V, 4.6 - Diatriba contra la Universidad actual

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Diatriba contra la Universidad actual


Referencia V, 4.6


Frustra exprimitur, quod tacite subintelligitur [1].


Los que menos saben tratan de enseñar a los otros; unos hombres embriagos intentan leer cátedra de verdades.

Baltasar Gracián, El Criticón (I, 85).


Wahrheit...,
der schlechteste Behelf [2]

Wolfgang von Goethe (Mefistófeles a Fausto, I, vv. 6364-5).


Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil […]. Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural [...]. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar pensiones para pasar el verano. […] en general no se paga el trabajo, sino la sumisión...

Pío Baroja, El árbol de la ciencia (1911/1998: 39 y 158).


 

Crítica de la razón literaria Jesús G. Maestro

La Universidad española actual es una maquinaria burocrática diseñada para cumplir con una serie de objetivos, entre los cuales hay uno prioritario: disimular el fracaso de la sociedad que la ha hecho posible y que actualmente todavía la sostiene. En paralelo, la reforma universitaria de Bolonia ha favorecido aún más que esta maquinaria de burócratas, que incompetentes para la investigación científica se han refugiado masivamente en la gestión académica, resulte levemente remozada y sofisticada, lo que tendrá como consecuencia que nuestras universidades sobrevivan, todavía durante apenas algunos años más, a la necrosis irreversible que padecen.

En la Universidad actual es posible distinguir cuatro tipos fundamentales de personas: los que trabajan para causar problemas, los que evitan o eluden el problema, quienes creen resolver los problemas —ignorando que los problemas no se resuelven, sino que se transforman en nuevos problemas que a su vez se trasladan a nuevas personas—, y quienes sin remedio sucumben en ellos o ante ellos, incapaces de eludir o de transformar tales problemas en conflictos ajenos.

Por lo que se refiere a las Letras, la Universidad actual es, en España y en todo el mundo, y sin apenas excepción visible, un sofisticado simulacro de conocimientos sostenido por un inmenso aparato burocrático e ideológico, en cuya cúspide, académica y administrativa, suelen estar los mayores mediocres. Las agencias autodenominadas de acreditación y evaluación, que en al menos en un caso han sido calificadas públicamente de fundaciones ilegales, sirven con rigor al cumplimiento de estos y otros sofisticados objetivos, con la complicidad de todas aquellas personas que, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, de buena o mala voluntad, con ella colaboran[3].

El principal enemigo de la investigación académica y científica es la burocracia universitaria y sus aliados: la endogamia y la prevaricación. Los burócratas son mayoría absoluta. Como lo son también los hijos de la endogamia. En cuanto a los prevaricadores, cada uno sabe quién es y lo ha hecho. Como lo sabemos los demás, hasta que proceda decirlo allí donde corresponde: en los Tribunales de Justicia. Es difícil demostrar una prevaricación en el ámbito académico, pero no es imposible. Normalmente no se llega a los extremos de la demanda judicial, porque basta esperar que los miembros de una comisión cambien para que, con los mismos criterios, el resultado de la solicitud con ―frecuencia también la misma― sea positivo. Fundamentalmente por esta razón la mayor parte de los miembros de la comunidad académica no suelen recurrir a la Justicia, pues esperan un cambio interno en la dirección del viento para conseguir sus propósitos y éxitos burocráticos. Con todo y pese a todo, no debe descartarse la demanda allí donde proceda. Es cierto que la recolección y verificación de pruebas lleva mucho tiempo, y que la elaboración de la debida documentación jurídica también. No obstante, en nuestros días, dada la cantidad de actividades y actos burocráticos que genera la vida académica es estadísticamente imposible que no llegue a los tribunales más de una demanda por presunta prevaricación. Y entonces más de uno y de una se pensará dos veces si procede o no seguir firmando informes falsos a sabiendas. Pero de este asunto nos ocuparemos en su momento. Y donde corresponde. Con todo, no hay que ignorar que la injusticia genera más riqueza que la justicia, que siempre es más cara, poco útil para el poder efectivamente existente y muy burocrática para el Estado.

Al tipo medio de profesor universitario le encanta la burocracia: es su elemento natural. Actualmente la burocracia está muy por encima de la ciencia en todos los órdenes académicos. La ciencia es lo único que, verdaderamente, hace prosperar la vida humana. Ni la religión, ni la política, ni la filosofía han alcanzado nunca los progresos de las ciencias. Con frecuencia, ni siquiera los han permitido en numerosas ocasiones históricas, Más bien los censuran y obstruyen. Religión, política y filosofía han sido muchas veces obstáculos en el desarrollo de las ciencias. Históricamente y también actualmente. Las ciencias, además, no están en la Universidad, sino en las empresas. En la Universidad está la burocracia.

