V, 2.3 - Idea de identidad en la posmodernidad

 

Crítica de la razón literaria
 
Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica

Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades 
del conocimiento racionalista de la literatura 

Editorial Academia del Hispanismo, 2017-2022. 
Décima edición digital definitiva. 
ISBN 978-84-17696-58-0

Jesús G. Maestro
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Índices





Idea de identidad en la posmodernidad


Referencia V, 2.3


Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal.

Mateo, 5,38-39a.


Si cualquier fuera libre de interpretar a su juicio los derechos públicos, no podría mantenerse ningún Estado, sino que se disolvería al instante, y el derecho público se convertiría en privado.

Baruch Spinoza, Tratado teológico-político (VII, 4; 1670/1986: 220).


 

Generalmente se piensa que Jesús de Nazaret abolió la Ley del Talión. Sin entrar en los problemas de redacción del capítulo quinto de Mateo, ni en que el logion no cuenta con paralelos exactos en el resto de los evangelios, autores como Esquinas Algaba (2007) se han preguntado hasta dónde alcanza esta presunta abolición, a juzgar por otras declaraciones del mismo Jesús:


Os medirán con la medida en que midáis (Q 6,38).

En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid fuera y sacudid el polvo de vuestros pies. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad (Q 10,10-12).

Y tú, Cafarnaún, ¿acaso te elevarás hasta el cielo? Bajarás hasta el infierno (Q 10,15).

Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles... (Q 12,9).

Llegará el señor de ese siervo el día que no lo espera y a la hora que no se imagina, lo castigará severamente y le hará correr la suerte de los incrédulos (Q, 12,46).

La medida con que midáis la usarán con vosotros y con creces. A quien tiene se le dará; a quien no tiene se le quitará lo que tiene (Mc 4,24b-25 y par).

Como juzguéis os juzgarán (Mc 6,37b y par.)


Cristo nos manda que amemos a nuestros enemigos, pero no a los enemigos de Dios. Podemos y debemos perdonar a nuestros enemigos, sí, pero no podemos, y no debemos, de ninguna manera, perdonar a los enemigos de Dios, porque entonces el Hombre estaría suplantando a Dios (Esquinas Algaba, 2007).

La abolición de la Ley del Talión tiene como fin unir a los miembros de un grupo que cree en el mismo Dios, es decir, que cree en los mismos ideales, que cree en los mismos objetivos, y se deroga precisamente «entre hermanos» para seguir manteniendo «en la familia» la existencia de los mismos objetivos y la unión del mismo grupo. Aunque tales objetivos no existan, o sean falsos, y sus miembros no los merezcan. Pero la Ley del Talión no queda abolida para ejecutarse y aplicarse a aquellas personas que creen en otros dioses, o que poseen objetivos o ideales diferentes a los del grupo dominante. Es decir, no queda abolida, sino vigente, para quienes no pertenecen a la «familia». Porque a los dioses falsos —en realidad, los dioses ajenos hay que destruirlos, como hay que destruir también aquellos objetivos que son diferentes de los objetivos del grupo o la familia dominante.

En nuestro tiempo, sin embargo, lo que une a las gentes, a las familias, a los pueblos..., ya no recibe el nombre de Ley del Talión, sino un nombre mucho más insípido y absurdo. Se llama identidad.

La idea de identidad en la posmodernidad es una idea gremial. Está destinada a definir a grupos humanos organizados gremialmente, bajo la forma de una sociedad artificial o gentilicia, que, desde dentro de una sociedad política o estatal —de la que forma parte—, y en relación con individuos ajenos al gremio como tal —pero con los que interactúa—, dispone de capacidad operatoria contra el Estado, como sociedad política, y contra los restantes individuos de la sociedad natural, no organizados gremialmente.

