feliz, gracioso y sin contenido, pero garantizado por una complicidad social que, en realidad, nadie vive de forma natural ni genuina, sino artificial y fraudulenta.

La neotenia cultural se manifiesta en la incapacidad de representar la realidad como tal ―ni hablemos de tragedias reales, que se combaten con velas y lagrimitas televisivas―, y de asumirla verdaderamente, al sustituirla por melodrama y sentimentalismo. Allí donde la literatura clásica mostraba al hombre enfrentado al destino ―a fuerzas superiores a él―, la cultura (o incultura) contemporánea ofrece la comedia de un niño incapaz de madurar, perdido en el consumo y goloso entretenimiento. Pero feliz en su tercer mundo semántico. Es el habitante de un laberinto de caramelo. Hasta que irrumpe la enfermedad mental. Sin embargo, esta parte final de la historia no se cuenta con la debida claridad y causalidad. La neotenia de las democracias liberales ha sustituido a la realidad por el mercado, pues el comercio seductor es la única realidad que tiene ante sí un adulto infantilizado como un niño que vive extraviado en el laberinto de centros comerciales y parques temáticos de consumo.

La neotenia es signo de nuestra época: la posmodernidad del siglo XXI. La literatura y la cultura actual revelan lo que la biología anticipaba con relativa discreción: hay seres humanos que se definen por no madurar del todo. La novedad es que nuestra época ha elegido como modelo de ser humano a este prototipo de persona inmadura y vulnerable, emocionalmente débil e intelectualmente deficiente. En tales condiciones, la neotenia deja de ser una potencia creadora para convertirse en un mecanismo de control social, que estimula la sumisión, la obsecuencia y la enajenación mental crónica.

La neotenia ya no es curiosidad borgiana e inocente, ni lirismo juvenil y amoroso como en Gala, ni caricatura grotesca de expresionismo político como en Valle-Inclán: ahora es un dispositivo de infantilización colectiva y tóxica, útil para fabricar consumidores dóciles y ciudadanos dependientes. La infancia perpetua se convierte en ideología de mercado. ¿Beneficia la neotenia a los «amigos del comercio»?

En este sentido, la neotenia ha pasado de ser un rasgo biológico y una metáfora literaria a convertirse en un destino histórico, y desde luego en un recurso interpretativo de primer orden: el hombre contemporáneo es un adulto reducido a condiciones infantiles de racionalismo y voluntad, bajo la maquinaria cultural e ideológica del entretenimiento, la lisergia y la pérdida de personalidad.

El individuo posmoderno es consecuencia de toda esta neotenia educativa. Un niño que crece leyendo El Principito o Alicia en el país de las maravillas tiene todas las posibilidades de convertirse en un adulto neoténico. Su destino no es la realidad, sino un mercado depredador y el consumo irracional y ―por supuesto― inmaduro de todo tipo de artificios y ansiedades, que prolongan indefinidamente una adolescencia extremadamente vulnerable y patológica.

 

7. Cinco síntomas de neotenia literaria
     con sus consecuencias académicas y universitarias

Si hablamos de neotenia literaria en jóvenes ―ya no adolescentes, sino jóvenes y universitarios―, trasladamos el concepto biológico a un terreno cultural e institucional, intelectual y estético, estudiantil y también laboral: se trata de rasgos de inmadurez o de prolongación de la «infancia intelectual y emocional» que permanecen activos en lectores o escritores jóvenes. Los síntomas no son médicos, sino conductuales, expresivos e interpretativos. Un niño no interpreta la literatura como un adulto. Tampoco un adolescente lo hace como un profesional de la docencia e investigación literaria que lleva décadas ejercitando renovadoramente su trabajo. Sin embargo, a un joven la literatura le exige algo más que a un niño y que a un adolescente.

Se pueden observar al menos cinco hechos que constituyen síntomas de neotenia literaria. El último de ellos es especialmente conflictivo, porque en interacción con fenómenos muy actuales, puede degenerar en resultados muy negativos para la persona, la literatura y el conocimiento de la realidad.