Es falso que el profesor universitario común deteste la burocracia: todo lo contrario, es su arma preferida y de referencia. Es la forma más natural de suplir deficiencias y limitaciones científicas. Es el mejor recurso para superar a quienes de veras desarrollan y tratan de llevar a cabo una investigación científica de referencia. El éxito de la burocracia universitaria contemporánea no habría sido posible sin la absoluta colaboración, complicidad y entrega de la mayoría de los profesores universitarios, que han visto en el crecimiento de las labores de administración y gestión una fuente de ingresos y de actividad mucho más valiosa y útil, para sus intereses personales, que la dedicación a la investigación científica. El principal aliado de la burocracia académica es el profesorado mediocre. Y no nos engañemos: es mayoría absoluta.

Con todo, cabe preguntarse si estos gestores de la academia hacen de veras un buen trabajo. A la vista está el estado de las Universidades, y por lo tanto el resultado de sus labores de gestión. Sin embargo, no hay ―al igual que ocurre en la política estatal, comunitaria y municipal― ningún control de calidad verdadero respecto a las gestiones burocráticas de nuestros colegas. En realidad, hay mucha publicidad sobre este asunto, es decir, hay mucha propaganda. Y no olvidemos que, como advierte Roca Barea, la propaganda es la gestión de la mentira. La ostentación de un cargo de gestión es de por sí un mérito, aunque se haya sido un pésimo director de departamento, un lamentable decano o un inútil rector o vicerrector de lo que se tercie.

Es un gravísimo error para el desarrollo del conocimiento científico, y un valioso avance para el progreso de la degradación académica, poner en manos de burócratas universitarios vocacionales la evaluación y valoración de la labor investigadora llevada a cabo por los colegas que sí se toman en serio el ejercicio de su actividad científica.

El sistema académico actual consume más bienestar y salud de los que genera. Dicho de otro modo: no es benigno. Si se permite el término médico, con todo respeto, sería posible hablar de la Universidad como una institución tumoral o cancerígena dentro el organismo social contemporáneo. La necrosis de esta institución, orgánicamente hablando, es un hecho innegable. Se observa, sin que casi nadie se atreva a discutirlo, una mala calidad en la elaboración y exposición de tesis doctorales, que acaban por obtener sin apenas excepciones la máxima calificación académica, cuando no lo merecen; se multiplica la celebración de congresos multitudinarios e inanes al conocimiento, cuyas actas se reconocen siempre como desacreditadas, lo que induce a desestimar toda calidad académica incluso en aquellas publicaciones de reuniones científicas que en efecto sí han sido objeto de calidad y selección; asistimos impávidos a la devaluación de másteres y cursos magistrales, así como a todo tipo de contenidos propios de cursos de posgrado; crecen seminarios y actividades parauniversitarias que concitan la presencia de personas anómicas y extraviadas...[4] Hay más profesores que alumnos, y más universidades que las que la sociedad puede asumir y necesitar. Del mismo modo que ha habido en España una burbuja inmobiliaria ha habido también una burbuja universitaria, cuyo desvanecimiento es ya desolador.

Capítulo aparte merece todo lo relativo a la mala formación de una parte muy importante, muy considerable, del profesorado universitario actual, que, sin embargo, ve muy bien compensadas y recompensadas todas sus deficiencias investigadoras en el ejercicio, muchas veces discutible, en ocasiones nefasto, y nunca verificado, de su actividad burocrática y administrativa. Pero la cuestión de la mala formación del profesorado universitario es el mayor tabú del mundo académico. Ante esta cuestión no hay dios que se atreva ni a levantar la vista, cuanto menos a abrir la boca. De nuevo endogamia y prevaricación tienen mucho que ver con la deficiente formación de buena parte del profesorado. ¿Cuántos de los profesores universitarios españoles no son fruto de la endogamia? ¿Cuántos? ¿Cómo es posible haber estudiado la licenciatura en una Universidad, hacer el doctorado en la misma Universidad, publicar la tesis doctoral en el servicio de publicaciones de la misma Universidad (y con frecuencia no volver a publicar sino un opúsculo), hacer la oposición a profesor interino en la misma Universidad, hacer la oposición a profesor titular en la misma Universidad, hacer la oposición a cátedra en la misma Universidad, ser emérito en la misma Universidad, jubilarse en la misma Universidad y, en fin, hacerlo todo, y lo mismo, y una y otra vez, en la misma Universidad? …Y que no se le caiga la cara de vergüenza al susodicho. En cualquier universidad anglosajona una trayectoria académica de tales características es, de por sí, imposible, por Ley. Allí, las cosas se gestionan de otro modo, nada virtuoso, por cierto, pero diferente al nuestro. Con todo, si alguien cree que la Universidad anglosajona dispone de más libertad que la española, que busque allí quién le haga merced de ella. A otro perro con ese hueso. En un sistema académico no español la endogamia se articula de forma diferente, no según criterios geográficos o espaciales (en un mismo departamento), sino según operaciones temporales o cronológicas: en diferentes lugares diferentes personas organizadas trabajan sobre lo mismo y en la misma dirección. Con todo, la endogamia espacial o burocrática es un demérito absoluto y una desacreditación superlativa en la universidad anglosajona. Es, en realidad, una impostura. Sin embargo, en más de 30 años de democracia nadie ha hecho jamás el mínimo esfuerzo por erradicar la endogamia de la universidad española. Todo lo contrario: a juicio de muchas personas, todos los políticos y los gestores universitarios han contribuido sin excepción a hacerla más consistente, menos impúdica y muchísimo más sofisticada.