Los gremios son minorías sociales, caracterizadas por el autismo y el imperialismo, es decir, por el autismo gremial —no comparten sus ideas ni sus fuerzas con quienes no forman parte del grupo— y por el imperialismo gremial —pretenden por la fuerza la expansión del gremio hasta controlar la expansión y organización de otros grupos afines o disidentes—. Las normas morales del gremio, es decir, el conjunto de criterios destinados a la preservación, unidad y desarrollo estructural del grupo, constituyen las formas esenciales en que se objetiva su identidad.

Son sociedades gentilicias aquellas sociedades naturales humanas que no alcanzan la forma de sociedades políticas, como por ejemplo una tribu. Pero también son sociedades gentilicias aquellas sociedades artificiales humanas que no pretenden constituirse en sociedades estatales, es decir, en naciones políticas o Estados, sino que tienen como objetivo algo mucho más contundente y decisivo: el control internacional de los Estados nacionales. La democracia global es la figura por excelencia de este programa económico, ideológico y político.

Una sociedad política es una sociedad humana desarrollada, articulada y fundamentada en un Estado. Una sociedad natural —una tribu— o artificial —un lobby es aquella que no constituye un Estado, y que por tanto carece de formas de organización política organolépticamente desarrolladas[1]. Las sociedades naturales suelen ser previas a la constitución de un Estado, al que pueden dar lugar tras épocas de desarrollo. Por su parte, las sociedades artificiales humanas suelen ser contemporáneas a la existencia de un Estado, y conniventes con él. Con frecuencia el Estado trata de envolverlas, subordinándolas a las exigencias, necesidades e intereses de la sociedad estatal políticamente constituida. Pero en ocasiones ocurre a la inversa: son las sociedades artificiales gentilicias las que presionan y emulsionan al Estado para subordinarlo a sus egocéntricos y centrípetos intereses gremiales. 

Las sociedades naturales pueden clasificarse u organizarse por relación a la procedencia de sus componentes o individuos, atendiendo a su origen geográfico, a la ascendencia de su familia o linaje, a sus prácticas religiosas no institucionalizadas, a sus costumbres etológicas, etc., es decir, en suma, a lo que podemos considerar como su identidad gentilicia, que será, en este caso, una identidad constitutiva (de su sociedad como tal) y distintiva (frente a otras sociedades políticamente constituidas). En cierto modo, lo mismo puede ocurrir, mutatis mutandis, con las sociedades artificiales gentilicias, que se caracterizarán, pues, por dos atributos fundamentales: en primer lugar, por la carencia —voluntaria o forzosa, según los casos— de una organización política estatalizada y, en segundo lugar, por la insolubilidad de sus estructuras artificiales y genuinas en la sociedad política dentro de la cual subsisten, es decir, dentro de cuyo Estado actúan. Las sociedades gentilicias artificiales son nuclearmente insolubles en los Estados de las sociedades políticas, aunque sí pueden penetrarlo profundamente, y de hecho lo hacen, a veces de forma muy bien organizada, en el curso de sus ramificaciones pragmáticas, corporales y operativas, bien de forma parasitaria, bien de forma subversiva, entre otras formas posibles de intromisión, interacción o injerencia (pacifismo, terrorismo, fideísmo, migración, mercantilismo, mafia, mano de obra industrial, sectas, organizaciones secretas, gremios, lobbies, iglesias, partidos políticos, credos, ideologías, corporaciones, empresas...).

Hay en nuestros días tres tipos decisivos de sociedades artificiales gentilicias o civiles operando en el seno de nuestras sociedades políticas o estatales: las confesiones religiosas institucionalizadas en Iglesias, los grupos ideológicos (en torno a múltiples ideas o ideologías: mujer, nación, lengua, animales, clima, medio ambiente...) y las multinacionales o grupos financieros supranacionales. Estos tres tipos de sociedades, de naturaleza transestatal, tienen como objetivo, en la cosmópolis de nuestro mundo contemporáneo y globalizado, la explotación y consumición —evitando siempre el agotamiento— del Estado moderno, surgido del Renacimiento —es decir, de la Europa del Sur o Mediterránea (en la Europa del Norte el Renacimiento fue un movimiento de importación tardía y mimética, nunca original ni genuino)— y de las instituciones políticas que tras la Edad Media se constituyeron en alternativa civil al poder teológico y político de la Iglesia cristiana.