En primer lugar, ya hemos dicho que la neotenia se manifiesta a través de curiosidad intensa y asombro perpetuo. En pequeñas dosis, resulta muy útil. Indefinidamente, remite a situaciones problemáticas, a las que el ser humano inmaduro es incapaz de dar una respuesta. Y es, también, incapaz de comprender las respuestas, explicaciones y argumentos racionales, que otros ―sus padres, profesores, autoridades académicas o médicas― le proporcionan. Estas tendencias se manifiestan en la fascinación incesante por lo imposible, lo extraordinario o lo fantástico; el interés patológico por juegos de lenguaje, paradojas, mundos imaginarios o estructuras narrativas inusuales, sistemas y ergotismos filosóficos; la resistencia a aceptar determinadas evidencias, que se tiene sensorialmente delante, como hechos reales objetivos; la tendencia a explorar irracionalmente todas las posibilidades de una imaginación disociada de la realidad... Un lector que se pierde en un laberinto borgeano o que juega con finales abiertos de Cortázar a los que no es capaz de dar una respuesta más allá de la ficción, es un lector inmaduro, en el que la neotenia gestiona su forma de pensar en la literatura.

En segundo lugar, es síntoma inequívoco de neotenia literaria la emotividad desproporcionada y no justificable más allá de determinados contextos y condiciones en la lectura e interpretación de determinadas obras. Las reacciones intensas y descontroladas frente a obras literarias (llanto, indignación o entusiasmo exagerado, obsesión, actitudes «frikis»...), la sensibilidad extrema ante supuestas injusticias ―injusticias ficticias o dilemas morales en la ficción literaria―; la capacidad de identificarse con personajes de ficción de manera absoluta, como si el lector viviera esa historia en primera persona, o a través de hechos reales cuya autoría asume como propia: «yo soy Raskólnikov», «Lorca escribió este poema de amor pensando en mí», «me visto o me comporto como Madame Bovary o Frida Kahlo», son algunas formas de conducta propias de neotenia literaria, cultural o filosófica.

En tercer lugar, la tendencia obsesiva a la discusión gratuita, el debate inútil y exhibicionista, el ergotismo filosófico, el juego y la experimentación más allá de la ficción, pero a partir de estímulos repentinos u obras literarias, remite al mismo tipo de neotenia. El gusto por escribir, reinterpretar o reescribir textos de manera lúdica, sin objetivos racionales explícitos; la predilección por mezclar géneros, romper normas narrativas o inventar mundos alternativos, es decir, la búsqueda de una originalidad a través de formas de comportamiento patológico, que el propio sujeto considera genialidades o formas superiores de racionalismo; la lectura intencionadamente no lineal o lógica, orientada a la búsqueda de patrones «escondidos» u «ocultos» en una obra literaria, hasta plantear hermenéuticas hiperbólicas o inverosímiles, la visión de apofenias e invención de pareidolias, son conductas más bien resultantes de trastornos de personalidad y de neotenia literaria que de un conocimiento científico de la literatura.

En cuarto lugar, la idealización y esquematización de la vida, hasta desarrollar formas de vida incompatibles con la realidad, no sólo remite a problemas psíquicos, sino que, al servirse de la literatura como pretexto, delatan una neotenia literaria innegable: búsqueda y legitimación de utopías, héroes supuestamente perfectos o verdades absolutas deducidas de determinadas obras y lecturas literarias; dificultad o incapacidad para aceptar la complejidad moral, científica y racional de la interpretación literaria; simplismo o binarismo moral, consecuencia de una limitación en las facultades de racionalismo adulto (todo se ve en blanco o negro, como bueno o malo...). Este síntoma refleja la prolongación de la mentalidad infantil en el plano ético y estético, y el uso de la literatura como pretexto para justificarlo.

