III, 4.6.1 - La poética de la Crítica de la razón literaria frente a la estética del idealismo alemán

  

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





La poética de la Crítica de la razón literaria frente a la estética del idealismo alemán


Referencia III, 4.6.1 


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria

En su filosofía, Gustavo Bueno distingue las obras de arte en dos grandes grupos, según respondan al agere o al facere, esto es, a la praxis prudencial del hacer interpretativo (phrónesis hermeneusis) o a la téchnee del hacer constructivo (poiesis). Esta diferencia proviene de la clásica distinción aristotélica (Ética a Nicómaco, VI, 4, 1140a 1-22) entre praxis (actividad o quehacer prudencial —phrónesis— que perfecciona al agente: agere) y poiesis (actividad o hacer —facere— relativo a la perfección del producto construido o elaborado —factum— por el sujeto agente o sujeto operatorio). De este modo, el materialismo filosófico recupera estos conceptos para reinterpretarlos desde las coordenadas propias de una teoría estética, de tal modo que identifica en el agere la construcción de obras de arte sustantivo, que la tradición ha hecho corresponder con las denominadas Bellas Artes, a la vez que identifica en el facere la construcción de obras de arte adjetivo, una suerte de arte instrumental, utilitarista o incluso servil[1].

A diferencia de la interpretación estética consuetudinaria, que distinguía entre Bellas Artes, o artes nobles (música, pintura, escultura, poesía, etc.), basadas en el agere, y «artes serviles» o instrumentales (el arte de la caza, el arte de hacer zapatos, el arte de la guerra, las artes marciales...), basadas en el facere, Bueno introduce otro criterio diferencial, no de fundamento sociológico (artes nobles / artes viles), sino de fundamento filosófico (arte sustantivo / arte adjetivo). El rasgo diferenciador no será una tesis de sociología, o de psicología social, sino un criterio lógico-formal y lógico material, determinado por el grado de segregación o disolución del sujeto poiético o constructor, sujeto del facere, esto es, del artífice de la obra en cuestión, segregación o disolución que tendrá lugar en la medida en que ese sujeto operatorio o artífice resulte subrogado por un sujeto igualmente operatorio, pero que actúe ahora en calidad de intérprete o transductor, sujeto del agere, de la obra de arte reconocida ya normativamente como tal. En consecuencia, una obra de arte no será otra cosa que un objeto, o un artefacto —por citar el término propuesto por Mukarovski (1936)— construido (factum) por un ser humano o sujeto operatorio (del facere). Este objeto será estético en la medida en que otros sujetos operatorios (del agere) lo utilicen —y ha de subrayarse aquí la dimensión utilitarista del término— para interpretarlo estéticamente, es decir, para interpretarlo segregado de su dimensión utilitarista primigenia, y contextualizado, esto es, implicado, en una nueva dimensión no menos utilitarista que la primigenia. Pero ahora, esta segunda operación no será de orden constructivo (poiein), como la primera, sino interpretativo, hermenéutico o transductor, en el cual se objetiva el conocimiento de un sistema de ideas formalizado estéticamente (aisthesis) o, lo que es lo mismo, objetivado de forma trascendente a sus causas y motivaciones originales. Esta interpretación filosófica del arte, en líneas generales, está en consonancia con los criterios y exigencias de nuestra Teoría de la Literatura. Hay, sin embargo, algunas observaciones que es necesario señalar. 

La Crítica de la razón literaria exige recuperar el concepto de construcción o poiesis, y nos sitúa de este modo dentro de la tradición poética hispanogrecolatina, a la vez que atenúa visiblemente el peso de la estética (aisthesis) o «sensación», procedente del idealismo alemán (Baumgarten, 1750-1758; Kant, 1790), como principio psicológicamente explicativo y sensorialmente reductor del arte. Para los idealistas alemanes, la obra de arte queda reducida a la experiencia personal y subjetiva de sus efectos sensibles. Puro M2. La exigencia de interpretar de forma objetiva y normativa una obra de arte, en general, y literaria, en particular, resulta totalmente negada, desautorizada y proscrita en nombre de una nueva teoría del conocimiento idealista, romántica y germánica: el idealismo alemán. La Anglosfera ha prohibido así la interpretación científica del arte, en general, y de la literatura, en particular. Ningún imperativo ha sido y es tan contrario a la tradición literaria hispanogrecolatina, y tan absolutamente incompatible con ella, como éste. Desde la Poética de Aristóteles hasta la Aesthetica de Baumgarten —obra esta última que rompe con el racionalismo de la poética y de la retórica clásicas para imponer el idealismo sensorial y luterano de la libre interpretación estética—, la literatura había sido objeto de interpretación científica y filosófica. Desde Baumgarten (1750-1758), Lessing (1766) y Kant (1790) se impone sobre los materiales literarios la interdicción científica, que resulta absolutamente exigida y glorificada por la Anglosfera, como un triunfo propio frente a dominios culturales ajenos, cuyos productos no son de elaboración propia o genuinamente germana. De este modo, la literatura —de Homero a Cervantes, de la antigua Grecia a la España de los Siglos de Oro— queda, como la totalidad de las artes, secuestrada, marginada y enclaustrada en el ámbito emocional de los sentimientos. ¿Qué hace la Hispanosfera? Lo peor que podría hacerse: aceptar tal aberración sin cuestionarla ni criticarla. La interdicción científica de la literatura es obra del Idealismo alemán y de la Anglosfera, y supone históricamente neutralizar el peso de la tradición literaria hispanogrecolatina frente a la expansión absolutista y globalizante de la hegemonía cultural anglosajona, desde la Ilustración hasta la Posmodernidad contemporánea. Es evidente que la Crítica de la razón literaria se enfrenta de forma radicalmente dialéctica —y en solitario— a tan ridícula obsecuencia. 