Identidad es, pues, en el contexto de la posmodernidad, la retórica del gremio. Identidad es la forma —o conjunto de formas— con la que el gremio se identifica ante el individuo, como miembro de un Estado, y ante el Estado, como sociedad políticamente organizada. Pero la identidad no es innata ni hereditaria. Ni siquiera exclusivamente colectiva o gremial. La identidad es algo que genera y construye cada gremio o lobby según sus relaciones con el medio en que ha de sobrevivir. El individuo tiene personalidad; el gremio, identidad. La personalidad es una facultad del yo; la identidad, del nosotros

En consecuencia, y en primer lugar, los individuos no se caracterizan por su identidad, sino por su personalidad. Es decir, el individuo carece de identidad reconocible, a menos que forme parte de un gremio, en cuyo caso posee la identidad del gremio, a cambio de renunciar a su identidad personal, esto es, a su personalidad. La Iglesia católica autoriza y desarrolla la personalidad de sus miembros en la medida en que estos contribuyen a desarrollar y potenciar la identidad de la Iglesia católica como institución ecuménica, política y vaticana. Del mismo modo actúa cualquier partido político, agrupación social, organización mafiosa, grupo terrorista o red institucional de espionaje (autodenominadas «de inteligencia»).

En segundo lugar, los Estados no se identifican en términos de identidad, sino como totalidades atributivas, cuyos diferentes organismos, instituciones, departamentos y ramificaciones, desempeñan funciones atributivas en el proceso de su participación en el todo del que forman parte, de modo que sin el ejercicio de tales funciones, de tales atributos, la complejidad y el funcionamiento del sistema no sería posible ni factible[2]

La identidad no es, pues, en el mundo posmoderno, el rasgo distintivo ni de un individuo ni de un Estado. La identidad es el síntoma que singulariza a un gremio, y que lo singulariza para enfrentarlo, bien contra individuos que no forman parte de él, o que incluso se le oponen, bien contra Estados dentro de cuyas estructuras políticas el gremio pretende desarrollarse como sociedad gentilicia artificial, es decir, como sociedad no organizada políticamente, pero con derechos y fueros propios, es decir, con privilegiosDesde este punto de vista, la identidad gremial suele ser una amenaza frente al individuo «disidente» y frente al Estado «opresor». «La globalización os libera», parece rezar el nuevo lema de la posmodernidad. Con su habitual y seductora astucia, Forges diseñó en cierta ocasión la siguiente viñeta. Mi pregunta es francamente inquietante: ¿qué significado adquiriría el «chiste», si donde dice globalización, leyéramos el correspondiente tabú del eufemismo, es decir, si leyéramos democracia?






El gremio marca, exige e impone, de este modo una diferencia frente al Estado, en términos políticos, y frente al individuo no gremial, en términos sociales. Los gremios posmodernos, así configurados, son insolidarios por naturaleza y aestatales por necesidad —pero nunca ácratas: internamente están muy bien organizados—. Son insolidarios, y por lo tanto incompatibles con una izquierda marxista internacionalista, porque rechazan a los individuos que disienten de los fundamentos del gremio o que, simplemente, no se integran o adaptan a sus presupuestos. Sólo una izquierda indefinida puede ser soluble en un gremio insolidario. Y son aestatales porque consideran al Estado como el principal enemigo, desde el momento en que el Estado —y me refiero tanto al Estado que brota políticamente del Renacimiento italiano y español como el que resulta de la Revolución francesa— regula y normaliza la vida pública mediante el establecimiento de leyes que, al menos teóricamente, son iguales para todos —sobre todo desde la superación del Antiguo Régimen, leyes que, por lo tanto, clausuran cualquier pretensión foral o diferente de la que el gremio pretenda apropiarse. Sin embargo, el imperio posmoderno de las minorías viaja en sentido contrario al de la evolución histórica de los últimos 300 años.