En quinto lugar, nos encontramos con un hecho muy grave, por sus consecuencias actuales: la resistencia a la autoridad textual o académica. La tendencia a cuestionar o subvertir cánones literarios, críticas establecidas o interpretaciones adultas y profesionales, en nombre de ocurrencias, estímulos espontáneos o narcisismo mediático, es una tendencia cada día más frecuente e intensa. El espejismo de la creatividad vinculada a rebeldía intelectual es un impulso creciente en las nuevas generaciones, que adolecen de una formación literaria extremadamente deficiente. Pero no lo saben. El joven neoténico literario no se conforma con la tradición, busca siempre un camino propio. Sin embargo, ignora lo esencial de la materia a la que se enfrenta, en este caso la literatura, y actúa cegado por el narcisismo posmoderno y mediático de internet, fomentado de modo irresponsable por la sociedad mercantil en que actualmente vivimos.

Varios factores contribuyen a este engreimiento juvenil, desencadenante de una fuerte neotenia literaria: la inconsciencia de la propia ignorancia en materia literaria, el narcisismo de las redes sociales y el libre acceso a todo tipo de plataformas de internet (vídeos, podcast, canales, webs, publicaciones en línea, etc.) que hacen creer a quien las usa que puede hablar como un Aristóteles en la Academia de Atenas. Ignorancia, narcisismo e ilusionismo derivado del poder mediático de internet. Hoy la ignorancia no tiene filtros ni censuras. El profesor no dispone de autoridad para corregir el error, porque nuestra sociedad actual legitima cualquier disparate.

De este modo, jóvenes que ―en el mejor de los casos― están en edad de concluir sus estudios e iniciarse en un Trabajo de Fin de Grado, exponen sobre la literatura ideas que ningún catedrático con más de treinta años de servicio ininterrumpido en la función pública de la actividad docente universitaria se atrevería a plantear sin el aval de miles y miles de páginas de lectura. Hemos llegado a entronizar la fórmula del tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo: es «lo mismo un burro que un gran profesor».

En conjunto, estos síntomas no son necesariamente negativos, sino por sus consecuencias: muchos autores y críticos consideran que la neotenia literaria en jóvenes es un motor de creatividad y sensibilidad, pero lo cierto es que puede derivar muy frecuentemente en la idealización ingenua de su propia ignorancia, en la dependencia emocional de textos que no pueden comprender ni intelectual ni científicamente ―y cuyos retos resuelven de forma imaginaria o lúdica ante un público aún más ignorante que ellos―, o en una dificultad insalvable para enfrentarse a obras complejas respecto a las cuales lo desconocen absolutamente todo. Pero no lo saben. Ignoran el calado de su propia ignorancia.

El último de los puntos antemencionados ―la resistencia a la educación reglada o académica―, nos sitúa ante un obstáculo muy severo: la negación del conocimiento científico de la literatura. La cancelación de la autoridad textual o académica puede ser un síntoma positivo de creatividad y autonomía crítica, pero cuando se fundamenta en la ignorancia, el engreimiento o el narcisismo mediático, se transforma en otra cosa: obstinación, prejuicio o simple arrogancia intelectual.

Y esta derogación de la ciencia literaria no viaja sola. Viene muy bien orquestada desde la Ilustración kantiana de finales del siglo XVIII. El mundo anglosajón que brota de la Reforma luterana y del protestantismo calvinista no comprende la ficción literaria, y sospecha de ella como de un instrumento que puede usarse para cuestionar cualquier tipo de autoridad, especialmente la religiosa y teológica. El dogma de la Reforma no permite que el arte ―ni la literatura― lo fiscalice. En consecuencia, arte y literatura no pueden ser objeto sino de sensibilidad, pero no de inteligencia. El intelecto está por encima de las artes. Y para el protestantismo, la religión está por encima del intelecto, es decir, la fe está por encima de la razón (al contrario de lo que ocurre en la teología escolástica).