La universidad española contemporánea, a imitación de la universidad extranjera, ha sustituido, con la complicidad de todos sus miembros (las excepciones son irrelevantes e invisibles), la promoción de la actividad investigadora por la de la práctica burocrática y administrativa, mucho más gananciosa, entretenida e irresponsable que aquélla. La Universidad actual valora más la burocracia que la ciencia, y se enorgullece de ello. El resultado es una escuela de burócratas de pésima responsabilidad científica y académica, muchos de los cuales, según oímos decir a diario en nuestras Universidades a nuestros propios colegas, han ocupado cargos de gestión en los puestos más relevantes de la selección y acreditación nacionales del profesorado estatal. ¿Cómo es posible convivir con semejante sarcasmo?

La burocracia universitaria contemporánea es la placenta de nuestros colegas más mediocres. En ella se refugian y parasitan confortablemente felices, disimulan sus insuficiencias investigadoras y subliman sus demás impotencias académicas. Naturalmente que hay excepciones: si no fuera por los mártires, los dioses no existirían. La vida burocrática permite además a los mediocres evitar cualquier contacto con una realidad que les advierta de sus propias ignorancias y deficiencias. Incluso las denominadas agencias evaluadoras de la actividad investigadora recompensan con jugosas puntuaciones la ineptitud intelectual de estos colegas que, incapaces de hacer avanzar la investigación científica y crítica, evalúan sin vergüenza alguna la que desarrollan los demás, tratando siempre de devaluarla lo más posible, a fin de que nadie deje en evidencia sus propias lagunas y limitaciones. El resultado, sin embargo, es el contrario, porque una situación así incrementa las diferencias curriculares entre los investigadores y los burócratas. No es fácil compaginar una y otra actividad en el contexto de la Universidad actual: o eres un investigador o eres un burócrata. O vives en el autoengaño.

Las autodenominadas agencias de calidad demuestran cuán necesarios son los recursos técnicos de la burocracia universitaria contemporánea destinados a salvaguardar la forma de trayectorias curriculares completamente vacías de contenido científico, a las que sin embargo hay que acreditar en nombre de un sistema académico en realidad absurdo, arbitrario y estéril, pero, sobre todo, infiel a la realidad de las ciencias. Desde el punto de vista de numerosos autores y profesores universitarios, la Aneca es una de las instituciones españolas más nocivas que, vinculadas a la Universidad, han existido jamás. Lejos de contribuir al desarrollo científico e investigador del personal académico, ha provocado la mayor decepción que colectivamente se ha vivido en el mundo universitario de los últimos años por lo que a la promoción del investigador se refiere. En opinión de buena parte del profesorado verdaderamente investigador, que es minoritario, se trata de una institución que debería ser abolida inmediatamente, junto con todas y cada una de las acreditaciones y desacreditaciones que ha hecho públicas[5].

No es la Universidad la que hace evolucionar la razón humana —algo así es un mito de un engreimiento absoluto, sino que es la razón humana la que hace evolucionar a la Universidad, y siempre contra los imperativos plutocráticos de la política y en contra permanentemente de los intereses gremiales y oclocráticos de las ideologías. Actualmente, contra la plutocracia política y la oclocracia social hay que añadir la burocracia universitaria. La investigación científica no ha lugar en nuestras universidades. La Universidad actual no se rige según criterios científicos, sino de acuerdo con exigencias políticas de orden burocrático que sirven a imperativos financieros exclusivamente ideológicos y sociológicos. Los mediocres salen siempre muy baratos al Estado.