Los gremios son formas de organización propias del egoísmo colectivo. Los miembros de un gremio interesan no como individuos, sino como miembros del sistema gremial del que forman parte. Para el feminismo, lo verdaderamente importante no es la mujer, sino la mujer feminista. Al nacionalismo no le interesan los conterráneos, sino los nacionalistas, sean conterráneos o extranjeros, pues esto último es irrelevante. El nazismo no dudó en calificar de «arios honorarios» a los japoneses que durante la II Guerra Mundial luchaban contra los Estados Unidos. Recuérdese el imperativo evangélico: perdona a tus enemigos (si son tus prójimos), pero no perdones a los enemigos de tu dios, de tu lengua, de tu nación, de tu tierra, de tu empresa, de tu negocio, de tu partido político, etc. Perdona a tu perro, pero no a los enemigos de tu perro... En suma, lo que aquí importa no es el individuo, sino el individuo gremial, el prójimo que es prójimo porque es gregario como nosotros, es decir, miembro de nuestro mismo gremio o lobby, como parte estructural y esencial de la totalidad gremial, ideológica o sectaria de la que formamos parte. El nosotros es más importante que el yo.

Sin embargo, y bien al contrario, un Estado no es un gremio, sino una sociedad política. Un gremio es una sociedad artificial o gentilicia, no organizada políticamente, sino ideológicamente, con intereses propios e insolubles. El gremio siempre es expresión de un pensamiento único, de una ideología que no sobrevive en connivencia interna con otras ideologías. El Estado marxista que desarrolla la Unión Soviética es resultado de luchas mortales entre los diferentes gremios (bolcheviques, mencheviques, trotskistas, estalinistas...) que encabezan la revolución comunista. El cristianismo triunfante del siglo I es resultado de los enfrentamientos fratricidas —nunca mejor dicho— entre las diferentes sectas cristianas que disputan por el control del entonces gremio de cristianos, el cual, tras la conversión de Constantino, dispone los primeros pasos decisivos hacia su constitución como sociedad política, que no tardaría en cuajar en los Estados y la corte vaticanos[3].

Sin embargo, un gremio, en sí mismo considerado, es un Estado imaginario, al carecer de fuerzas armadas (aunque pueda disponer de armas que lo abastecen como organización terrorista o mafiosa), de sistema sanitario (aunque disponga de la infraestructura de una ONG Con médicos sin fronteras), instituciones educativas (por más que cuente con la asesoría de altruistas cooperantes), etc., porque su «ejército», su «sanidad» y sus «escuelas», serán las de un Estado dentro del cual —y también contra el cual— ese gremio, como sociedad natural y gentilicia que es —pero no política—, se desenvuelve.

El gremio es, en consecuencia, el sucedáneo de la sociedad. Es siempre el sucedáneo de la sociedad real y efectiva, es decir, el analgésico del que disponen sus miembros frente a una sociedad política que les disgusta o incomoda, y fuera de la cual el gremio es por completo imposible. No hay gremios fuera de una sociedad política. No hay gremio sin Estado. De hecho, las autodenominadas organizaciones no gubernamentales son sociedades artificiales, gremiales y gentilicias que trabajan en el seno de Estados políticamente constituidos, y que se sirven de infraestructuras económicas, sociales, políticas, etc., controladas por múltiples Estados, así como por empresas internacionales privadas, las cuales, a su vez, son también organizaciones no gubernamentales, si bien con fines muy distintos a las clásicas ONG, pues su objetivo consiste en obtener dinero a cambio de bienes de consumo, difundir la fe en un dios, o imponer la identidad nacional sobre un territorio que pertenece políticamente a un Estado legítimamente constituido. ¿O es que una empresa multinacional, una Iglesia establecida en diferentes países y una organización terrorista ramificada internacionalmente no son, al igual que cualquier ONG, organizaciones no gubernamentales?