En consecuencia, desde la hegemonía anglosajona de la cultura o incultura global y posilustrada, los materiales literarios, como los artísticos, no son objeto de conocimiento ni de interpretación científica. Sobre ellos, cualquiera puede decir lo que quiera. No hay normas de interpretación. Tampoco las hay, para Lutero, respecto a las Sagradas Escrituras. Cada lector puede interpretarlas «libremente», como le dicte su propia conciencia, inspirada ―se supone― por el Espíritu Santo. Un Espíritu Santo ―todo hay que decirlo― ventrilocuado por el protestantismo. He aquí la «libertad» de conciencia del protestantismo. Interpreta la Biblia como quieras, con libertad de conciencia, siempre que tu libertad y tu conciencia coincidan con las reglas de la Reforma, naturalmente.

Si negamos la ciencia, la realidad y las normas, entonces todo está permitido. Y si todo está permitido, nada tiene valor. Esto es lo que ha ocurrido, entre otras actividades humanas, con la literatura, y también con la filosofía. Se ha negado su realidad, sus normas y sus posibilidades de interpretación científica, es decir, respectivamente, su ontología (autor, obra, lector e intérprete o transductor) y su gnoseología (teoría y práctica del conocimiento de los materiales literarios). Donde no hay conocimiento científico, cualquiera podrá decir lo que quiera, pero no en nombre de la ciencia, sino de la pseudociencia, pues en eso se ha convertido en la Edad Contemporánea también la filosofía, en una pseudociencia en manos de sofistas, que han puesto al ser humano, completamente neoténico, a los pies de los caballos de las ideologías políticas, los deshechos filosóficos posmodernos y las creencias religiosas, fideístas o sectarias propias de cada gremio, tiempo y lugar.

La neotenia literaria goza de puertas abiertas. Como la neotenia religiosa, valga la redundancia. Pero es que la literatura no cabe dentro de ninguna religión. Ni tampoco dentro de ninguna filosofía. Por supuesto, tampoco dentro de ninguna ideología.

 

8. Neotenia y estudios literarios
     Tres causas neoténicas que procede evitar ante los materiales literarios

La mayor parte de los jóvenes del siglo XXI que han cursado estudios de letras adolecen de neotenia literaria, debido sobre todo a una falta sólida de formación científica respecto a la literatura. Esta deficiencia en su frágil formación intelectual procede de una enseñanza universitaria que duda de sí misma, que reemplaza los estudios literarios por estudios culturales, y que lleva décadas «deconstruyendo» derridianamente, foucaultianamente y posestructuralmente, todo lo relacionado con las ideas filosóficas, la cultura contemporánea y la literatura de todos los tiempos.

La neotenia literaria juvenil se manifiesta cuando concurren hechos como los siguientes, que nuestra sociedad y nuestros sistemas educativos, en todos los niveles de enseñanza, potencian de forma tan irresponsable como irracional:

1. Falta de formación literaria y de conocimientos científicos sobre la literatura: una rebeldía absurda e inmotivada surge de no haber adquirido conocimientos necesarios sobre historia literaria, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y de vivir creyendo que es posible interpretar los materiales literarios a partir de sentimientos incautos, percepciones irreflexivas u ocurrencias propias y espontáneas. Se critican o rechazan ―sin comprenderlos― reglas o métodos de interpretación, que los neoténicos desconocen parcialmente o por completo, y confunden libertad creativa con derecho a exhibir narcisistamente su propia ignorancia.

2. Confusión entre saberes tradicionales e ideas originales o nuevas. El individuo neoténico no distingue entre ideas originales y conocimientos preexistentes, porque confunde unos y otros, al ignorar la tradición y no ser capaz de medir la novedad y lo insólito: la resistencia a la autoridad científica se confunde con creatividad, reducida a ocurrencia, porque no hay argumentación sólida ni reflexión profunda. No hay formación científica ni académica suficientemente desarrollada. El individuo neoténico cree descubrir por sí mismo «hallazgos» decisivos cuando en realidad lo que plantea son conceptos o ideas ya existentes en la historia de su disciplina o simples ocurrencias, ingeniosidades o incluso bufonadas, que no van a ninguna parte. En nombre de un «ego crítico», incapaz de distinguir lo que sabe de lo que ignora, se ejerce una supuesta crítica profunda, que en realidad es una mera opinión superficial e intrascendente. La ilusión mediática ―presencia en internet, número de seguidores en redes sociales, etc.― ciega al joven neoténico, que no es consciente de sus limitaciones e ignorancias.

