Agustín de Hipona y la bibliomancia: Confesiones (VIII, 29)

 

Critica de la razón literaria, Agustín de Hipona y la bibliomancia: Confesiones (VIII, 29)



Agustín de Hipona

(Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430)

  

Leamos a Agustín de Hipona, transductor del racionalismo platónico al formato de la teología cristiana como filosofía idealista y confesional. Este precursor de Lutero, como fundamentalista de la teología dogmática medieval, al situar la fe por encima de la razón, declara en sus confesiones que, sumido en una de sus crisis espirituales durante una de sus jornadas de trabajo intelectual, oye una voz infantil procedente de una casa contigua que le dice «Tolle, lege; tolle, lege». Agustín de Hipona asume este imperativo en su sentido más literal —y categórico—, de modo que, cual si de un presagio se tratara, coge el Evangelio y lee un pasaje que resulta ser la Epístola a los romanos (XIII, 13-14):

 

Decía esto y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón —confiesa Agustín de Hipona—. Y he aquí que oigo una voz de la casa vecina acompañada de canto, como de un niño o niña, no lo sé, que decía y sin parar repetía:

—Toma, lee; toma, lee.

Y al momento, mudando mi semblante, con gran concentración comencé a pensar si de verdad los niños solían canturrear cosas tales en algún tipo de juego, o no, y no recordaba en absoluto haberlo oído jamás, y tras contener el empuje de las lágrimas me levanté, interpretando que por orden divina no se me ordenaba otra cosa que abrir el códice y leer el primer capítulo que encontrase. De hecho, en relación a Antonio, había oído que a partir de una lectura del Evangelio a la que este había ido a dar por casualidad, se le había aconsejado, como si se refiriese a él lo que estaba leyendo: Vete, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; y ven y sígueme, y con tal vaticinio se había vuelto inmediatamente hacia ti.

Así pues, apresurado, volví al lugar donde Alipio permanecía sentado, pues allí había puesto el códice del apóstol después de levantarme de allí. Lo tomé en las manos, lo abrí y leí en silencio el párrafo sobre el que primero se lanzaron mis ojos:

Ni en fiestas ni en borracheras, ni en alcobas y desvergüenzas, ni en la rivalidad y la emulación, sino vestíos de nuestro señor Jesucristo y no hagáis providencia de la carne en las concupiscencias.

Ni quise leer más ni hacía falta. Lo cierto es que al mismo tiempo que el final de esta misma frase, como si se hubiera infundido a mi corazón una luz de seguridad, todas las tinieblas de la duda se desvanecieron (Agustín de Hipona, Confesiones, VIII, 29: 414-416).

 

Lo que Agustín de Hipona nos expone aquí es cómo se practica la bibliomancia. Los gérmenes de este ejercicio se remontan a los orígenes más tempranos de la escritura. Sin duda este tipo de comportamiento en un patriarca de la Iglesia tan decisivo teológicamente como Agustín de Hipona debería dejar sorprendido a cualquier racionalista. 

Sin embargo, semejante sorpresa se disipa pronto, si tenemos en cuenta que, como teólogo dogmático contrapuesto a la Escolástica, Agustín sitúa la fe muy por encima de la razón, bien al contrario que Tomás de Aquino, y en perfecta consonancia con el luteranismo, movimiento que en la historia del racionalismo humano supuso uno de los mayores retrocesos históricos vividos en la Edad Moderna. Y más allá de ella también. 

Una larga cadena de autores, acaso no casualmente anclados en la tradición germana, ha defendido la fe, en tales o cuales ideales, al margen de toda razón, negando, con frecuencia, los hechos y derechos del racionalismo humano. Sin duda uno de los más tempranos fue Lutero, quien definió la razón como la mayor de las putas que tiene el diablo («Die Vernunft ist die höchste Hure, die der Teufel hat» (Martin Luther, Werk-Ausgabe, Bd. 51, s. 126). 

Pero el de Eisleben no fue el único visionario. Luteranismo y protestantismo incubaron un imperativo fideísta e idealista que Kant salvaguardó en sus tres críticas, asegurando al Dios cristiano una legitimidad teológica o nouménica, una especie de sala vip en la metafísica moderna. Paradójicamente, en nombre de la nada más absoluta, Nietzsche convierte, sólo gracias a la poética y la retórica de sus escritos, el panteísmo de la metafísica tradicional en el nihilismo idealista de las nuevas corrientes de pensamiento, que, aglutinadas cada una a su manera, tratan de oponerse al todopoderoso positivismo decimonónico. Dios se convierte entonces en el nombre que los creyentes dan a la Nada. La sala vip de diseño kantiano queda ahora completamente vacía. 

Plagiando y ocultando las ideas de Nietzsche, Freud hace de Dios un ser «Inconsciente», o lo que es lo mismo, se inventa la idea de un Inconsciente a imagen y semejanza del dios nihilista de Nietzsche, artificio retórico que hace fortuna en la casi totalidad de las mentes que a lo largo del siglo XX deciden acreditar su inteligencia en los más diversos campos del saber humano no estrictamente científico (Onfray, 2010). No en vano la Medicina niega al completo el mito del «Inconsciente» de Freud, del mismo modo que tampoco confiere a los escritos de este soñador ningún valor científico. 

A esta serie de visionarios hay que añadir la figura de otro gran retórico del siglo XX, Martin Heidegger, que hizo de la filosofía no un refranero, como Nietzsche, sino una cábala posmoderna en busca de un Ser «formalmente inmaterial», y al parecer muy paciente y sufrido, llamado Da-Sein. Pero el canto del cisne del idealismo alemán, y particularmente de la bibliomancia de raíces luteranas, alcanza nada menos que a Hans-Robert Jauss, el fundador de la estética de la recepción germana, quien, apurando el formalismo del siglo XX, postula nada menos que la existencia ideal de lectores capaces de construir el sentido histórico de los textos literarios, los cuales carecen de significado hasta que ese lector incorpóreo e inmaterial, en realidad fantasmagórico, y teofánico, llamado con arte pletórica implícito (Iser, 1972), y explícito (Villanueva, 1984), y autorizado, e ideal, e informado (Fish, 1970), e implicado (Bronzwaer, 1978; Genette, 1989), y pretendido (Wolff, 1971), y modélico (Eco, 1979), y archilector (Riffaterre, 1971)…, se lo da. 

De este modo, un lector que no lee, porque no tiene órganos, ni cuerpo, ni cabeza, ni cerebro, ni ha recibido educación literaria o intelectual alguna, porque no es ni puede ser operatorio, se convierte en el mejor lector que la literatura ha conocido jamás. Jauss, que creyó, como la mayor parte de sus seguidores y exégetas, haber superado el formalismo estructuralista, no es más que su última consecuencia, porque su lector es una idea estructural y fenoménica, y no un sujeto operatorio. El único lector real y efectivamente existente es el lector de carne y hueso, el que opera físicamente, psicológicamente y conceptualmente con los materiales literarios (Maestro, 2010). Lo demás es retórica literaria, no Teoría de la Literatura.


*     *     *


⸙ Enlace a la entrada correspondiente en la Crítica de la razón literaria