El gremio es, sin duda, el mejor sucedáneo de la sociedad. El individuo —individuo necesariamente gremial— se siente allí dentro psicológicamente protegido, a cambio de entregar su libertad, su personalidad y su persona, a las disposiciones y estructuras del grupo. El gremio es siempre un refugio para quienes profesan un fundamentalismo, una excentricidad, una anomia, una diferencia que ninguna sociedad tolera a menos que el gremio se imponga, en el seno mismo de esa sociedad, con una fuerza lo suficientemente imponente como para no poder ser contrarrestada. El gremio se convierte entonces en un lobby. Las divergencias que caracterizan a sus miembros pueden entonces convertirse en objeto de exhibición e instrumento de poder, y dotar de este modo al sujeto que los exhibe y ostenta de atributos superiores frente al resto de los mortales, más individualistas o más sociales, pero sin lugar a duda menos gremiales, pues no forman parte del lobby

Así se explica el poder de las minorías en el seno de la posmodernidad. Así se explica también el debilitamiento posmoderno de los Estados contemporáneos frente a sociedades gentilicias como Iglesias o credos religiosos, nacionalismos emergentes o multinacionales financieras. Sólo un Estado se percibe contemporáneamente como ajeno a todo influjo posmoderno en materia política: la República Popular China. Feudos medievales, gremios posmodernos, lobbies contemporáneos... Se trata siempre de minorías imponentes y poderosas —valga el oxímoron—, basadas en el autismo gremial y fundamentalista, así como en el imperialismo gregario, cuyas vértebras principales son con frecuencia el idealismo, el dogmatismo y el irracionalismo. Sus miembros viven ajenos a todo raciocinio que cuestione o vulnere sus bases.

La única identidad de la que dispone el gremio es la identidad formal, retórica y sofista o sofisticada. Ése es el contenido de la identidad posmoderna: un puro formalismo. Los miembros del gremio disfrutan de cuanto les ofrece el Estado, como sociedad política en la que se inserta su gremio. Pero simultáneamente los miembros de ese gremio se enfrentan al Estado, y pretenden «sentirse» —sin «serlo» realmente diferentes de los individuos no alineados, o no alienados, en su gremio. De este modo la identidad se convierte en una cuestión de sentimientos. La psicología, en términos del más puro idealismo kantiano, se come a la ontología. La mente se come al ser. Uno puede sentirse Napoleón, sin dejar de ser funcionario del Estado. También puede sentirse hijo de dios, sin dejar de ser hijo de su padre y de la madre que lo parió. El gremio es con frecuencia enemigo del Estado, porque el Estado no es una cuestión de sentimientos, sino de realidades atributivas. El Estado se comporta como una estructura superior e irreductible al gremio, al que regula y controla en el desarrollo y expansión de sus actividades autistas e imperialistas. En caso contrario, es decir, un Estado controlado y gestionado por gremios o lobbies es, simplemente, un Estado que funciona como una provincia o un protectorado de una globalización. Esto es la democracia posmoderna como régimen político.

La dialéctica entre Estado e individuo frente al gremio o lobby es muy simple: porque si el Estado actúa contra el lobby, el lobby arremete contra el Estado, mediante múltiples procedimientos globales; y porque si el individuo disiente del gremio, el gremio arremete contra el individuo desde los mecanismos del Estado mismo, sobre todo cuando el Estado está ya gestionado y administrado por gremios bien organizados en el control del poder ejecutivo legislativo, judicial, periodístico, académico y financiero. Pero —y éste es un pero muy importante— si el gremio o lobby te agrede, «te jodes» —sin perdón, porque así se dice expresivamente en español—, desde el momento en que al gremio o lobby no se le toca ni se le responde fácilmente, bien porque el Estado es políticamente correcto y «respeta» por intereses o temores a unos y otros lobbies, bien porque el individuo no forma parte de ningún gremio capaz de defenderlo impunemente de posibles agresiones llevadas a cabo por otros lobbies, ajenos y adversos, y más o menos poderosos. 