3. Enquistamiento de errores y prejuicios debidos a los efectos negativos de una formación intelectual deficiente y malversada: el individuo neoténico se aferra a interpretaciones incorrectas de textos, autores y obras completas, así como a la malversación interpretativa de críticos precedentes, y a la promoción y generación de todo tipo de transducciones literarias aberrantes. Repite clichés o malentiende obras complejas impunemente, porque ―en realidad― nada ni nadie se lo impide. Ni se lo advierte. Se trata de personas que, en muchos casos, no ejercen ningún trabajo profesional, y cuando lo ejercen, sin autoridad alguna en su entorno, lo que dicen o explican en el aula es absolutamente irrelevante. No hay interacción con maestros de generaciones precedentes, y su autodidactismo adolece de una falta de profesionalidad y solvencia que jamás resulta subsanada por nadie. Por otro lado, el proceso de su formación científica se ve interrumpido tempranamente, y de forma imperceptible e irreversible, al perder todo contacto con colegas adultos más experimentados, con los que no suelen mantener relación, ni personal ni profesional, pues creen no necesitar el magisterio de nadie. Se encuentran aislados, pero no lo saben.

La postura neoténica, en todos estos casos, impide madurar intelectualmente, y solapa, hasta las más extremas confusiones, inmadurez con autonomía de pensamiento y patología con originalidad y genialidad. La neotenia literaria en jóvenes es un terreno ambiguo, pero puede cronificar en edad adulta errores y deficiencias irreversibles y definitivos. Cuando se apoye en conocimientos y curiosidad, sin duda podrá generar creatividad, estimular la sensibilidad y promover un pensamiento original. Sin embargo, cuando se apoya sólo en ignorancia, engreimiento y narcisismo, deriva en obstinación, superficialidad y deformación del juicio crítico.

La neotenia intelectual y literaria sólo disminuye, hasta desaparecer, con la aplicación laboral del conocimiento científico adquirido. Con filosofía y ergotismo filosófico, la neotenia no sólo no desaparece, sino que se incrementa de forma exponencial. Lo mismo ocurre en el terreno de las ideologías y las creencias religiosas y políticas. Si la literatura es un test de medición de la neotenia, la ciencia y el trabajo profesional es acaso su único antídoto. La literatura, por sí sola, tampoco basta. Mal interpretada, puede actuar, como la filosofía, como el peor de los combustibles de la neotenia intelectual.

Podríamos decir, incluso y en suma, que la neotenia literaria es un conjunto de cualidades intelectuales juveniles malogradas ―y desaprovechadas― por la concurrencia de múltiples factores malignos: ignorancia, narcisismo y prepotencia.

En consecuencia, la neotenia, entendida en biología como la conservación de rasgos juveniles en edad adulta, se ha convertido en un fenómeno que trasciende el ámbito natural y fisiológico para manifestarse también en el terreno de la literatura. Este estado de inmadurez prolongada, cuando se traslada a la creación literaria, produce una doble consecuencia: de un lado, apertura, asombro y sensibilidad; de otro, engreimiento, ceguera intelectual y negación de la autoridad científica y académica. La incultura posmoderna, alimentada por un narcisismo mercantil y por la infantilización de la conciencia ―individual y colectiva―, ha convertido esa inmadurez en un valor en sí mismo, idolatrado por el mercado.

La curiosidad juvenil, nacida de esos rasgos neoténicos, parece ofrecer la promesa de un terreno fértil para la exploración literaria. No es realmente así. Esa inquietud, asombro inicial y placebo de sensibilidad ante lo nuevo son, en efecto, motores que despiertan el interés por la literatura, pero sin logros efectivos. No constituyen creatividad en sentido productivo, ni tampoco interpretación científica de obras o autores, sino apenas una antesala que no conduce a ninguna parte, un espacio de preparación, tanteo y descubrimiento efluentes de narcisismo devorado por internet. La fascinación por lo inédito, si no se disciplina, queda reducida a un gesto vacío, incapaz de producir obras o interpretaciones que merezcan atención.