Uno de los hechos más lamentables de la Universidad, española y extranjera, es la absoluta falta de democracia. ¿Quién dispone el cambio, arbitrario y constante, de los criterios de promoción del profesorado, que se modifican en cada legislatura, sin que se consulte absolutamente a ningún profesor? ¿Quién determina los procedimientos de oposición, más cambiantes que el cambio climático, y obsecuentes con la promoción de obstáculos destinados a la consecución de cualquier logro objetivo? ¿Quién impone las guías docentes y todo el idealismo de sus exigencias infructuosas? ¿A qué referéndum se ha sometido todo esto, y más, durante la democracia? ¿Dónde está la libertad del profesor universitario a la hora de legislar las disposiciones que determinan su trabajo administrativo, su promoción científica y su actividad docente? En ninguna parte. Porque la libertad del profesor universitario consiste en cumplir las leyes impuestas por quienes ni son profesores universitarios ni han ejercido nunca la docencia ni la investigación académicas en niveles superiores. Y porque cumplir con las leyes no es ejercer la libertad, sino obedecer. ¿Cuál es el valor de una democracia que no asegura la libertad?

Con toda probabilidad —y ojalá hubiera razones para suponer que me equivoco—, de las Facultades de Filología de las universidades españolas no saldrá, durante décadas, ni una sola persona capaz de ejercer responsabilidades empresariales y políticas de referencia en el Estado español. No puede decirse lo mismo de las facultades relativas a saberes jurídicos, tecnológicos, científicos, experimentales. Al menos eso quiero creer. ¿Por qué se puede pensar que las facultades filológicas surten esencialmente movimientos sociales, más ruidosos que efectivos, y las restantes facultades y escuelas técnicas promueven profesionales en el ámbito de la medicina, el Derecho, la economía, o la ingeniería? Los filólogos se comportan en muchos casos como plañideras. Escriben declaraciones elegíacas, nostálgicas, lacrimosas, tratando de convertirse en protagonistas privilegiados del ocaso, o en profetas apocalípticos de las Humanidades. Tonterías. Están encantados con esta deliciosa agonía a la que voluptuosa y teatralmente se consagran. Y también estultamente, si bien esto no se hace notar, de modo que, en cada representación, lo grotesco crece con mayor notoriedad. Conviene que quien se dedica a este tipo de melodrama sepa que hace el ridículo.

La Universidad se convierte sin advertirlo en una suerte de «corralito», en un terreno endogámicamente concertado por la mediocridad. Sin endogamia y sin prevaricación el actual sistema académico sería imposible de sostener.

Frente a estas interpretaciones realistas, que con frecuencia se califican de pesimistas, surgen algunas alterativas retóricas más o menos atractivas, según la forma en que se presenten. Entre ellas hay dos mitos dignos de señalar: el mito de la fuga de cerebros y el mito de que las universidades extranjeras son mejores que las españolas en materia de Letras. Se trata de dos falacias. Cualquiera que haya trabajado en los departamentos de Hispanismo en universidades de Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, Alemania, Holanda, Bélgica, Suiza o Reino Unido, habrá comprobado, en primer lugar, que la diáspora de materia gris es un efecto propagandístico de alguna golondrina que, pese a su individualismo, no ha hecho verano, y, en segundo lugar, que las universidades extranjeras están más y mejor maquilladas que las españolas, porque sus diferencias son más aparentes que reales, y porque sus profesores son de la misma naturaleza y formación que los de las nuestras. Es cierto que las universidades extrajeras están exentas de endogamia geográfica (el grupo no se concentra territorialmente), pero no de prevaricación, ni tampoco de endogamia temporal (el grupo se ramifica y organiza en largos períodos de dominio académico, períodos que tratan de monopolizar todo lo que se hace y publica). En las universidades anglosajonas, lo que en España sería prevaricación allí es psicologismo, porque las normas de selección del profesorado obedecen a criterios psicológicos y circunstanciales —cuando no completamente ocurrentes e injustificables curricularmente— más que académicos y científicos, de modo que el resultado de la elección no se atiene tanto a criterios objetivados en una normativa como a la interpretación personal del votante. Piénsese que las universidades anglosajonas cuidan extraordinariamente su imagen, frente a la realidad apenas disimulada de las hispanogrecolatinas. Por falta de datos y conocimiento al respecto, debido al hermetismo de la Universidad de Princeton, no es posible interpretar ni valorar las causas del suicidio del profesor Antonio Calvo. Es una página negra en el Hispanismo académico norteamericano: el suicidio. Un tema del que nadie quiere hablar ni escribir.

De cualquier manera, las universidades extranjeras están muy maquilladas en función del mercado, mientras que las españolas suelen estarlo en función de la burocracia y de la ideología dominante en ese momento. De forma lenta y constante, la burocracia se convierte en el principal enemigo de la investigación científica, una investigación que cada día es más difícil de llevar a cabo en la Universidad española actual, sobre todo en materia de Letras. ¿Por qué la Universidad española se ha convertido en una institución que premia la mediocridad y la ideología y castiga la investigación y la ciencia así como también la docencia? Indudablemente, por el crecido poder que en ella ejercen los mediocres, cuya placenta, como ya he dicho, es la burocracia. Y la ideología.