La identidad del gremio es sagrada, y la identidad del individuo, en tanto que individuo gremial, también: la tuya, sin embargo, en tanto que individuo, sin más, sin gremio ni beneficio, sin lobby de «alto standing» que te proteja, aunque el Estado te reconozca como ciudadano y te asigne un pasaporte en regla, no será necesariamente una identidad sagrada ni intocable. Porque en la democracia posmoderna contemporánea, el Estado es más débil que el gremio o lobby. Pero si perteneces a un lobby fuerte e intimidatorio, esto es, si dispones de una identidad gremial consistente y agresiva, capaz de imponerse de forma políticamente correcta, y no meramente individual, entonces no te agredirá fácilmente ningún dios, ni ningún ser humano advertido te convertirá impunemente en objeto de amenaza. A cambio, tendrás que formar parte de un gremio. Sólo así tu identidad feudal, gremial o posmoderna, te protegerá. Gremios, feudos de la posmodernidad.

La posmodernidad sustituye dialécticas reales por dialécticas falsas. El sujeto posmoderno es un sujeto insularizado, desconectado de la complejidad material y verdadera de la vida real, y en su lugar conectado a la realidad virtual de una vida confortablemente organizada, y falsificada cada día más intensamente por las redes sociales, esa global metástasis de la ignorancia. Sin embargo, el cosmos nos sitúa en la dependencia constante de miles de realidades materiales: un padre o una madre que nunca hemos elegido; una atmósfera, que ya estaba contaminada cuando nacimos; una economía, una sociedad, una tribu o un Estado que nos vienen ya dados, con frecuencia de forma definitiva en nuestras vidas; una cultura y una lengua que nos exigen estudiar y que, como nuestro padre o nuestra madre, nunca hemos elegido, pero que sin embargo acabamos sabiendo hablar y escribir antes de ser conscientes de que nunca la hemos seleccionado de forma deliberada y voluntaria entre otras lenguas posibles.

La Escuela de Frankfurt ha precipitado la evolución del pensamiento de la izquierda hacia una izquierda política determinada por la indefinición. La izquierda ha sido históricamente jacobina, liberal, marxista, maoísta o socialdemócrata. Son las metástasis y mutaciones históricas de la izquierda y sus mitologías, alimentadas incluso, paradójicamente, por quienes más y mejor dicen reconocerlas y estudiarlas. La izquierda contemporánea —y posmoderna— es una izquierda indefinida: ecologista, oenegeísta, capitalista, feminista, homosexualista, filoterrorista en unos casos, antisemita en otros, proamericana según temporada, etc., es decir, exactamente igual que la derecha. Resultado: ecualización de las ideologías, que quedan reducidas a pura psicología social (Bueno, 2003).

Ahora bien, el principal reproche que cabe formular a la indefinición de la izquierda actual es que ha sustituido la conciencia de clase, esto es, la solidaridad entre los miembros de una misma clase social (los obreros, por ejemplo), y la conciencia de Estado, es decir, la solidaridad entre los miembros de un Estado o sociedad política (los españoles, los franceses, los alemanes, unidos entre sí en torno a sus respectivos Estados), por la conciencia del gremio (mujeres frente a hombres, homosexuales frente a heterosexuales, blancos frente a negros, indígenas frente a alienígenas, adolescentes frente a adultos, etc., es decir, las falsas dialécticas a las que nos tiene habituadas la posmodernidad)[4], o sea, por la solidaridad que determina la unión de individuos cuyos intereses son diferentes en la realidad material en que vive cada uno de ellos, pero iguales en la imaginación y en la retórica de las creencias que se imponen psicológicamente a sus miembros. Me explicaré con mejor precisión. 