La literatura requiere mucho más que entusiasmo juvenil. Exige conocimiento científico y disciplina académica. Sin lectura crítica, estudio de contextos históricos, dominio de métodos literarios y de análisis, no hay nada que hacer. Sólo así, y con años de trabajo, la exploración inicial se transforma en capacidad creadora o interpretativa. La curiosidad sin aprendizaje degenera en superficialidad; la emoción sin estudio desemboca en improvisación banal. El verdadero escritor, como el intérprete valioso, no es aquel que se deja llevar por la ingenuidad de su sensibilidad, ni por el narcisismo exhibicionista de las redes sociales, sino quien somete esa sensibilidad a la experiencia inteligente y dialéctica de un trabajo científico intenso, metódico y creciente.

La producción literaria real, por tanto, surge de la combinación de tres elementos: curiosidad crítica, conocimiento dialéctico y disciplina científica. La neotenia, aislada, no da frutos. Puede ser un estímulo inicial, pero, sin desarrollo crítico ni rigor intelectual, queda reducida a inmadurez estéril: opiniones infundadas, interpretaciones superficiales, incapacidad de sostener una obra sólida.

En definitiva, la neotenia literaria no es por sí sola generadora de creatividad ni de interpretación de obras de arte o de literatura. Es un punto de partida que puede preservarse como un estado de inmadurez. Sólo si se combina y enriquece con aprendizaje consciente, disciplina intelectual y conocimientos científicos, podrá ser capaz de conducir a una productividad realmente valiosa.

 

9. Neotenia y política:
     La democracia como guardería social y totalitaria

La neotenia cultural no se detiene en la literatura ni en el espectáculo. Encuentra su culminación en la política ―y particularmente en la geopolítica―, donde el infantilismo social se convierte en estrategia imaginaria de gobierno mundial. La democracia contemporánea funciona cada vez más como una guardería colectiva, diseñada para administrar una población de adultos-niños, incapaces de asumir los retos de una vida en libertad, pero que con frecuencia se creen con competencias para gestionar el mundo. Hay tres hechos que no podemos ignorar: la infantilización política e ideológica de la ciudadanía, el poder ajeno como tutor perpetuo y totalitario sobre el individuo, y la sumisión y ansiedad generadas por un mercado global y sin alternativas, que incita patológicamente al consumo de productos, no siempre de buena calidad.

El actual ciudadano, muy infantilizado, ya no se concibe como sujeto autónomo, capaz de deliberar y de afrontar las consecuencias de sus actos. Nada se lo permite. Realmente, no dispone de la menor soberanía. Ni siquiera sabe cultivar un huerto doméstico ni cuidar de animales productivos. Hoy al ser humano, reducido a un urbanita incapaz de casi todo (salvo de pasear gozques), se le trata y retrata como a un menor tutelado, necesitado de promesas, cuidados y compensaciones emocionales constantes. La política se reduce a ofrecer juguetes ideológicos: identidades prefabricadas, causas sentimentales, indignaciones colectivas de usar y tirar ―y lo que surja― para mantener a la gente encadenada a las redes sociales.

El resultado es una ciudadanía neoténica: adulta en edad, pero infantil en conciencia y libertad. Una sociedad que exige derechos como caramelos, que demanda protección sin límites y que huye de toda responsabilidad como si se tratara de una enfermedad incurable. Pero que no tiene conciencia de sus verdaderas necesidades.

El poder ajeno ―una suerte de dominio trascendente, omnímodo y global― funciona como un perpetuo y anónimo preceptor. Nadie sabe quién detenta realmente el poder. El Estado y sus instituciones se erigen en controladores de esa infancia social. Sin embargo, el mercado es más poderoso que el Estado: que cualquier Estado. Gobiernan sobre adultos a los que se trata y administra como menores de edad perpetuos. La propuesta de permitir votar a los mayores de 16 años está en esta línea de legalización temprana de la neotenia, a fin de perpetuarla. La retórica política sustituye el lenguaje de la ley por el de la pedagogía y otras neolenguas orsellianas, posmodernas e ideológicas: se educa, se sensibiliza, se conciencia, se adoctrina, se amaestra, se domestica, se infantiliza... El poder no se ejerce sobre ciudadanos libres, sino sobre alumnos pueriles.