Ahora bien, ¿cómo investigan los burócratas? ¿Qué tipo de libros publica comúnmente quien dedica su vida académica a la burocracia? El burócrata suele publicar, por antonomasia, un libro básico: su tesis doctoral, casi siempre en el servicio de publicaciones de la universidad en la que despliega endogámicamente toda tu trayectoria curricular y profesional. Después, pasados algunos años, en el mejor de los casos, publica un opúsculo, y acaso, a fin de prevenirse burocráticamente ante concursos de promoción y agencias de acreditación, publica recolecciones de artículos que han ido apareciendo aquí y allá, con objeto de obtener nuevas prebendas burocráticas, estratégicamente fertilizadas, para lograr un sexenio, una bequita, una acreditación, etc. Con frecuencia muchas revistas científicas falsifican las fechas de recepción y aceptación de los artículos, así como las evaluaciones, pero el maquillaje es tan natural, y tan comprometedor (hoy por ti, mañana por mí), que nadie desea revelar ni hablar de los términos y condiciones de tal «dopaje académico». La mayor parte de estos burócratas se morirán sin haber escrito ni una sola línea, no hablemos ya de un artículo —ni mucho menos de un libro— de referencia. Pero habrán escrito cientos de centones de informes para acreditar a sus amigos y desacreditar a sus enemigos en la carrera por la más mediocre de las autopistas burocráticas: la posmoderna universidad contemporánea. El género de escritura del burócrata no es el trabajo de investigación científica, sino el informe de evaluación sobre el colega. Todo esto ha contribuido decisivamente a la devaluación de la Universidad como institución investigadora y docente en materia de Letras. La destrucción ordenada y cuidadosamente desarrollada de los sistemas educativos estatales es excelente en nuestros tiempos posmodernos. Asegura además la mejor incomunicación posible entre todos y cada uno de los individuos emocionalmente reconfortados en sus escuelas, centros de enseñanza media y «prestigiosas» universidades. Paradójicamente, cada individuo es «educado» en la convicción de que puede llevar una vida a la carta, en la que tiene derecho a todo, sin límites, y en la que, por supuesto, le sobran todo tipo de conocimientos. El lema es «mi yo lo sabe todo».

En la primavera de 2011 el Estado español trabajaba sobre la reforma del estatuto del Personal Docente e Investigador (PDI), y difundió un borrador que suscitó todo tipo de críticas y rechazos a los que se sumaron incluso quienes sin duda estaban formando parte de su elaboración. Se firmaron entonces, como siempre, varios manifiestos. El manifiesto es un género de escrito retórico y propagandístico, de tono muy autodignificante, al que también es muy dado el colectivo de profesores universitarios. Evidentemente, no sirve para nada, si exceptuamos su emoción terapéutica más o menos inmediata e instantáneamente perecedera.

José Adolfo de Azcárraga, catedrático de Física de la Universidad de Valencia, publicó en El País, el 3 de marzo de 2011, un artículo titulado «La Universidad que viene: profesores por puntos», en el que criticaba duramente el texto del borrador ministerial del Estatuto del PDI. La noticia del artículo de Azcárraga se difundió en la comunidad universitaria junto a la solicitud de firmas en contra del borrador del tal estatuto, promovida tal solicitud por faneca, una organización de profesores universitarios declaradamente contrarios a la Aneca, y cuya página en Internet es http://uniseria.blogspot.com/.

Azcárraga escribe que «la Universidad española perdió, a la llegada de la democracia, una gran oportunidad para intentar parecerse a las mejores universidades europeas y de Estados Unidos». Es cierto, pero, si por un lado tanto en USA como en Europa las universidades buenas son muy pocas —y subrayo lo de muy pocas—, por otro lado en España interesó a mucha gente, es decir, a mucho colega —y a muchos de nuestros maestros—, que la Universidad de nuestro país perpetuara los mejores vicios del régimen anterior, entre ellos el caciquismo (en todos sus multitudinarios órdenes), que durante la democracia se vio sofisticadamente enriquecido, pero bajo un nuevo nombre: endogamia.

La mayor parte del profesorado independiente de hoy desprecia a aquel que ha crecido a la sombra de un cacique: aunque, por cortesía o vergüenza ajena (la que no tiene el interfecto), no se lo recordamos a la cara y a diario. Las formas de poder atraviesan hoy momentos muy críticos en las universidades. Nunca ha sido tan efímero y tan poco consistente. Es un poder terminal, un poder que se ejerce ya con fecha de caducidad anunciada.