La solidaridad de clase, por ejemplo, que propugnaba la izquierda marxista, es más real que la solidaridad sexual, que propugna la indefinida izquierda posmoderna, porque el hecho de ser mujer no sitúa por igual a todas las mujeres en la misma esfera de intereses: porque una mujer que sea presidente —uso un participio activo del consejo de administración de un banco internacional, o que sea responsable del Departamento de Estado de un país como USA, por muy feminista que sea, tendrá intereses más cercanos a los de economistas o políticos varones que a los de aquellas mujeres cuyo trabajo consiste en fregar los suelos o los WC que transitan las damas de la diplomacia y de las altas finanzas internacionales. Las guerras mundiales demostraron que la solidaridad de Estado es más potente que la solidaridad de clase social. Entre las múltiples críticas que pueden hacerse al uso de la palabra «solidaridad» —uno de los términos más fraudulentos del lenguaje contemporáneo— es que se entiende casi siempre en un sentido universal, como fraternidad humana ideal y sin límites. Sin embargo, la solidaridad sólo tiene sentido, de sobra lo sabemos, como unión de un grupo definido frente a otros (la solidaridad obrera, por ejemplo, como unión de los obreros frente a los patronos). En este sentido, las distintas solidaridades se encuentran dialécticamente enfrentadas entre sí. La solidaridad obrera pretendió, en vísperas de la I Guerra Mundial, socavar la solidaridad estatal e imponerse a ella. Pretendían poner la clase social por encima del Estado —ser obrero antes que alemán o italiano—, pero no funcionó. La realidad histórica demostró entonces que la clase social no era más fuerte que la sociedad política.

La solidaridad de las clases sociales es hoy día prácticamente inexistente. Y la solidaridad de las sociedades políticas o estatales, también. La izquierda posmoderna no ha fortalecido ninguna de las dos. Todo lo contrario: ha debilitado hasta casi el exterminio la conciencia de clase y la conciencia de Estado. La solidaridad entre los miembros de un Estado resulta cada día más débil e imperceptible, hasta el punto de disolver la idea misma de nación política. La izquierda posmoderna, a diferencia de la izquierda jacobina, marxista o maoísta, que construyeron estados fuertes e incluso imperialistas, debilita las estructuras sociales y estatales heredadas del concepto jacobino de Estado, a la vez que rechaza cualquier vínculo con una idea de Estado estalinista o maoísta. La izquierda posmoderna ignora la solidaridad de clase social y deteriora la solidaridad entre los miembros de un Estado como sociedad, con el fin de sustituir tanto la conciencia de clase como la conciencia de Estado por una conciencia de gremio. He aquí la fuerza gregaria y su concepto de solidaridad. Una solidaridad gremial que agrede al Estado, que ignora a las clases sociales y que desprecia al individuo. El gremio entiende la solidaridad como cohesión interna frente a terceros en términos de enfrentamiento. Son grupos terriblemente excluyentes, competitivos y depredadores. Y son insolidarios en tanto que se niegan a articularse con otros grupos humanos frente a los que crean separaciones artificiales. Plantean desde una falsa relación dialéctica lo que en realidad es una relación conjugada, es decir, una relación entre términos inseparables (hombre / mujer, homosexual / heterosexual, blanco / negro, ciudadano / emigrante, etc.).

Los Estados contemporáneos son todos posmodernos, excepto el chino, cuya realidad política nada tiene que ver con la retórica posmoderna, genuinamente americocentrista, y acríticamente mimetizada por algunos europeos ignorantes de la Historia de su cultura, al haber sustituido el conocimiento histórico por la memoria histórica. Y son posmodernos los Estados contemporáneos porque están constituidos por gremios, gobiernan para el gremio, y no para la sociedad —irreductible al gremio—, ni para el individuo —que es quien paga impuestos, aunque no pueda decidir quién los gestiona—. Los gremios no pagan impuestos, curiosamente.

En conclusión: la idea de identidad elaborada y promulgada por la posmodernidad es, resultado de una tropología, una figura retórica. Su única utilidad se limita a identificar la etiqueta posmoderna con la que un gremio, autista e imperialista, esto es, una minoría social, enfrentada con frecuencia a un Estado y disidente siempre con cualesquiera individuos no alienados en el gremio, pretende imponernos sus pretensiones forales y privilegiadas, rotundamente incompatibles con la universalidad de los derechos humanos, que son y deben ser —según nos cuentan— iguales para todos.