La democracia, entendida como sistema de autogobierno, se convierte sin embargo en un mecanismo de tutela ajena, donde el adulto se convierte en un niño eviterno al que no se le permite crecer ni madurar. La publicidad, el cine, los vídeos de YouTube, las redes sociales, las series de las cadenas privadas, emiten mensajes propios de un mundo perennemente adolescente. El infantilismo social no es un accidente ni una casualidad, sino un recurso de dominación: global, democrática y mercantil.

Desde un punto de vista neoténico, el mercado político es muy activo. La estrecha relación y correlación entre la cultura o incultura de masas y la política no es casual. Ambas funcionan sobre el mismo principio: mantener a la población en un estado de infancia permanente. La cultura ―como la incultura― ofrece entretenimiento y ocio, «pan y circo»; la política, protección emocional a cambio de control totalitario. En ambos casos, el adulto queda neutralizado: incapaz de rebelarse, incapaz de decidir, incapaz de asumir las adversidades de su existencia histórica y presente. Es más fácil preservarse en el infantilismo que exigirse a uno mismo madurar y enfrentarse a la realidad. El idealismo es la terapia ilusa y la solución fraudulenta, es decir, la cronificación del problema.

La neotenia, desde esta perspectiva, deja de ser un rasgo biológico para convertirse en una categoría política y cultural: el instrumento mediante el cual las democracias administran la obediencia y sumisión inconsciente y diferida. Penetrante hasta en los más nimios capilares y detalles. No gobiernan personas maduras, sino niños vetustos. El poder verdadero está por encima de los Estados. De hecho, el Estado posmoderno es hoy un eclipse del verdadero poder financiero y mercantil. La neotenia es uno de sus múltiples instrumentos.

 

10. Conclusión: neotenia y democracia.
       La utopía neoténica de Occidente en el diván de la literatura española

Desde la Ilustración y el Romanticismo, la literatura no ha dejado de ofrecer anticipadas demostraciones de neotenia a través de lo que, en nuestra obra Crítica de la razón literaria (25 vols., 2017-2025), hemos denominado literatura sofisticada o reconstructivista: Valle-Inclán objetiva la caricatura de la inmadurez, Kafka retrata la impotencia infantil en estado adulto, Borges celebra el asombro perpetuo, Cortázar crea y recrea personajes inútiles que juegan y viven en el vacío, Gala poetiza la juventud del deseo que ni madura ni se desengaña. Sin embargo, la política contemporánea ha transformado la neotenia en ideología de masas, y la ha convertido en el motor de las sociedades posmodernas: un dispositivo que infantiliza al ciudadano y convierte la democracia en guardería social.

De este modo, la neotenia ya no es sólo condición biológica ni metáfora literaria, sino destino histórico e instrumento político. El ser humano contemporáneo y posmoderno es un adulto que vive bajo tutela invisible, una criatura infantilizada que, incapaz de aceptar las exigencias de la libertad, delega en el poder y en el mercado sus propias decisiones. El individuo neoténico ha vendido su razón al diablo. Ha vendido su capacidad de madurar y razonar al mercado. A cambio de nada, pues su vida se reduce a consumir constantemente productos que, una y otra vez, desembocan en el fracaso de la felicidad prometida por la Ilustración europea.

Occidente parece haber encallado, por fin, en su última utopía, de genealogía ilustrada y romántica: no hablamos de libertad, igualdad, fraternidad, justicia... Ni siquiera hablamos de Estado. Hablamos de una infancia perpetua en manos de un mercado global. La neotenia se ha convertido en el ideal supremo de la civilización occidental: un mundo donde nadie madura nunca, donde la responsabilidad queda abolida y la exigencia reemplazada por el espectáculo de la felicidad.