En la segunda década del siglo XXI, quienes pretenden ser eméritos superan el 2% reglamentario en la mayor parte de las universidades españolas. Para perpetuar su vinculación con la Universidad más allá de los 70 años, se ha creado la figura del profesor honorífico. Todos lo quieren ser. Todos. Y todas. Es fácil imaginarse lo que sucederá en las votaciones de los consejos de departamento. Y demás consejos. Porque es evidente que il cuore dell’uomo sempre batte de lato del potere… Y nunca importa quién se va, sino quién vendrá. En 2012, la Universidad Complutense de Madrid transmitió a sus eméritos la imposibilidad de seguir manteniéndolos como tales, por falta de dinero. ¿Se extendió esta medida a otras universidades? No necesariamente. Situación semejante afecta, en distinta medida, a numerosos colegas acreditados por la Aneca, y a quienes sus respectivas universidades no podrán otorgar una plaza ni de titular ni de catedrático por falta de presupuestos. Al menos, esa es la razón que se aduce. La verdad, la saben ellos, y la intuimos todos. La crisis económica es, a veces, más justiciera que las agencias de evaluación. Lo cierto es que universidades ha habido que durante 12 años han mantenido congeladas la convocatoria de oposiciones, de modo que decenas de profesores acreditados a titularidades y cátedras han esperado más de una década para poder opositar. Más de uno, por razones cronológicas, se vio en la jubilación antes que en la cátedra.

Igualmente habla Azcárraga en su artículo antes citado del «nefasto baremo de las acreditaciones para los cuerpos universitarios». ¿Cuántos de nuestros colegas participan a diario en el ejercicio de ese «nefasto baremo», cumplimentando informes al servicio de los imperativos evaluadores e institucionales? ¿Saben estos colegas que muchos de sus informes no los tiene en cuenta la Aneca, si a la comisión que resuelve las solicitudes no le interesa tenerlos en cuenta? Amparándose en que tales informes externos no son vinculantes, la Aneca ha emitido resoluciones deliberadamente contrarias a tales informes. No vale, pues, criticar el sistema de palabra, en público, y alimentarlo, antes o después, con informes que, debidamente entregados en tiempo y forma a sus respectivos comendadores burocráticos, pueden resultar ignorados por completo. Y el ignorarnos, el actuar contra ellos, es una forma de manipulación e incluso de posible prevaricación. Porque una cosa es ignorar legalmente un informe pericial positivo, con la gravedad que eso supone, y otra muy distinta es emitir, sin fundamento, un nuevo informe contrario al previamente solicitado y redactado ex profeso para ir contra el informe favorable, y justificar de este modo la negación de una acreditación.

Finalmente, Azcárraga advierte (usando un presente continuo inglés): «Estamos presenciando la toma final del poder por los burócratas gracias a entornos —como el que crearía el Borrador— que favorecen el triunfo de su especie (Darwin, otra vez) a expensas de la institucionalmente más débil, la de los PDI con verdadera vocación docente e investigadora». ¿Acaso cabe otra cosa? Pero, ¿qué se puede esperar de una institución científica que valora más la burocracia que la ciencia? Que los científicos la abandonen en la medida de lo posible: concursos de traslado, excedencias, jubilaciones, estancias cada vez más prolongadas en el extranjero, actividades privadas paralelas o, simplemente, escaqueos de diverso género. En suma, la disolución de la ciencia dentro de la Universidad. Muchos profesores universitarios vivimos en la convicción de que la burocracia ha sido y es con frecuencia —y hoy más que ayer— el refugio de los más incapacitados para la vida científica. Hoy, sin embargo, estos presuntos incapacitados de la ciencia pueden acreditarse como burócratas de excelencia. Y juzgar a quienes valen más que ellos.

Es un delicioso mundo al revés. ¿Qué sucederá cuando Fortuna dé la vuelta a la rueda? La mayor parte de ellos se jubilarán, y se morirán, sin haber escrito —ya no publicado— ni una sola obra de referencia. Ni una sola. Pero habrán cubierto cientos de informes, hechos todos ellos con las mismas fórmulas repetitivas y amaneradas. Esa será su obra. Que no servirá ni para la wikipedia, donde por cierto varios de ellos acicalan narcisistamente sus propios curriculaY además, ¿a qué viene tanta sorpresa? ¿Cuánto tiempo llevamos formando parte de este sistema y de las condiciones que aseguran su degradación? Porque un sistema así se mantiene con la complicidad de quienes no están de acuerdo con él, pero colaboran con él, por dinero, por cortesía, por cobardía, por amistad, por esperanza, por interés, por incapacidad para hacer otra cosa.