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NOTAS

[1] El mundo, como unidad, ha de ir referido a un conjunto de fenómenos con significado «organoléptico», es decir, ejecutados por seres humanos que lo interpretan y categorizan. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el Mundo (M) sólo puede ser concebido como una realidad material de objetos físicos (M1), psíquicos (M2) y lógicos (M3), percibido, interpretado y categorizado por los seres humanos. Lo que ordinariamente llamamos mundo es una categoría que tiene sentido dentro del espacio antropológico, en tanto que forma parte de una experiencia humana interpretada. No cabe hablar de Mundo al margen de las categorías, ni al margen de seres humanos que lo categoricen. El sufijo –léptico remite a —e implica— la presencia de un sujeto activo, pragmático, manipulador, denominado sujeto operatorio, cuyas intenciones serán siempre prolépticas y lógicas (véase la obra de Bueno, Ensayos materialistas, de 1972, de donde tomo estas nociones).

[2] En una totalidad atributiva a cada parte del todo se le atribuye una función específica. Totalidades atributivas son aquellas cuyas partes están relacionadas unas con otras —pero no una con todas—, ya simultánea, ya sucesivamente, en el momento de su participación en el todo (por ejemplo, la organización de las instituciones estatales: sanidad, educación, justicia, comunicaciones, fuerzas armadas...). A su vez, una totalidad distributiva es un conjunto de características comunes que se distribuye de forma semejante entre todas las partes. Totalidades distributivas son aquellas cuyas partes se muestran independientes las unas de las otras en el momento de su participación en el todo (por ejemplo, varios conjuntos de cerillas esparcidas sobre una mesa) (tomo estos conceptos de Bueno, 1992, 1995).

[3] Los ideales cristianos se extienden y organizan desde la institución eclesiástica en el seno del Estado romano. Uno de los momentos culminantes de este proceso lo ofrece el emperador Constantino, al derogar la persecución del cristianismo en 313, con el Edicto de Milán. Y sobre todo Teodosio, porque, en virtud de sus disposiciones, ser cristiano equivale a ser ciudadano del Imperio de Roma. Teodosio es el Nerón cristiano. Con él se decreta en 380 que el cristianismo es religión oficial del imperio, se clausura el Oráculo de Delfos y se prohíben los misterios de Eleusis. Justiniano cierra la Academia platónica en el año 529. Como señala a este respecto Libanio, «a los hombres cultos no les quedará otra cosa que callarse o morir» (Pro templis, oratio XXX, § 8). La nueva gran familia espiritual tiene ahora un Padre divino y común, ante el cual todos los miembros están unidos en fraternidad, el cual desborda los límites de la familia, y se extiende, por caridad, al resto de las gentes, especialmente pobres y oprimidos, que no gozan de la fraternidad de la «familia». La familia asegura además una isonomía, una igualdad jurídica, entre sus miembros. La mafia también considera a la «famiglia» como el núcleo fundamental de la estructura entre sus miembros.

[4] Todas estas dialécticas son falsas. Funcionan como falsos problemas que exigen soluciones igualmente falsas. Porque es falaz todo discurso que propugne el enfrentamiento entre hombres y mujeres, o entre blancos y negros, o entre homosexuales y heterosexuales, etc. Nada más falso que las dialécticas genitales. Todos los días, y todas las noches, innumerables hombres y mujeres se encargan de demostrar, a pesar de la feroz corriente neopuritana promovida por el fundamentalismo posmoderno, que la supuesta dialéctica genital es más bien una síntesis.






Información complementaria


⸙ Referencia bibliográfica de esta entrada

  • MAESTRO, Jesús G. (2017-2022), «Idea de identidad en la posmodernidad», Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Editorial Academia del Hispanismo (V, 2.3), edición digital en <https://bit.ly/3BTO4GW> (01.12.2022).


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