El individuo contemporáneo ya no quiere crecer. Prefiere permanecer en la comodidad de la guardería social, donde el Estado reparte juguetes ideológicos, la cultura ―como la incultura― de masas ofrece caramelos audiovisuales y el mercado fabrica consolaciones a la medida de cada uno de los miedos generados por la propia política internacional y belicosa. En esta utopía neoténica, la madurez es un delito y la inmadurez una virtud cívica.

La política, que debería ser la organización de la libertad, la administración del poder, se reduce a un parque infantil de atracciones donde los gobernantes fingen ser padres severos o madres protectoras, y los ciudadanos, dóciles en su infantilismo, exigen más juguetes, más promesas y muchos más cuentos para dormir. La cultura es una fábrica de entretenimiento destinado a evitar que nadie recuerde que la vida es ante todo una exigencia de libertad. La religión, la filosofía y la ideología, cuando aún se invocan, no son más que pedagogías sentimentales al servicio de esa misma infancia perpetua.

El resultado es el triunfo de la neotenia como destino histórico, presente y crónico: una humanidad eternamente adolescente, feliz en su impotencia, agradecida de ser tutelada. Nunca hemos podido disponer de tantos recursos, y nunca los hemos usado tan irracionalmente para negarnos a nosotros mismos la libertad de un adulto. Nunca la protección política ha sido tan esterilizante. Ni siquiera hay crecimiento demográfico (con la excepción de los cánidos urbanitas).

En suma, la neotenia es la prolongación patológica de la adolescencia en el ejercicio de actividades profesionales e intelectuales que comprometen la solvencia y el futuro de una sociedad humana, al poner en riesgo cuestiones tan fundamentales como la libertad política, la autoridad científica, la originalidad artística o la genialidad literaria. La neotenia científica, política, filosófica o literaria no puede ser la norma premiada en una sociedad que pretenda enfrentarse a la realidad. En cualquiera de sus formas, la neotenia es el síntoma aplaudido y la consecuencia inconsciente de una sociedad emocionalmente inmadura e intelectualmente fracasada.

La utopía de Occidente no es un mundo de individuos y familias maduras, responsables y luchadoras por una idea de libertad. Es un jardín de infancia universal, regido por políticos disfrazados de cuidadores, donde la mayor conquista de la historia es renunciar a la razón que nos ha hecho posibles y a un futuro que ya pertenecerá a otra civilización que no seremos nosotros.

Los mejores psiquiatras de la historia han sido siempre novelistas y escritores españoles, desde Cervantes a Leopoldo Alas, pasando, sobre todo por Quevedo. El Quijote, los Sueños y La Regenta no nos permiten mentir. Los mejores pacientes, a su vez, han sido novelistas extranjeros y filósofos alemanes, cuya obra tampoco nos permite faltar a la verdad de las calamidades históricas por ellos desencadenadas, desde luego, desde los reformadores hasta los ilustrados, de Kant a Nietzsche y de Freud a Heidegger. Todos están en el diván de la literatura española. Adivinen quién está ahora en la sala de espera.

Si en el pasado medieval la Iglesia fue lo único que pudo persuadir a los antiguos e insólitos bárbaros, acaso en el futuro ―que no conoceremos― lo único que pueda seducir a las nuevas civilizaciones, sucesoras de nuestro presente, pero con sus propias formas de vida, sea la literatura que nos ha hecho posibles, y que nuestros contemporáneos, si la fortuna nos es favorable, no hayan podido censurar ni destruir. Habrá que recuperar esa literatura y enseñarla nuevamente ―no sabemos dónde―, porque hoy está olvidada, como el arpa de Bécquer, esperando por quien la sepa bien tañer. Ni escuelas, ni institutos de enseñanza media, ni universidades saben hoy qué es la literatura. Ubi est?

Que nadie olvide tu nombre, porque, aunque perdamos tu libertad, siempre te llamarás literatura.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2025), «¿Cuál es el mayor enemigo de la literatura  en el siglo XXI? La neotenia literaria», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (VI, 14), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2025).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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