Mientras se siga colaborando acríticamente con la Aneca, o con la Anep, estas y otras instituciones seguirán evaluando, acreditando y desacreditando, y, si es verdad, como yo creo que lo es, lo que dicen muchas personas que al respecto escriben, continuarán asegurando en la universidad española el triunfo de la mediocridad: porque aunque no estén de acuerdo con ella, tampoco la podrán contrarrestar.

Las revoluciones sólo se hacen en los callejones sin salida. Y el triunfo de la mediocridad tiene muchos cómplices e innumerables salidas: no conduce jamás a ningún callejón, sino que permite transitar por avenidas muy vistosas y ocurrentes. Otra cosa es que los colegas se burlen (y mucho) unos de otros entre bastidores, pero, por detrás, como se dice popularmente, «por detrás... llaman al rey cornudo». Y lo que se hace en privado no siempre es un signo de prudencia, sino las más de las veces de cobardía y represión.

Si las anecas de turno no tuvieran burócratas que aceptaran trabajar para ellas, a cambio del placer que supone huronear en el CV del colega —¿o acaso es la miseria de la comisión económica que se cobra por evaluar lo que atrae, o la falsa ilusión de poder con que cree investirse el supuesto experto, ignorando que el camino está lleno de arrieros?—, no podrían continuar desarrollando esta labor que tanto se critica públicamente desde todos los medios hoy en día. La mediocridad de los necios no gozaría de tantas libertades y simpatías si la inteligencia de los discretos no se amancebara con ella de forma tan frecuente, tan cobarde y tan barata. En estos momentos la lucha por la calidad de la universidad española es una batalla perdida. En materia de Letras, lo es irreversiblemente. Y en el extranjero, también. Quien lo probó —con permiso de Lope—, lo sabe. Podemos firmar manifiestos, papelitos, articulitos, usar estas cosas nuevas que ahora se usan para perder el tiempo colectivamente en internet, redes sociales y otras pamplinas para entretenerse y degradarse individual y colectivamente, etc. Está bien como terapia de grupo, como idealismo colectivo y como autoengaño absoluto. Para el que lo necesite... Con vuestro pan os lo comáis. Pero las revoluciones no se hacen sólo con palabras. Lo único que se puede hacer es poner objetivamente en la picota a quienes, creyendo tener un CV presentable, hacen el ridículo evaluando a quienes disponen de un CV científicamente mucho más potente. La única razón que se puede esgrimir frente a la burocracia y sus agentes, aunque sean colegas y amigos (y si no son ni lo uno ni lo otro mucho mejor), es la razón científica. Y, si procede, elevar una demanda judicial por prevaricación cuando sea posible reunir pruebas que lo demuestren.

Llegados a este punto, o se está con la ciencia, o se está con la burocracia. La dialéctica entre ambas es el actual terreno de juego. Éstos son los bandos para el que quiera jugar. No vale estar en los dos. En contextos como éste, las medias tintas son propias de sofistas. Y sirven a la burocracia, no a la ciencia. Se olvida, además, que Roma nunca paga a traidores.

Nunca en la historia de la democracia española el descontento de la comunidad universitaria ha sido mayor que el actual. Y nunca ese descontento ha tenido razones más poderosas que las actuales. Pero no hay ni habrá una respuesta organizada, porque colectivamente el profesorado universitario, tan listo él, es incapaz de llevarla a cabo. Una crítica hecha sólo de palabras no tiene ninguna validez efectiva. La efectividad —al igual que la realidad de la verdad— está en los hechos, no en las palabras. La ontología es más fuerte que la filología. Y hoy todo es pura psicología idealista. Toda revolución es egolatría, se hace siempre en nombre del amor propio y hoy por hoy incluso en nombre de la supremacía del insulto personal y gregario. Nada cabe esperar en estos momentos de ninguna posible revolución en las aulas o claustros. Lo único que podrá terminar con la endogamia, la prevaricación y la injusticia en la Universidad española ―o al menos limitarlas― es, por desgracia, la crisis económica y extinción demográfica, las cuales, al detener el crecimiento de la administración, cercenarán también sus tumores. Pero la solución no es amputar ni destruir lo que hay, sino mejorarlo. No hay salida cuando la solución es la necrosis o el sarcoma.

La insolidaridad generacional, de «viejos» que mantienen sus privilegios depredando el crecimiento de «jóvenes», es un hecho presente. Es problema que afecta ante todo a las nuevas generaciones: que espabilen, ¿o es que se creen que el mundo es como se lo han contado? Hoy se tiene cada vez menos que ganar, y por lo tanto el temor al enfrentamiento es mucho menor que hace tan sólo una década.