Sí nos parece aceptable la división que propone Bueno entre obras de arte basadas en el agere y en el facere, aunque no nos sirva para fundamentar nuestras ideas sobre poética literaria, pues la distinción entre arte sustantivo y arte adjetivo resulta, desde las exigencias de la Crítica de la razón literaria, insuficiente para dar cuenta de las verdaderas y globales complejidades del arte en general y, muy en particular, de la literatura, cuya idea y concepto, junto con sus materiales y ontología, sus géneros y especies, ficciones, metodologías comparatistas y, sobre todo, su genealogía, rebasan esta dicotomía (sustantivo / adjetivo) desde todas las operaciones y puntos de vista.

Piénsese que Juan de la Cruz escribe su Cántico espiritual con el fin de indicar a unas monjas el camino hacia la experiencia mística[2]. Sin embargo, ese conjunto de liras puede leerse normativamente como lo que es: una obra canónica del arte poético del Renacimiento. Nada más lejos de la intención de su artífice. El intérprete, sujeto del agere, puede hacer de un artefacto, o de una obra de arte adjetivo, como es la poesía religiosa, construida por un autor determinado, sujeto del facere, una obra de arte sustantivo, esto es, una poesía de tema religioso. La distinción genealógica entre literaturas crítica o indicativa, programática o imperativa y sofisticada o reconstructiva, por ejemplo, es más eficaz, en el terreno de la Teoría de la Literatura y de la interpretación literaria, que la bipolaridad generalista entre arte adjetivo o sustantivo. De hecho, en las aulas académicas (por el momento) no leemos el Cántico espiritual de Juan de la Cruz para entrar, mediante el éxtasis, en contacto con la divinidad. Con todo, sí hemos confirmado la experiencia de estudiantes que, obligados a leer textos de la llamada «poesía feminista», se ven sometidos en las aulas contemporáneas al imperativo de «sentir» o «experimentar» como mujeres el «sentido» de esa supuesta poesía. (El problema adviene irónicamente cuando es una mujer quien resulta obligada a «sentir» en el aula «como mujer» el sentido de un texto que la feminista de turno le obliga a sentir como mujer, y la joven lectora confiesa, con toda franqueza, «no sentir nada». Entre otras cosas, porque la literatura se interpreta desde la razón, y con la inteligencia —cuando se posee—, y no desde la fe ni sólo con el sentimiento. No es placer el que se impone a la fuerza. Y no vale argumentar que «a falta de inteligencia, buena es la fe», porque afirmar algo así no es educar, sino todo lo contrario: es obligar al ser humano a vivir con fanatismo en un mundo en el que se le ha negado el uso de la razón. La literatura no es sólo cuestión de sentimiento, sino —sobre todo— de inteligencia. No obstante, es obvio que siempre habrá personas a las que, para ser inteligentes, les bastará con «sentirse» inteligentes. De ilusión también se vive. Cuando el ser se reduce a un «sentimiento», porque la ontología se reduce a psicología, el esclavo puede sentirse confortablemente libre en su mazmorra).

 

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NOTAS

[1] «La cuestión se plantea como un intento de dar cuenta de la razón por la cual esos grupos sociales elitistas prefieren mantener el contacto con las bellas artes a mantenerlo con las artes útiles (al menos, en determinadas condiciones). Dicho de otro modo: las artes liberales o nobles no son objetivamente libres o nobles por haber sido «preferidas» por las élites nobles aristocráticas o granburguesas, sino que habrían sido elegidas por dichas élites precisamente por ser objetivamente más libres que las artes serviles, orientadas a atender o servir a las necesidades pragmáticas» (Bueno, 2007a: 276).

[2] Juan de la Cruz representa un ejemplo excepcional en los ámbitos de la creación literaria y el ejercicio hermenéutico, al ser él mismo autor e intérprete de su propia obra, en el Cántico espiritual y la Llama de amor viva, de un lado, y los comentarios en prosa a los poemas, de otro, solicitados según parece por las religiosas Ana Lobera y Ana de Peñalosa (Asún, 1968; Bataillon, 1949; Eulogio, 1958, 1958a; Mancho Duque, 1993; Vega, 1957).






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «La poética de la Crítica de la razón literaria frente a la estética del idealismo alemán», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (III, 4.6.1), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


⸙ Bibliografía completa de la Crítica de la razón literaria



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