Por otro lado, cuando no hay nada que perder, ni nada que ganar, el miedo no existe. El miedo y la esperanza son pura psicología. Si a esto añadimos que el conflicto de poderes resulta cada vez más irregular y dinámico, más turbulento y cambiante, es muy aconsejable tentarse el indumento antes de echar las campanas al vuelo con una evaluación inaceptable para un grupo preparado de investigadores que observan cómo los burócratas pierden terreno porque la crisis económica no los acompaña en sus mangoneos. La Aneca ha provocado en la universidad española más descontentos y desavenencias en un sólo lustro que el resto de las instituciones educativas en treinta años de democracia. Lo he dicho e insisto en ello. En España vemos disolverse el alumnado universitario, por muchas razones, de forma imparable: descenso de natalidad, inutilidad de la docencia y de la formación universitaria (pienso en las titulaciones llamadas de Letras, pero no descarto las otras), alejamiento del mercado laboral, incremento de los obstáculos de todo tipo (burocráticos, autonómicos, nacionalistas, multiplicación de planes de estudio cada vez más absurdos) que se interponen entre el comienzo de la carrera y su conclusión, etc. Vale más dedicarse a otra cosa que ir a estudiar a una Facultad de Letras.

Las décadas que vienen son de estiaje para la vida universitaria y todo lo relacionado con las instituciones académicas. Pero en realidad, esto no le importa a nadie. Los prejuicios no se combaten: se explotan. Los triunfos de la Aneca coinciden con el más que públicamente denostado triunfo de los mediocres. Curiosa casualidad. Nadie se da por aludido. Peor para quienes prefieran ignorarlo. Al final, sólo la burocracia probará que han existido.

En la Universidad trabaja el que no sirve para otra cosa. Y quien crea lo contrario que cuide su vanagloria, o que demuestre de veras que sirve para otra cosa.

La vida es un camino lleno de arrieros. Y la vida universitaria está más llena de arrieros que de caminitos. Hasta la vista.


 

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NOTAS

[1] En vano se expresa lo que se sobreentiende calladamente.

[2] La verdad…, / el peor de todos los recursos.

[3] A la ilegalidad de la Aneca se refirió José Eugenio Soriano García en su escrito titulado «La Aneca una Fundación ilegal», en El Imparcial, 23 de diciembre de 2010: «La pomposamente denominada «Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación», ni es Agencia, ni Evalúa, ni tiene Calidad y más que Acreditación, podría sin ánimo polémico sino meramente descriptivo, denominarse de Desacreditación. Y tiene en sus manos, sin embargo y nada menos que la política universitaria. Para empezar no es una Agencia. Es una Fundación. Y la han dotado de potestades públicas con poderes públicos, lo cual es frontalmente contrario a la Constitución y a la Ley de Fundaciones, puesto que exactamente se impide en nuestro Derecho que las Fundaciones dispongan de poderes públicos (remito a los trabajos de Piñar Mañas, el máximo experto español sobre Fundaciones, quien ya denunció esta situación recientemente en Bolonia en un Congreso Internacional)».

[4] Sobre la promoción y difusión de la pseudociencia en la Universidad española, vid. el número 184 de la revista SEBBM, publicada por la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular, en junio de 2015, bajo el título de Pseudociencias, disponible en pdf en este enlace.

[5] No lo afirmo yo, sino cuantos me han precedido en la interpretación de estos asuntos, como podrá comprobar cualquiera que lea textos como los que siguen (o los vídeos de este canal de YouTube): «La Universidad que viene: profesores por puntos», de José Adolfo de Azcárraga, en El País, 3 de marzo de 2011; «La ANECA: una Fundación ilegal», de José Eugenio Soriano García, en El Imparcial, 21 de diciembre de 2010; «La calidad de las universidades españolas», de Tomás Ortín Miguel, en El País, 13 de diciembre de 2010; «Elfracaso de la Universidad española», editorial de El Imparcial, 19 de agosto de 2010; «Ignorancia a la boloñesa», de José Luis Pardo, en Revista de Libros, 158, febrero de 2010; «Dispendio universitario en proyectos fantasma», de Araceli Mangas Martín, en El Mundo, 2 de marzo de 2010; «Universidad española y Bolonia», de José Eugenio Soriano García, en El Imparcial, 19 de agosto de 2010; «Disparad contra la Ilustración», Rafael Argullol, en El País, 7 de setiembre de 2009. La lista de referencias bibliográficas sobre esta materia resulta interminable e inagotable. Sobre los nefastos procedimientos de la Aneca, vid. las informaciones publicadas en el siguiente enlace de internet: http://uniseria.blogspot.com.es/ (13.09.12). Y en múltiples foros académicos y extraacadémicos que se ramifican en la red internáutica.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Diatriba contra la Universidad actual», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (V, 4.6), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


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Crítica de la razón literaria Jesús G. Maestro